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Conferencia que Gamaliel Churata sustentó en el cine “Puno” de dicha ciudad, el 30 de enero de 1965, tres meses después de su retorno de la Paz-Bolivia

EL PEZ DE ORO, O DIALÉCTICA DEL REALISMO PSÍQUICO, ALFABETO DEL INCOGNOSCIBLE

 

(Conferencia que Gamaliel Churata sustentó en el cine “Puno” de dicha ciudad, el 30 de enero de 1965, tres meses después de su retorno de la Paz-Bolivia)

 

Es con la emoción más explicable que recibo las cariñosas salutaciones que mis amigos me deparan para hacer mas sustantiva la razón de este regreso al calor de los alcores hogareños. Tres décadas puse entre el lar de Orkopata para el reencuentro del alma con la naturaleza que la modeló al amor de sus paisajes. He aquí que no bien llegado se me aproxima la generación de hombres que son esporo de mis contemporáneos, y me proponen interrogante severo. ¿Cómo debemos entender el Pez de Oro? Ese libro, si bien no ha alcanzado mucha difusión a causa de su limitado tiraje, no ha dejado de inquietar a los espíritus acuciosos, y si en el mundo viejo hubo intelectual prestigioso que le manifestó que él no era libro de distracción sino de estudio, y ya en la América le dijeron que le estimaban intento didascálico para los deberes del continente, y que influiría en la nueva concepción del americanismo; hubo de comprobar que la verdadera sustancia de sus páginas pasaba poco menos que inasible. He aquí porque al proponerme el tema este brillante grupo de hombres nuevos, que se reúne bajo el denominativo de “Sociedad Intelectual Chaski”, comprendí que mi deber era –acaso un poco prematuramente– responder a la inquisición.

 

Desde luego, como punto inicial, conviene tener en cuenta que El Pez de Oro está labrado con materiales puneños, radicalmente fruto de las reacciones anímicas telúricas de nuestra tierra y su lago, entendido, que si el Titikaka se refracta en el cielo, hay que convenir que el cielo de nuestra tierra es sólo el Titikaka proyectado a las esferas. Los personajes de El Pez de Oro no son personas humanas; son símbolos zoóticos del corazón del hombre. Esto es, son animaciones simbólicas de la humana naturaleza, y como representan entidades biológicas, de entrada entendemos que El Pez de Oro es la imagen del genes del hombre, del hombre de nuestra tierra, esto es el Khori-Challwa, es la semilla del hombre del Tawantinsuyu, nuestra patria histórica; y el Khori-Puma, El Puma de Oro, símbolo del hombre matriarcal, de la edad lunar, del cielo de la Mama-Khilla, que los hombres del Kollasuyu  conocemos por la Paksi-Mama. Decurso histórico de la América fundamentándose en el concepto de la Hata, la semilla, y el animal totémico del matriarcado Titikaka, el puma. Su exploración tiene que conducirnos a entender que de la psiquis embrional, El Pez de Oro, y de la sociología del felino andino, insurgirán elementos de juicio para establecer un conocimiento realista de lo que ha llamado la psicología el mundo del subconsciente, o sea el mundo interior, aquel de quien dijo el Rabí de Nazareth que era el reino de Dios, esto es, que en la conciencia del hombre, en su intimidad orgánica, radica la verdad de la naturaleza humana. Si el hombre es capaz de así entenderlo, es muy presumible que llegue día en que logre describir con elementos de su lenguaje la realidad de su naturaleza anímica, que hoy intuye por hipótesis.

 

