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Poesía y pedagogía: la belleza como signo del acto educativo- Emilio Paz


Un ensayo desde la experiencia personal


por Emilio Paz,

profesor y poeta


Veo un vídeo de uno de esos programas de talento que existe alrededor del globo terráqueo. Observo a un hombre que realiza un monólogo en donde juega con el humor y con su condición, el tipo fue diagnosticado con ELA. Enfermedad sin cura. La muerte está más cerca. Pero observo que ingresa su esposa al acabar su acto, camina por detrás de él, le pone la mano en el hombre. Él se da cuenta y la ve. Aquí existe una pausa, ellos se miran con ternura y amor. El amor es real. Uno dirá que esto es cursilería y que no merece un escrito. Sin embargo, ¿en qué momento la sociedad perdió la sensibilidad? ¿Dónde está aquel elemento, aquel signo, que nos despierta la sensibilidad para completar la razón y observar, en su totalidad, la realidad? ¿Por qué ya no nos conmueve un beso, un abrazo, unas palabras de afecto? ¿Por qué se ha vuelto tan difícil aprehender la belleza en la vida humana? Porque ahora, hasta la historia y vida humana, se torna en una vivencia grisácea, con fórmulas para ser feliz y mecanismos de adquisición de experiencias. La creatividad, la imaginación, la significancia de la vida, quedan relegadas a un plano subjetivo donde no son útiles para la producción y el pragmatismo. ¿Acaso ya nada es signo de algo más? En todo caso, aquí podemos dar pie a los primeros rasgos de nuestro ensayo personal.


En primer lugar, hay que definir o describir qué es el signo. Este nos remite a un más allá. El signo es una señal de algo que preexiste y que se manifiesta en tiempo futuro o en distancia próxima. Hay una existencia que está más allá de lo evidente y que el signo, por su propia naturaleza, nos remite. La distinción entre signo y símbolo puede ser significativa. En la antigüedad era normal que dos personas junten los pedazos y formen un medallón, así podían reconocerse en el amplio camino recorrido. Sin embargo, ¿cómo una persona puede ser signo? Signo es algo más profundo que una simple palabra y, a la vez, sigue siendo esa misma palabra. Si decimos la palabra “gato” nos remitirá a un ser vivo con características felinas. Aunque este concepto sea abstracto, porque cada ser humano tendría una imagen de gato distinta, no podemos negar la posibilidad de conocer el concepto gato y penetrar en él, aprehenderlo, hacerlo propio. El signo nos remitirá a algo distinto, nos lleva por otro sendero. Pero para que el signo logre llamar la atención del sujeto debe poseer algo de verdad, algo de bondad. ¿Cómo lograr esto? Quizá la formula tomista de lo bello, este leve elemento que logra hacer brillar la verdad y la bondad del signo. Pero ¿dónde está lo bello? ¿En el objeto, en el sujeto? ¿En el fenómeno, en los sentidos? Quizá lo bello emerge del encuentro entre ambos, entre el fenómeno que enseña y los sentidos que atrapan. Pero si la belleza desaparece, se anula, se extirpa del fenómeno del conocimiento, ¿qué queda del mundo?


Quizá quede una maqueta sin vida.


Ahora, ¿cómo afrontar esta situación en la vida diaria? La propuesta que presento es a partir del profesor. Este es signo, no solo de conocimiento sino también de sensibilidad. Por lo tanto, y quizá sea atrevido, de humanidad. Claro, que aquí hablamos de un modelo ideal y significativo. Un modelo que emerge de la verdadera y real vocación de enseñar. La educación es un arte complejo, una poiesis distinta, pero que de todas formas deja su huella en la historia de la humanidad. No, aquí no hablamos de la crítica platónica hacia los poetas o de la reivindicación aristotélica. Aquí hablamos desde el aspecto más sencillo del acto poético, del quehacer humano de comprender la realidad otorgándole palabras y descripciones a lo inefable. Poiesis es producir, es laborar y labrar, es generar algo nuevo a partir de los dones presentes, de los estímulos que presenta la realidad. El maestro produce un algo en el corazón del discente con lo que ofrece y con lo que encuentra. No, el sujeto que aprende no es un ser sin luz, es un ser que posee conocimientos atrapados, encerrados, inmaduros; pero que logran madurar cuando se confrontan con los nuevos conocimientos. La misma experiencia en donde el profesor se presenta como signo de un más allá.

