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Poesía peruana de luto: fallece Tulio Mora – Recopilación

En lenguajeperu.pe rendimos tributo al poeta Tulio Mora, recientemente fallecido, miembro del mítico y fundacional grupo Hora Zero (el teórico del grupo, como le gustaba llamarse), cuyo aliento vitalista, su labor de cuidadoso orfebre, sus conocimientos y compromisos con una búsqueda poética donde el pasado del país y la oralidad, -el descubrimiento de la historia como un tema a componer-, abren y descubren horizontes de nuestra propia identidad; amplificando los diálogos políticos y estéticos de la poesía de fines del siglo Xxe escrita en el país.

Aquí una breve selección de sus poemas:



Pikimachay
(20,000 A.C.- 14, 000 A.C.)

Descanso la fatiga de una vida sin culpas
bajo la humosa, limosa tierra de una cueva.
Pero antes en las pampas
limpias como el ojo de la luna
fundé la memoria de este país.
Fue como cargar a un puma vivo.


Toquepala
(10,000 a.C.- 5000 a.C.)


Una y otra vez la arcilla colorida se adhiere a la pared
dando forma a las manadas que afuera, en la planicie,
corren acezantes por los dardos
que arrojamos sobre sus carnes frágiles y tiernas.
Tensos, por la herida, los más débiles nos miran con los ojos
del que jamás volverá a asombrarse.
La resignación es su lenguaje. Los más fuertes
se revuelcan de dolor, lanzan gemidos que el carbón
no reproduce. Su agonía es todo el arte que he dejado.
Su agonía y el goce ( también el miedo ) de mi vientre.
Aquí no he pintado una ceremonia, sino un consuelo.
El tiempo – esa repetición de mis harturas y penurias,
con los dientes más filudos del más viejo carnicero del Perú-
concederá otros atributos a mi estilo, pero recuerden
el hambre hizo de mí el artista que ahora elogian.


Kotosh
(2500 a.C.- 1500 a.C.)


La confesión de su precariedad no traiciona
su mensaje apacible:
las manos son la prolongación de nuestro temblor
en lo distante, la voluntad
de lo que acercamos al cuerpo.
Su calor alude a la ternura del tizón
latiendo bajo las ollas
que nos repone del estragamiento de los días.
Se trata de un consuelo
delimitado por la conquista
del espacio armonioso
más que de una imagen
delimitada por la conquista
del espacio usurpado.
Es su descansar la renovación
de un pacto de sobrevivencia
tan viejo como el reconocimiento
de que muchas manos fueron necesarias
para extraer del pegajoso barro
su belleza sedente.
Su silencio nos trasmite
las fatigas de otras manos
enterradas en el agua, en el filo
hiriente de las piedras,
en los espesores de la noche.
Su perennidad es nuestro sueño común
que otras manos cortaron
para equivocar su mensaje.

Chavín
(1500 a.C.-500 a.C.)

No al pie de nuestro dios, de cuya múltiple figuración
-rugiente como el puma, astuto como la serpiente
e inasible como el águila de espolones cenizos- brotaron
las verdades de la tierra y nombre a las estrellas dimos.
Ellos nunca lo entendieron… Tampoco en el patio hundido,
en cuyo piso muchos de ellos desangraron
alineando las baldosas que representaban
la captura de la simetría, la certeza de las cifras.
Menos aún bajo el rumor de los papales
que multiplicamos para que ellos lo entendieran.
Tampoco en la memoria del artista que talló
una voluminosa testa como un clavo
sobre el templo en que murió su padre.
Nunca lo entendieron y el castigo amasijó sus huesos…
Pero no hablaba de eso, sino de mi reposo desolado,
allá en la cantería, más abajo de ellos,
más que mi dios y sus anuncios.
Tamaña ingratitud no es justa, pero ninguno de nosotros
-sacerdotes, astrólogos, tramoyistas de la credulidad-
sobrevivió a la rebelión para decirlo.



Rosa Campana
( ¿- ?)


Terca como Zaña -el pueblo que me vio nacer
y morir -, me siento en una mecedora
mientras los vecinos esperan otra vez, y mil veces,
que el río desate su furia misteriosa
y nos vuelva a destruir.

Somos hijos de la precariedad: el pecado
borró con una mano nuestras glorias improbables.
Primero fue el pirata Davis, que escogió,
a sangre y fuego, a las doncellas más hermosas
para ausentarlas por la mar a tierras irredentas.
Luego fue la monja- alférez, amante de otra monja
y asesina de decenas de cristianos.
El río desjugó sus iras y tronó,
mas nadie vio en él la alerta de los cielos.
Frescos aún estaban los cadáveres
de diez esclavos en el cerro de la Horca,
cuando una madrugada la ciudadela de mansiones
y conventos se hundió como Sodoma
bajo el peso de las piedras,
lodo y semen de los poderosos.
No escarmentados con los signos de la divinidad,
los hacendados continuaron las matanzas
y otra vez bramó el río como un toro
y otra vez la sangre barboteó
y el pueblo fue un ánima sin paz.


Por eso se aparece el diablo en las esquinas
como un caballo blanco. Oigo su trotar,
su relincho en el molino, a las dos de la mañana,
el crujido de sus huesos
cuando muerde briznas de alfafa.
Pero nunca veo al animal.
También tiene forma de lechuza el Enemigo
o de un venado con piel de terciopelo
que brilla con la luna como espejo.

Desde mi mecedora lo presiento,
cuelgo entonces ruda y sábila en la puerta.
Somos hijos de la precariedad,
casi no hay casa que no tenga penas.

Duendes y burlones trasgos
juguetean en huertos y zaguanes.
Viuda ya, a los 90 años,
descubrí que esas criaturas doloridas
no habitaban en el cielo,
sino en el limbo que dejan nuestros cantos.
De Zaña son el tondero y el landó,
los romances de la bella Bacaflor
y Carlomagno, el par de Francia.
En Zaña se templó el primer cajón,
a cuya ritmo Juan Leiva dedicó
la picardía de sus décimas:
“el día que yo me muera/ no me entierren
en sagrado/ entiérrenme en pampas verdes,/
donde pise el ganado,/ y que me quiebren la luz,/
y todo quede olvidado”.
Esta es nuestra gloria:
haber escrito -indios, negros,
chinos, blancos – en los laberintos
de la sangre y la pobreza
la memoria del azar y la sobrevivencia.
Una y mil veces se lo digo a mis paisanos
mientras balanceo mi mecedora:
más presagios preñará el río,
pero aquí estaremos todos
escribiendo el poema de la vida.

Poemas del libro Cementerio General

SUPLICA AL VIENTO

Ucayali, escúchame,
te he pedido un lugar para vivir en paz,
que me sea concedida esa gracia
si no deseas que muera shingurado
en este campo de concentración,
si no deseas que enloquezca
podrido como los edificios, como el mar.
Escúchame, por favor, Padre Ucayali,
yo no quiero morir como Martín Adán,
yo no quiero vivir como Wáshington Delgado;
quiero ver crecer a mis hijos entre los itaúbas,
hablando el mismo idioma de los pihuichos
cantando como el bon sapo campanero.
Escúchame, por favor, Padre Ucayali
y Maruja feliz te besará en los ojos
y yo escribiré tu nombre más alto que los águanos
oh Padre, Gran Río, anciano de ojos hermosos.


Poema publicado en Estos 13

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