Pero, consideremos antes otros factores que conducirán a desentrañar aquello que muy pocos agudos lectores le han encontrado de cierta hondura poco asequible a un conocimiento práctico. El Pez de Oro es, en cuanto refiere a la anécdota del autor, obra que fue iniciada en la primera juventud, cuando aun vivía el ambiente del aula. Está sobresaturada de la naturaleza de nuestro paisaje físico y también del paisaje moral, ámbitos en que decursan lo que se llama las ideas. Su naturaleza expresiva es radicalmente indigenista, y si todo él posee idostenia patricia, es porque se inspira en las coordenadas de nuestra realidad política inkásika. A simple vista, todo lo que descubre el lector sutil, es que el idioma de la conquista en sus páginas se filtra con una emoción vernácula, pretendiendo incidir en la amestización de las voces de los idiomas andinos y la radical del romance hispano. Alguno de esos lectores se dijo: ¿Porqué el autor de El Pez de Oro que, según revela muy claramente, puede escribir en un hispano, acaso bastante depurado, comete el crimen de vulnerar la clásica belleza del idioma de Luis de Granada? ¿Lo hace por simple esnobismo? ¿Es tributo suicida en aras de una moda ficticia? No. El engarce de voces aborígenes en el hispano no es invento suyo; es fenómeno filológico que tiene iniciación en los primeros impactos de la conquista, si, como todos sabemos, al arribar Pizarro a tierras del Tawantinsuyu, su velero echó anclas frente a poblado que le dijeron era el Verú, por el río que le atravesaba. Y los conquistadores truequearon la voz Verú, por la voz Perú, que estaba más de acuerdo con las fonéticas de su idioma. Así sabemos que la juerga en el Verú adopta el vocablo de jarana como fiesta de canto, baile y fandango. Pero en riguroso hispano, jarana es vocablo que expresa concepto radicalmente distinto, pues refiere más a follisca, tremolina, pendencia. Es que acá hubo algo singular. Cuando los conquistadores asistieron a fiestas de íncolas, donde había baile, canto y bebedizo, e interrogaron por su nombre, les fue dicho que era un harani, esto es, fiesta del harawi. De lo contrario en España encontraríamos la jarana denominando esas fiestas. Lo mismo pasa con la voz taita, que nosotros creemos que en el norte, y algunos otros puntos de América, es la voz derivada de tata, en cierta acepción sinónimo de padre, cuando la verdad es que se trata de un provincialismo hispano introducido por la analogía fonética de la palabra vernácula. Taita es voz aragonesa. Pero el tata, en puridad, se encuentra en el vasco, como se le encuentra en el sánscrito. Pocos dejarán de admirar que la voz pinquillo, que es el flautín de nuestros hermanos indios, no sea voz india, sino típicamente vasconia; en el lexicón de Bertonio ingresa ya en la inflexión de pinkhollo. Teníamos que habernos preguntado: ¿Esta acepción es lupaka, o es una derivación de pinquillo vasco? A mi juicio tenemos que disponer por delante ánimo honesto y reconocer que buen número de voces, que hoy estimamos vernáculas, son deformación, derivación o adaptación de voces indo-españolas, fonéticamente híbridas. Hemos visto los puneños la pareja del tamborilero y el flautista que acompañaban en sus danzas al famoso hañachu, el genitor, el danzante, y siempre nos inclinamos a mirar en ellos estamento aborigen. Pero… el pinkilllero y el tamborilero que acompañan la danza de los aldeanos vascuences, es nacional de Vasconia. Por este estilo, se me comprenderá, el análisis etnológico que tiene que llevarnos a conclusiones sorprendentes. Las interpenetración, o transculturación, de lo hispano en lo tawantinsuyu, ha sido tan profunda, que por cuasi autoriza la trónica de pensadores como Salvador de Madariaga, quien sostendrá que España no sólo ha descubierto y conquistado la América sino que la ha inventado… El pensador y biólogo Lipsuch, del Báltico, ha sostenido asimismo, en sendos estudios –se trata de americanista devocional y efusivo- que los gobiernos de países de raíz demográfica indígena andina no debieran empeñarse en extirpar de los hábitos del indio la vestimenta típica que le conocemos, pues que pueblos refinadísimos como los alpinos y los nórdicos de la Europa tienen a orgullo nacional el usarles en sus grandes efemérides. Así es, en efecto. Pero es que el notable pensador cree que el vestuario que emplea hoy la población indígena de América, es la tradicional del inkanato. No es, radicalmente. Si se ha conservado el empleo del tejido burdo, la avasca, que decían los conquistadores, sus formas son ya típicamente del demos campesino español. Consideremos de pronto dos piezas de este suntuario plebeyo de la conquista. El poncho no es prenda inkásika, tampoco lo es la montera de nuestras indiecitas de Paucarkolla o Kapachika. El escritor y profesor cuzqueño José Gabriel Cossio dedicó ensayo a demostrar que el poncho fue pieza importada por los esclavos negros del África, y en cuanto a la montera no hay que ahondar investigación alguna para encontrarla en uso actual entre las mujeres de la famosa Talavera de la reina. Inclusive el tocado de las princesas kosko tiene sospechosa semejanza al de las mujeres de Elqui de la costa tartesa de la España arcaica. Lo que sí tenemos que admitir es que la hibridación de esas formas es fenómeno que se inicia en la conquista y se manifiesta también en los fonemas vulgares del idioma. Será siempre sorprendente descubrir que en los barbarismos de la jerga del castellanista indígena, no hay, tampoco, y en forma decisiva, hibridación idiomática, cuanto hay es la conservación de los barbarismos con que el pechero de la conquista empleaba el idioma del siglo XV sobresaturado de latinismos. Pero, eso no quita que acá se cumpliese radicalmente el fenómeno de copulación de costumbres, instituciones y fonéticas de las dos entidades que se enfrentaron en el proceso de la dominación. En los primeros años de esa era inicial, en Copacabana, hoy Bolivia, se dio ya un poeta español, de la orden de los agustinos, quien ha dejado algunos sonetos en los cuales el idioma conducía estamentos del proceso emulsionante. Es preciso reconocer además que la autoridad máxima idiomática española no ha bloqueado el proceso, y sí ha buscado más bien oficializarle, admitiendo en el tesoro lexicográfico español innumerables vocablos aborígenes. Y ya no resultará estridente recordar que desde México a la Tierra del fuego, el hispano ha ido cediendo, con la jerarquía de quienes lo intentaban, a la progresiva amestización del idioma. En Ecuador se dio en los primeros años de la República un teatro vulgar concebido en español híbrido; y no menos en Perú y Bolivia, infortunadamente sin revelar categorías superiores. No hay que olvidar tampoco que usando del hispano de la colonización en el norte argentino y en Chile también, el fenómeno de la hibridación se hace general en las masas populares. Nos reiteramos en concepto que expusimos en El Pez de Oro, que la suerte que disfrute ese intento de nacionalización idiomática americana depende de los escritores con genio que lo empleen.

