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Cruza la calle, Verso volador, & Otros poemas – Jener Roa Neira

Jener Paul Roa Neira es aeronáutico, bombero, editor e investigador. Nació en Culqui, Piura. Fue becado por la Fundación Faucett para cursar estudios de Aeronáutica. En el 2018 se gradúa como Bombero Voluntario del Perú. 

Dicta conferencias sobre teoría de la literatura y poesía en distintas instituciones como la Universidad Mayor de San Marcos, además de disertar sobre temáticas como la filosofía de la felicidad y seguridad en el trabajo. Es Editor en el periódico Generación, también dirige la Editorial Cielos. Ha recibido reconocimientos en diversos certámenes de poesía.

Ha publicado el poemario El fuego del amor: Ahavalgia (Editorial Cielos, 2018). Asimismo, conformó las antologías Poemas de abril (Gaviota azul, 2017) y Corazón de poeta (2018) de la Asociación de Poetas. Ahora mismo prepara una siguiente publicación de su investigación titulada Hagamos la felicidad (Editorial Cielos, 2019).

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Poemas

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  1. Cruza la calle

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Al ombligo de la noche he llegado,

mi casa y de las luciérnagas de luz.

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¿Te has asomado a ver desde un edificio la noche?

La noche la haces tú. Y otros más alumbrando el orbe.

Estamos ocultos detrás de una mirada.

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Hay tres estrés inseparables en mi pecho,

he amado tanto hoy y desecho me cubro

los ojos de cansancio suave y satisfecho nublo,

he andado por todo el mundo sin salir de mi silencio.

El respiro de la cabeza desconfía,

los caminos del hombre se desconocen

de tanto que son conocidos.

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Este campo de Lima´s es una obra de arte

a las doce de la madrugada, cambia letras y foquillos

cada instante, y sin cambiar nada todo cambia.

El único color que existe en el mundo es el nuestro.

La fuerza que pintamos no caerá, ¿qué haría Newton?

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Y mi ventana vuelve a dar sobre mi puerta,

y mi nariz absorbe todo el resfrío de lo oscuro,

y no sé si volver a salir o quedarme fuera.

Del otro lado de la calle se queda el mundo.

He logrado muy poco, compañero,

solo mis sueños y mi camino.

Y un verso surge ante mis dedos…

.

Cruza la calle: quizá no triunfarás,

pero quizá triunfes.

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  1. Verso volador

 .

Hoy he volado con mis alas blancas,

hoy volaré para toda la vida.

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Recuerden siempre volar más alto:

En la tierra no hay santos;

las heridas las sana el viento

como el tiempo sana el alma.

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Verso volador, ya pesan ligero

las estrellas aeronautas

de tus nubíferas ilusiones.

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Hoy he volado al ras de los hombres,

rozando a Dios que me miraba suspirarlo.

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Mis alones ya cansados se han sentado

y un ángel impuso las manos sobre una rosa

que me recordó un poema: ella,

prometió orar a diario por mí

hoy, que me he detenido, lo ha olvidado.

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Apareciste un día como hoy, como un ave que del cielo cae,

silbando un chirrido, un cantado gemido. Te vi de lejos

y te acercaste; una caricia, un abrazo, un abrigo sobre el mar,

una tierna frase: ¡Quieres volar conmigo!

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  1. Carta para una deportista

 .

A Thalia Turkowsky

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¿Recuerdas ese amado sonido de la pelota rebotando?

Es el instante mismo en que tu corazón te alienta.

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Hay fuego que impulsa, esencia interior que llama.

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Recuerda cuántas veces el pecho en gloria,

cuánto edén familiar sonriente: días de fuerza y victoria,

recuerda la vista arriba de tu mente,

amplias redes que tantas veces venciste,

recuerda el cielo redondo

en tu mano con los saltos briosos de disciplina.

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Pero hay más, siempre hay más tras la colina.

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Cierra los ojos, mira a lo alto, de ahí eres,

tus alas observan, te dan aliento:

¡Triple paso exitoso de aventura!

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¡Qué inteligencia impulsándose en el asfalto!

¡Qué renuevo de vida! Fuertes unidos desde lo alto;

eres la habilidad que alumbra la fuerza,

la sonrisa sabia que dicta: no te detengas

que hay más, ya lo verás, cierra los ojos.

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Hay una pasión en tus arterias y en tu rostro

de viva resistencia de piedra,

hay una mujer que cuando parece que se pausa

¡más se enciende!

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Persistencia pura cuando ama.

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Poder en la beldad de tu sonrisa,

y en tus ojos he visto una llama

bajo el son de las negras cejas lisas:

vale la fe y la fuerza.

Pero hay más esperándote allá afuera.

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Qué camino no es angosto en la montaña.

Qué triunfador no ha tenido una caída.

Qué cielo no llora cada mañana.

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Al fin se sabe cada esfuerzo cuánto valía.

Tus ojos y corazón dibujan la meta:

va acercándose.

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¡Ahora, abre los ojos, ve a vencer!

La pelota no está perdida, está esperándote.

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4. Tremulidad

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Ha temblado la tierra, Señor, mientras mi ser álgido,

aquietadamente, oía a Beethoven en su parte más alta,

y leía a Pizarnik en su zona más débil,

y en nada pensaba.

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Ha temblado la tierra, Señor, y el árbol en que vivo

se remeció como bandera agitada por un patriota.

Y he sentido pavor como nunca, yo que miedo no tengo.

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De mi lecho durmiente salté, como si supiera

por primera vez que moriría, y que sigo viviendo.

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Hasta ella revivió un poco, un poquito más, y sonrió,

¡Alejandra, siempre vivimos!,

y a las arterias de mi pelo

encrespado instantáneamente

y el segundo suelo besando,

Beethoven elevó las notas.

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Ha temblado la tierra, Señor:

Mi mundo de pecados y martirios;

y ya es de noche, estoy solo en el bosque,

nadie viene nunca a verme,

¿Señor, vendrás conmigo?

Porque el cielo parece un abismo y yo caigo,

y todos caemos, para librarnos de los fuertes.

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Hace frío, tengo hambre, y quizá mi padre esta noche

no recuerde rezar para que pan no me falte

–me gusta el de trigo–, si me traes,

si decides acompañarme mientras la tierra tiembla,

Señor, no olvides tampoco que tengo un hermano cerca

y otros, no menos hermanos, más lejos:

trae para ellos, además, un abrigo.

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