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¿Acaso las hormigas lo saben? & otros poemas de Donny Portillo Ferro

 

 

¿Acaso las hormigas lo saben?

Un cálido frio que no se asemeja a nada en los minutos ordinarios
el punto cero,
termina la agitación
y me lleva por un roble
cansado, que agoniza mientras le cantamos dudas a nuestros juzgados,
nos recostamos en sus pies
que flamean solemnes a las espaldas burbujas de nitrógeno
acurrucándose tiernamente a las espesuras de antiguas rocas
que hoy son blandura,
hormigueros de santidad inmaculada,
tenaces hojas que se incrustan en el tiempo
para luego ser calor
que impulse lejos de aquí
muy lejos cerca donde nacen las estrellas
con su motor de plasma
corazón de árbol que cayó,
empujó y empujarás con el brazo amordazado de centurias y centurias
de vacío /del vacío         no sé mucho,
en una viscosa eternidad
    que revoluciona en el manto implacable a la velocidad de la luz
            viciosa             con trastornos
pero es exacta
    todo el tiempo lo fue
        no solo para la vida
            su mismo caos
                la elasticidad de su negrura
                    hasta que sea visible
a los ojos del pequeño
    que habita el mundo de los pequeños
        la singularidad que arranca el tejido grande
para mostrase aquí con sus pequeñas alas
como sube y baja de pequeños contempladores
que se echan la tarde
con ojos de dios en psicoanálisis, quizá con la misma pregunta,
                            no lo sabemos.
     Sus callecitas se dibujan al transcurrir
el frio, el calor, el apogeo, y la curtida depresión
                se escalan y suben otros vecinos
incluso de los nuestros,
            aquellos             que dejaron huellas
        retazos de memorias en óvalos que clamaron amor
y murieron las gotas en su intento,
y llegaron otras
vírgenes
como la blancura húmeda, que baja muy temprano
        esa espesa blancura
con pájaros afinados
        y poco después, salen de sus alcobas a tomar un poquito sol
porque muy pronto habrá que trabajar
    esa labor que hizo mañana
        la construcción biológica del mañana,
            se sucedía no solo procreando
había que hacer el camino,
había que modificar las piezas que componen su voluntad,
eran dos siete treinta y cinco mil doscientos
    ahora billones con capacidades asombrosas
algunos en centros de comandos, otros aquí con una consciencia
que reta a cualquier creador
que a su vez sabe, que está aquí, donde está él.

 

A esas músicas

A esas músicas,

a esas músicas que esculpieron las noches

que detuvieron una fracción del tiempo

que invadieron los días de intento social,

a esas músicas que se van apilando a los repertorios de momentos santificados

conjurando el misticismo de los barcos sin cielo,

agonía de gorrión,

parpadeo de estrella enferma,

que labraron cada centímetro de lo que somos

con su lágrima mesurada

con el aliento tímido y retorcido,

a esas músicas

que recordamos y recordamos y nos detienen por algunas horas

sentados en los ojos del búho

mirando alrededor de la noche,

a esas cosas que se impregnaron de vida

a esos lugares que fueron escondites de nuestras complicidades

donde fabricábamos comedias en voz baja,

entregando nuestros cuerpos

a ese azul interminable

que se extiende incansablemente como melancolías de flautas salvajes

en el horizonte

ya cansado,

a esas músicas

que necesitan de un espectador,

solo de uno,

porque dejarán de ser esas,

a esas músicas

que vacilaron en los rincones de aquellas formas que le dieron vida

que le dieron conmiseración, tan fértil, que cuando nos entregamos a las

profundidades

se suceden en catarsis,

danzando alrededor de la luna,

el cuerpo toma las riendas de la descomunalidad

las distancias entre el ser y el silencio

hacen la diferencia y vacilan entre el déjate llevar,

a esas músicas que se suceden en voz baja

para poder oírnos

y encontrarnos en la multidimensional coordenada,

es que nunca terminamos en nuestros huesos y en nuestras guerras,

a esas músicas que acompañan ese amarillo débil

que ilumina despacio nuestras precarias glorias

y nuestras triunfales renuncias,

a esas músicas que llegan en un momento exacto del sueño

y te despiertan con su familiaridad curvilínea y delirante,

a esas músicas que nos muestran los entelarañados senderos

donde habitan nuestros estados más oscuros

y nos preguntamos con miedo por lo desconocido,

– ¿acaso era la ausencia de luz?

a esas músicas que nos dice que el hombre está lejos

muy lejos,

y deja su tierra

desvaneciéndose

galopando en sus lomos sin resistencia alguna

hacia ese universo al que siempre tratamos con respeto

internándose en esa inmensidad

que nos hace música,

poesía,

allá es donde nos dirigimos.