 

He ahí explicado el porqué en el libro de que tratamos se use de formas idiomáticas de proclividad hibridal; si bien no presumiré haber logrado nada sustantivo; pero creo que de este intento puede surgir la necesidad de plantearnos un problema sustantivo, el problema de América como idioma. Ya sabemos que el hispano es considerado lengua nacional en las repúblicas en que la colonia se manumite de la autoridad del rey hispano. Pero una literatura que emplea el idioma de la conquista y el coloniaje, aunque legalizándolo políticamente, no puede ambicionar a otra clasificación respecto de la metrópoli, que a fruto de sus reflejos, por tanto, a literatura de colonia. Y que una literatura de colonia nacionalice como suyo el idioma de la dominación, sólo demuestra que la independencia americana, fue de separatismo político y no de fenómeno nacional.

 

¿Cómo se puede asimilar aberración semejante si se tiene por delante el mismo ejemplo de España? El idioma español no es aborigen de la Península. Es el resultado de la hibridación del latín, el griego, el árabe, las lenguas visigóticas y –ya se entiende– en fin, es de la alquimia de todo idioma sintético. Pero sólo cuando alcanza normaturas singularizantes deja de ser idioma de colonia. Es ya idioma nacional. Observemos que el transplante romano se opera en gleba que no tiene las normaturas en ningún caso del Tawantinsuyu. Las huestes del César invadieron territorio que vivía la era de lo que llaman los españoles las behetrías, esto es de los reyezuelos.      

      

De esas unidades políticas primitivas quedan secuelas en las republicas idiomáticas catalana, vasca, aragonesa. Esto es, el latín se volcó sobre mundo inarticular y supeditó conglomerado sin raíces nacionales patricias, no logrando hacerlo allí donde habíanse entrañado migraciones célticas, druidas, o galas de la lengua de Oc. El hispano encontró otro mundo en América del sur. Encontró un imperio sui géneris, de articulación ancestral, donde regía la hegemonía de un idioma rico y avasallador: la Runa-simi, la lengua del hombre. Conforme a elementales leyes sociológicas, si la hibridación del conglomerado humano fue para España una necesidad política, la hibridación del lenguaje es consecuencia pragmática de una economía de colonia. De ahí que la jerga del comercio popular tiende a substanciar un lenguaje comercial indígena. Lengua de intercambio. Atribuir a España la abstracción de la Runa-simi sería casi un crimen. Es en el régimen de las republiquetas que se siente la necesidad de cautelar la hegemonía del romance, puesto que sin ese hispanólatra celo muy pronto las lenguas aborígenes habrían acabado por supeditarle. Es a las repúblicas a quienes interesa mantener lo español y cancelar lo indígena. El trabajo de conservación de los léxicos indios en la Colonia parece que constituye monumento nunca superado después. Es en la república que se dan leyes como las que consagra el gobierno de Chuquisaca, capital de la hoy Bolivia, o Alto-Verú, sancionando inclusive con cárcel a quienes se empeñasen en hablar el idioma de los Inkas.

 

Idiomáticamente, la literatura del continente, es literatura de Colonia. Y es que el idioma de los Inkas no es una lengua inferior, y menos un dialecto. A juicio de eminentes filólogos como el italiano Honorio Mossi, es una de las lenguas más ricas del mundo. Y Mossi fue considerado de las fastigias más elevadas de la filología europea en el siglo XVIII. Esta dialéctica inspiró la creación, por la Real de Madrid, repetimos que con criterio sano, de las Academias americanas correspondientes de su autoridad, las cuales tuvieron, y tienen la misión de estudiar en sus morfologías populares el proceso de hibridación del romance, y cometer en su examen aquellas voces indias que por su necesidad debieran adquirir carta de ciudadanía en el acervo idiomático español.

 

Si bien se observa, en el Pez De Oro, además de respetarse vestigios de ese proceso, todo cuanto se ha hecho es conservar la voz aborigen para denominación de las cosas de la naturaleza, y los entes de la conciencia americana. Yo no llamaré al fluido que anima, alma, con voz latina, ni psique, con voz griega; llamaréla con voz vernácula americana: Ahayu. Y esto, en conciencia, no podrá la Real de Madrid considerar barbarismo ofensivo a la dignidad de su lengua, como sostienen algunos barbilindos de la hez salamantina de la inteligencia hispana de colonia. ¿Y por qué todo esto? Porque los americanos tenemos que decidirnos por radicalizar nuestra naturaleza, y decidirnos si somos españoles o somos americanos. Si lo primero, huelgan comentarios: lo único que hemos hecho con el Romance es convertirle en centón de vulgaridades inferiores, puesto que –salvados los maestros americanos del idioma– en América se escribe en caló digno de las resacas de la mar filibustera y rapiñosa. Pero, si somos americanos, nunca llegaremos a conocernos si no conocemos nuestra lengua materna. Yo me propongo un categorema, como dicen los filólogos: el alma amarra, Ahayu-watan

