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Cuentos jóvenes peruanos: #2) Los gatos lloran cuando se malogran los focos de Francois Villanueva Paravicino






Los gatos lloran cuando se malogran los focos


Cuando la dueña de El Refugio les dijo que ya no había atención, el sargento Miguel Toro ofreció campechanamente ir a Los Robles. Lo dijo con voz jugosa y hombruna, algo que los tres subalternos con quienes bebía jovialmente, aceptaron con una sonrisa chispeante y casi libidinosa, con la convicción engañosa de los efectos iniciales del alcohol. Sabían que su superior se había “picado” y, como lo estimaban pese a cierta envidia salubre contra su rango, prefirieron pagar la cuenta, ponerse de pie soltando comentarios y chistes sobre las chicas, subir a la camioneta particular e irse a aquella taberna hace poco inaugurada.

Al llegar, a las once de la noche, Los Robles era un desierto. Solo el bartender y el mozo conversaban entretenidos en la barra moderna, elaborada a base de madera, iluminada con fluorescentes de diversos colores y decorada con gran tacto con adornos típicos de ashánincas. Entonces los militares ocuparon bullangueramente los cómodos y elegantes sofás de una mesilla y, al ser atendidos con presteza y amabilidad por el mozo, pidieron un Black Label.

¿Desean también algo que degustar, algún plato en especial? —les preguntó el mozo luego de colocar el whisky y la cuba de hielo sobre la mesilla, justo antes de recoger las cartas.

Nos trae una fuente de Chicharrón de Pollo con Ensalada Cebiche, por favor —pidió Perico Fortín, el soldado que había escuchado la opinión de sus colegas. El mozo, un joven de veinticinco años, asintió con gesto generoso.

Adentro en la cocina, el cocinero Panamito escuchó el pedido con cierta ofuscación. Miró el reloj de pared frunciendo el ceño y resopló con incomodidad. Antes de ponerse a sazonar la orden, se acercó a la ventanilla de la cocina y, con cierta duda que se convirtió en molestia y luego en una especie de encono sutil, reconoció a los clientes. Seguidamente volvió a la cocina a cumplir su obligación lo más rápido que pudiese, con cierto sobresalto.

Desde la barra, el bartender Jesús Encino observó el rostro de preocupación de Panamito al asomarse a la ventana, y, de pronto, le preguntó al mozo:

¿Sandro, qué pasa con Panamito? Desde la tarde está raro, medio fastidiado. ¿Crees que quiere renunciar?

Ya te diste cuenta.

Sí. Ahora lo que nos falta es que el bendito quiera renunciar.

No creo. Ayer me contó que su hijo de año y medio se encontraba enfermo, y que eso lo tenía cabezón.

Ah ya, es eso. Pero qué falta de confianza. Me hubiese dicho y yo le daba un pequeño adelanto, aunque eso ahora nos cueste mucho.

No te preocupes. Él me dijo que ya todo se iba a solucionar —dijo con confianza Sandro.

¿De veras?

Creo que entiende nuestra situación.

Todo el mundo lo entiende. Todos saben que el negocio ha bajado en el valle. Las ventas están muertas.

Debes saber por qué, ¿no?

Claro —afirmó Jesús mirando a los militares. Ellos bebían sonrientes y exaltados el Black Label con hielo en vasos centellantes. El sonido de las músicas les apagaba los gritos socarrones, los chistes y las conversaciones de tonos elevados. De pronto, uno se puso de pie e hizo gestos de bailarín contento. Le gustaba la cumbia que sonaba.

A los segundos de iniciado el baile, el sargento Miguel Toro gritó con una carcajada hiriente: “¡Ya basta, Jiménez, no seas ridículo!”. Entonces, como un jalón de oreja que lo serena, que le da sobriedad, el soldado Alberto Jiménez lanzó un par de aplausos y se acomodó en su asiento riéndose bochornosamente. Al rato, vuelven a brindar con efusividad.

