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CUENTOS JÓVENES PERUANOS: #10) “Piedra resquebrajada, flor marchita» de Luis Contreras Chipana

Piedra resquebrajada, flor marchita
por Luis Contreras

Salí del salón porque allí, sinceramente, todo me llegaba al pincho: la voz taladrante del profesor, su mecánico curso de numeritos y operaciones, mis compañeros de clase, quienes parecían computadoras en proceso de alma-cenamiento, y el hedor asfixiante que inundaba la habitación. Salí del salón, también, porque mi mente se paseaba en un laberinto de trazos
que siempre me dibujaban el mismo rostro.

-¡Plaaash!- gimió la puerta al cerrarse y, tras esta, un vientecillo pasajero refrescó mis acaloradas mejillas.

《 Mejor》.

Inhalé un gran puñado del aire contaminado de Lima. Lo retuve. Quise asfixiarme. Lo expulsé.《Mucho mejor》. El dolor en el pecho estaba controlado, pero permanecía leve,calmado, y, cuando algún rasgo se imponía sobre mis pensamientos, recaía. Metí las manos en los bolsillos y me dejé tragar por el pasillo del octavo piso que en ese instante yacía
vacío.

─Carajo, carajo… ─mascullaba. En mis laterales, las otras piezas mostraban la misma apariencia: estudiantes y más estudiantes estáticos ─. En estos momentos no me importa Pitágoras, no me importa ingresar a la universidad…

Llegué a uno de los balcones opuestos. Desde ahí se podía presenciar una pequeña porción de la ciudad: la avenida Bolivia y otros intentos de rasca-cielos, un policía de tránsito con su casco de yeso; las sombrillas coloridas que cubrían los puestos de los vendedores ambulantes; los transeúntes que transcurrían apurados por los pocos charcos de sombra, procurando salva-guardarse del implacable calor; y una parte de la avenida Alfonso Ugarte, que de rato en rato, por la esquina, vomitaba algún vehículo. Por la posición del sol en el cielo, deduje que era aproxima-damente las tres. Faltaba cinco horas, todavía, para la salida.

‹‹¿Cómo estará? ─me pregunté algo angustiado ─. Ojalá que Jesús haya ido a visitarla››. 

Abajo, en el umbral del edificio, el hombre de seguridad, inmutado, obser-vaba desconfiadamente a quienes pasaban por la acera. Desde esa altura, y por los trapos que vestía, el guardia proyectaba la imagen de una cucara-cha, una cucaracha cuyo trabajo consistía en frustrar asaltos y en impedir que los muchachos se retiraran, sin justificación, antes de la hora esta-blecida.

‹‹¿Y si no pudo? ─la duda me sobrecogió de repente ─¿Y si no le dieron permiso en el trabajo? ¿Quién llevará los medicamentos para que le realicen el tratamiento si la única familia que tiene ella somos Jesús y yo?».


De pronto, una ráfaga de gritos me extrajeron violentamente de mis cavilaciones. Con cierta incomodidad, dirigí mi atención nuevamente hacia abajo y noté cómo un archipiélago de muchachos marchaba sobre la estrecha avenida vociferando consignas en contra de las nuevas políticas promovidas por el gobierno de turno. En algunas de las pancartas y
banderolas que empuñaban, pude reconocer, además, la palabra “salud”, la cual me devolvió con rapidez en mí.

«¿Y ahora qué hago? ¿Cómo me comunico con él? Desde que le robaron el celular, Jesús anda incomunicado››.

Saqué la billetera. El dinero, además del pasaje de regreso, a lo mucho, me alcanzaba para dos o tres miserables caramelos de limón.

─Tamare… ─renegué entre dientes─. Sin plata cómo llego al hospital…
Di la vuelta, resignado, y regresé a la clase, perseguido por algunos bocinazos de afuera. Al llegar, me asomé por la ventanilla de la puerta.

Adentro reinaba la misma rutinaria tranquilidad. Ingresé. Todos, con las cabezas pegadas a sus libros, agitaban las manos, dando la impresión de que en realidad resolvían los ejercicios.