 

¿Qué entiende por él el escritor hispano-americano?. Entiende que es secuela del barbarismo del indio, y le tira por la borda. Esto sólo revela, no que ese categorema sea lo que él cree, sino que el escritor ése, pueda que conozca muy bien el hispano, aunque para que pudiera preciarse de conocerle, tendría que acreditarnos que conoce en igual profundidad por lo menos el latín, el árabe y el griego. Pero el idioma de su patria, el Tawantinsuyu, le es plenamente ignorado.

 

Una buena noción de los categoremas indígenas no puede llevar a conclusiones baladíes. Los idiomas –y lo han establecido así los mas altos exponentes europeos de esta ciencia– son el tesoro filosófico, político, técnico en que los pueblos sin letra sustancian el legado de sus concepciones del Cosmos. Cuando el Inka Garcilaso de la Vega nos recuerda que el aborigen del Tawantinsuyu definía al hombre como simple tierra animada, Hallpa Khamaskha, ¿Había, acaso, enunciado una fruslería? Ese categorema es una síntesis biogenética, y nos dice que el hombre es, como las plantas y los animales, de las fenoménicas de la Madre Tierra, La Pacha-mama, la madre necesaria. Y si lo admitimos, ya hemos enfrentado un nuevo portillo para la verdadera ubicación de toda doctrina en materia de conocimiento del mundo, de aquello que los dialécticos llaman la gnoseología del conocimiento.

 

Enfrentamos aquí conclusión radical. Sin lengua nacional, ningún pueblo posee literatura nacional y, como en el caso nuestro, emancipados de la metrópoli española, podremos argüir que somos unidades políticas independientes y hegemónicas, pero, desde el punto de vista de la mentalidad y la conciencia, somos colonos de Castilla; y la nuestra a lo más que puede aspirar –repito– es a que se nos considere esporo hispano de colonia.

 

En El Pez de Oro no pretendo encauzar la corriente del hibridaje a fin de lograr, como los españoles con el latín, la factura de dialecto hispano sobre la base de la lexicología inkásika, como con el Romance ocurre, y séanse romance rumano, francés, inglés, dialectos del latín. El nuestro es un idioma de flexibilidad cimera, de expresividad sublime, si el doctor Mossi, como he recordado en la Homilía del Khori-Challwa, hacía viajes especiales de Roma a los Charcas para darse el placer de predicar –Mossi fue eclesiástico– en esa lengua dulcísima que con tanta autoridad exalta. Lo que en realidad quiere sugerir la hibridación que se manifiesta en mi libro, es que los americanos estamos obligados a restituir como lengua oficial de la república del Tawantinsuyu, el idioma de nuestros padres, los Inkas, y de nuestras madres, las Koyas y Mamakunas, como han hecho los indonesos cuando sacudieron la dominación  británica.

 

Afortunadamente, los fenómenos coloniales no hieren la radicalidad de la semilla genésica, a la que se ha dado el nominativo de alma. El genes es invulnerable a la acción de todo agente letal, como lo han establecido investigaciones severas de laboratorio, por lo que, al menos desde el punto de vista de la semilla, del genes, el hombre es inmortal, y no inmortal como especie, sino como individuo, como ego, por lo que, si los fenómenos coloniales tienen valores políticos y económicos, no hieren la naturaleza histórica de los individuos. He aquí cómo el estudio del Ahayu-Watan, síntesis ontogénica axiológica, viene a demostrar que el conocimiento de la naturaleza moral del hombre, de su mundo interior, no podrá ser revelada sino sujetando el análisis a la perspectiva realista que descubre. Porque ¿qué es el alma amarra? Yo obtuve la fórmula acá, en las cumbres de nuestro Delta. Amarra porque cuando el muerto se sabe ofendido por su prójimo, se mete en su corazón, y allí se castiga, como –y es natural– si recibió bondades, amor, lealtad, al llegar a ese corazón se hace panal de bondades y vive sustentando a quien amó y sigue amando.

 

El Ahayu-Watan, además, plantea otra verdad secular: si el hombre es inmortal desde la semilla, esto es, desde el alma, los muertos de ayer son los que nacen hoy.

 

Un mundo que no descubrieron los descubridores. Ya vemos, el idioma es la fuente de Juvencio de la verdad cósmica e interior para los hombres; y los hombres no tienen otro camino de conocerse que la lengua con que nacieron sus ancestros que permanecen vivos en su corazón.

