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La corrosión del sujeto en la poesía de Jorge Pimentel por Víctor Vich

Por Víctor VIch

  Luego que cesó la lluvia opté por retirarme

  De aquel lugar lleno de árboles.

«Si somos iracundos es porque esto tiene dimensión de tragedia. A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla» afirmaba  de manera contundente el primer manifiesto de Hora Zero firmado por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz en 1970 (Pimentel, 1970, p. 13). Tres elementos hay que destacar aquí: la crítica a Lima un país lleno de excluidos, el vitalismo de los nuevos poetas frente al contexto social que se vivía y la función que la poesía quería cumplir al interior de una situación supuestamente revolucionaria que se acercaba y se alejaba al mismo tiempo.

Los poetas de Hora Zero, en efecto, se propusieron escribir una poesía torrencial, extremadamente eufórica y muy distante del cultismo hermético que había caracterizado a parte de la generación anterior y que ellos negaban rotundamente (GonzálezVigil, 1999). El lenguaje poético entró en crisis, se radicalizó la opción por el coloquialismo callejero y los referentes del mundo popular comenzaron a adquirir un mayor protagonismo en los versos (Chueca, 2006). Enrique Verástegui y Juan Ramírez Ruiz fueron poetas muy destacados a inicios de aquella década (En los extramuros del mundo [1971] es quizá el mejor libro del momento) pero Jorge Pimentel resalta porque su poesía encarna la densidad vital que animaba al grupo y por que su carácter contestatario permite visibilizar importantes vínculos entre las formas poéticas en curso y las culturas políticas del Perú contemporáneo!.

Me explico mejor: la poesía de Jorge Pimentel, con un tono afectado y siempre vehemente, intenta expresar el malestar del sujeto en el mundo contemporáneo a partir de una perspectiva materialista que ahonda en la falta y el vacío social. Su foco, sin embargo, no es la sociedad propiamente dicha o la coyuntura política, sino el de una subjetividad triturada y corroída (pero siempre crítica) que emerge de tal contexto. Sus versos son el testimonio de un sujeto herido que se descubre como un resto del orden social o como una «parte sin parte» que se ha quedado fuera del sistema. Se trata de una voz marginal que en cada verso constata que en el futuro solo le espera precariedad, desempleo y mayor exclusión social.

Por lo general, estos poemas representan una vida, con escasez de todo, que se va volviendo cada vez más sórdida a causa de la falta de trabajo y de recursos para sobrevivir. Se trata de una situación límite que coloca al sujeto casi al borde de la desintegración y de la muerte. Desde ahí, puede decirse que buena parte de la poesía de Jorge Pimentel es un intento por representar la tensión entre la estructura social y el sujeto al interior de las nuevas dinámicas del capitalismo contemporáneo. Se trata de una poesía escrita con dolor y desesperación que casi llega a sostener que es inútil enfren- tarse al sistema porque la desproporción de poderes es demasiado grande. Es decir, sus versos muestran cómo el orden social le resta al sujeto buena parte de sus posibilidades de agencia y cómo corroe sistemáticamente su carácter convirtiéndolo en alguien a quien solo le queda contemplar su fracaso. ¿Es el capitalismo un poder que limita la libertad humana? ¿Qué queda del sujeto (al interior del capitalismo) en la cruda poesía de Jorge Pimentel?

Hay que situar esta poesía no solo en la coyuntura política que se vivía a inicios de la década del setenta (y que todos conocemos) sino además en el contexto de una crisis al interior de un conjunto de dinámicas propiamente económicas que obligó al capitalismo a tener que reformularse y a volverse un sistema que encontró en la flexibilidad laboral su única forma de sobrevivencia. Me refiero a que algunas de las seguridades que socialmente se ofrecían dieron paso a una profunda alteración en las formas de contrato y despido de los trabajadores. Sostengo que la poesía de Jorge Pimentel experimenta tal condición, intuye lo que se viene y da cuenta de su inmersión al interior de un sistema social donde ya nada es permanente y donde no habrá más lealtades ni compromisos duraderos (Sennett, 2010).

Pero hay que decir que en un inicio esta poesía estaba impregnada de un tempo fundamentalmente utópico que optaba por com- prometerse con el quehacer literario y ciertamente con la revolución social. El texto introductorio de Primera muchacha (publicado en 1997 pero escrito en 1974) expresa muy bien esta situación. Ahí el poeta cuenta que luego de un viaje a Europa decidió regresar rápidamente al Perú, se internó en el viejo bar El Cordano y permaneció varios meses dedicado a escribir el libro en ese lugar. Todo funcionó muy bien hasta que de pronto «el poema se terminó. La plata también se había terminado hace tiempo, pero seguía habiendo plata. El dinero brotaba obsequioso. Y todos fueron invitaciones y todo era júbilo y relámpagos, certeza y dominio, intuición y milagro. Y todos nos queríamos. Y todos nos cuidábamos. Y todos éramos solidarios» (Pimentel, 1997, p. 18).

215 De hecho, aunque la descripción realista de la pobreza urbana (y la crítica política derivada de ella) ha sido una línea que ha atra- vesado siempre sus poemas de extremo a extremo, lo cierto es que en sus dos primeros libros nunca dejaba de aparecer un espacio para la utopía social, vale decir, un lugar de franca resistencia que vis- lumbraba victorias y posibilidades políticas. El impactante poema «Sinfonía en Marlene (Poema Comunismo)» es un notable ejemplo de ello pero también lo es el poema titulado «Entonces tendremos un círculo ameno» que es menos conocido y que ha aparecido mucho menos en las diversas antologías de poesía peruana:

En algún lugar habrá un círculo ameno

para refraneros y mentirosos

Ciudadanos del mundo

ubico mi espíritu

en un ángulo inadvertido

ubico huesos y palabras

espontaneidad y dulzura

y pienso que alguna vez

fluirá eternamente el agua clara

fluirá en nuestros pies negados

porque en algún lugar

seremos el centro de toda atención

y el agua circulará, el agua circulará eternamente en la bondad, en la maldad y pienso más

fluirá siempre,

en el nuevo orden de hombres, mujeres y pájaros en el reino de ancianos y vagos

en poetas y artesanos

216

en la maldición abierta de los climas en los trecientos rayos de la madrugada

que forman un grito espléndido y bien logrado.

