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CUENTOS JÓVENES PERUANOS: #6) Borges de J. J. Maldonado

Borges

J. J. Maldonado

Me llamo María y trabajo en el barrio Palermo, en Buenos Aires, cuidando a Borges. Tengo treinta y cuatro años, aunque no los parezca (las personas –sobre todo los hombres– aseguran que no paso de los veinte), y estoy demasiado sana a pesar de no tener razones estrictas para estar tan sana. Hace aproximadamente un mes y tres semanas, y con mucha confianza, me embarqué en mi primer proyecto literario. Esto, desde luego, inspirado en la ceguera y terquedad de Borges, en todo su influjo que cae sobre mí. Es un modesto librito de diez cuentos fantásticos en los que los personajes son animales ciegos o criaturas desvalidas. Sé que puede sonar muy jactancioso, pero siento que estoy logrando crear una imagen alegórica del ser humano a través de la zootecnia literaria. Sí, me estoy acercando poco a poco a una codificación puntual de la existencia del hombre por medio de una amalgama de yoes en cuerpos animales y cuerpos animales metidos en destinos humanos. Es muy prematuro decirlo, aunque Borges solo se limite a mirarme con sus ojos ciegos y blancos como los huevos de araña, pero creo sentir el céfiro de una obra maestra cociéndose entre mis manos. De vez en cuando, y a escondidas, reviso el Manual de zoología fantástica y me dedico a plagiar frases o pequeñas descripciones de estas criaturas imaginarias para trasladarlas a mis cuentos. No es un gran crimen literario. Al menos no creo sentirlo así. Después de todo, el mismo Jorge Luis Borges dice que el plagio es un homenaje al escritor y yo estoy muy de acuerdo con eso. De este modo, paso mis días plagiando en total concentración mientras cuido al viejo Borges. No sé si fue la locura la que me impulsó a escribir. Puede que fuera la locura. Yo digo más bien que ha sido la ambición. Claro que la ambición también tiene forma de locura, o comprende una gran parte de locura. Tal vez fue la soledad, o el desamor. O el exceso de amor. Sin embargo, para ser sincera conmigo misma, creo que fue el estar tanto tiempo a solas con Borges y sus ojos perrunos lo que me ha llevado a hacer literatura. Al principio más que a escribir dedicaba mi esfuerzo a imaginarme solo como escritora. Esto era muy banal, lo acepto, y yo estaba muy consciente de ello, pero aun así leía y estudiaba en el espejo y los laberintos de mi propio camino creador, rumbo a la grandeza. Ante esto, y con sumo desdén, Borges se arrellenaba en un sofá frente a la ventana y cualquiera que ignorara su condición de ciego habría dicho que contemplaba el cielo encapotado de Buenos Aires. Sé muy bien que el literato joven, en otras palabras, es un fraude. Pero mientras yo invento personajes quiméricos, fabuladores, imposibles, voy ensayando el prototipo de mi espíritu, y entonces, cuando me pongo a escribir en serio esa impostura literaria se convierte en una confesión verídica y la mediocridad primeriza se anula por completo. Eso es algo que he tratado de explicarle a Borges de distintas formas, pero él prefiere ignorarme. A veces le leo algunos de mis cuentos esperando una respuesta y sus ojos color semen me contestan que preferiría salir a caminar por el arroyo Maldonado o por el estadio San Lorenzo. Sí, a Borges le gusta caminar por esos barrios bajos donde hay más huecos que casas, por esos lugares de malevaje, calabrés y cuchilleros. Por momentos creo que está en una búsqueda constante de arrabales y zaguanes añosos en los cuales se detiene y olisquea, pues a pesar de estar ciego, su olfato animal sigue intacto. Es una suerte, sería algo penoso que en medio de su bosque de sombras no tuviera activo otros sentidos. La casa donde vive Borges y a la que yo llego todas las mañanas tiene una suerte de austeridad fatídica encerrada en un friso que se destaca contra el cielo. Además, posee un zaguán que da al patio y al final del patio está la biblioteca. Este es un amplio galpón con un techo a dos aguas que en su interior amontona todo un mundo de placeres sensoriales el cual cada vez se va volviendo mucho más privado. En el ala izquierda de la casa, frente al corredor, hay una salita con dos arañas de cristal que penden del techo iluminando estanterías llenas de libros encuadernados en tafilete rojo, infolios con nervaduras en los lomos y calepinos con grabados en pan de oro. Pero el lugar más hermoso de la casa, al menos para mí, es la azotea. Desde ese punto, uno puede observar las lenguas de humo que escapan de las chimeneas industriales y el vuelo ciego de los murciélagos de India al atardecer. A Borges le gusta estar allí, cara a cara con el cénit de Palermo, mientras, sin darse cuenta, me roza las tetas o me aprieta la entrepierna. A pesar de este extraño manoseo, yo estoy bien con él. Es raro decirlo, pero cuando mete su hocico caliente entre mis muslos y lame, me enciendo y siento que algo explota debajo de mi vientre manchando todo mi exterior. Es así. Me doy cuenta de que siempre es peligroso ser una mujer. Esa es la pura verdad. Una corre riesgos y es juguete del destino hasta en los sitios más inverosímiles del mundo. Creo que algún poeta ya lo dijo antes, pero no me importa. No existe nada original en este vano oficio. La vida siempre ha sido un poco más dura que la literatura, pero también menos intensa. No hay remedio… Bueno, me parece que he sido demasiado pletórica por hoy, así que esconderé todos mis cuentos, ajustaré la cadena y el bozal y sacaré a pasear a Borges por la calle Iguarú para que orine en los postes y no se cague dentro de la casa. Lo estupendo de que sea ciego y que sus dueños sean literatos, es que lo hace un perro muy encantador. No puedo quejarme. Es un buen trabajo y pagan excesivamente bien.

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