 

II

 

Queda establecido que El Pez de Oro es de una literatura que no persigue ciertamente la creación de un nuevo idioma, como parece que juzgó algún cimero hombre de letras americano, cuyo nombre no puedo evocar puesto que la versión no llegó a mí directamente; pero sí que pretende infundir en el hispano una emotividad idiomática, que en alguna manera nos hable de las raíces de la Runa-simi, que yo llamo el Kheshwa-aymara. Y agregaré ahora que el volumen édito es sólo el primero de otros que le siguen, y que complementarán acaso una suerte de epopeya del hombre-animal. En efecto, tras El Pez de Oro, debe aparecer Resurrección de los muertos, de mayor número de páginas, y en el cual, en forma dialogada, en todo caso de un teatro sui géneris, se acomete el análisis del problema dialéctico del Ahayu-watan, a través del complejo filosófico, psicológico, histórico, sociológico, en suma, de este problema sustantivo de la sociedad humana. ¿Por qué debemos estimar que la muerte es sólo una palabra, y que no existe? Porque si ella existiese, dejaríamos ipso facto de existir, como axiomatizó el filósofo griego Epicuro. Tras ese volumen viene otro, denominado Mayéutica, en poemas didascálicos, que ahonda el sentido del esquema. A Mayéutica habrá de seguir un diálogo que he denominado Platón y el Puma, en el que se examina por estos mismos canales, el tema de la salud del hombre desde raíces que, como individuo planetario, le corresponde, reaccionando contra el idealismo espiritualista del socratismo platónico. Y ya le seguirán Khirkhilas de la Sirena, poemario titikaka, en abono del símbolo matriarcal de las aguas. Luego, Balalas, haylli inkásiko, poemario de tono épico, sin embargo inspirado en las ritmias del eyray lupaka, o sea la canción de cuna, poemario en defensa del incario y la exaltación de sus valores. Tras esto vendría otro de nuestra singular dramática: Los pueblos resucitan, sobre la base de la cinemática del Ahayu-watan. Y ya entramos a las Biorritmias del Tawan, enfronte radical hacia la demostración positiva de la inexistencia de la muerte, y la proposición insólita: nuestros muertos no están, ni estuvieron muertos nunca; están vivos junto a nosotros y en nosotros. Colección de madrigales, no dedicados ya a las novias actuales –Harawi-Hiwa– sino a las mujeres que murieron y nos viven; ven con nuestros ojos; oyen con nuestros oídos; aman u odian desde los sistemas cordiales de nuestra naturaleza. Y allí cierra el periplo con la pieza Khoskho Wara, diálogo que se produce en el primer planeta a que el hombre tendrá que dirigirse cuando las condiciones biológicas del nuestro hubiesen seguido proceso de linfatización, si así puede decirse, y ya resultase inadecuado para mantener la vida como lo ha hecho hasta hoy.

 

Explicar este bosquejo no es hacedero en las líneas de una charla. Pero la lectura de los volúmenes indicados dejará en el lector la certidumbre de que, quien les trazó, ni sufre psicosis, ni sus planteamientos pueden ser referidos a travesuras de la imaginación.

 

III

 

Es, realmente, para mí, insondablemente asombroso lo que ocurre este momento. No hay antecedentes en la historia de pueblo peruano que llame a un lugar público a un autor, y le pida explicar su obra para entenderle. Sólo en esta tierra singular del planeta se ha dado ese caso. Viéneme a memorias la visita que hizo a Puno, allá por el año 1927, un gran pianista argentino del apelativo del Cid Campeador, Ruy Díaz del Vivar, quien ofreció dos recitales, a los cuales acudió en masa la población de la aldea. Díaz del Vivar, emocionado hasta el sollozo, me confió su asombro: el pueblo que no tenía ya donde oírle en la sala del teatro, se apelotonaba en pasillos y calles. Era Díaz un mago del piano. Algo semejante está pasando hoy: un pueblo inquiere al autor de un modesto libro por los sentidos de su mensaje. Este privilegio no gozó genio alguno en la tierra. Mido, pues, en su soberana significación, desde el humilde sitial que ocupo como autor de libros, lo que ello importa. Cuando al pobre Dante, el genio de la Divina Comedia, le discutían y le negaban, sufría exilio con la promesa de ahorcarle si subrepticiamente se filtraba a tierras florentinas; nadie se movió a llamarle en su defensa. Lo menos que de él dijeron es que tratándose de autodidacta, ese libro genial podía haber sido escrito por cualquier maestro de la sabia Florencia, pero no por él. Y yo –no voy a compararme con Dante– he sido llamado de mi voluntario exilio por mis amigos, y los hijos de éstos me han traído a esta tribuna para decir palabras que esclarezcan los sentidos de mi modestísimo aporte a la literatura del Verú. Eso sólo es posible en este pedazo del planeta, donde, según afirmaba ese escritor revolucionario, Don Abelardo Gamarra, nunca se dio tonto alguno. He ahí porqué mi problema en este momento es más grávidamente severo, porque es un tonto quien debe rendir cuenta a los suyos de la obra con que pretende subvertir las bases hasta hoy consagradas a la mentalidad humana.