      (Kenacort y Valium 10, 1970, p. 39)

El poema afirma que el ideal existe y que puede realizarse pronto. Por tanto, lo convoca con un tono utópico y esperanzado. Hace explícito su interlocutor y desde ahí refuerza la universalidad de su propuesta. Al inicio, dicho ideal parece inadvertido pero poco a poco va irradiando su energía hasta tomarlo todo. No hay aquí segmentación ni malestar sino un conjunto de equivalencias que apuntan a la comunión universal: flujos de vida que no encuentran trabas (la moral se relativiza, por ejemplo) y que van construyendo una comunidad compacta y muy hermosa.

Así, el poema cristaliza un momento político donde todavía no se percibían las sombras y donde los grandes ideales (y el compromiso hacia ellos) marcaban las pautas de la vida. Hay en él una confianza en que el bien derrotará al mal y ese será el fin de la historia: un momento de estabilidad y armonía; una situación que permitirá que todo se desarrolle sin interferencias y en paz. La herencia de la poesía de César Vallejo se siente presente pero esta ya es una voz que va encontrando su propio camino.

Otro ejemplo importante es el poema titulado «Balada para un caballo» que expresa muy bien buena parte de esta estética marcada por la crítica política y por su capacidad para convocar a la utopía.

El poema comienza así:

Por estas calles camino yo y todos los que humanamente caminan

por esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje

que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va pensando

 muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan

contra el cemento de las calles. Troto y todo el mundo trata

de cercarme, me lanzan piedras y me lanzan sogas

por el cuello, sogas por las patas, me tienden toda clase

de trampas, en un laberinto endemoniado donde los hombres

arman expediciones para darme caza armados con perros policías

y con linternas, y cuando esto sucede mis venas se hinchan

y parto a la carretera a una velocidad jamás igualada

por los hombres, vuelo en el viento y vuelo en el polvo.

(Ave Soul, 1973, p. 31)

Como puede notarse, el poema inicia su representación situan- do una voz en un ambiente urbano profundamente hostil. Dicha voz es la de un ser en el que predominan los instintos antes que la racionalidad de la cultura. Se trata de un caballo «salvaje» y en los significados de este adjetivo se encuentra buena parte de la crítica que el texto aspira a establecer. Poema romántico y vitalista, el ca- ballo es la figura que permite establecer una posición crítica sobre aquellas dimensiones de la cultura que han quedado reprimidas por la sociedad moderna. El caballo es el hombre nuevo y la sociedad di- ferente. Es el signo de «una guerra contra lo establecido porque todo lo establecido es corrupto» (Kenacort y Valium 10, 1970, p. 7).

Se trata, en efecto, de un animal que sabe sobrevivir al maltrato y que logra vencer todo intento de control social. La sociedad en la que habita es descrita como un endemoniado laberinto saturado de poderes y ambiciones. Si algo queda claro al inicio es el enfrentamiento entre la sociedad y el caballo o, mejor dicho, el poema hace notar la manera cómo la sociedad no acepta la presencia de un personaje con tales características porque, por contraste, le revela todos sus problemas y todo su mal.

Hay que anotar además que este es un caballo que lleva tras de sí un amor perdido. El poema no ofrece mayores datos al respecto pero aquella imagen corresponde a la estética romántica desde la que surge y que lo carga de un buen conjunto de significados políticos que continúan sirviendo para producir una mayor diferencia entre el caballo y el orden social; me explico mejor: si el orden social se describe como degradado, el caballo es hermoso; si este es frío y racional, el caballo es afectivo; si el primero se ha constituido como un sistema represivo a razón de los poderes existentes, el caballo es por el contrario el signo de la libertad y del retorno al mundo

«natural».

Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo

y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión

sobre las traseras y paralelamente y a un mismo ritmo

antes de asentarse en el polvo retumban en la tierra.

Relincho. Y mi cuerpo va tomando una hermosísima elasticidad

me crecen pelos en el pecho y es un pasto rumoroso

el que se ondea y es una música y es un torbellino

de presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo. Atrás

van quedando millares de kilómetros y sigo libre. Libre

en estos bosques dormidos que despierto con el sonido

de mis cascos. Piso la mala hierba y riego mis orines

calientes, hirviendo en una como especie de arenilla.

Descanso a mis anchas, bebo el agua de los ríos, muerdo hierba

tallos, rumio. Mis mandíbulas se ejercitan. Muevo mi larga cola

espantando a los mosquitos.

                           (Ave Soul, 1973, pp. 34-35)

                    Intensa metáfora de la revolución social, el poema despliega

imágenes de algo que se revela como utópico dada la potencia de su diferencia. Su objetivo es revelar los males de la sociedad con- temporánea y mostrarlos a contraposición de la fantasía que se va construyendo con el caballo. Es decir, este poema opone «socie- dad» a «naturaleza», para localizar el origen del mal en lo artificioso de un orden que parece haberse alejado demasiado de la supuesta transparencia del mundo natural. El ímpetu romántico se vuelve muy claro en esta poesía en tanto el caballo siempre representa «lo abierto», vale decir, aquello redentor que ese encuentra más allá de lo conocido y que, por lo mismo, es todavía marginal y externo. Con destreza, el poema se despliega en imágenes que anuncian una rebelión o al menos un intento de resistencia al mundo social. Frente a la atomización que este provoca frente a la ruptura de vín- culos que el sistema promueve, la imagen socialista aparece como un ideal hacia el futuro y como un proyecto al que se le exime de toda tensión social. El poema, en efecto, termina por representar un universo armónico al que se le imagina no sabemos si como sustitu- yente o como confrontado al orden social imperante. En todo caso, sus imágenes apuntan siempre hacia la fantasía de aquello Nuevo que estaba por venir.