─Es la página veintitrés ─me dijo súbitamente el docente, quien ya había dejado de explicar el tema y ahora, jubiloso, supervisaba a sus alumnos.

«De qué mierda sonríes», pensé. Mi carpeta se ubicaba junto a la puerta. Me senté. Cogí el lápiz, mi cuaderno, y empecé a garabatear. El rostro de mamá volvió de nuevo, luminoso.Entonces, intenté dibujarla. Empecé por los ojos, esas dos lunas de café que hasta hace un año eran impenetrables, incansables, debajo de dos pobladas islas de bello castaño. Desde ahí descendí una línea entrecortada hasta llegar al abismo de su nariz aguileña. Más abajo tramé dos delgadas curvas dándole forma a los labios. Cuando empecé a deslizarme por la silueta de sus mejillas, en mi memoria, sus facciones de mujer aguerrida, guapa y joven comenzaron a deteriorarse, a mezclarse con las del presente, las cuales me resistía en recordar. Mi trazo siguió su rumbo, pero con desgano. Cuando terminé con sus orejas y
estuve a punto de pintar el cabello, cabello que había perdido por el terrible mal, me detuve. ‹‹¡Mierda! ─pensé repentinamente ─¡Qué injusta es esta maldita vida!››. Y rayé todo lo avanzado. El punzón en el corazón, un tanto superado hacía buen rato, regresó salvajemente y ascendió hasta mi garganta. Intenté pedir permiso para retirarme; sin embargo, el dolor, ahora hecho nudo, me lo impidió. Mis párpados se tornaron pesados. No quería que nadie me viera así. Sobre todo el profesor de la expresión feliz, hipócrita. Con apuro, guardé mi cuaderno. El lápiz se cayó. No lo recogí. Agarré el morral y escapé. Al parecer, nadie pudo verme. Fui al baño, penetré en uno de los cubículos y, frente al inodoro, dejé escapar toda la pena. Lloré de impotencia, de rabia, como nunca lo había hecho en mi corta vida.

Minutos después, mientras me lavaba la cara, recordé a Mario, una de las pocas amistades de ese centro preuniversitario. Él siempre llevaba dinero. De inmediato, me sequé con la basta del polo y fui a buscarlo.

─¿Cómo que no tienes, huevón? ─le pregunté, acribillando sus pupilas con las mías.
─Es que en la tarde me encontré con Melani y ella…
─Eso no me interesa ─interrumpí.
─ Pero escucha, pues ─insistió él haciendo un gesto de protesta─. Te estoy
explicando para que luego no digas que soy cagón. La cuestión es que Melani me comentó que tenía problemas y que necesitaba cincuenta lucas.
─¿Y le diste el billete?
─ Sí, y me quedé misio… Tú sabes, pues, cuánto me gusta esa flaquita.
─ Ya, ya… ya fue. De todas maneras, necesito que me ayudes de otra forma…
─ ¿Ayude?, ¿en qué?
─ Te lo digo después porque ahí viene tu coordi. No quiero que ese maricón me joda todo el plan. Por eso, en diez minutos nos vemos en el baño del tercer piso. Ahí nadie supervisa a esta hora…

Mario se alejó de inmediato. El mencionado coordinador, un moreno delgado que caminaba como mujer de alcurnia, vio que mi pata ingresó a su salón y que yo ascendía por las escaleras y no hizo más que volver a su oficina. Antes de que desapareciera por completo del pasadizo, con tono de niña presumida, me advirtió:

─ ¡Ya saben que está terminantemente prohibido caminar por los pasillos
durante clases!

El tiempo establecido transcurrió para mí como la luz roja de un semáforo en plena hora punta. La angustia y la negatividad respectivas a la situación de mi madre me tenían angustiado. Y lo peor de todo era que mi amigo no se aparecía en el sanitario. Ya estaba a punto de claudicar en su ayuda y planear otra forma de resolver mi huida, cuando Mario atravesó el marco trepidante, sudoso. Al hallarse ante mí, lo primero que hizo fue disculparse.

