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Cuentos jóvenes peruanos: #3) Comiendo pizza con mi gata de Wilberto Samaniego

COMIENDO PIZZA CON MI GATA

De todas las pizzerías de Lima, la que más me gusta es la que justo está en la entrada de Jirón de la Unión. Tiene un sabor único y crujiente. Y también son muy baratas. Hay que pagar primero en el cubículo, donde suele esperar una señorita sudorosa y con las mejillas llenas de polvo de maquillaje y acné. Ella te da un papelito. Y-después de la cola- puedes subir al segundo piso cargando parsimoniosamente tu bandeja. Entonces tienes que sentarte, entre las banquitas redondas de hierro y puedes mirar la Plaza de Armas. Ves turistas avanzando en la luz clara y grisácea. Gringos en short tomando fotos, gringas de lentes negros preguntando direcciones, en el centro una pileta. Mi gata saca la cabecita de la caja y me dice:


-¿Estás triste?


-La verdad, sí.

-¿Pero acaso no tienes ganas de conocer gente, hacer muchos proyectos, cambiar el mundo?


-La verdad, sí.


Saqué mi cuaderno de apuntes y escribí:

Estoy en mi cerebro, solo y aburrido.

No tengo a dónde ir, el sentido de mi vida es una luna sobre las olas del futuro.

Tengo que terminar de arreglar mi angustia antes de cubrirme de contento.

Quizá deba desayunar asteroides para no simplemente morir.

Si callo, el silencio no posee jardines como mi desolación.

Hay un punto donde nada tiene demasiado peso.

He llegado a la tristeza. Todo se da en el mismo sentido en el que plasmo lo que soy.

Todo se da. Se llenan las pizzerias. Se llenan los buses. Siento el peso de tener ropa, de ser algo, de tener objeto, nombre, números.


Siento el peso del sudor dentro de los zapatos. La molestia de ser un cuerpo acurrucado en sí mismo.

La estrella que perseguí es un caracol demasiado asustado. Tengo miedo de ser simplemente nada.

Las estrellas danzan como danza la oscuridad de la noche. Escribo los mismos poemas que escribí temblando a los 14 años.


Invita una tajada de tu pizza, pues, Wil.


Le pasé una tajada a mi gata, mordió un gran pedazo, se formaron dos bolas en sus mejillas y las iba mordiendo, mientras tanto aproveché para seguir escribiendo.



He llegado a la tristeza. Balada de amor de un joven solitario. No hay armonía en este mundo, solo centros comerciales.
No hay absolutamente nada más que hacer. Salir a caminar es volver al mismo circuito.

Me siento un cobaya atrapado dando vueltas en un circulito de hierro.

Mi cerebro se rompe. Inicios del invierno: mi corazón se rompe.

Si nos detuviéramos a pensar en el futuro, el presente se haría trizas.

Mi corazón es una lata de cerveza aplastada por un trailer. Si me oculto a llorar en los parques y si te dibujas frente a mi con toda tu claridad la presencia nos atrapa.
He deseado todo y no estoy saciado. Mi vacío es
el vacío de una piedra absolutamente límpida arrebatada de sueños.

Me cansan mis sueños. Me impiden mirar.

Soy apenas este instante. Respiro y palpo la destreza de todo: angustia es una montaña inquieta.

Desearía dormir. Solo mirar por las ventanas. Las estrellas danzan como la oscuridad en la que me repito.

Si todo es caos, caos es una mariposa que traza mi alocado sueño.

Me gusta ese verso que dice “he llegado a la tristeza. Balada de amor de un joven solitario”- me dice mi gata moviendo mientras veo como refulgen sus ojos verdes-, lo siento hermoso. Pero “mi corazón es una lata de cerveza aplastada por un trailer” me parece muy vago. ¿Qué tal si le pones mejor “mi corazón es un tico incendiado en la vía Evitamiento”?

-Oye, aquí el poeta soy yo, ¿vale?

-Solo sugiero, Matías. Pero sigue, a ver qué te sale ahora, miau.

Entonces volví a mi hoja, sujete mi lapicero y escribí:

Miau. Todo es caos y soy un gato dentro de una caja llamada cerebro. Mi habitación no da al mar, da a carreteras.

Avenidas de mi país repletas de carros, tráfico. La ciudad es donde se trafica y se lanza.

La mariguana se vende en sobrecitos. La venden jóvenes vampiras.

La soledad es desnudarte en un hotel y pagar 20 soles la noche.

Tomar un caldo de mote. Estoy regresando a las imágenes de la adolescencia.

Vivo en un pequeño país con bodegas y niños corriendo en sandalias en los parques.

-Ya se puso más bonito tu poema, sigue.

-¿Me vas a dejar terminar de escribir tranquilo?

-Sí, miau, sigue.

No quiero ser feliz en una cabina de internet. Llegar claro a un domingo. Tomar café y escribir hermosos poemas que sean mariposas flotando contra el viento.

Me duelen los ojos. Realidad virtual es el amor que no existe. El amor es algo que me sobrepone. La vida y sus compromisos.

He deseado la destrucción todos estos años: ahora deseo la paz. Desaparecer un instante
un instante repleto de éxtasis.

Estoy divagando en las avenidas frías.

Guardé todos estos estúpidos poemas en mi bolsillo. Miré a mi gata. Se había terminado la pizza. Seguían subiendo los enamorados. Sonaba una cumbia de moda. Miré por la ventana. Llovía. Yo también lloré.

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