Yo sabía                                                                                                                                                     lo que le sucede a un caballo en la ciudad.                                                                                             Y por ello me mantengo alejado de ella. Pero a veces                                                              me interno y sucede lo que tiene que suceder. Pero si yo                                                      me rebelo y persisto y amo terriblemente mis posibilidades                                                 de realizarme en un medio donde la civilización se mata                                                         y permanecen odios, prefiero ser caballo. Mojaré                                                                       la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas ganas                                             intensas de vivir y me uniré a las manadas para galopar                                                    hacia la vida, para mantenernos unidos y vencer,                                                                    para no estar solos, para volvernos verdes —azules— amarillos                 anaranjados —rojos y trotar hacia el nuevo aire fresco                                                y el campo sin límites.                                                                                                       Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán de mí                                       y de mi yegua                                                                                                                              y de mi potranco

             (Ave Soul, 1973, p. 34)

             «La dinámica fundamental de cualquier política utópica reside en la dialéctica de identidad y diferencia, porque imagina un sistema Fadicalmente diferente a este», sostiene Jameson (2005) y aquí ello parece imaginarse con mucha claridad. Una demanda de libertad, de sentido comunitario y de transparencia vital surge a contraposición de una sociedad degradada que el poema revela sin tapujos como parte de su estrategia retórica y de una impronta po- lítica que lo atraviesa de extremo a extremo.

En realidad, todo este libro, Ave Soul, se encuentra apuntalado por imágenes que figuran el cambio social y la construcción de una realidad diferente. Publicado en 1970, se trató de un poemario que quiso construir un nuevo lenguaje político: no el de la confrontación y la denuncia directa sino aquel que, a pesar de la imagen salvaje y callejera, todavía seguía confiando en las posibilidades del lirismo y en la construcción de la imagen poética. El largo poema titulado «Balada del hombre del siglo XXI» es otro buen ejemplo del modo en el que esta poesía mantenía una estética clásica y quería funcionar como un dispositivo de profunda interpelación social.

Y prendí fuego a batallones de insectos que amenazaban destruir

cosechas y sembríos. Y cada día me puse delante de una estrella del cielo

devolviéndome a cambio, una mujer, Un hijo, brillando como las  luces

de una ciudad construida con nobles materiales. Y compartí con otros hombres

el trabajo, el pan, internándonos entre bosques y malezas llevando

nuestros aparejos de caza como los antiguos provistos de halcones y flechas

haciendo rodar a nuestros pies, garzas, conejos, tórtolas. Y cargue sobre estos

hombros el peso y la responsabilidad para con los míos y para con  los demás

miembros de mi comunidad.

              (Ave Soul, 1973, pp. 71-73)

Podemos notar cómo el ideal socialista que guió a muchos jóvenes de aquellas décadas aparece claramente reflejado en este fragmento. Se trata de la poética del «hombre auténtico» que imagina la vida como «estructurada por una misión en la que fuera de ella solo existe el absurdo y la culpa» (Portocarrero, 2001, p. 16). Este, en efecto, fue un modelo de vida que se impuso fervientemente como un patrón a seguir (y que muchos jóvenes siguieron de manera auténtica y comprometida), y que entendía que la vida solo tenía sentido si uno era capaz de entregarse a una causa (colectiva y libertaria) que era la causa del socialismo. La promesa de la salvación personal (es decir, de poder neutralizar el absurdo y el sinsentido) quedaba garantizada por el combate al interés individualista, por la apuesta hacia lo colectivo y por la sincera preocupación hacia los más excluidos. Se trató de una concepción efectivamente heroica de la vida que entendía que el sacrificio personal era una condición necesaria para el cambio y la revolución.

Pero, como decía al inicio, esta poesía fue dejando de lado la ilusión por el cambio social para producir, más bien, un testimonio desgarrado que poco a poco se fue concentrando en afirmar la pre- cariedad del sistema social presente, en mostrar las dificultades de socavarlo y en constatar la extrema desorientación ante el futuro. El libro titulado Palomino (1983) marca este cambio con muchísima fuerza. Veamos un poema al respecto:

Me estoy muriendo, mordí el anzuelo, caí en las trampas

estúpidamente y ahora me contradigo con

facilidad, me extravío, me pierdo, y con la luz de un lamparín

cruzo puentes rústicos donde nadie me espera,

donde no hay lugar preciso para mi cara, que ya dejó

de ser columpio o lecho de fresas.

Me estoy muriendo, mordí el anzuelo, caí en las trampas

al tratar de entender lo que pasaba,

al tratar de medir el alcance del engaño, la crueldad servida

masivamente, matanzas que desbordaron los océanos

en montañas de cuerpos ofrendados como un sacrificio como un rito

del que nunca participé, cuando nuestra inquietud

era otra o consistía en entender si esas sombras dispuestas

al alba eran para ser besadas, O simplemente para

observar su evolución en la forma cimbreante y espectacular

del relámpago.

              (Palomino, 1983, s/n)

             Como puede notarse, en este poema el verso hace más den- so, aparece un fuerte componente de angustia y la posibilidad de redención es casi nula. La voz poética constata un universo hostil donde ya no parece haber un voluntarismo que lo salve. La subjetividad ya no depende de sí misma sino que afirma haber quedado presa de un poder donde no hay salida posible. «Mordí el anzuelo», dice, y lo dice con dolor, de una manera muy afectada, constatando su desorientación y preguntándose por su derrota.

Los versos inciden en subrayar que se trata de un sujeto que se ha quedado solo y confundido, en el medio de la noche. Los lamparines que le quedan son ahora inútiles y entonces el saber no es más un consuelo ni una posibilidad de victoria. Es, por el contrario, otra trampa mortal que engaña con sus descubrimientos. En este poema el saber no libera sino que parece esclavizar más a la subjetividad en cuestión. Es decir, si hay una verdad que libere ella no parece estar atada al reino del saber.