Casi a los veinte minutos, sin perderse de las celebraciones de sus clientes, Sandro y Jesús escucharon que los llamaban desde la cocina y, al volverse, observaron, humeantes y sabrosos, ya listos, los pedidos. Ágilmente, el joven mozo trasladó el plato extra y la ensalada en una bandeja de plata, y los dispuso en la mesilla con gestos que parecían parsimoniosos ante los inarmónicos y potentes de los militares ebrios. Estos, al ver el parco banquete ante sus ojos, se lo devoraron sin contratiempos. En menos de una docena de minutos, los platos vacíos brillaban por su limpieza.

Ya saben por qué me encanta venir a Los Robles —dijo el sargento Miguel Toro con voz saciada de placer.

Sí, estuvo delicioso —asintió el soldado Rodolfo Huamaní limpiándose la boca con una servilleta.

Sí, sí —exclamaron casi a la vez Alberto Jiménez y Perico Fortín.

Si no fuera de maricones, le besaría las manos al cocinero de este local —gritó carcajeando el sargento Miguel Toro. Y los soldados celebraron la broma con fuertes risotadas.

Sin contratiempos, casi impulsados por la misma energía, brindaron otra vez más por la jarana. Casi al ruido de los vasos al brindar, Panamito salió de la cocina con su uniforme: el mandil blanco, el gorro más blanco, la filipina también blanca y el pantalón oscuro. Al verlo, Sandro trató de disimular una impresión. Jesús Encino enarcó las cejas dubitativamente. Le preguntó qué pasaba. Entonces Panamito con tono suplicante y el semblante temeroso le pidió permiso para salir a atender a su hijo que sufría disentería. “Su madre ha viajado a Huamanga por unos días”, alegó Panamito necesitado del favor.

Por mi parte no hay problema —respondió Jesús—. Y tú, Sandro, qué opinas.

Supongo que esos milicos ya no pedirán nada de comer —contestó Sandro—. Yo creo que no hay problema con tu salida.

Gracias. De veras —dijo Panamito con una oscuridad en su mirada—. Me alistaré para salir.

Cuando Panamito se dirigió a cambiarse al cuarto de depósito, fue abordado a mitad de camino por el sargento Miguel Toro, quien primero le llamó efusivamente, y después poniéndose de pie de un salto lo condujo abrazado hacia sus colegas alabándolo y felicitándole por su destreza en la sazón culinaria. Panamito sonreía con cierto bochorno, con duda y con impaciencia angustiada. Casi no articulaba ninguna palabra y dibujaba una sonrisa forzada, casi macabra.

Sírvase, maestro, con toda la confianza del mundo —le invitó atentamente un vaso lleno de whisky Miguel Toro al cocinero que le hizo paladear de placer—. Brindaremos por la genialidad exquisita de tus platillos.

Usted es el rey de la cocina. ¡Qué delicias son sus platos! —exclamó Alberto Jiménez.

Pero antes, díganos cómo se llama Ud., maestro —preguntó el sargento Miguel Toro con una risa de oreja a oreja.

Panamito. Me llamo Panamito —dijo con su peculiar tono decreciente Panamito, con cierta flaqueza.

Panamito, el rey de la cocina —concedió Perico Fortín alegre por la ocurrencia.

Sírvase, maestro Panamito —ofreció amable y sonriente el sargento Miguel Toro—. Usted, desde ahora, podrá contar con nosotros en lo que guste. Le damos nuestra palabra. ¡Salud!

Los festivos militares se bebieron de golpe el vaso con whisky. Por su parte, Panamito, como si quisiera terminar con todo de una vez por todas, coreado por las felicitaciones y la animosidad de sus admiradores, se bebió el vaso unos segundos después. Sus agasajadores aplaudieron efusivamente y exclamaron frases de parabienes. El sargento le palmeó la espalda con sincera congratulación e incluso le dio un fuerte abrazo de gran camaradería. Sin embargo, dispuesto a salir de aquella dificultad, pese a cierto mareo que le aporreó la mente, Panamito soltó sus palabras de despedida con agradecimiento. Les dijo con afección que tenía algo urgente en casa. Tuvo que rechazar la propuesta de continuar libando con aquellas fuerzas del orden y, como si no pudiesen hacer más y no intentando descubrirse rogando, ellos lo dejaron marcharse deseándole suerte y muchas felicidades.