─Perdón, tío, perdón…
─Ya, huevón, tranquilo. Lo que importa es que has venido. En fin… Necesito que me
ayudes a salir de acá.
─¡Hala, loco! – se asombró─. ¡No la cagues! ¿Por qué no vas directamente a conversar con la tía de Recursos Humanos y le explicas tu situación? Porque si te sales así no más y ellos se enteran, te pueden quitar la beca y, lo que es peor, hasta te pueden expulsar.
─No, pues, no seas huevón. No voy a ir a dar lástima. No jodas. Prefiero que me quiten la beca antes que eso.
─Te entiendo, pero…
─ ¡Nada de peros carajo! ─le resondré ─¿Me vas a ayudar o no?
─ Puta, no me queda de otra pues. Eres mi broder y lo tengo que hacer.
─ Ya, mira, lo único que harás es alcanzarme el morral por las rejas de la puerta trasera. Para eso yo ya habré salido con el floro de comprar algo en la librería. Si todo sale tal cual lo imagino, lo probable es que no se den ni cuenta. El otro día escuché que un pata hizo eso y no pasó nada. Ni lo notaron.
─Si es así, paja─ festejó Mario.
─Ya, ya… pero antes tenemos que solucionar lo del billete. Y ya sé quién me puede ayudar.Ven, sígueme.

Salimos del baño y con paso apurado bajamos por las escaleras hasta el segundo nivel. Una vez allí, me encaminé hasta el doscientos uno. De inmediato, saqué el celular. Entre los contactos, busqué el nombre de Franco. Al hallarlo, presioné el dibujo del manófono. En el fondo del audio, el timbre típico comenzó a sonar con insistencia.

-¿Qué fue? –un susurro grave me contestó desde el otro lado.
-Oe sal un toque pues–solicité y finalicé la llamada.

Aún estaba ansioso. Sentía que había desperdiciado demasiado tiempo.Tras unos segundos, un cuerpo alto, recio y moreno, como el de uno de esos enternado que cuidan las instalaciones de los casinos, se presentó ante nosotros. Llevaba un bividí, que por la oscuridad del lugar se mostraba azulino, un short plomizo y unas zapatillas del color de sus impecables dientes. Antes de que nos saludara, cinco palabras mías lo interceptaron de golpe:

─ Viejo, por fa, préstame plata.

Él hizo un gesto de desconcierto por lo que acababa de escuchar y, de pronto, nos amenazó tajante:

─ Si me han interrumpido para eso, mejor váyanse. Si no, ahorita mismo me desconozco y les saco la reputísima. Seguro quieren para hacer sus huevadas. Trabajen, carajo, y dejen de joder. Avancen, avancen…
─ No, no, broder, en serio necesito que me hagas un préstamo–solicité-. Por esta, que no es para lo que crees.
─ ¿Para qué chucha es entonces? ─gritó con exageración.
─¡Ey! ─ alguien se escandalizó al rededor. Al parecer fue un profesor.
─ Shh…─ le solicité con un gesto que bajara su volumen─. Solo préstame por favor.
─ ¡Dime para qué, idiota! ─ persistió a la vez que se me acercaba. Traía el rostro comprimido. Su ceño amenazante me intimidaba ─. Últimamente me paras interrumpiendo para pedirme plata. Ya deja de joderme, carajo. Necesito estudiar. Tengo que ingresar a la universidad. Si esta vez no lo hago, mis viejos me van a quitar todo y, encima, me van botar de la casa… Así que no jodas y lárgate que ahorita me desgracio.

Yo, a pesar de lo increpado y de la amenaza, me resistía a decirle el motivo. El orgullo se imponía sobre mi desesperación. Cuando su enorme mano estuvo a punto de apretar mi cuello, Mario atemorizado, pero convencido, habló por mí:

─ Es para que vaya al Neoplásica a ver a su ma…
─¡Cállate! ─exclamé empujándolo con vehemencia. El chiquillo cayó inservible, como un pucho que todavía está encendido.

Franco se detuvo y quedó en silencio un momento.