 

La proposición Dialéctica del realismo psíquico, alfabeto del incognoscible, puede ser juzgada superficialmente, sólo como expresión de aguda esquizofrenia, porque si es psíquico un fenómeno, no puede alcanzar realidad positiva y táctil, y su proposición, constituyendo el alfabeto del misterio, de lo inasible o inconcebible, determinará conclusión radical que señale al método fisiológico el medio único de su conocimiento, y ya deja de ser psíquico. Realmente, por más que yo esforzara mi modestia por elucubrar silogismo fructuoso que hiciese lógica su naturaleza, no habría alcanzado a más que agregar, sobre los lugares comunes de la arena de la dialéctica, grano más insignificante. A estos esquemas sólo pueden responder realidades. ¿Los muertos viven? Sí. Pues que hablen.

 

Desde las puntualizaciones del Estagirita en su Tratado del alma, que posteriormente la filosofía ha llamado psicología, a las expresiones de la nueva disciplina de la psique, a decir verdad, no se ha modificado sustantivamente el organismo dialéctico. Los fenómenos de la conciencia vienen de virtualidades y potencias del espíritu, del cual la inteligencia es la máxima expresión. Y como el espíritu, o el alma, para la buena ontología viene a ser lo mismo, o mejor, no se le ha descubierto individuación, resulta que los fenómenos de la psique corresponden al conocimiento de los inteligibles, esto es, que sólo la inteligencia, que no es de funciones fisiológicas, puede alcanzar a ese conocimiento. La psicología ha cursado por tanto un proceso por el cual perseguía encontrar en funciones endocrinas, como los científicos dicen, las cualidades de toda expresión anímica del hombre, hasta llegar al psicoanálisis que les refiere a síndromes que el decurso social determina como percusiones a plazos de impactos pasionales, o simplemente emotivos, para arribar a expresiones estadísticas que llenan de pavor, pues, precisamente, el psicoanálisis se ha encargado de revelar que la humanidad constituye ya conglomerado en estado clínicamente alienal.

 

En Resurrección de los muertos traigo a colación el parecer de prestigioso sicoanalista norteamericano, quien sostiene que el ejercicio de su profesión le ha demostrado que más beneficioso que los métodos terapéuticos de la ciencia, para bloquear la morbilidad psíquica que avasalla a las naciones, es someterse a los métodos del exorcismo parroquial, o de los ritos de la sinagoga israelita. Esto es, que sólo una voluntad divina puede resolver el ascenso de la locura, flagelo de la civilización. Y esto parece en cierto modo lógico, pues recordaremos todos que el Mesías, cuando le fue dispuesto un endemoniado, no atendió a curarle, sino a echar a los demonios que lo enloquecían. Paradoja aparte, esa conclusión es radical e incontrovertible: el mal psíquico en el hombre no es propio de él, sino de Lucifer, que se adueña de su conciencia. Quiere decir que, cuando se da el hombre bondadoso, justo, magnánimo, el Diablo no le ha aplicado el Ahayu-Watan, sino que son ángeles quienes le asisten. Diablo y Ángel son proposiciones simbólicas. Jesús echó a los diablos: ¿y qué hicieron éstos? Se metieron en el corazón de los cerdos, quienes, espantados por la presencia abominable, prefirieron destrozarse en el abismo. Pero ya libres del endemoniado y de los puercos de la piara, se posesionaron de otro individuo, y desde él le gritaron: ¡Sí, te conocemos, Jesús de Nazareth, hijo del carpintero!… Entonces, estos diablos tienen también personalidad, y son individuos con una psicología diferenciada. Son hombres. ¿Son, acaso, los muertos vivos…?            

 

El rastreo este corresponde ya a un intento de perseguir las leyes de un realismo psíquico como fundamento de la conducta humana.

 

Cuando se investiga en el rigor de la letra, o de la dialéctica, no se encuentra medio de conocimiento si él no procede de fenoménicas de la inteligencia; y de aquí que la filosofía y las teodiceas, éstas que se nutren de los símbolos, sólo llegan a conclusiones apriorísticas o dados de fe y de razón. Sin embargo, la lección de los símbolos que corresponde a un medio de expresión anterior a la letra, descubre que no solamente el hombre ha conocido la realidad de su mundo interior, sino que los muertos que adquieren perfil en esos símbolos, han estado manifestando al hombre las puntualizaciones de un realismo psíquico. ¿Qué se debe entender del cisne que posee a Leda? Tiene que entenderse que un genes de hombre, el del padre Zeus, padre de los dioses griegos, se ha posesionado del cisne y que el genes de una Cineza se ha posesionado de Leda, por lo que el apetito erótico se realiza desde dos individuos humanos con disfraces zoóticos y hómines. Esos son los llamados asivinos: Los Centauros, nuestro Khookhena, el hombre con cabeza de llamo; el Hombre-Kuntur, el Hombre-Puma.

