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Resistir en el silencio/ artículo de Julio Barco

Sobre la soledad de la escritura supongo que se ha escrito demasiado y es un tema tan vasto como los planetas o los átomos que componen el cuerpo. Lo cierto es que yo, por ejemplo, ahora que vivo envuelto en varios escritos –tantos poemarios como novelas- que se desbordan de mis dedos, necesito mi silencio.

Es decir, un espacio donde la fiebre de mis seres, las voces que se agolpan, y mis convicciones y gustos estéticos personales, se vean a sí mismos, se mezclen, se comprendan y se expandan. No es el silencio simplemente un océano que me permite moverme por siglos, eras, pensamientos, ideas, lugares, ciencias, poemas, canciones, sino también una suerte de vientre. Y es una forma de protesta ante un mundo cada vez más lleno de ruidos.  

Este silencio es simplemente calma (paz para pensar en uno mismo) para pensar en todos los puntos de vista, en todas las simetrías, en los contrastes. Por lo general, el ciudadano de estos tiempos, vive de un extremo a otro sin percatarse de que también la soledad permite que la porosidad de su mente se expanda. Los trabajos y las rutinas no nos permiten huir a otros espacios mentales, movernos a otros yoes. Es decir, permite metamorfosis psíquicas, otros modos de resemantizar lo interno.

En el mundo de la poesía es un tema manido, desde Martín Adán, pasando por Vallejo que, en Trilce, dice «Quién hace tanta bulla que no deja testar las islas que van quedando» expresando tal vez una autocrítca al absurdo de la voz poética en el mundo de las rígidas leyes del mercado económico.

Gonzalo Rojas hablaba de que nada era más absoluto que el SILENCIO, al que llamaba el único océano. Cage, por su parte, intentó musicalizarlo, exponiendo las contradicciones de la propia música, sus límites y proponiendo una relectura de la músical, un juego, nuevas posibilidades creativas.

Frente a una cultura que sube el volumen para que todo sea divertido, el silencio es un sortilegio que nos envuelve, como fina seda, en una recuperación de esencias, en una fotosíntesis interna.

Ayer leía en los diarios de Ribeyro que quién se acostumbra a conversar consigo mismo, a oírse a sí mismo, difícilmente se acostumbra a otros sonidos. El escritor se oye a sí mismo, pero también oye a los demás, y, correlativamente, escucha el mundo, la realidad, los seres, tornándose, como expresa Martín Adán, en un Manumisor de los Sonidos. Los siente burdos, ajenos a sí, incómodos. El lenguaje, en sí, es una hilvanación de sonidos que, aprovechando la naturaleza de nuestras vísceras, nos permite la formación de ideas, de conceptos y sentires. En sus máximas expresiones crea las leyes, solidifica la moral, imprime los poemas.   

El eje de la escritura, la inteligencia, convive dentro de la concentración y el gusto es más expansivo si nos acercamos más intensamente a su melodía. Quedar solo consigo mismo en el silencio es una forma de acercarse al punto de magia, o ese grado cero de la escritura según Barthes.

Es evidente, entonces, que el silencio es paradójicamente sonoro, que no solo es “no decir nada”, sino un espacio de interioridad, es decir, de libertad mental, de formación de ser, de individualismo, que no es egoísmo, sino una sustancia necesaria para comprendernos a nosotros mismos como seres humanos. Las máquinas no se oyen a sí mismas, solo reciben información, oírse a sí mismo es recuperar el espacio de la infancia, es decir, la materia del sueño que colinda con el oro de la creación.

El silencio es un espacio para pensar y repensar la realidad, la vida, nuestros objetivos, nuestras ideas, las quiméricas formas de lo real, nuestros dramas personales, las historias que se fagocitan dentro de nuestros tejidos neurales, pero también es la plataforma donde nos apropiamos de nosotros, donde nos desembrujamos de los sonidos.

Si el artista de la palabra es un zurcidor de los lenguajes de la realidad, y un arquitecto vastísimo, es necesario que sortee toda la maraña de sonidos de la Urbe, y se interne en sí mismo; aunque también, desde otros enfoques, esa maraña de sonidos se puedan pintar y usar dentro de proyectos más complejos como los libros que captan en poemas los sonidos de la ciudad, los autos, las calles, los centros comerciales.

Todo depende de sus propias ambiciones literarias. El silencio está poblado de todo, el silencio es lo más ruidoso que existe… hasta que, como es en el caso de las meditaciones o yogas, desapareces en un flujo más pausado, donde solo se oyen los sonidos internos, la sangre, las palpitaciones, los diferentes flujos ónticos.

Y, es que en el silencio, ocurren cosas muy hermosas, como el aleteo de las flores o la magia de la poesía.

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