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El instante es perpetuo. Nueve poemas de Ezequiel Carlos Campos.

El instante es perpetuo. Nueve poemas de Ezequiel Carlos Campos

*

Me veo salir de una rosa:

mis ojos son polen putrefacto.

Mi perfume grita que lo huelan y mis manos

–delgados tallos–

abrazan el aire y se afanan en no caer al suelo

porque no quiero irme todavía.

Y la rosa, hogar efímero, me deja.

Es cuando caigo.

*

Digo mi nombre y un vaho sale del silencio. Donde estoy es como una noche inacabable, donde las estrellas son puntos de suspiros. Mi nombre sigue diciéndose en este espacio infinito, cada letra viaja encima de una montaña, y el punto final tumba las esperanzas de que las letras floten para siempre: y es que no quiero irme todavía, porque nadie dejó mi nombre en una caja, nadie lo pintó en una pared del mar, ni lo tatuó en unos oídos eternos. Sin mi nombre, aquí, no soy.

*

Encendí el fuego y le dije

que no quiero irme todavía.

Quise ver mi reflejo

y, si su tonalidad

era mínima,

apagarlo y acostumbrarme

a la quema de mi sombra.

ii

*

Al parecer un dedo enorme me hipnotiza,

hace que mis labios caigan,

se sientan pesados

y en un momento se despeguen de mi boca.

Jamás pensé cerrar los ojos

y que dejarme llevar por un guía ciego

fuera tan largo y duradero.

Sólo que aquí no hay comida

para mantener esta perra hambre eterna.

*

Yo no sé si la lluvia

arrecia porque el cielo está enojado

o si el fin del mundo empezó

y nadie se dio cuenta.

No hay manera de secarse

de esta agua:

si no traje impermeable

fue porque me gusta mojarme,

saltar en los charcos

y ver húmedos mis pies.

iii

*

Escuché tu mensaje

mediante una grabación

de tu garganta;

tu lengua y tu boca estaban abiertas

jugando con el trayecto del mensaje

sobre un puente que se rompe en el abismo.

Al parecer, el último segundo

es el más doloroso:

como aquellas cartas de amor donde ya no hay amor,

como el último pan de la cesta

(y la incertidumbre de no saber cuándo habrá otro),

como la última vez que viste a tu mascota viva.

Dijiste que la vida

se rige por las enfermedades que tenemos.

Lo alcanzaste a decir tres veces.

Cerraste los ojos e intentaste decirlo una vez más.

*

–Alguna vez verás mi sombra

bajo la sombra de un edificio.

–¿Quieres decir

que cuando nos vamos

nos volvemos sombras?

–No, la sombra es nuestra alma

y ésta se queda y pena.

iv

*

Escribo en una pizarra

todas las historias que recuerdo:

cuando acabo y tomo un descanso

alguien (o algo) las borra:

vuelvo a escribirlas de memoria

(porque las tengo muy adentro)

hasta el último espacio de la pizarra.

El viento (o algo) las borra de nuevo:

y las vuelvo a escribir

para que las historias

no se borren cuando parta.

*

qué me importa

si estiran mi cuerpo como una liga,

si me dejan colgado de un puente,

si me hacen ascuas cuando me avienten al fuego

o si el viento sopla y me convierto

en un montón de dientes de león.

No importa que una boca enorme me coma,

que mi cuerpo se haga globo

y alguien sople hasta el límite.

Sólo quiero que no hayan olvidado

revisar mis bolsillos

y hayan encontrado mis poemas

como los de Shelley y Radnóti:

que ellos supieron cómo

escribir(se) después de la muerte.

Del libro El instante es perpetuo (Literatelia, México, 2019).

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