 

La semilla humana es no solamente inmortal, sino que es aérea y posee capacidad de traslación que supera a todo concepto de velocidad. El mismo Jehová lo hace saber a los israelitas, cuando les notifica que su enojo por la desobediencia de sus leyes le ha inspirado el propósito de castigarles; y que él prenderá en el corazón del babilonio el odio con que debe arrasarles, como él pondrá el miedo en los israelitas para que sean sometidos a esclavitud y convertidos en polvo. Ese individuo aéreo está, pues, tan pronto con unos y los otros hombres, gobernando en su voluntad. Esto, planificado en tal esquema, nos lleva a otra conclusión que se fundamenta en las conclusiones de laboratorios: el genes, o semilla, o alma del hombre, es individuo-memoria, es un agente que es porque tiene viva memoria de sí mismo; y sus descripciones al microscopio han llevado a la conclusión de que posee conciencia y capacidad de razón, o sea de lógica. Es pues, el alma del hombre, que los frigios representaron en Eros, el dios del amor, o en Psique, la libélula del aliento vital.

 

Estas expresiones tienen que conducirnos admitir que el mundo interior del hombre está constituido por genes concienciales y mnemónicos, que allí son punto de partida de las violaciones de la conducta humana. Si en lo que ha llamado El Pez de Oro la Necrademia, o sea la academia de los muertos en los vivos, hay esa dinámica larvárica, ya se entiende que el hombre es bueno o malo según lo sean los individuos que le forman. De aquí parte el gran filósofo que fue San Agustín de Hipona para establecer su doctrina de la Ciudad Divina, la cual posee una sola dinámica: la voluntad del incognoscible, es decir la voluntad del inconsciente, que llama la nueva psicología, o sea del mundo interior. Los tratados que San Agustín dedicó a describir la psicología humana poseen pues importancia singular para concluir que el realismo psíquico no podrá ser establecido si antes no se sustenta que lo que hemos llamado el alma del hombre, es sólo la semilla del hombre. Y si esta entidad dinamogénica imprime el movimiento conciencial de la voluntad humana, tenemos que concluir que la Civitas Dei del filósofo describe la dinámica de esa voluntad subyacente, que dijo Bergson, en los destinos de la historia humana.

 

Para que un hombre de la estatura mental del númida Agustín derivara de pronto al excelso cristianismo que practicó y predicó, y para que fenomenal anticristiano y suprema mentalidad grecorromana como Pablo de Tarso, cuando se dirigía a masacrar cristianos, explota en sus contrarios, fue preciso que en Damasco éste, y en Tagaste, aquél, hubiesen sido sometidos al Ahayu-watan, operación por la cual el alma de un muerto echó amarradura férrea en la conciencia de los posesos, y tras esto les hiciera ver lo que buscaba, oír cuanto le convenía, desear en la medida de sus deseos. Hablo a lo loco –dice después Pablo– en los momentos de mi delirio. Esquizofrenia.

 

La psiquiatría nunca pudo caracterizar estos síndromes, y cuando a ellos se abocó fue para derivar a sindromatías de aproximación que escurren soluciones positivas. No tenemos porque admirarnos. La mentalidad humana está hecha sobre estos infartos de la patología de su alma. Sería para mí muy fácil planificar acá cuadro teorético que señale las desviaciones de la ciencia del alma; pero lo juzgo innecesario. Aún equivocada la ciencia siempre estará en su camino, porque para ella la libertad de rectificación es el deber de la conciencia científica. El Ahayu-watan tuvo este siglo confirmación resonante en las prácticas del ocultismo, cuando la doctora Besant, entonces tagoreta de este culto, anunció que el maestro Mairena, décima quinta encarnación de Krishna, se posesionaría de la materia pura del joven Krisnamurti, el cual fue descubierto por ella como el hombre destinado a actualizar la presencia de ese maestro de la humanidad. Y la operación con todos los fastuosos ritos orientales dio por resultado que Krisnamurti, no por poco tiempo, pasó a ejercitar ese papel, sino porque Krishna se había apropiado de su naturaleza. Estos fenómenos serán bloqueados siempre que el hombre actual cultive la reciedumbre de su yo, su ego. Y así fue que tras algunos años del macarrónico suceso, Krisnamurti decidió que se sabía muy él, muy en su yo, para hacer marioneta de nadie, ni de Krishna, y echó a las basuras el Ahayu-watan que le dispusiese la locura del ocultismo. De actitud como ésta no fueron capaces ni San Agustín ni Pablo de Tarso.

 

No estoy yo acá disponiendo baterías contra las religiones ni la fe de nadie; es con el mayor respeto que infiero a estos temas. Lo único grávido en mi caso es que tales rastreos tienen un solo corolario: la realidad, y ningún supuesto ni apriori alguno.

