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Julio Barco, director de lenguajeperu.pe, gana primer puesto en premio especial Antenor Samaniego 2019

Por Pamela Janet Rodriguez (*)

Uno puede lograr sucumbir a la decencia poética de Julio Barco, pues te abarca la fascinación por lo que escribe, él crea y trasmite. Sucede como si la literatura te estuviera respondido en esencia consumada, y en entera alma. Pasaran muchos años y las obras de Julio Barco, habrán de comenzar a ser mejor cada día. Junto con me da pena que la gente crezca, han aparecido otras publicaciones diversas, junto con investigaciones y ensayos. Tal vez impulsado por el éxito de su segundo poemario, y quizás también, porque la poesía de Julio, hablando en una metáfora su poesía cobra vida y respira sola.

Las letras de Barco, han encontrado que el tiempo y las circunstancias son propicios para su esplendor. Sea como fuere, por razones literarias o por pura casualidad, a los 13 años antes de decidir que se dedicaría a escribir, como una respuesta premonitoria pero aún emocionante, se encontró preparando arte y más arte, luego vendría, su primer poemario, «Me da pena que la gente crezca». El poder literario lo enlazo en sus encantos, y en ese camino de azares nos encontramos, y de repente ya estábamos creando un proyecto literario: Lenguaje Perú. Surgió así la estima y la amistad. Comencé preguntándole, cuál era su aspiración con las letras, y terminé en su vida como aquella amiga, que repasaba la lectura de sus manuscritos y libros, que eventualmente me pasaba para preguntarme: Qué te parecen. Y terminaba entre la emoción y la lucidez del asombro, que sus versos disparan.

ASONANSAS, es la institución que realiza anualmente este concurso celebrando la memoria de Antenor Samaniego, docente y escritor


Inicialmente un rasgo. Y en sus letras, rápido movimiento del pincel dibujando la hoja, inscribiendo su ritmo. Una línea como el primer sonido de una partitura, murmurando su paso aquí en la hoja y al mundo. Una característica como la piedra angular de una arquitectura que toma forma ante nuestros ojos. La música viene poco a poco, escucha. Y mira el techo del alma que está emergiendo. Entre la lentitud y la efusión, el paisaje interior está marcado con tinta y agua. Tumulto líquido de la vida que surge en el papel mojado que lo bebe, la hoja en el recipiente de una presencia. Música de una vida que se desarrolla, como un ala, una música que inscribe el silencio, el peso y el murmullo del mundo, en la ligereza del vuelo. Gravedad y aire juntos en el momento de la línea. El movimiento se congela y la intensidad del vacío se desarrolla, entre dos líneas, entonces surge la pena, la pena de la gente ausente creciendo sin gloria y azar, como un miedo en escena, vuelve Respira fuerte, continua en la hoja, ahora Arde, busca el fluir del rio, se embarca en su corriente, se echa a Nadar, llega a la orilla, reposa, rápidamente se incorpora, la metáfora y el verso, como un galopar, pero a la par encuentran el Caminar. Luego, la sensación de caminar, más allá del espacio y el tiempo, siguiendo los pasos de un Escritor.

SPOT DEL CONCURSO 2019

En estas suntuosas páginas, el poeta se dedica a un trabajo meticuloso de introspección, abordando la vida, este «emigrante» cerca y lejos, esta promesa que «tiene en [sus] manos de hombre». El río de sus palabras cruza los paisajes de la memoria, recorre los abismos de un viaje que a menudo tiene horas oscuras, redescubre los puntos cardinales de una existencia totalmente dedicada a la poesía. Y se complementa la Arquitectura vastísima de letras, cada cimiento en su lugar.


Julio Barco, no solo es poeta, también se sabe embarcar en el movimiento del texto narrativo, entre la sombra y la claridad. En esta fase de escritura, que él ha podía demostrar con igual destreza, ha sido reconocido con el Premio Especial Antenor Samaniego-Cuento. Es un cuento cincelado y transigente que desarrolla el lado imaginario de la imaginación del lector y crea un vínculo con el autor. Colocando en la puesta de escena a dos personajes en un formato del dialogo y de las palabras. Una escena que despliega el hilo de interrogatorios múltiples incesantes cuyas únicas respuestas, suponiendo que uno pueda considerarlas reales, son proporcionadas por una cita. Lo que se nos propone es una especie de paseo literario fuera de cualquier circuito lineal, un viaje apasionante donde cada línea siembra la reflexión sobre un nuevo camino de escritura potencial sin llegar a cerrar este pasión literaria de dos personajes que se entrelazan en un bar Queirolo del Cercado de Lima.


La escritura de Barco, forma el sabor de este texto inclasificable vinculado al cuerpo. Por qué ? Porque la escritura, llevada a este nivel de incandescencia, desplaza los bordes de las clases. Porque el delirio, tan bien controlado, abre una puerta que no se cerrará nuevamente. Porque es urgente dedicar la furia del texto al coraje de vivir.

(*)Pamela Janet Rodriguez es una joven narradora y poeta. Co-directora de Lenguajeperu.pe

CUENTO GANADOR:

GANADOR PREMIO ESPECIAL «ANTENOR SAMANIEGO» – CUENTO
Es del Agustino, Lima. Autor de los libros «Me da pena que la gente crezca», «Respirar», «Arder» y «Arquitectura Vastísima». Tiene 27 años.

ENCUENTRO CON EL POETA SAMANIEGO
Julio César Barco Avalos – Seudónimo: Vaughan Williams.