Pese a ello, los militares continuaron celebrando ensimismados y jubilosos, y ya no pudieron ver salir a Panamito ya vestido de civil con prisa. Por su lado, el bartender y el mozo se entretenían con la mirada contenta clavada en sus celulares. A ratos, se hacían ver ciertos memes o vídeos de facebook que les causaba risa y lo celebraban compartiéndolo o dándoles likes.

Entre el sonido de las músicas —esta vez un mix de rock en español y otro de techno retro de los 90´s—, las celebraciones joviales de los castrenses, las risas y comentarios de los amigos, pasaron un poco más de una hora y media desde la salida de Panamito. Entonces, con palabras elocuentes y altisonantes, que parecían distinguirse en medio del revoltijo de la estridencia orquestada, Jesús Encino y Sandro escucharon decir con voz fibrosa al soldado Perico Fortín:

A mí con Bajos Mundos, cojudeces, grandes cojudeces. Ahorita deberíamos estar en Venus. Ese sí es un gran burdel.

Sus colegas carcajearon sonoramente.

Seguro que extrañas a la Rubia —dijo con voz lubricante el sargento Miguel Toro.

No la olvida este huevón —exclamó Rodolfo Huamaní con sorna enérgica. Alberto Jiménez solo lo miraba riéndose alegremente.

Miren, ya van a ser la una y cincuenta. Antes de las dos y cuarto podríamos estar en Pichari. Hablen, yo les invito otro whisky —ofreció con animosidad Perico Fortín.

Yo también me quedé con las ganas en El Refugio —gritó Alberto Jiménez casi inmediatamente—. En Venus hay buenos culos.

Yo no tengo inconvenientes. Hoy estoy como cañón y podría ir hasta el fin del mundo —dijo entonces el sargento Miguel Toro animoso.

Si te vas a poner otro trago, yo te sigo si quieres hasta Villa Chiquita —expresó con elevado tono jocoso Rodolfo Huamaní—. O si deseas, hasta Las Cucardas —rio sonoramente.

Los cuatro se miraron con complicidad y lascivia. Al otro fragmento de minuto, decidiéndolo implícitamente, se sirvieron el poquísimo resto de whisky que restaba y se lo soplaron en un santiamén. Se pusieron de pie alegremente, se alistaron para salir y se despidieron con complacencia de los servidores que los atendieron cortésmente, aceptando sus pedidos musicales y ofreciéndoles los mejores cigarrillos que vendían. Salieron contentos, subieron a la camioneta y se enrumbaron a Venus.

Como la batería del vehículo menguaba, no pudieron celebrar a todo volumen las canciones de AC/DC que tanto gustaban, y solo conversaban entretenidos escuchando el golpear del viento con el parabrisas y la carrocería. A cinco minutos de llegar a la zona de Pantanal, casi a mitad de camino entre Kimbiri y Pichari, cerca de pasar la posada para llegar a la ruta de las cataratas del valle, se toparon con un campesino que corría asustado en medio de la carretera ya asfaltada. El sargento Miguel Toro, asustado e impresionado como sus acompañantes, tuvo que frenar bruscamente no sin antes exclamar: “¡Mierda, diablos!”.

¡No continúen! ¡Deténganse! ¡No vayan por ahí! —gritó el campesino cuando la camioneta se estacionó a pocos metros suyo, con las manos agitadas.

¿Qué diablos pasó? ¿Te sucedió algo? —dijo el sargento Miguel Toro apeándose con agilidad de la caseta junto con sus subalternos.