 

***

 

Simbiosis Y La Renuncia De La Meditación

La ciudad despierta, y cesan los inconsolables llantos de quienes aquejados por la locura y la alabanza, duermen en benzodiacepinas; acurrucados a la vorágine de la colosal estructura, observando el espectáculo más ordinario del día a día, ése que amanece tan temprano entre la nube de carbono y el fast-food, entre la omisión del pacto de Babylon y los indicadores más afortunados del prestigio nacional, oro, cobre, hidrocarburos; indígenas en festivales endógenos del exótico orgullo blanco, por el mártir hombre negro rojo azul, un vestigio, que representa hasta el último espasmo del rincón más olvidado.

Pero.

A pesar de la taquicardia que provocan los documentales más felacionistas de la ciencia accesible, respecto al cambio climático la inversión magnética y el peligro de los asteroides, las centrales neuroquímicas del júbilo otorgan decenios de vigencia al juramento Mammón, a los venideros tributos que se reproducen en bituminosas formas de necesidad en protestas del calabozo en el super-ego.

A los incontables sueños que se adjuntan a las largas filas de los supermercados en otoño, entretenidos en selfies de la abstinencia afinidad neo-carnal.

A esos esqueletos que reposan neutrales en las salas de recreo, encendidos en fábulas de culeo-lloriqueo-bailoteo, compitiendo por el más solemne gemir, profanando y masturbando las grietosas paredes de la virginal noche, ésa que deambula ojerosa por la avenida del eros, utilizando avatares dichosos de sombras del futuro, mordazas de la plenitud misa dominical, legislaciones líricas en los altavoces del poder, que advierten el apocalipsis en la conciencia de los que pretenden insurrecciones neuronales.

Serán ellos. Los que, con duro apuñalamiento de moral, traspasarán los cuerpos coagulados del friki-erectus, los cuerpos adeptos del The Wall, los cuerpos guardianes de la simbiosis, declarando acusaciones en las páginas de comisarías, junto a bisexuales ladrones de la exclusiva hipocondría social. Glorificarán sus voces en las aulas de los 7 días, amplificarán las dínamos de aquellas que se propagan en las catedrales del fondo del oído antes de dormir; apagando la voz, apagando a sus mudos ojos ensamblados, que postulan sigilosos a la seductora industria farmacéutica, fieles al confesionario de la psiquiatría, y a su hostia que contrae los nervios antes y después de la copulación capitalista; los focos se apagan, el casting entró en fecha de vencimiento, los bolsillos tañen, y los miserables acechan las miradas de gatitos tiernos por las ventanas en fiestas de neón y seda, por un poco de misericordia social.

Así es como la enajenación iza su bandera en medio del latrocinio, en portadas amables con aborígenes portando carteles de la venturosa herencia pachamámica, acompañado de esbeltas muchachas del espectáculo matutino, profetizando en sus miradas la unción de los ruiseñores, las aldeas y los fértiles campos del proletariado.

Bendita sea.

Bendita sea, la noche de aquellos que nacen a las sombras del smog, a las orillas del alero, a las orillas de las inclemencias del individualismo, a las orillas del tiempo sin sombra, a los cantautores metafísicos del cáñamo, a las prostitutas de las altas horas de la luna, a los que visten y se desvisten en carnavalescos episodios de lotería en los oscuros pasillos del anonimato, a las que limpian la ciudad cuando todos duermen, a las que esperan el fallo final, a los que contemplan poéticamente el gemir entre las tenues luces de las celdas penitenciarias, a las decapitadas almas que son promocionadas como exuberantes y crocantes modelos en anuncios gastronómicos, a los sindicatos de la revolución que desempeñan su voraz apetito a las 10 horas y media en el lejano ocaso; entre el tráfico, la tarde, la soda, los travestis, el tabaco y las 10 mil formas que se petrifican elevándose al cielo; luz, brutalismo, minimalismo, tacones, labios carmesí, destellos y destellos de polvo blanco y brilloso, ojos desbordantes, despertador de los 5 intentos, trastornos del sueño, oráculo del mañana.

Bendito sea.

Él.

Tú.

Yo.

.