Pensemos, por un instante, en aquellos maestros que nos marcaron en lo personal, siempre llevaremos alguna de sus lecciones en nuestra vida diaria, aplicándolas de alguna manera. En el peregrinaje eterno de la vida es donde se evidencia la significancia e impacto que un maestro deja en su estudiante. El maestro educa en la libertad al estudiante, lo confronta y lo protege. No le quita la posibilidad de encontrar su camino, sino que le muestra las herramientas necesarias. La acción pedagógica es una acción poética: hay que producir desde el interior con albores de la razonabilidad que van de la mano con las posibilidades de la sensibilidad. El docente no puede ser un mero almacén de datos estadísticos, fríos, carente de cualquier rastro de humanidad. El maestro es un poeta que logra atrapar los sentidos de sus estudios y forja una obra en la individualidad de cada uno de sus estudiantes.


Al igual que el poeta, el maestro parte de lo particular de aquel gran orbe. La actitud es abierta, de aprendizaje constante, de maravillarse por las cosas sencillas, de presentar la amplitud del horizonte cognoscitivo en el objetivo de captar la belleza de las cosas y así aprehenderlas, entenderlas y conocerlas.


Pero ¿qué relación guarda el docente, el signo y el poema? Pues el signo es evidencia de una interpretación y lectura poética de la vida, un pequeño acto que queda evidencia en el horizonte cognoscitivo del estudiante y que lo empuja a conocer más, a degustar más. El docente es signo de este fenómeno. Él no puede entrar solo en la realidad – en realidad, ningún ser humano puede – porque este proceso es comunitario, es social, se da en la confrontación y reconocimiento con otros, otorgándole una mayor profundidad al acto del conocimiento. La poesía no es un lenguaje para sí mismo, es un lenguaje para el mundo desde el mundo. Es describir el vuelo de las aves o la franja que dejan los delfines sobre el vientre marino, la poesía observa en la realidad y le arrebata las palabras que necesita. La poesía es una entrega generosa del poeta para el mundo. Desde siempre, a pesar de las críticas y estudios, la poesía siempre ha buscado darle luz a ese espacio sombrío del conocimiento. Por ello, los poemas son un modo distinto de conocer, de adentrarse en la realidad, de comprender visiones de otros. La capacidad educativa es similar en cuanto hace luz en los aspectos sombríos que la razón va conociendo. Los nuevos conocimientos, las experiencias significativas, los procesos pedagógicos, las iniciativas, etc; todos poseen algo del acto educativo – poético. El mismo permite visualizar mejor la belleza de la realidad, de conocerla para poder ingresar en ella.

El ejercicio docente es en y para la libertad, al igual que ejercicio poético.Existe un estímulo, pero que no es opresivo, sino que es liberador.
Es un halo de creatividad que secundan al primer momento de encuentro. La profundidad de este encuentro es lo que permite al estudiante reconocer al docente como signo de algo más, de un algo que supera sus propios conocimientos y que los reconoce como posibilidad para saciar sus inquietudes. Pongamos un ejemplo sencillo: la profesora que identifica el dolor de un niño en su mirada y comienza a preocuparse por él. El niño reconocerá un acto afectivo que lo llevará a conocer más a la persona. Existe un acto de moralidad en el conocimiento, una confianza en cuanto la persona que nos interpela expresa rasgos de la humanidad, rasgos sobre entendidos, pero igual de necesarios en ser reconocidos (como la amabilidad, el respeto, la preocupación). La educación no es un pacto ni un compromiso protocolar, es, en cambio, un acto que logra tocar las fibras íntimas del alma para poder corresponder a la exigencia misma de la naturaleza humana: la búsqueda de sentido. La complementariedad entre razonabilidad y sensibilidad será el modus operandis de la educación. La lectura de la vida en clave de poesía nos permite entender que la persona no es un sujeto ausente o estático, sino un sujeto que pertenece a un entorno, con sus propias características y particularidades. Un buen docente reconoce la realidad, deja que esta lo interpele y cuestione. Un buen docente hará una práxis poética desde la eventualidad de explicar esto y llevar a otros en este camino


Por lo tanto, el docente es signo de algo más. De algo que el estudiante va a conocer y reconocer. Gracias al ejercicio y acto educativo, el estudiante tiene luces para adentrarse en los pasos sombríos de lo desconocido, permitiendo ampliar su horizonte cognoscitivo desde la complementación entre razonabilidad y sensibilidad. Este adentrarse y aprehender es un acto poético, donde el ejercicio de la poiesis permitirá que el estudiante presente un conocimiento significativo, que es suyo, que es creación de él. Estudiante y maestro penetran juntos en la realidad desde la contemplación de la belleza de la misma que les permite reconocer la verdad y el bien de ella. Así, el estudiante es libre y penetra en la realidad, como individuo y como miembro de una comunidad.

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