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Ejercicio respiratorio, nuevo poemario de Ana María Falconí/ reseña: Miguel Ildefonso

Ejercicio respiratorio de Ana María Falconí

Por: Miguel Ildefonso

Ana María Falconí tiene publicados los poemarios “Sótanos pájaros”, “Desvelo blanco” y “Sobrevivir es un acto de invierno”. Con este último obtuvo el Premio Luces del diario El Comercio. Posee una de las voces más singulares de la poesía surgida en el nuevo milenio, de una lírica que busca la esencialidad del lenguaje para abordar precisamente lo más recóndito de la naturaleza, donde lo singular se une a lo universal, develando las fracturas y la luminosidad de los misterios y las pasiones de la vida.

Como en ningún libro anterior, con Ejercicio respiratorio (Paracaídas, 2019) la poeta se inmersa totalmente en los vasos comunicantes de la memoria familiar. Dividido en dos partes, “ejercicio” y “respiratorio”, vamos leyendo poemas breves que son justamente como ejercicios de la respiración, que oscilan entre el tema de la presencia y la ausencia, del amor y del vacío, de la vida y la muerte. Es el ejercicio de rememorar, de escribir entre la inspiración y la exhalación con la palabra, tersa y calmada. Hay una sabiduría en esta práctica que nos recuerda, por momentos, la enseñanza del budismo zen que busca la iluminación al caminar y al respirar.

La memoria trae las visiones de su infancia, el aprendizaje del lenguaje en la naturaleza, el reconocimiento de un mundo al que un infante se va aclimatando obligatoriamente. Quizás no todos estemos armonizados con ese mundo, que cada vez se hace mucho más artificial. Quizás la falta de aire en el adulto es la falta de una conexión con ese mundo y la poesía supla o sirva para articularlo. “Mi hermana lleva puesto un buzo amarillo/ que sin querer anuda mi garganta/ veo la escena articulada por la falta de sonido / solo llego a tomar su mano/ para poder sentir mis latidos”, así nos describe la poeta esos momentos que si no fuera poeta quedarían en olvido. La poesía es esa acción de rescatar de aquella “caja torácica” lo más sencillo de los recuerdos pero que es lo más humano, y que es lo que define precisamente al espíritu; espíritu que es, quizás, lo que el mundo va perdiendo.

Allí están los abuelos, los padres, la hermana, en ese pasado de las cosas cotidianas, en la curiosidad del infante al ver la noticia de un accidente donde murió un famoso cantante mexicano; o en la llegada del vendedor de leche todas las mañanas, la abuela haciendo queso, separando la nata; o el auto amarillo del padre donde la niña se detiene a ver un terreno deshabitado que sorprende al final de una calle. “Cómo se dice «vuelve» en esas palabras le pregunto/ me mira como si recogiera cariñosamente/ un puñado de tierra”. Las palabras – nos recuerda la poeta – son la tierra, la casa, la vida, porque, también, como diría Gastón Bachelard en “La Poética del Espacio”: “La casa (…) nos permitirá evocar (…) fulgores de ensoñación que iluminan la síntesis de lo inmemorial y del recuerdo. En esta región lejana, memoria e imaginación no permiten que se las disocie. Una y otra trabajan en su profundización mutua. Una y otra constituyen, en el orden de los valores, una comunidad del recuerdo y de la imagen”.

Hay, entonces, una conciencia existencial del hábitat que se va formando desde el jardín de la casa, como cuando la niña mira un avión que cruza por el cielo o cuando descubre “las cinco tumbas de los animales amados”, bajo la mirada de los gallinazos. Es la conciencia de la ausencia, de las cosas que, aunque estén, no están: “Qué tan grande puede ser la herida si cuando la ausencia se va/ esta sigue allí para siempre”, nos dice la voz poética que no deja de revelar. Igualmente, cuando se refiere a un presente: “Vivo en chile y deambulo por sus calles/ busco la única calle donde está la casa que habitó”.

Esa ausencia, por tanto, es la que la poesía completa, con su aire: “El silencio marca una/ inspiración y una exhalación/ sigo hasta escuchar el ruido lento”. Y ese ejercicio de respirar, de rememorar, de escribir, de purgar, es a lo que se refiere con la metáfora de la marcha de un ejército, una marcha de disciplina en un mundo ya establecido, en el cual hay que ir al ritmo de sus instrumentos. Aunque la naturaleza sea otra cosa distinta a esos instrumentos. Ahí hay una desarticulación, una arritmia, lo que la poesía trata de restituir. Se inspira, se rescata en la memoria. Y se exhala, se exterioriza. Y escribir es como respirar, lo decía el poeta chileno Jorge Teillier (“Me despido de estos poemas:/ palabras, palabras -un poco de aire/ movido por los labios- palabras/ para ocultar quizás lo único verdadero:/ que respiramos y dejamos de respirar”). La inspiración (el recordar) y la exhalación (el escribir), a su vez, definen un espacio singular en el cual habitar, que ya no es un espacio físico: “Este país donde mi madre/ convierte los espacios en lugares de añoranza/ busco respirar el aire que en algún momento cruzó/ por ella”. Es una utopía, un anhelo de rescatar eso que ahora es ausencia o niebla, porque al escribir, “es entonces que/ costillas órganos vértebras esternón/ vuelven a mi pecho/ y la caja no es más que un destino de niebla”.

En esa fluctuación de lo oscuro (la metáfora del sótano, y cito otra vez a Bachelard: “El sótano es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos) hacia la luz (mediante el símbolo del ave), es donde transcurren los espacios de estos ejercicios líricos y espirituales que la poeta Falconí (halcón) diestramente nos entrega en esta edición que trae, además, unos excelentes collages hechos por Dominique Favre.

S/t

una vez más saco la caja
de mi pecho
suenan los huesos como sonajeros
sueltos en una cavidad vacía
jalo el inventario riguroso de una extraña fuerza
pequeños pedazos de papel
señales y símbolos en constante huida
también objetos que casi no reconozco
muñecas gastadas
la jirafa aquella hecha para habitar una jaula invisible
la olla con pallares sin cocer que una niña cocina
todas las noches
para alimentarlos
y siempre allí los pájaros
insistiendo para abrir el encierro
la trama inexistente en un sótano lejano
de plumas sin color
la caja se llena de bruma
cuando llegan los vientos fríos de las tardes
los objetos adquieren los contornos difusos
de un mal sueño
los veo yacer sin vida
tendidos con sus ojos abiertos
es entonces que
costillas órganos vértebras esternón
vuelven a mi pecho
y la caja no es más que un destino de niebla

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