Mientras tanto, la muchedumbre conspira en los laboratorios del adagio quimeral, los discursos llegan desde las profundidades del cosmos, en señales telepáticas del estímulo cuántico materialista, en un astro que flamea residente en las mentes más evocadoras del vestigio social. Se atrincheraron, se jactaron, invocaron las fantasías del fetichismo en los pabellones de sociales, invocaron himnos soviéticos, muralizando y dictando el mapa de la tragedia, clonando en sus alas el juramento emancipador, lecturas infatigables que se extienden desde la precoz histeria, a las lejanas cabañas disgregadas por la venosa América latina, que flagela sin compasión a aquellos que traman la revisión de la antorcha famélica. Se mantienen firmes, atrincherados en las ostentosas meriendas con quesos suizos, discos de Bee-Gees, retratos de Mao, el youtuber más simbol de la conspiración binaria, las citas más agonistas que el cuerpo puede aguantar, el octubre esperado, el discurso inesperado, adeptos en un estado de orgasmo espiritual, se eleva el ser, los coros residen temporalmente en el eco del Yo, mancillando la pesadilla más espantosa del héroe abobinado, que viste o, mejor dicho, que se esconde, tras el disfraz de su draconezco papel.

Al no ser los únicos que tienen estas capacidades visionarias, también están aquellos que, ahora, siendo adultos, crecieron entre la invasión hedonística del milenio, la post-invasión británica, el romanticismo de este y oeste en una danza sensual de sombras tras la cortina de acero, el nuevo sapiens de la institución, uno que brota entre mandalas y el culto por el hombre espiritual, siempre éticos en la autopista de los dardos.

Bendita sea…

Bendita sea la mañana que despierta sin culpa, o relojes que anuncien el juicio final, como si se tratara del libro de las revelaciones ecológicas, que bajan por las tardes envueltas de glamour entre el espeso tumulto de la afinidad biodiversa, rusticidad en sus pieles, protocolos de ONGs, un fino discurso de aquellos que dejaron de ser hombres para convertirse en ángeles, ángeles bellos, ángeles que caen del cielo en las emergencias más agudas que la hipocondría clama; tabaco, porro, tetas, chaquetas con bordados neo andinos, el hashtag multisexual, citas carcomidas por el algoritmo ansioso de la salvación, encuentros interdimensionales de la diplomática acusación, acusando siempre a la metástasis imperialista y al troglodita hombre tradicional, ése que se arrastra por el borde del abismo, temeroso, siempre negando a la epífisis cerebral.

Así es cuando la tarde se pone ventajosa, y los días de celaje son propicios para las procesiones post-modernistas, los hippies buscarán la sanación cuántica, y las patentes de la relatividad justificarán algunos años más las pedantes del gran show, de aquellas que aguardan con timidez el solsticio de invierno.

Mientras tanto, en la avenida del eros, una gran multitud espera el momento para ser penetrados frente a los ojos del cielo, empañándose con sus alientos y escribiendo sus nombres en el frio cristal del gemir; rugirán plegarias a la tierra, quemarán sus vientres en los zoológicos, todo por un poco de calor, sueño y culo; sus ojos se derretirán, todo bajo el calor de los noticiarios, que con su radioactividad, penetrará aun más sus suaves corazones agitadores; se inundarán de sus vómitos, se inundarán las redes sociales, y los profetas harán la vanguardia desde las pomposas trincheras, entre el incienso y la meditación Krishna. Así es como las calles de la resaca invocaron al dios de la paz, al dios que viste andrajosos trajes del reino panteísta, mostrando sus afilados dientes en la virtual dimensión del hipercubo, agitando a la virilidad sentenciada, declamando poemas desde Tambobamba a Baġdād, en un apasionado corso encuentro de hipnotismo, duelo y disidencia, pronunciando gentiles el nombre de la locura ajena; esa que anda agachada en el reino de la adaptación, esa locura que ya no proviene de las marginadas sombras de la mente, sino de las reformas psycodelicas de los templos del altruismo, del seductor sueño antisistema, que canta sus suaves melodías indis, entre veladas veganas de la cósmica misa o buscando diamantes en las palabras claves del Mahāyāna, en eclípticas sesiones de yoga frente a la ciudad.

Ésta ciudad que está encendida

Pulsando

Agonizando

Dilatándose y contrayéndose

Balbuceando.

Llaman a los poetas

Llaman a los bomberos del Proto-tiempo

Llaman a los cráneos que dejaron sus almas en bancarrota.

Parece que habrá demora

Pero vendrán

Mientras tanto

Podemos dormir en sus cenizas YA frías. Fin.

 

***

 

 

¿Dónde está la poesía niño pikisiki?

 

¿Dónde está la poesía niño pikisiki?

¿Qué sostiene a esta ciudad?

¿Acaso morimos de nada?

