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Una pelota llamada poema, artículo de Julio Barco

 

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La poesía es una pasión tan grande como la del fútbol.

Eso sí, una pasión secreta que se desata, como la pasión que mueve subrepticiamente a las raíces de los árboles al diálogo perpetuo de la vida, de la muerte. Ayer un amigo me dijo: a nadie le importa la poesía. Y es muy cierto, como también falaz. Hay un movimiento que va desde eventos culturales hasta recitales o conciertos, documentales, eventos y presentaciones donde se mueve lo poético. Es decir, los papeles donde miles de autores intentaron bordar el lenguaje poético. Pero, como sabemos lo que simultáneamente la intentamos escribir, es que también se trata de un constante quehacer, una duda y una afirmación, no como la religiosa que nos invita a un ritual de acciones y delimitaciones, sino como la del científico que aporta sus leyes después de un estudio de la naturaleza. El poeta crea y cree, aunque dude de su propio uso del lenguaje, de la posibilidad del decir.

Si, por ejemplo, Montalbetti dice que el poema es ciego, lo afirma por la naturaleza de sus teorías contra el «decir», pues, ¿no son acaso las palabras también figuraciones, también arquitecturas para soñar ficción?

Cambiando de tema o volviendo al mismo: cuando leo un buen libro de versos me siento contento, admiro la calidad, la velocidad, la belleza, lo bruñido del juego poético. Y cuando escribo me apasiono, es decir, gozo de la creación, entonces, en ambos sentidos, hay una filiación entre placer y actividad, hay una sinfonía entre los ritmos, en su mezcla, en su fiebre y destreza.

En ese corpus -calidad, velocidad, belleza- se desatan las voces del mundo: tiempo y espacio me abren la posibilidad del conocimiento inmediato.  No soy un terraplanista, pero que la Tierra sea redonda o plana no interfiere en el gozo entre obra y conciencia, en esa rara orgía entre mente y signo. Pues siento que me enriquece el mundo, amplifica mis propias maneras de entenderme, me abre la posibilidad de un lenguaje más íntimo e infinito –la internalidad de la comunicación-, el tesoro de la belleza del signo y esa comunidad, es como un perfume que limpia los ojos.

Hay libros que son como goles a media cancha. Otros como penales: hay que afirmase frente al papel para decirlo todo súbitamente. Yo, por ejemplo, soy hincha de aquellos poetas que, como los buenos futbolistas, lo dejan todo en el papel, hacen de su vida y su obra un solo plasma, es decir, agitan su cerebro dentro de la realidad y nos entregan maravillosos poemas. ¿Acaso no son goles los poemarios El consejero del lobo, Monte de Goce o 5 metros de poemas? ¿Acaso mover el verso con la maestría de un Vallejo no es regocijarse con la veleidad del viento zurciendo la pelota en el césped verdísima de una canchita? Ya, en sus ensayos, Vallejo reflexionaba de cómo los aficionados al fútbol reemplazan su praxis a cambio de una teorización del juego, de cómo en las actividades de masa somos eliminados del acto y solo nos queda la postura del observador. 

Pero siendo sinceros hay poetas que no meten goles, como malos futbolistas fomentan una actitud banal a un arte, que, aunque malversado aún refulgente, y son incapaces de hacer brotar y extender el fuego. Aunque el arquero salga de su órbita, en muchos casos, no pueden meter gol: la pelota da al palo, es decir, el verso no construye sino vacuidad, niñez mal comprendida, fuego fatuo. Esto me hace pensar en lo que el otro día leía en una reflexión de Aira: la imposibilidad de ser malo dentro de la literatura. Que todo se encamina al éxito, pero también sobre la 

Se necesita lucidez para la poesía, pero también sensibilidad, es decir, sangre, talento, entrega. Constancia. No es una pose con la vida, es una actitud con el lenguaje, una forma de acercarse al vértigo inaprensible de lo real, una forma también de no totalmente ahogarse, y sí, manifestar la totalidad de un deseo, de una libertad que se desata. La mente y el cuerpo bailan en el teclado que hace poemas como en la pierna que hace goles. 

Los vanguardistas del siglo pasado fueron más directos: le cantaron a los deportistas, embellecieron sus acciones con infinitos y re-infinitos adjetivos, hicieron de su canto un caleidoscopio floral, repleto de colores y sensaciones.

Pienso que el arquero que cuida la baya en la poesía es también el crítico, o el criterio. La necesidad de que no se concluya la comunicación del lenguaje y el ser, la necesidad de que no se fecunde la semilla y solo quede en la posibilidad. Es que desde Trilce de Vallejo el campo de fútbol como una explosión dulcísima se vio afectado a nivel lírico: todo se abrió y se perdió aquel dulzón juego del yo poético.

Hay algo sexual en el gol: el grito, el desasosiego que provoca es puro orgasmo. Y hay otro que se meten puros autogoles: poemas que no terminan de convencer ni por la verosimilitud de su trabajo, ni por la fuerza o convicción de sus imágenes.

Habría que pensar en los poemas como pentagramas en la cancha del estadio que es la hoja de Word abierta y blanca; se trata del juego, el ambiente donde se halla más libre el hombre, y, precisamente por sus  En fin, signo y pelota, dos maneras de mover los sentidos del mundo. No recuerdo quién dijo que hacer un poema era como mantener una pelota cariñosamente amagada en el píe, si se te cae el balón, pierdes el verso. Hay disciplina en ambas acciones.

Ayer leía que Borges expresaba que la inspiración solo visita al constante; ser un Flaubert con facebook e internet es complicado, aunque sin duda hay más acceso a material para enriquecer los conocimientos. Los poetas tienen que dejar todo en la cancha. Ahora bien, no voy a decir que el fútbol es un arte, sin embargo, el símil entre las dos actividades resulta bastante curioso a la hora de acercarnos al fenómeno. Unos amigos de Chile me pegan saludos y deseos de triunfo para la final del domingo. 

Cada libro es una copa del mundo. No por aquel instante fugitivo del triunfo sino también por la gloria, la emoción, la euforia. Es así que nace el puente que junta estos dos trabajos no tan alejados: la pasión.  Escribo estas reflexiones al paso, luego de cenar un chaufa no del todo apetecible, -guardé la sopa en la refri para tomarla como desayuno después- y de pensar en las pasiones que mueven a mis contemporáneos, en la fugacidad de ciertas alegrías y tristezas. Lo que uno lamenta finalmente es que las pasiones sean devoradas por los días y de todo solo nos quede el ardor por lo escrito, jugado o vivido.

Seremsa, 2019


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