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el facebook es el opio del pueblo, artículo de Zeta Rander

Queda para los anales del pensamiento y del análisis del ser peruano el observar cómo se comportaban sus compositores y artistas de las letras en las redes sociales, los amos absolutos del lenguaje.

Sin duda, existen otros grandilocuentes temas sobre el que flota un viento tupido de sentimientos y formas, pero es el caso específico de las redes las que nos muestran la situación de marginalidad, crudeza y, también simpatiquísima ternura. Sin duda, no es difícil de pensar que en épocas de Balzac o de Dickens, -que apelaban a los tirajes editoriales junto a los diarios- de tener estos complejos sistemas de intercambio de mensajerías virtual, hubieran estos grandes genios explotado al máximo su potencial.

El lector agudo ya sabrá que todo el sistema de la globalización agilizó el proceso para comunicarnos, entablar formas de vernos e incluso interrelacionarnos. Los poetas, los asesinos, los religiosos, por ejemplo, son bastante asiduos a estos espacios. ¿Nerval usaría facebook? ¿Baudelaire abriría su corazón al desnudo dentro de las redes sociales? ¿Basho arrojaría sus haikus perfectos como navajas a sus lectores asustados? No obstante, gracias a su inmediatez, se logró acelerar el proceso de comunicación. Sus trabajos, en la cabeza de las hormigas, va moviéndose por el ondulante sistema de píxeles hervidos a la primera hora del día, en alba compañía de la madrugada.

Por otro lado, si lo vemos geográficamente y con lupa observamos que el poeta mexicano leía del muro del poeta chileno era también festejado desde el muro del poeta peruano. Existían varios poetas que no dejaban de aprovechar el espacio para soltarse algunos versos. Otros, más pueriles y de seguro circunspectos, practicaban el budismo digital, sin decir nada, no hacían sino seguir la melodía del viento.

Lo cierto es que este verse y mirarse constante llevo a una vida de espejo entre los bardos y narradores. Las rivalidades surgidas, por ejemplo, de la mente del joven Rian Peralta, dejaron desconcertados a medio mundillo digital. Sus publicaciones levantaban la tierra de una comunidad lectora, boba y encaprichada en su tonto fulgor. Con poetas que dictaban talleres para deconstruir el verbo y armar libros como quién recoge pedacitos de mariposa que se le cayeron a un gigante verde que pasaba por un parque lila.

Era, como en aquellas épocas se narraba, una antena de la raza. Sin duda un alma excesivamente joven para un mundo vetusto anclado en el arrobamiento del placer vacuo.

Como todo proceso variopinto y parabólico, este festín de pensamientos, imágenes, fragmentos de ideas, este río de fotos, iras, caras antipáticas, estos likes, esta vida diaria, vídeos antisemitas o sobre la vida del filósofo Epicuro, o sobre la carta que firmaron los marineros de los puertos de España contra la caza de mamuts acuáticos, provocó toda una serie de sentires.

Es de gran curiosidad para el universo por venir observar el comportamiento de los viejos aburridos lectores de Neruda, mandándole emoticones en flora de florcitas violáceas a sus lindas enamoradas de cachetes sonrosados. También anotaremos la necesidad casi metafísica de los autores por verse a sí mismos inmortalizados en una fotografía de naturaleza casual, que muestre su perfecto ser interno.

Las preguntas de los muros y las frases de los que no eran poetas, salvo neófitos enervados por ojerosas lecturas de la vanguardia chilena. La lengua de los poetas, como un tejido paracas, de mil colores difusos, díscolos, delirantes, sonreían como una suerte de jardín que al tacto se estremecía por la

Para el sociólogo villarrealino, Alfredo Musset (*), “el fenómeno más intenso se debe a que los autores suelen pertenecer a un mundo interior, cuando salen de aquel regresan a la realidad, pero con una forma más intensa de observar” Existían también un puñado de rabiosos y solitarios niños que a falta de afecto de sus seres queridos se les ocurrió la idea de hacer memes mostrando su disconformidad con el mundo. Lo cierto es que sus historietas eran simplemente detonadoras del odio y no ceñidas a un diálogo real de la intimidad humana. Los memes, aunque su naturaleza era la de ser graciosos, terminan encerrando, como en sus momento determinó Ortega y Gasset con los «fragmentos», pedazos de ideas.

Por otro lado, Marcos Siñaño, poeta y crítico del medio, solitario defensor de la necesidad de huir del mundo por donde algunos sabios fueron, un lector hijo de la escuela salmantina, repetía casi como pregón que «deberíamos volver a la naturaleza de la naturaleza, he ahí el asunto como seres humanos que somos, solamente carne, cerebro, vísceras y nada más; el internet nos separa, nos aísla, encierra, aleja…¿no oyen acaso que todo es vibración cuántica?»

Y es que las redes sociales, señoras y señores, hijos y hermanas, se había apoderado de todos, como un chicle dentro de sus mentes, era claro, absolutamente maravillosamente claro: el facebook era el opio del pueblo, delirio de la chismosería- deporte nacional practicado incluso por poetas ganadores del Premio Transcontinental – de la que nadie podía escapar, -ni aquella muchacha con risa de viruta roja- aunque cunda el pánico de ser mordido por la vacuidad. Deporte tan intenso como el sonido de las palomitas de maíz reventando en una olla de aluminio. Tac, tac, tac, tac. No había un solo día o instante en que las cabezas de las personas no se sumieran en la luz y en el movimiento de los dedos bajando par hallar una nueva idea, o sentido a la anterior preguntaba que te habías hecho, o pensamiento afín. Lo cierto es que también fue usado como medio para difundir arte, ideas, pensamientos que movieran a las personas a una cierta reflexión consigo mismas. El marketing se hizo poema y habito entre nosotros. Sin embargo, la poesía de verdad, la que es vida y magia, caos y desmesura, podía convivir, como una flor, incluso en medio de las miasmas.

(*)Docto conocedor de mariposas y con diploma en suculento preparado de guiso con menestras.

Por: Zeta Rander, novelista de caricaturas que son poemas que jamás leerá a sus amigas. Poeta caleta.

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