Ahora bien, ¿a qué corresponde esa nueva desintegración y soledad? ¿De dónde surge esa sensación de inestabilidad y falta de sentido? ¿De dónde la inseguridad que se experimenta y los nuevos poderes que se constatan? Para responder a estas preguntas conviene adentrarse en algunos poemas más.

Comencemos con este poema:

Lo que pueda interpretar

está en desproporción

con lo que pueda comprar.

Lo que pueda pensar está lejos

de lo que pueda comer.

 Lo que pueda imaginar

jamás se concretizará

en un trabajo.

Lo que diga estará

en mi contra.

Lo que no diga

también.

Creo que lo que quieren

los militares

los burgueses

 es que uno se muera

pero uno no se muere

(Palomino, 1983, s/n)

Como puede notarse, el objetivo de este poema radica en mostrar la corrosión de la subjetividad a efectos de las condiciones del sistema dominante (Sennett, 2000). Ella consiste en un real descen- tramiento donde las partes ya no pueden conectarse unas con otras y donde cada una ha adquirido una lógica distinta. Todo en este sujeto ha comenzado a autonomizarse y parece imposible generar rearticulaciones que unifiquen la identidad. Ahora, la realidad va por un lado y los deseos por el otro. Entonces, interpretar no tiene nada que ver con comprar y pensar no se corresponde con comer. El poema se esfuerza por mostrar a un sujeto que ha quedado profun- damente fragmentado en una situación de absurdo y fatalidad.

Hay que subrayar que la ausencia de trabajo ocupa un rol cen- tral en esta representación. Se trata del centro inexistente de una subjetividad ya frágil y descolocada. Su importancia es de tal mag- nitud que sin trabajo no hay sujeto posible. El trabajo, en efecto, no es una actividad adicional dentro de muchas otras sino de aquella que define lo propiamente humano. Para Marx, por ejemplo, el su- jeto surge del trabajo en tanto solo gracias a él puede controlar la naturaleza, sobrevivir al mundo, y realizar sus diferentes potencialidades. El trabajo es el dispositivo que coloca al hombre en posición de creador y el que le proporciona poder, conocimiento y agencia frente al mundo.

Entonces, sin trabajo el sujeto se pierde, queda sustraído de su poder y todo comienza a estar en su contra. El poema muestra cómo en la sociedad contemporánea (constituida mediante una alianza entre la economía y el poder militar) el sujeto es «formal- mente libre» pero en realidad se encuentra completamente atado a los avatares de un mercado laboral inestable e inseguro. En este caso, su libertad no le sirve para nada salvo para reconocerse como un desempleado y como un simple resto del sistema. Es decir, a causa de no tener trabajo, el sujeto, ahora alienado, ha quedado «sujeto» a una mayor exclusión social.

Por eso mismo, el poema termina con una reflexión sobre la incesante reproducción del sistema como aquella estrategia que produce una mayor dominación social. Se afirma que el sujeto no debe morirse porque su vida marginal asegura la reproducción del sistema. Es decir, si el sujeto muere, el sistema podría quedar deses- tabilizado pues su funcionamiento implica que este tipo de subjeti- vidades dominadas (los desempleados) deben aceptar pasivamente dicha condición. El poema constata que no hay espacio para que todos triunfen en la sociedad capitalista.

El problema, sin embargo, es que «uno no se muere» y con ello se afirma que quienes nunca triunfan tienen como función sopor- tar sobre sus hombros toda la irracionalidad del sistema social. Al decir de Zizek, se trata de un sujeto en el que «su propia exclusión es el modo de su inclusión» (2011b, p. 118), es decir, que su lugar adecuado es su no lugar. Veamos esto con mayor claridad en un

poema similar:

Estoy parado.

Estoy sin trabajo.

Estoy de cabeza

y sigo estando sin trabajo. Llego a este banco de parque

a disputar un sitio

arrastrando los pies.

Estoy destruido sin siquiera

bordear los 40.

Estoy asustado

sin SS

sin L.E.

sin L.M.

sin L.T.

sin plata.

Estoy detrás de esa maceta con cactus no más atrás tampoco.

Estoy allí donde destierran a los poetas justo en esa zona de aletazo de tiburón de dentellada de puma.

Soy un hombre que no tiene

para su pasaje.

Soy un rayo que cayó del cielo

allá en el temblor de los pinos. Déjenme ser poeta, aunque sea esto que arde

y que gotea cera, me pertenece. (Palomino, 1983, s/n)

Nuevamente, la falta de trabajo y la ausencia de libertad son representaciones fundamentales. El poema afirma que sin recursos, no-hay libertad posible y ello trae como consecuencia una posición marginal que impide todo desarrollo. El poema muestra una subjetividad que no posee nada (ni siquiera un sitio en el parque) y que solo puede arrastrarse por los suelos. Estoy de cabeza, dice, porque la derrota se ha convertido en su condición misma y, sobre todo, porque es el signo que da cuenta de la pérdida del sentido de la vida.

Se trata, por eso mismo, de un sujeto que ha quedado al margen de la comunidad y de la nación pues no posee ningún documento que acredite su existencia. Ni seguro social, ni libreta electoral, ni libreta militar, ni libreta tributaria. El poema presenta entonces a un sujeto que no existe para el Estado y que ya no cuenta para el orden social. Se trata, en realidad, de un espectro con cuerpo, un fantasma que habla desde un lugar sin poder alguno.

