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pensamiento creativo

Discurso de premiación Huauco de Oro 2019, por Julio Barco

Palabras leídas el día de la premiación del libro en Sucre, Cajamarca / 13 de mayo del 2019

Arquitectura vastísima de la poesía peruana

Para los que escribimos poesía, para los que hacemos libros de poemas, es decir, los con páginas que expresen nuestra terrible condición de seres humanos, nuestra rabia, nuestra ternura y lucidez; libros, en suma, que dibujan la ciencia de nuestro interior, nuestra carne y sangre y contradicciones y gozos, la terrible totalidad de lo humano, nuestro trabajo es un fuego continuo, un arar y arar sobre la tierra; una eterna y solitaria inmolación.


Para los que, en verdad, amamos la poesía, la escribimos y la vivimos como un pan fresco & cotidiano, como tomarse unas cervezas con los amigos, como jugar con la hermana en los parques, como besar a nuestra pareja, la poesía la escribimos en el aire que respiramos. La relación entre poeta y palabra es tan íntima como la relación de las neuronas y el cerebro, de la mecánica y los aviones, la fotosíntesis y las plantas. Entonces, este oficio se impone frente a otros, se hace en la realidad, en la vida misma, en el naufragio y renacimiento cotidianos. Y es un trabajo con la muerte, la lucidez, el amor, la vida, y las contradicciones que incendian e infectan la lengua. Cuando pienso en los poetas peruanos, en todos diseminados por el país, viviendo sus arremolinados mundos, sus dolores y alegrías, secuestrados por el bullicio del mundo, los veo siempre descubriendo el universo a cada paso.

Los poetas de este país son petróleo escondido, son espadas que abren la posibilidad del viaje; ese viaje que hacemos dentro de nosotros mismos, ese viaje donde nuestro ser se junta al coro de todos los seres, como una gota parpadeando y fundiéndose en el eterno mar. Los poetas del Perú son fuego. Y yo me siento parte y arte de esos muchachos de Cusco, Tacna, Arequipa, Andahuaylas, Áncash, Trujillo, Cajamarca…. Muchachos que asumen su escritura con actitud y madurez, con apasionado trabajo, con lecturas y críticas, sin dejar de pensar y vivir en el aire desasosegado del país.

Y esa arquitectura vastísima, es de la que yo nazco, en la que yo me formo y crezco, estudio y -ágilmente-, descubro. Poetas fuertes y llenos de coraje, fresco coraje como nuestro propio país. Yo soy esa manada y celebro con ellos la belleza de nuestra entrega. Muchachos que asumen la indiferencia del medio donde se mueven por su oficio, que arman festivales de poesía y publicaciones, que siguen activando recitales y coloquios. Yo soy y celebro esa manada.  Este libro premiado es parte de todo ese divertido trabajo que es hacer y deshacer un libro, soñarlo, escribirlo, arrojarlo como una materia viva. Y echarlo a caminar.

Hacer poesía en el Perú, en el siglo del internet y las exploraciones de la ciencia, de las naves que buscan nuevas formas de vida en las gélidas fronteras de la Tierra, es intentar el abismo; es romper con sus letras, con la furia de su delirio, con sus tradiciones, con lo establecido dentro de la mente diaria, contra la ignorancia y el pesimismo, y los símbolos del poder. Ahí se define tu arte. Y es que pensar en el poeta, a inicios del siglo XX1, es pensar en –básicamente- mucho trabajo, muchísimos kilómetros de vertiginosa escritura desenvolviéndose como una flor.

Es pensar en muchísima entrega. Nuestras voces son nuestras espadas, nuestras máquinas son nuestras hojas y nuestros desmesurados sentidos y nuestro modo de ver/entender/sentir la realidad; y escribir poesía en el Perú es no claudicar ante nada. Es perder la siempre concreta cobardía. Es vivir en ese fuego continuo, entre los deseos de expresarme y la realidad cotidiana – con sus buses, carros, venta de emoliente, chicha, cerros con casas, casas con tvs plasma, casas/con/tristeza, desprecio, decepciones, casas con agujeros y otros resquicios por donde cae una aguja de agua, buses y señoras que venden habitas en buses, venezolanas vendiendo chicha-helada en botellas plásticas– y cantar/teclear/escribir/masticar nuestra alma.

La realidad del poeta es una arquitectura vastísima que se le desata como un diálogo entre símbolos, realidad & sentidos, calles, personas, personajes, lugares… Todo poeta es un arquitecto dentro del juego de programar lo poético en su propio sistema operativo. Yo estoy ligado a la palabra y a la expresión como una planta con ternura a sus hojas. Necesito escribir, leer y expresarme, es la ecuación que me permite no derrumbarme ante ninguna adversidad.

Yo sé que el día tiene luz si puedo asomarme a mi escritorio e intentar mundos, explorar el que soy, escribir y articular mi masa de pensamientos, que es la materia prima desde la que verso el sacudimiento de mi ser. Me detengo aquí y pienso en lo que leí el otro día de Rubén Darío “mi poesía es mía en mí mismo” Qué cierto.

La poesía es todo el camino que poseo, y no me puede fallar. Nunca perdí realmente la convicción de ser un poeta, un pensador, un escritor. Esa es toda mi fe y aquí estoy.

Julio César Barco Ávalos (1991)

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