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Cuentos jóvenes peruanos: #4) Apagón de Dennis Gonzalez

Apagón

Danny nunca pensó que la oscuridad y el silencio le iban a asentar tan bien. Solo la luz de la vela aromática disipaba las tinieblas de su cuarto. No había electricidad ni internet. Desde que empezó a vivir solo no se le había ocurrido comprar velas de emergencia. Solo esta vela, que alguna vez compró porque pensó que un día de estos iba a invitar a una chica a su cuarto, alumbraba la pequeña habitación de su pequeño apartamento.

Solo en este estado primitivo era posible meditar sobre su pobre condición de hombre solitario. No era que el internet lo hacía sentirse conectado con el mundo. Lo único que hacía era simplemente anestesiarlo hasta tal punto de que, por un breve momento, se olvidaba que vivía completamente solo.

Después de diez minutos de innecesaria meditación frente a la llama amarilla, Danny cogió la vela y salió de la casa.

El aire de junio no era tan cruel con la pequeña llama que alumbraba el patio de recreo donde jugaban los niños del condominio. Solo el balanceo del columpio la hacía oscilar de vez en cuando.

En ese momento le asaltó un recuerdo enterrado en los más profundo de su memoria. Cuando había apagones en Tarapacá, los vecinos salían a la calle a preguntar qué había pasado, si solo la calle Loa había quedado sin luz, o si la urbanización Tarapacá estaba sumergida completamente en las tinieblas.

El recuerdo terminó. La oscuridad regresó. La llamita iluminaba su mano derecho y su camisa de franela.

A lo lejos una luz empezó a avanzar hacia el patio de recreo. Danny la esperó con expectativa. Quería, en su desesperación de hombre solitario, que fuera una de las vecinas jóvenes. En el futuro le diría a sus hijos que había conocido a su madre en un apagón. Quiso el destino que fuera la presidenta de la asociación del condominio.

Buenas noches —saludó la señora Ferguson.

Danny, con la voz más dulce que le era posible impostar, le devolvió el saludo:

Buenas noches, señora Ferguson.

Contra lo que se esperaba, la señora Ferguson no le llamó la atención sino que le dijo que la luz iba a volver más o menos en una hora. Le explicó algo que había ocurrido en la central eléctrica, pero que muy pronto lo iban a arreglar.

Gracias por hacérmelo saber —dijo Danny.

De nada.

Antes de retirarse, la señora Ferguson le preguntó qué hacía sentado en uno de lo columpios con una vela encendida. Danny le dijo que, como no tenía nada que hacer, había decido salir.

—¿Y no te da miedo? —le preguntó la señora Ferguson. Danny miró la oscuridad impenetrable que rodeaba el condominio. Ni siquiera era posible discernir las siluetas de los árboles o el perfil de los montes.

La verdad que no —respondió Danny—. Está igual de oscuro que en mi cuarto.

En mi casa tengo puré de papas con pollo al horno y vegetales. ¿Quieres un poco?

A pesar de tantos años viviendo en los Estados Unidos, Danny aún no había aprendido a interpretar correctamente las intenciones de los gringos. No sabía si la señora Ferguson le quería dar las sobras en un contenedor de plástico o si le había invitado a cenar a su casa.

Sí —dijo Danny sin saber qué era lo que le esperaba.

Resultó que la señora Ferguson no quería cenar sola. En la mesa rectangular del comedor puso los platos, los vasos, el refresco y los cubiertos. Danny se sentó al otro extremo. La casa, contrario a su idea de como debían vivir los jubilados solitarios, no estaba llena de cachivaches. No tenía sillones arcaicos o artefactos obsoletos. En la sala, el televisor plasma hacía juego con los parlantes Home Theater y, en vez de una caja robusta para el cable, el Apple TV completaba lo que debería ser el sistema de entretenimiento de un chibolo millenial. Danny en cambio apenas tenía su laptop para ver Netflix.

Me gusta su televisor —comentó Danny mientras cortaba el pollo con el tenedor y el cuchillo.

Mis hijos me lo hicieron instalar por mi cumpleaños, respondió la señora Ferguson.

Danny pensó en su madre que estaba en Perú. Recordó lo que le había dicho para no enviarle dinero. Tengo deudas, la renta está muy cara, lo que me pagan como profesor no es suficiente.

—¿Cuántos hijos tiene? —Danny preguntó por preguntar.

Tengo tres. Dos viven en Boston y el otro está en San Francisco.

Lejos de este pueblo miserable, pensó Danny.

San Francisco está muy lejos.

Es que mi último hijo es programador y usted sabe que allá esos trabajos abundan.

Sí y también sé que pagan muy bien.

Deberían —dijo la señora Ferguson con una voz seria, casi de reproche—. Allá la vida es muy cara.

La vida en general se ha puesto cara.

Sí, antes no se necesitaba de mucho dinero para vivir decentemente. La verdad no sé hasta donde vamos a llegar.

Habrá sido por el resplandor de las velas o por la seriedad de la conversación, o tal vez porque ya estaba en ese plan meditativo muchos más antes que el apagón, pero Danny presintió que aquella cena con esa señora jubilada que vivía sola en una de las casas del condominio iba a ser uno de los grandes eventos en su vida. Trató, pues, de hacer el esfuerzo para no quedarse callado durante el resto de la cena.

Le preguntó por sus otros dos hijos. Uno trabajaba como ingeniero y el otro era abogado.

Tuve suerte —le dijo la señora Ferguson—, de que mis hijos siempre fueron jóvenes sensatos.

—¿Y otros padres no tuvieron tanta suerte? —preguntó Danny.

No —le dijo la señora Ferguson— en estos tiempos muchos andan sin ella.

Danny quiso decirle que hablar de suerte es una bonita forma de no hablar de los privilegios, pero ¿para qué? La señora había sido tan amable de invitarle a comer y, si no fuera por ella, ahora estaría solo y rodeado por las tinieblas.

Supongo que yo también nací con un poco de suerte.

La electricidad volvió. Las luces de las velas perdieron su encanto. El rostro de la señora Ferguson dejó de tener aquellas profundidad que las sombras y el tenue resplandor suelen conferir. Fue como si el mundo hubiera vuelto a la época a la que le pertenecía. Aquellos años cuando se podía conversar frente a una persona sin ninguna tecnología de por medio habían desparecido.

Ambos entendieron de que ya no tenían nada que hacer ahí.

Danny dijo que ya se tenía que ir. Aún le faltaba corregir algunos exámenes. La señora Ferguson fue amable y le dio un poco de lo que había sobrado en un contenedor de plástico. Se despidieron como dos buenos vecinos: un simple goodbye and have a good night. Danny regresó a su departamento vacío. Vio la pila de exámenes que no había corregido. En fin, qué se va a hacer. Mañana es otro día. De alguna manera iba a sobrevivir.

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