Pero hay que notar que ante tal crisis, la salida no es el solipsismo hedonista sino por el contrario un mayor compromiso con la crisis misma y con la falta que emana de ella. Me explico mejor: lejos de evadir la falta o de contentarse con proponer una salida concreta, lo que observamos en este poema es más bien la identificación extrema con esa falta al punto de que es casi la falta misma la que parece proponer una tarea realmente radical. ¿Cuál es? Se trata de la escritura poética como acontecimiento de lo nuevo. Es decir, ante la imposibilidad de hacer algo al interior del sistema social, surge entonces la opción por hacer algo nuevo con el lenguaje. La poesía aparece entonces como el último recurso para sentirse vivo. Es decir, si el orden social vacía a los ciudadanos de todo lo que poseen, este poema afirma que hay algo en el lenguaje que permite recuperar la dignidad aunque ello parezca inútil. Ante un sistema que no genera lealtades ni compromisos de ningún tipo, ante un sistema donde todo se ha vuelto esporádico y transitorio, este poema reafirma una lealtad, un compromiso con la poesía a la que entiende como un ancla que es capaz de producir algo de sentido en el medio de la fragmentación y el deterioro social.

«Muerte ignorada» es un largo poema donde nuevamente se hace visible cómo la existencia humana se encuentra inscrita al interior de distintos poderes que terminan por colocar al sujeto en una situación de extrema precariedad. Se trata de un texto vertiginoso donde el lenguaje utiliza su posibilidad barroca para transmitir la verdad de la exclusión social y del sin sentido de las nuevas condiciones del sistema imperante. El poema comienza así:

Qué clase de vida es esta

ulterior, posterior, media,

cuarta vida, enésima, vigésima,

infinitesimal, variada, altisonante,

borrosa, puniriva, tripoidal, prismática antológica, cromoidal, de primer turno

de ínfima posibilidad, borrosa, constante, sonante milimétrica, para todo uso, cítrica,

con espejos, a sueldo, demencial,

barata, negativa, venga de donde venga,

vuelva otro día, lo siento queda usted despedido (Tromba de agosto, 1992, p. 33)

Como puede observarse, se trata de un lenguaje diferente que en su atosigamiento verbal produce la imagen de un sujeto someti- do a una presión extrema; un sujeto que ha perdido control sobre sí mismo, que ya no puede manejar su destino y que contempla su derrota personal con agobio y con resignación. El poema mues- tra cómo este sujeto ya no es importante para un tipo sistema de sistena social que no ha puesto a la vida humana en el centro de su accionar. Para este poema, en efecto, la vida se ha vuelto algo diferido, algo postergado, un anexo de cosas supuestamente más importantes.

Nuevamente, el no tener trabajo ocupa un lugar central en la definición de la subjetividad. No hay sujeto sin trabajo o, mejor di- cho, la falta de trabajo destruye a la vida en general. Si ya sabemos, desde Marx, que los productos del trabajo objetivan las capacidades del hombre aquí el sujeto ha comenzado a dejar de ser un sujeto porque ya no puede crear nada, porque todo su potencial va desgastándose y porque parecería que va dejando de ser un ser humano.

Observemos bien el giro que el poema produce. No se trata ya de la alienación que el sujeto experimenta por las condiciones laborales a las que está sometido sino, más bien, de la pérdida de sentido que se produce por haberse quedado sin trabajo. Es decir, el drama mayor que narra el poema es el de un sujeto que ha quedado desubicado porque ya no tiene lugar en el modo de producción y porque el trabajo se ha vuelto la única protección posible al interior de una sociedad que lo reduce cada vez más.

Desde aquí, la sociedad se representa entonces como una fuerza que ejerce mucha presión sobre el sujeto y que regodea su goce sobre una subjetividad cada vez más débil y aislada de todo. La organización social no asume responsabilidad alguna y coloca a los sujetos ante una situación de extrema ansiedad y de falta de libertad. El sujeto, sin trabajo, queda libre pero curiosamente atado pues bajo el discurso de la libertad se esconde una intensa exclusión social.

Digamos entonces que la sociedad que describe la poesía de Jorge Pimentel es una cuyo funcionamiento promueve el constante aislamiento de los sujetos: mecanismos económicos, formas jurídicas, instituciones políticas, son poderes que siempre se cuestionan en los poemas porque tienen consecuencias concretas en Su vida cotidiana y porque han colocado a los sujetos en una situación de precariedad y agonía.

me jodo, me jodes, me jodí

razonada, volcánica, idílica,

costreñida, más claro no canta un gallo, de pescuezo corto, de anchas caderas,

perseguida, granate, que pase el rey,

y que no ha de quedar, abre el cofre

y verás los contratos con las trasnacionales de EMÍ, de imperialismo, desapropiada con canas, rabiosa, bondadosa…

y en esa esquina, con barro, tuttifruti,

de archivo, más que mal, choza, barriada, insalubre, a guantazo, de una vez por todas, equinoccial, de acoso, de atosigamiento, sumergida, tétrica, infernal; desproporcionadamente sí, exageradamente no, sin posibilidad aparente, visible, a plazos, enrevesada,

en desuso, misteriosa,

de hoyo hondo, sin mente

fisiatura,

tuberada,

inflación,

mancomunada traición,

ajuste de cuentas

tugurización,

esquematismo,

acomente la incomprendida, aniquilamiento y devastación

poblacional, sin derechos,

masacres y amargura

y precipicio y última fase,

facción de tiempo, pujanza,

interioridad, fracaso imborrable,

tenue, hosca, rota, injusta,

de quebrado beso, mierda

y hartazgo y miseria,

de vómito, de otra oferta,

1,2, 10, treinta mil 200, 18,400

11230,840, 20’187, mentada, chicle,

vitrola, puta puerta, muere occiso, serpiente,

carajo, aquí estoy con la muerte, contesten. (Tromba de agosto, 1992, Pp. 35-36)

La avalancha de palabras que se suceden no son sino el signo de un intenso malestar y de una subjetividad completamente dete- riorada a causa de la presión existente. En este poema todo arremete contra la vida. Y la aniquila. Las condiciones existentes trituran los vínculos sociales y hacen que la existencia se vuelva un intenso campo de batalla: me jodo, me jodes, me jodí, dicen los versos, para mostrar cómo en lo que queda de lo colectivo hay por un lado demasiada agresividad y por otro una lamentable pérdida de todo sentido de solidaridad humana.