─ Asu─ se animó a decir luego, conmovido─, lo hubieras dicho desde el principio. Si es así, ¿cuánto necesitas?
─ ¡Ni mierda! ─respondí retrocediendo, con la intención de alejarme.
Ellos quedaron perplejos.
─ Y tú ni me sigas─ añadí, observando al muchacho que aún yacía tendido, y corrí hacia la planta baja, decidido a todo.
Algunos escalones antes de llegar al vestíbulo, me detuve.
‹‹Tengo que controlarme. Necesito ser estratégico››, me quedé pensando. ‹‹¿Qué hago? ¿Qué hago? Me estoy exponiendo… No quiero perder la beca. Si pasa eso, mamá sufrirá otra decepción. Ella no merece recibir ese tipo de noticias; no contribuyen para nada con su estado de salud››.

Aún con dudas, me dirigí a los servicios higiénicos del primer piso. La presión me había provocado sudoración. Me lavé las manos, la cara. Me sequé con el polo. Inmediatamente, saqué el celular del morral. Eran las cuatro. A las cinco y media debía estar allá. A esa hora le tocaba su tratamiento.

‹‹Iré directo a la puerta y saldré como sea. Que me expulsen si quieren. Importa más la vida de mi madre. Tengo que hacerlo ahora. Ya no tengo más tiempo. Lo del dinero lo veo luego››.

Minutos después, caminaba hacia la entrada. El vigilante, por la oscuridad que imperaba en la sala, no se percató de mi presencia.


‹‹Es el momento››, pensé y cuando estuve a punto de enfrentarlo, de mandarlo a la mismísima mierda, el teléfono vibró en el bolsillo de mi pierna derecha.

Era una llamada.

El número que aparecía en la pantalla me hizo pensar que venía de un teléfono público. ‹‹A lo mejor es Jesús››, pensé y en el acto respondí.


―¿Aló?

Del otro lado, la voz sollozante de mi hermano comenzó a bombardearme de cuestiones que en un principio no entendí, pero que segundos después interpreté como las anticipaciones al anuncio de malas noticias. Malas noticias que, al rato, atravesaron mis oídos y me dejaron en un trance donde mi peores temores afloraron. Mientras tanto, Jesús repetía que debíamos ser fuertes y estar unidos ante esta situación. Su voz, en ese
momento, era solo la sobra de un hombre deshecho que hablaba por hablar. Una voz que me ametrallaba con palabras que después de un rato me provocaron vértigo, náuseas. No podía asumir todo lo que escuchaba. No podía. Los recuerdos construidos con mi madre se reprodujeron en mí como un tráiler de película. La dolencia muy bien conocida volvió y me estrujó el ser, completamente. Ya no escuchaba nada ni veía nada. No pensaba nada. No hacía nada. Era una piedra que se resquebrajaba.

―¡Luis!, ¡Luis! ―Jesús me interrumpió.
―Dime, dime…―dije apenas.
―Vas directamente a la casa. No vemos ahí. Yo me encargaré de los papeleos, de avisar a los tíos lejanos, a sus amigos. Por eso, no te preocupes.
Sin haberle respondido, la llamada terminó. Ido y jodido, como una flor marchita, me acerqué hasta el guardián. Este, que era alto similar a un poste, agachó la mirada y vio con cierta compasión cómo las lágrimas formaban hileras húmedas sobre mis mejillas.

―Es mi madre por favor. Déjeme ir.

El sujeto se hizo a un lado y me dejó atravesar el umbral, mientras yo me secaba el rostro siempre con la manga del polo. Ya en la berma, mezclado entre la multitud ajena que a esas horas ya se libraba del quehacer diario, saqué del morral un cigarrillo, lo encendí, le dialgunas pitadas y me dirigí automáticamente hacia el paradero. El dolor en la garganta quiso huir, transformarse en líquido a través de mis ojos, de nuevo. No se lo permití. Tragué una cantidad considerable de saliva y lo ahogué.

‹‹No más. No más… No en este instante, en este maldito lugar››, pensé y abandoné la calle. Esa fue la última vez que pasé por allí, que estuve sobrio.

Esa fue la primera, además, que quise morir.

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