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Reseña de Arder (gramática de los dientes de león) de Julio Barco/ Escribe Francois Villanueva Paravicino

La galopante fuerza poética en “Arder” del escritor Julio Barco

*Por Francois Villanueva Paravicino

Escribir sobre Julio Barco, el poeta limeño creador de Lenguaje Perú (aquella web de poesía que tiene colaboraciones de noveles escritores como consagrados), es versar sobre la potente oralidad de la poesía, de exigir formas más expresivas de lo poéticamente convencional, de acercarnos al pie del precipicio o las orillas, y escuchar la sinfonía de la urbe y las calles, el coro de los ditirambos citadinos más populosos y el clamor delirante de las avenidas limeñas más transitadas.

Es decir, de restañar la herida como se funde el hierro y el fuego, de escindir la intelectualidad artística a través de forjar la palabra, de mimetizar con energía la pasión de un poeta, de desdoblar la alteridad con la atmósfera grisácea, dura e hipocondríaca de Lima; o de rendir culto a Verástegui, Domingo de Ramos, Roger Santiváñez, o Carlos Oliva, quien, como este último gran poeta del Grupo Neón, confía que la urbe es un catalizador de angustias, pasiones, desesperaciones, o desencuentros, como una jungla de cemento bestial, entre la barbarie y la civilización.  

Lo primero que resalta de Arder. Gramática de los dientes de león (Editorial Higuerilla, 2019), o al menos para mí como lector y cultor de la poesía, casi al sumergirnos al inicio de esta interesante entrega, son las cinco páginas llenas de epígrafes de autores ya consagrados (como Friedrich Nietzsche, César Vallejo, Quevedo, Góngora y Argote, Von Schiller, Baudelaire, Pessoa, Rubén Darío y, tal vez sí existió, Homero) y otros autores en camino de hacerlo, pero que también son grandes maestros del género literario más universal.

Sobre aquella gran cantidad de citas literarias, el poeta Julio Barco ha entendido bien que, pese a la propuesta no convencional y acaso experimental de su obra poética innovadora, el escritor sobre todo debe aprender a respetar la tradición y el canon literario, y, luego de degustarlo y aplastarlo, acariciarlo y golpearlo, soñarlo y destruirlo, amarlo y odiarlo, recién volcar con la experiencia y la sabiduría, las heridas y el sudor, las lecturas y la expresión exacta (tal vez), aquello que nos obsesiona, nos atemoriza, nos hiere o nos apasiona como escritores y seres humanos.

Quizás así se explique la diferencia temporal de su primera entrega, Me da pena que la gente crezca (2012), y la del conocido Respirar (2018) y Arder (2019). Aquellos seis años le bastaron a Julio Barco para entender cabalmente la escritura poética como oficio y necesidad, arte y propuesta actual, destreza y solvencia de artesano, de aquel artista profano de los versos, domador del verbo y herrero de lengua profunda y vehemente. 

Quien lea los poemas de esta interesante propuesta, podrá sumergirse en el “Kipu gramático (estrellas-colores-flores)”, donde la voz lírica mezcla el verso libre y el verso en prosa. He ahí esta confesión: “En Lima dejaré / un amor / De cabellos / brillantes / (más un vasito de plástico / en un teléfono público)”.  O, más adelante: “Un futuro desosegado / Dos noches / Inundados de alcohol / Tres peleas / Y algunas heridas”. En efecto, aparte del verso libre, en Arder se practica el verso en prosa, también de manera furiosa y galopante.    

Como en el “Precipicio de yoes”, aquel hermoso poema en prosa con barras para pausar y dar tregua a la fuerza versística, que cierra con broche de oro esta interesante propuesta, donde un hablante rítmico y contundente, existencial y angustiado, expresivo y galopante, metafísico y artístico, aflora con repeticiones líricas: “yo que no puedo hacer nada con mi vida / yo que no puedo tener un trabajo estable aspirar a una vida cómoda / yo que grité tu nombre en los mercados / yo que hablé de poesía a las 4 de la mañana / yo que me perdí por Tacna buscando amor (…)”.  

También resalta en esta propuesta poética las bellas titulaciones de los poemas en forma de versos, como aquel poema “1.8 Ahora tengo un nuevo cuaderno pulcro y mi cuerpo delicioso como todo verbo”, “1.1 Óyeme grandilocuente / ciudad / madre”, “1.6.1.a tú= donde florecen los seres / 1.6.1.b. yo= donde florece luz”, “1.10.e.1 J. R. Ribeyro descubrió el alma peruana y dijo”, “1.11.f. Un pucho apenas – grulla roja / dulcísima – queda / iluminado entre las / ratas”. “1.35. (Me oigo me palpo / vivo en la música del fuego / mi utopía es tu cuerpo / K. Hamsun es un bello chiquillo pidiendo limosna en puente Balta)”. “1.41. La libertad de la mente es una fruta dulcísima, un lenguaje incendiado mis sueños”.  

Premio Huauco de oro 2019 y Antenor Samaniego 2019

Por ello, creemos que este año será inolvidable para el poeta fundador del Grupo Tajo o Poético Río Hablador, pues incluso su obra lírica ha sido reconocida a nivel nacional con dos recientes premiaciones (el Premio Huaco de Oro 2019 y el Premio Antenor Samaniego 2019), que le continúan afirmando que todo oficio y sacrificio, vocación y pasión, entrega y necesidad, traen alegría y tregua a la soledad del escritor que ha decidido continuar el sendero de las letras y las artes.

* Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra con el relato “Cazar una fiera” (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018); además publicó en Amazon su primera novela Los bajos mundos (2018).  El cementerio prohibido (2019) es su cuarta entrega. Reseñas y textos literarios suyos han sido publicados en páginas virtuales, diarios, plaquetas, revistas y/o. Actualmente cursa la Maestría de Escritura Creativa de la UNMSM.

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