Nuevamente, nos encontramos ante la representación de una vida parcelada, de un tiempo fragmentado, de una subjetividad sin unidad que está expulsada de todo y que no encuentra sentido. En un contexto de inestabilidad y de permanentes reacomodos donde, para el sistema, nunca importan las condiciones de los ciudadanos, esta poesía manifiesta que las subjetividades se ha queda- do sin relatos que organicen la vida y que las palabras están rotas y sueltas fuera de los discursos y casi del lenguaje.

Pongámoslo de otra manera: aquí el individuo transita entre en un universo ciertamente hostil pero transita también entre un conjunto de palabras que arremeten sin piedad contra él mismo. El sujeto se mira a sí mismo y lo que observa es un lenguaje cu- yas propias palabras dan cuenta de la densidad de la crisis y son los elementos que atosigan su vida en su mutua referencialidad. Aquí las palabras se tugurizan, se dispersan y se repiten a través de

una descontrolada interacción entre ellas mismas. El lenguaje, por tanto, se vuelve un monólogo. El sujeto ya no tiene un interlocutor posible y su discurso se constituye como un cruel testimonio dirigido a nadie.

Sin embargo lo cierto es que el lenguaje también se ha vuelto un protagonista mayor. La textura de los poemas se vuelve asfixiante por la cantidad de equivalencias que se establecen y por una sintaxis que insiste una y otra vez en lo mismo a partir de un puro juego al interior del paradigma. Si el lenguaje es el lugar central de todo poema, aquí nos topamos ante una masa verbal tan violenta con el propio sistema político que lo ha dejado desempleado. El lenguaje se presenta entonces como un hecho material, como aquello que afecta tanto a la voz poética como al lector al que se dirige. No se trata solo de palabras dispersas sino de un acontecimiento social descontrolado que se ha encarnado de manera violenta en esta voz.

De hecho, el verso final resume bien la desesperación en la que esta subjetividad se encuentra. Por un lado, porque se ha quedado aislada del mundo. Por otro, porque se trata de un sujeto que ya no es reconocido por nadie y aquello es lo que termina por causarle mayor pavor y desesperación. Sabemos bien que la falta de reconocimiento es el signo final de pérdida de la identidad pues un sujeto es un solo sujeto en tanto haya otro sujeto que sea capaz de reconocerlo como tal. Es la palabra del otro la que sostiene la existencia y la que la imprime de sentido. En este poema, sin embargo, esa palabra ya no existe.

Desde ahí el uso de la interjección carajo refiere al momento de sorpresa por la desesperada posición en la que se encuentra. Cuando la voz poética dice aquí estoy con la muerte, se ha cambiado una palabra por otra pues en realidad está diciendo aquí estoy con esta vida que solo produce muerte. La muerte se representa entonces como el momento en que el otro (la sociedad en general) lo ha dejado complemente solo y ha fragmentando su experiencia vaciándola de sentido.

Ahora bien, si el otro, más allá de su violencia, se ha convertido en una ausencia, entonces el poder se ha vuelto impersonal. En efecto, en esta poesía el mundo es siempre indiferente ante el dolor. A nadie le importa, nadie hace caso y ya no hay interlocutor posible. Pero hay que subrayar que se sigue tratando como un dolor profundamente material inscrito en las durísimas condiciones de existencia. Un dolor que nunca deja de preguntarse por la injusticia y el absurdo del sistema. Veamos un fragmento de un poema titulado Edificio Nacional:

Quién no controla los precios. Quién cobra tan caro.

No existen listas de precios.

Con qué pagaremos

la casa, el pan, la luz, el agua. Inventa algo y véndelo.

No tenemos dinero, a duras penas. Quiero verte. Estar contigo. Qué va a ser de nosotras.

Los niños duermen.

Quién sino yo.

Quiero besarte.

Ayer logré vender un dedo.

Me pagarán.

Inventa algo y véndelo.

Roba.

Mata.

Si no pagamos se llevarán las camas.

Si no pagamos nos comerán las ratas.

Si no pagamos. Si no comemos.

Sino vivimos. Bésame en los ojos. (Tromba de agosto, 1992, PP. 141-142)

La desesperación se va volviendo más intensa y entonces el cuerpo personal se pone en venta para poder sobrevivir. Este es un sujeto que intenta apropiarse de lo último que le queda y que ha quedado reducido a su cuerpo. Pero si bien el poder lo sigue fragmentado, lo cierto es que el cuerpo también aparece como el lugar para reconstruir el sentido y afirmar un vínculo. Si en estos versos se insiste en representar a una subjetividad totalmente desprotegida ante el orden social, es preciso notar además que todavía puede establecer una demanda. Esta es siempre una voz situada en el medio de la escasez y el deterioro, vale decir, una subjetividad que se va rompiendo a pedazos pero que no renuncia a establecer un último pedido y afirmar así su sentido crítico.

No renuncia porque su opción (y su estrategia) es seguir reve- lando la condición en la que se encuentra o, mejor dicho, el lugar sin lugar en el que lo han dejado. Por ello, el lenguaje se vuelve cada vez más experimental y sus diversas estrategias formales lo cargan de una potencia realmente estremecedora. El siguiente poema, titulado «Se necesita sangre RH negativo grupo B» es un notable ejemplo del trabajo poético (y político) que realiza esta poesía en su intento por hacer que el lenguaje encarne en la experiencia y se vuelva él mismo, el discurso del poder, el discurso científico, el lenguaje callejero, la receta médica, la poesía de vanguardia y la voz de quien es solo un resto del sistema.

Tú, lacio, parlante, adulador, primo de Apesteguía, de Godoy y Madalengoiria, de Maldonado, de Carnero Ibaigorrea,

del costado derecho de la ventana siniestra a veinte para las tres. Plastómetro, juro abriles

de esta mataedad.