 

Hay tanta devoción en las calles

tanta libertad empaquetada de embargo

tanta puta privatizada a los meados callejones

de muros decorados con la más fina cólera, porque no importa,

y dirán que estamos amargados,

SÍ, estamos amagados, cansados de agradecer su miserable hipocresía

de festejar el mejor maquillaje

porque el dolor habita dentro

y es fuera donde se refugia,

no es el loco, ni la anciana de los cigarros de las 2 am quien busca,

son las atalayas del sintiempo

y aunque compren al mejor juez y manden al mejor tombo en reprimir,

el olimpo permanecerá

en cada arruga del mercado Huanupata

en cada callecita del viejo Tamburco

en cada hierba santa de las mamacos que jepe en lomo avanza sin prisa

descansando cada cierto tramo

quizá por la curiosidad

o quizá porque el perro que la acompaña padece de sed

o simplemente el paisaje cambia su monotonía

de rojos a intensos dorados, cuidando no caer en las grietas del pavimento

por las que con furia se avanza en el gana y gana

siempre con la más audaz propaganda

con el más afilado sustento

porque herir, es tu poder.

Y es que no aceptaremos el código

porque amo mi chicha de jora de una luca,

porque las armónicas llegaron a mi vida a los ocho años

y la estupidez pasó con prisa, fuimos sobrevivientes, gracias majestuoso Ampay.

Y no bajaremos las trincheras

ni levantaremos banderas rojas y blancas,

levantaremos a los Apus

invocaremos con la más auténtica palabra

al corazón anárquico

en un arrebatado giro circular, con tal perfección

que los viajantes del tiempo

encontrarán ternura en el desconcierto,

a través del símbolo renacerás

evaporándote

volando como el Kuntur

en la wasi del vallecito cálido

con su viento de septiembre

con su tuna de febrero

con la guitarra de Teófilo Villar

con la voz carnavalera del Sureñito

con las mandolinas de Hugo Peña

con las leyendas de Federico Latorre

con los juegos de los niños y niñas antes del postmodernismo

entre arboles de pisonay y chancalalata

entre casitas blancas y los negrillos del cinco de enero

mojándose hasta altas horas de la tarde con la fresca lluvia eneril

con su cocaquintucha

verde tumbo

cinco metros de poemas discurriendo por la avenida Núñez

amando siempre a Blanca Varela

porque veo con tus ojos,

y siento venir al viento acariciando la hierba

y mi ventana se estremece

oirás mi música

moriremos el día

empaparemos nuestros labios y sollozaremos la eternidad,

así se vive el valle.

No me digas que hacer maldita maquina enlatadora

inventas la belleza con el caos, no creo en tu libertad

no creo en tu democracia

no creo en tu justicia

no creo en tu sonrisa

no creo en tus palabras

no creo en tu dios

no creo en tu moral

no creo en tu gobierno

no creo en tu oferta

no creo en tus paisajes

no creo en tu modelo

no creo en tu diplomacia

no creo en tus corbatas

no creo en tus carnavales

no creo en tus eventos de poesía

no creo en tu humildad

no creo en eso que dices llamar amor,

porque el Kuntur me muestra su alma

y es el alma quien usa mis manos,

como dice el viejo Hank

no me importa lo que no tiene alma.

Quédate cerca

mantenlo despierto

haz la insurrección

modifica el algoritmo

busca la belleza

es el orden

que quizá esté en el más mundano lugar

o en el rostro más suave

o en los tejados por la noche

entre el ruido de las sirenas, los perros, las peleas, las putas

las luces que se prenden y apagan

las lucecitas de las pequeñas habitaciones que viven hasta altas horas de la

madrugada

buscando las piezas

cargando el pasado

botellas de vino

ataques de pánico bajo la cama

mirando la desolada y basurienta calle

mirando a quienes viven de nuestras migajas

mirando los colmillos de la rabia

mirando la sub-vida

ahí es donde mañana vale más

la noche es un campo batalla

abrazado por la belleza descomunal del universo,

vómito y retorno,

la calma

el cuerpo del mal viaje

miro al Kuntur,

y me impresiona tal tranquilidad

con la que extiende su alma.

 

 

Donny Portillo Ferro (Abancay, Apurímac-1989): Activista e integrante del Colectivo Todas Las Sangres Abancay. Bachiller en ingeniería civil. Estudió dibujo en ingeniería. Viene trabajando en su primer álbum como músico solista. Participa en espacios culturales alternativos y recitales de poesía en su ciudad. Además, participó en publicaciones colectivas de poesía en otras regiones del país, así como en pequeñas publicaciones en internet.

 

 

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