 

Como se me ha pedido cañamazo para el entendimiento de los símbolos de El pez de Oro, he creído de mi deber, de un honesto deber, anticipar esta exposición empírica que hará posible su asimilación. Por lo que descorrer sus significados y morfologías me será ya más hacedero, y entonces comprenderemos que ese libro se dirige a sustentar un conocimiento realista de los problemas anímicos humanos, y de las leyes de la historia, haciendo necesario comprender que la muerte es un mito, y que si la semilla del hombre no muere, y no muere su capacidad mnemónica, su naturaleza de individuo histórico, hoy, que hablo a ustedes, les hablo yo, y en mí hay prójimos nuestros que les hablan, como en ustedes hay conciencias lúcidas y honradas que al oírme entienden que la muerte fue creación del alma enferma del hombre, causa para el destino satánico de la conciencia después de la tumba. Y si los hombres no mueren, los pueblos que son formación de hombres, tampoco pueden morir, por lo que si este fenómeno insólito sin precedentes en la historia humana se produce en territorios del Tawantinsuyu, nuestra patria, es porque el Tawantinsuyu, como sostuvo el arqueólogo francés Meutroux, es un muerto-vivo en las cumbres andinas, y si renace, pues será allí donde nació: el Titikaka.

 

Mañana nos ocuparemos de los símbolos del Khori-Challwa, el genes, o alma del Tawantinsuyu. Sin embargo, no desearía se me interprete de una intención subversiva contra el orden político constituido. El derecho de los americanos a la hegemonía de lo que se llama el espíritu, es primordial y básico para la estructuración de una conciencia continental. Ya puntualicé en El Pez de Oro, que así como el mito griego es el alma mater de la naturaleza europea, el mito inkásiko debe serlo de una América dueña de sus entrañas y de su voluntad. Nuestro país se suma a esta corriente cada vez más vigorosamente. Su arte es ya cuasi radicalmente inkásiko, y hasta sus poetas surrealistas se inclinan a abrevar en las fuentes de la inspiración ancestral. Cuando el actual gobierno instituye la disciplina  de lo que se llama la cooperación popular, acaso no lo ignore, está revitalizando el fundamento moral de la naturaleza inkásika. Eso fue el Tawantinsuyu, el milagro de la cooperación popular. Entre las revoluciones de la anécdota histórica –lo sabemos todos– está el prodigio del trabajo cooperativo del Inka, y del montaje por series que fue milagro de la industria de guerra yanqui en el conflicto contra el hitlerismo, por ejemplo. Llegado el Inka al grupo que se le sometía, era informado que carecía de regado agrícola, y hasta de fuente municipal para el suministro de agua, si así puede decirse; y si llegaba a la tarde, ya rumbando el sol al ocaso, ordenaba a su ejército que al día siguiente debía llegar el agua a ese poblado –que se traería de ocho leguas de distancia– antes que el Padre Sol festonase con sus rayos las cumbres de la montaña. Y los asombrados hijos de esa localidad al amanecer del día siguiente percibían el ruido de la corriente que inundaba la poza en que se depositaría en beneficio de los nuevos, no súbditos, Hijos del Sol. Eso, en clasificaciones políticas modernas, se llama espíritu público, ese principio moral que hace que todos los hombres se sientan obligados a concurrir al beneficio de la colectividad.

 

Fui testigo de un hecho en pampas de Utawilaya, lugar donde se alzaba el terrazgo de ese prohombre de nuestro mundo que fue Manuel Camacho, el apóstol. El fuego había devorado el bohío de una familia, y cuando ésta llegó encontró que no tenía cobijo y sus enseres todos habían sido convertidos en ceniza. Ya en plena noche lunar vi también que la comunidad, como hoy se dice, esto es, el conglomerado del ayllu, se hallaba entregada a reconstruir la pequeña casa, y que lo hacía acarreando materiales de propiedad de sus miembros; pues la dispondrían, hasta donde eso era posible, de cuanto había perdido la familia. Al interrogar a qué obedecía el apremio, si se empeñaban en trabajar de noche y no de día, se respondió: habría sido una vergüenza para el ayllu que el Padre-Sol contemplase esa ruina en el abandono, signo de desidia e inhumanidad de la familia común. Allí es forzoso encontrar viva el alma del incario.

 

Cuando se miran estos hechos se tiene que sustentar que la muerte es un mito, y que los hombres que dinamizan desde el gobierno, o en el ayllu, tales movimientos están demostrándonos que los inkas, metidos en su naturaleza criolla o mestiza, siguen por la ruta de su derecho histórico; y que la dialéctica de nuestro destino sólo puede resolverse cuando el gran imperio, que ellos forjaron a través de los milenios, recupere, dentro de las formas de la civilización, los ejes cardinales de su naturaleza. Entonces habremos puesto un pie en el camino de nuestra verdadera historia, y lo que llamamos el Verú se hará la república del Tawantinsuyu.

 

He aquí lo que he llamado el Realismo psíquico, alfabeto del incognoscible, punto de partida para estructurar todo organismo político o mental. No se oculte a ustedes que esta esquematización, desprovista de pretensiones académicas, determine la radical transformación de los conceptos sociales, políticos e históricos que han predominado en el mundo hasta el siglo XX, y que su aceptación por la ciencia con autoridad señalará el arranque de una nueva cultura y hasta de nueva humanidad para el planeta todo.

 

La cultura humana, a partir de este hecho, acaso se denomine cultura del Tawantinsuyu.

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