Simbolizas grado malhadado,

enrostroinjusticia feítamente.

Lo nuestro: corrompo, postrimería.

Aguarico 918, Interior “D”, Chacra Colorada, Lima – Perú, Sudamérica, en flagrante delito, lleva, viene, trae, termómetro, secularizado, tretramine, cáriome, implasta, cuspisietemal.

pollo con papas,

lo improbable de cada hora.

Y agudo plan, abra la boca,

saque la lengua, aspire fuerte, saque la lengua, cuente hasta diez.

Lo que tiene usted es hambre.

(Tromba de agosto, 1992, p- 96)

Un sujeto con hambre es un sujeto excluido pero ciertamente es mucho más que eso: es un sujeto que ha llegado a una situación límite que se encuentra representada en el propio lenguaje descompuesto. Esa situación límite, vale decir, ese lugar agónico es, sin embargo, el que abre una posibilidad de ruptura y, sobre todo, el que nos permite observar una condición fundamentalmente universal. El límite es la «parte sin parte del sistema» y por eso mismo también la condición más autorizada para establecer una crítica al sistema entero.

¿Dónde quedó la imagen de emancipación (el brillo utópico) que guiaba al proyecto inicial de esta poesía? ¿Qué ha pasado con el lenguaje mismo? ¿Cómo fue evolucionando su proyecto estético y qué disonancias se establecieron al interior de sí mismo? Sabemos la dimensión de nuestros actos, sabemos nuestra dimensión de precursores de una época diferente, justa, luminosa, donde sea posible la realización plena del individuo, había sostenido en otro manifiesto de la década del setenta (Pimentel, 1970, p. 6).

Hemos visto, que poco a poco tanto el lenguaje como los mun- dos representados fueron cambiando y fueron haciéndose muy di- ferentes en esta poesía. Los poemas terminan representando la di- solución del sujeto y su alienación casi definitiva en un orden social frente al cual se ha perdido todo control. Un poema de un reciente poemario expresa bien este desconcierto que es, al mismo tiempo,

una especie de evaluación de todo lo vivido.

Descorro el resplandor preguntándome brillaba el día, no brillaba.

Todos éramos su máscara, inconmoviblemente infelices.

Brillaba el día, no brillaba.

Lo recuerdo tanto.

Quería este día y no era brillante.

237 Sumiso, congelado, no era urgente. Brillaba el día, no brillaba. Era lo único que me amaba segregando lo inútil, el vacío (En el hocico de la niebla, 2007, p. 15)

Si mostrar el fracaso se ha vuelto un tabú en la discursividad oficial, esta poesía siempre va a contracorriente, vale decir, lo repre- senta sin tapujos y lo hace con una notable honestidad. Si en las décadas anteriores el tono de los versos estaba cargado de ansiedad y desesperación, en este Caso surge una mirada retrospectiva que evalúa los años del pasado y que intenta extraerles un sentido. ¿Qué fueron los años setenta para la juventud más crítica y disconforme en el Perú? ¿Qué valor tuvo la vanguardia y los proyectos estéticos en los que apasionadamente se comprometieron? ¿Brillaban o no brillaban?

En este poema el pasado se impone pues se ha convertido en una presencia imposible de evadir: algo frente a lo cual la voz poé- tica reconoce que no puede desprenderse. Pero, lo interesante es que se trata de una posición que asume las consecuencias de sus opciones y que intenta observarlas aunque siempre sin evadir sus propias responsabilidades. Se trata de una voz que intenta discernir el sentido de todo ello aunque sea consciente de que nunca estará todo claro y aunque las dudas continúen acechando.

Comencé diciendo que muchos de los poemas de Jorge Pimentel representan el antagonismo fundamental entre la sociedad y el individuo, es decir, entre las estructuras sociales y la extrema dificultad de transformarlas para quienes habitan en ellas. Su poesía propone la representación de un sistema que deja a los individuos aislados y siempre a la deriva, sin ninguna protección social y sin recursos para que se desarrollen. Se trata de la representación de un sistema donde se ha perdido todo sentido de comunidad y que ha erosionado las posibilidades de acción en los individuos.

Pero hay que anotar que la desintegración de la subjetividad que esta poesía representa no desemboca solamente en una crítica sino, sobre todo, en un lenguaje que quiere constituirse como un agente profundamente disonante de la representación común. Si se ha sostenido que «donde hay poder hay resistencia» (Foucault, 2007, p. 116), podemos observar que, en estos versos, el verdadero contrapoder reside en el lenguaje, vale decir, en la capacidad de simbolizar aquello que se considera que es una verdad indudable. Para la poesía de Jorge Pimentel, esa verdad es el modo en el que hoy el capitalismo organiza la vida; es la verdad de sujetos corroídos y negados de su capacidad de desarrollarse.

Esta poesía revela cómo la libertad se ha vuelto un semblante puramente discursivo que oculta aquellos intereses que lo estructu- ran todo y que tienen mucho poder. Muchas cosas pueden haber cambiado pero el nuevo sistema no ha traído consigo una mayor capacidad para dirigir la vida propia. En estos versos, la libertad del capitalismo es siempre la falta de libertad para los que son excluidos por el mismo capitalismo (Zizek, 2011b, p. 156). Por eso mismo, la angustia siempre se hace presente pero nunca como un discurso para demandar un nuevo poder sino para descomponer lo cotidia- no y para dar cuenta de la crisis de lo existente. Si, por un lado, en esta poesía asistimos casi al fin de una subjetividad triturada por el capitalismo, por otro parecería que dicha destrucción podría ser, al mismo tiempo, la condición de su resurgimiento.

