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Ceniza húmeda & otros poemas de Andrea Ibáñez

Ceniza húmeda

En el espesor del lago
en las profundidades del vientre
me encojo en posición fetal
me desapego
me desprendo
bajo tu danza del dolor
muevo los pies y manos
el instinto básico
Tan solo navega
sobre mi deidad 
que se estropea con cada noche
que fallece con cada viernes
te sueño junto a Hades
y me arrastras
no lamentes el resquebrajar
mi pecho 

Los nombres

Al sonar tu nombre
contra las paredes de este
agrietado lugar
queda el corazón
y se une junto al mío en un acto
de cobardía
temblando ante el miedo del sentido
de pertenencia
porque mi nombre no es de este lugar
porque mi nombre es un simple préstamo
que ahora
ya no quiero

Cruce de carretera

Dejar a medias
un don universal
sentada a orillas
una berma de terminal
prohibido fumar
se lee a mitad de pasillo
me declaro rebelde
Como un tradición
personal
ventana obligatoria
y confirmo en mi
interior resquebrajado
que no existe
saciedad alguna
Dudo la posibilidad
creo ningún viaje
reconstruirá
mi corazón
adolescente
indoloro
ha mudado piel

El denso verde
de la carretera
se superpone
de manera perfecta
con mi abandonada
piel bronceada
y siento encajar

Te vas un viernes 13.

Mi madre me contó 
que parecías dormir
pero que al tacto
notó tu ascensión
entonces es aquí 
donde nos despedimos
y con el dolor que atravesaba 
mi espalda en ese entonces
fría y adolorida
cerré los ojos y bajé la tapa
de la urna lentamente 
tu cara se perdió entre
la madera que en unos días más 
se descompondrá 
así comenzaron a escucharse los 
sollozos entre la muchedumbre
que desconocía con el dolor. 

Deber, hacer.

Deberías escribir mi nombre en la pared,
deberías sucumbir a la soledad,
deberías asquearte de esta ciudad,
deberías agarrarme fuerte,
deberías besarme un fin de semana,
deberías acariciarme sobre los libros de tu escritorio.

Carne y barro.

Mi cadáver que busca rosas entre barros, tendida, perdiendo
cada color que pudo existir, ahora el río se lleva mi perfume,
se lleva mi voz que mi sien ya cayó.
Me toco las costillas y se deshacen como arreboles al atardecer,
mis labios secos ya no besan.

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