Unos rateros bien armados, unos asaltantes están robando en Pantanal —explicó con brusquedad el campesino.

¿Estás seguro de lo que dices? —inquirió el sargento Miguel Toro serenándose como si surtiera efecto en él efímeramente una pastilla contra la ebriedad. Los subalternos también cobraron sobriedad al escuchar la amenaza, alertándose drásticamente. De pronto se encontraban rodeando al campesino.

Vi sus armas, las piedras y un tronco que detuvieron como a tres autos. Les están robando, pues si no les hacen caso, les matarían. Eso gritaban los malditos —alertó con desesperación el campesino—. Están cerca de acá, así que yo me largo. —El campesino, abriéndose el paso entre los militares, corrió perdiéndose en la oscuridad de la madrugada.

¡Escucharon! ¡Oyeron bien! —gritó con rabia el sargento Miguel Toro.

Los subalternos, como si la alegría se transformara en furia, como si la jarana se convirtiera en una pesadilla con el más repugnante ejército de enemigos, alentaron para tomar sus armas y enfrentarlos. Los cuatro hombres sabían que llevaban su armamento consigo, y que tenían la ventaja de poder madrugarlos. Aunque el que más trastabillaba en aquella decisión era Alberto Jiménez, fue él quien primero se dirigió de vuelta a la camioneta gritando: “¡Hay que darles su merecido a esos jijunas granputas!”.

Entonces todo sucedió precipitadamente. Arrancaron y condujeron a gran velocidad, alistados para el enfrentamiento, hacia la emboscada delincuencial. Tuvieron que frenar al ver las rocas y el tronco de un cedro a mitad del camino, y al escudriñar a medias en la lobreguez de los follajes, vieron a los cinco malhechores cubiertos con pasamontañas azules salir de diferentes lados. Casi mecánicamente cada militar eligió su presa con pericia, dejando al superior encargarse de dos de ellos próximos a su puntería.

No se muevan o los baleamos, mierdas —gritó el más alto de los asaltantes—. Esto es un asalto, ya perdieron.

Cuando los desvalijadores estuvieron a pocos metros, los militares, como el blanco más importante de sus vidas, como si hubieran esperado toda su vida aquel momento, comenzaron el tiroteo inesperado y mortal para los pretendientes de lo ajeno, que nunca lo sospecharon. En la lucha a fuego cruzado, murieron fulminados por los disparos y sin poder hacer nada cuatro de los cinco desvalijadores. El quinto, herido gravemente, logró lanzarse a la pendiente llena de árboles, follajes y malezas. Fue el segundo encargado para el sargento Miguel Toro, quien pudo huir desesperadamente hasta llegar y refugiarse en la orilla del Apurímac. Los militares, ilesos y embravecidos, bajaron de inmediato a rematar a los asaltantes y buscar al prófugo sobreviviente, pero al ver su revólver tirado en la pista —que solo podía ser de él— y una corriente de sangre perderse en la frondosidad de la selva, lo dieron como perdido. (Al día siguiente aquel maleante llegaría de emergencia al Hospital de Apoyo de Pichari y moriría antes de ser interrogado por las fuerzas del orden).

Sin embargo, lo curioso del trágico suceso, pues fue trágico, fue el descubrimiento de la identidad de los asesinados, al quitarles sus pasamontañas, por parte de los militares. Con gran asombro, cierta incredulidad al principio y fuerte contrariedad finalmente, hallaron, con la cabeza destrozada y el pecho agujereado por varios disparos, al cocinero Panamito bañado en sangre.

El bartender Jesús Encino y el mozo Sandro de Los Robles dirían después que escucharon llorar cruelmente a los gatos aquella madrugada luego de la partida de sus últimos clientes, además de que un foco de la cocina se malogró. Solo ellos saben si aquellas últimas extravagancias fueron verdad.

Cuento del libro

3 relatos de Cuentos del Vraem (Editorial Apogeo, 2017)




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