Detengámonos aquí: ¿En qué consiste, en última instancia, la política de esta poesía? Sostengo que ella se involucra con en el ges- to de repetir una y otra vez el fracaso personal pues su objetivo es dar cuenta de que hay algo decisivo en el sistema que no funciona y que es profundamente perverso. Aunque la subjetividad se encuentra ciertamente debilitada en estos versos, el lenguaje de esta poesía es muy poderoso y quiere cumplir una función protagónica. Su estrategía consiste en nombrar insistentemente aquello que no funciona y así hacerlo muy visible. De ahí su carácter profundamente subversivo. La radicalidad de la poesía de Jorge Pimentel resalta, entonces, no porque traiga consigo una propuesta para cambiar las cosas, sino por la necesidad de intentar afectar el sistema desde el propio lenguaje poético y desde una subjetividad que se encuentra débil, sí, pero al mismo tiempo completamente desidentificada con los poderes existentes. Su proyecto no consiste entonces en restaurar el vínculo social sino más bien en radicalizar su deterioro.

En la actualidad cuando todo el mundo se lamenta de la disolución de los vínculos sociales (y, por tanto, se deja ver el dominio que tales vínculos tienen sobre nosotros, más poderoso que nunca) el verdadero trabajo de deshacerlos está todavía por hacer, y resulta más necesario que nunca» (Zizek, 2011a, P- 43).

En suma, esta poesía es una denuncia acerca de cómo el sujeto ha terminado disuelto en la sociedad contemporánea. Su estrategia consiste en socavar al poder desde la pura repetición a fin de ampliar la visibilidad sobre el tipo de sociedad que se ha generado. Se trata, una y otra vez, de mostrar la exclusión social en la medida en que se considera que la negatividad trae consigo un reverso liberador.

Hablo desde un cerebro despedazado, donde todo se distorsiona y por momentos se recompone para descomponerse inmediatamente, con es la realidad. Pedazos de masa encefálica pegados a la pared que hablan; falanges, huesos rotos, cráneos con pedazos de pelos vivos todavía laten. Mi poesía son los restos de todos los peruanos que están hablando. Y los mismos textos han brotado ya de desechos. Y las palabras están diseminadas y solo el espíritu del lector las absorberá. (Jorge Pimentel en relación a Tromba de agosto)

Es decir, si en el mundo social todo se ha degradado, si el vín- culo social se ha roto, si la crisis es lo único que existe, esta poesía Opta por acrecentar más la crisis e intenta afectarla con un arma nueva: el lenguaje poético de Hora Zero. Ahí su política y ahí su acción militante.

Pero queda, sin embargo, una pregunta que atormenta al poeta y que lo persigue sin cesar. ¿Aquello se acabó y se perdió en el pasado? Vemos entonces un último poema

Hemos regresado, ¿de dónde? No sé, hemos vuelto estamos acá, mirándonos

somos todo lo que huye, más un abrazo.

(En el hocico de la niebla, 2007, p. 107)

Mediante estrategias de este tipo, puede decirse que en esta poesía la voz subalterna se vuelve algo más que ella misma. Si el mundo de hoy hace del discurso voluntarista la única ética posible, estos poemas son firmes en afirmar otra cosa: el capitalismo corroe la subjetividad, destruye los vínculos humanos, quita la libertad de la que promete dar y es un sistema fundamentalmente injusto. To- dos los poemas de Jorge Pimentel surgen de voz que por su falta de lugar pueden proponer una crítica mayor. Esta voz, en efecto, sabe que es una «parte sin parte del sistema», un resto que no cuenta en la sociedad, una voz que sabe bien que no hay para ella un lugar en el mundo (somos todo lo que huye, dice) pero que sabe también, o sobre todo, que justamente ahí, en esa marginalidad, radica algo (o mucho) de su poder.

BIBLIOGRAFÍA

Chueca, Luis Fernando. «Alcances y límites del proyecto vanguardista

de Hora Zero». En: Intermezzo tropical 4.

FoucauLr, Michel. Historia de la sexualidad. Volumen 1: La voluntad de saber. México: D.F.: Siglo XXI Editores, 2007 [1976].

GonzáLez Vicil, Ricardo. Poesía Peruana. Siglo XX. Lima: Ediciones Copé, 1999.

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Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos de 1 844. Buenos Aires: Co- lihue, 2004.

Mora, Tulio. Hora Zero. Los broches mayores del sonido. Lima: Fondo

editorial Cultura Peruana, 2009.

PORTOCARRERO, Gonzalo 8 Jorge Komadina. Modelos de identidad y sen-

tidos de pertenencia en Perú y Bolivia. Lima: IEP, 2001.

SennerrT, Richard. La corrosión del carácter. Las consecuencias personales

del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona: Anagrama, 2000. Z12Ex, Slavoj. En defensa de la causas perdidas. Madrid: Akal, 20114.

Zi2ex, Slavoj. Primero como tragedia, después como farsa. Madrid: Akal,

ÍNDICE

NOTA DEL EDITOR (a MANERA DE PRÓLOGO) “TTROMBA DE AGOSTO

Muerte ignorada

Beso ciego

Frente a toda la vida Carencia de lo normal Lunes

Maten al cisne Embolia

Un señor tirado en el suelo Vinagre

Hilos grises

Precipicio del pobre La vaca y la flor

A quién le decía esto

Breves palabras

La cuenta

Instrucciones

Voz de anisado

Parálisis

Recibí del señor tal la cantidad de

Antepenúltima locuacidad

21 25 27 29 30 31 33 34 35 36 38 39 40 42 44 46 47 49 50 51

1.         La poesía de Jorge Pimentel se compone hasta el momento de los siguientes libros: Kenacort

y Valium 10. (Lima: Hora Zero, 1970), Ave Soul (Madrid: El Rinoceronte, 1973). Palomino (Lima: Carta Socialista Eds., 1983), Tromba de agosto (Lima: Lluvia Eds., 1992), Primera mu- chacha (Lima: Eds. Art Lautrec, 1997) y En el hocico de la niebla (Lima: El Nocedal, 2007).

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