El sábado saqué del BCP de Chimú unos 200 soles, subí a una combi y bajé en Puente Trujillo. Caminé por el puente repleto de la multitud, aburrida y recelosa, miré el Rímac como un animal intensamente herido, y casi lloré. Sonó mi celular. Era mi ex. Me contaba que tenía un cumpleaños esta noche y me preguntaba si quería ir. Le dije que le devolvería la llamada en breve. Entonces cayó una bomba lacrimógena y corrí a por la calle Quilca. Justo me dio tiempo de penetrar al Queirolo. Todo estaba lleno, sobre las mesas flotaba el tejido de una densa conversación – la luz amarillenta- y, al fondo, observé a un señor calvo leyendo un libro. Alzó los ojos y me miraba. Yo había visto su rostro en las páginas de internet.


-Mucho gusto joven, sé quién eres, siéntate conmigo, soy Antenor Samaniego.
-Claro, poeta, lo recuerdo, ¡mucho gusto!


Bebía una taza de café cargado humeante. Como en sus fotos, tenía los ojos serenos. Yo pedí una cuzqueña. Observé la pila de libros acumulada en su mesa: obra completa de César Vallejo y antología de la poesía alemana por Alberto Hass y Federico More. Me serví un generoso vaso de cerveza y disfruté de su frescura.


-Estuve leyendo sus ensayos – le dije – sobre la cualidad de los poetas de ser antenas de un espacio y tiempo, hablas de que el yo del poeta era una suerte de crisol donde se cocinan y arden las formas de su tiempo.
-En efecto, joven – me explicó el bardo-, y esto lo sé desde Rubén Darío: ¡los poetas son pararrayos de Dios!


Un niño que vendía fruna de mora y de mandarina se nos acercó. Puso en la mesa dos frunas y le compré sus dulces. Y lo invité a sentarse con nosotros, mientras le pedí al mozo una inka kola con cañita.


-¿Cómo no caer en el ego, Samaniego, si el yo del poeta es una antena, y si su voz es un centro?
-Es que lo que dice el poeta no es individualidad, Matías, es un punto de comprensión y conocimiento. Todo poeta tiene la capacidad de profetizar.
-¿De qué hablan? – preguntó el niño- Al único poeta que he oído en el cole es a un tal Carlos Vallejo…
-César Vallejo, dirás – corrigió Antenor-. Lo cierto es que el poeta es una suerte de profeta y su música suena en toda la vida, y es un canto hacia esas otras fronteras.


Afuera, en las calles, se oían los gritos de los protestantes pidiendo auxilio. La ciudad lo devoraba todo. El dueño del local gritó «nadie sale carajo». Los mozos pusieron unos polos viejos que usaban como trapeadores en la rendija de la entrada con el fin de evitar que penetre el humo. La gente gritaba afuera. Nadie se paró de su mesa. Entonces las luces se apagaron.
-Tengo miedo – dijo el niño.


-¿Qué se puede hacer en un mundo así? – le dije casi gritando al poeta. -¿Cómo escribir en medio del caos? Recuerdo uno de tus versos: «la luz era en ellos una llama dulcísima de poesía».


Las luces volvieron. Miré a las otras mesas. Un hombre gordo de lentes y pelo enrulado pidió una cerveza Pilsen más. Alguien un pisco. La pantalla plasma se prendió y aparecieron las imágenes de la protesta. Se veía la Plaza San Martín y a los policías arrojando bombas lacrimógenas al centro del parque. Sonaban las sirenas. Una jovencita de pelo pintado con un gorrito de la bandera del Perú aparecía corriendo. Luego la periodista, sujetando el micrófono, con su casaca ploma y tocándose la oreja como esperando las señales para hablar, salía durante unos dos minutos. Volteé a ver a Samaniego. Echaba azúcar a su café. El niño había desaparecido.
-Cálmate joven, – me dijo el poeta mientras terminaba de dar vueltas a su taza- tienes primero que hallar la serenidad. Y recuerda lo que dijo un gran poeta: «toda mente profunda requiere una máscara» Esa máscara, que es tu mente, no es el ego, es una espada de guerra. Mira lee este poema.
Me pasó el libro la antología de la poesía alemana abierto en la página 80.


-El poema que dice Soy la espada. Soy la llama ese lee.
-«Soy la Espada. Soy la Llama.
Os di luz entre la sombra. Y, al empezar la batalla, combatí
Adelante, junto a los primeros.
En torno a mí, yacen mis amigos muertos; pero hemos vencido…».
Terminé de leer el poema, que justo concluye con la repetición del título Soy la Espada. Soy la Llama. En la tele seguía sonando la voz de la jovencita, parece que entrevistaba a un hombre bastante mareado que mandaba saludos a sus amigos. La protesta seguía. Los mozos sacaron los trapos del resquicio y abrieron la puerta. Miré la calle. Una pareja pasaba riendo. Observé que el joven llevaba un anillo negro y un cigarro encendido. Abrazaba a su chica por la cintura. Antenor seguía silencioso.
-Ese poema es de Heine, un poeta alemán. De seguro, lo has escuchado, de la época de Goethe y Novalis. La espada me hace pensar en el coraje del poeta. En ese ir contra el tiempo y el mundo, especialmente su realidad, con el oficio de escribir y de cantar. Ya es hora de irme. ¿Para qué la poesía en este mundo? Para eso, para seguir alzando el valor de decir lo que somos.
Antenor terminó su vaso de café. Se despidió brevemente.
-Mucho gusto, hombre. No se olvide sus libros de Vallejo.


Pagó en la caja y se marchó sigiloso. Yo me quedé terminando mi vaso de cerveza y mirando la tele. Ahora pasaban unos comerciales sobre la venta de terrenos y departamentos en Ancón. Miré mi celular. Mi ex me esperaba en Plaza Francia. Me decía que no demore en llegar.

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