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Geometría y paralaje: sobre “Semen” de Julio Barco y “Dédalo” de Ana Abregú

Geometría y paralaje: sobre “Semen” de Julio Barco y “Dédalo” de Ana Abregú

por Nicolás López-Pérez

La novela está en otra parte. Una casa de cartón y un despertar. Desde ahí, la geometría no de una novela, sino del lenguaje que se queda congelado. La novela es solo una posibilidad condicional. El lenguaje es la condición de posibilidad de una obra. En particular, de una secuencia que avanza entre una hebra de hechos, experiencias, sensaciones y pensamientos. A estas alturas del siglo XXI, ¿podemos decir con exactitud que es una novela? Me interesa el ciclo productivo de lo que puede ser leído como novela. Un ciclo productivo como el de la economía. Extracción de materia prima, manufactura y el círculo virtuoso en el que se brindan servicios y se comercializan bienes y, al otro lado, la disposición de recibir. Ese es el tratamiento del lenguaje que la experiencia transpira encima de las huellas que vuelven a escribir la vida misma. Un sedimento que queda a disposición de dos manos que van siendo accionadas por una serie de procesos endocrinos y nerviosos.

Al comienzo hablé de una casa de cartón y un despertar, refiriéndome a la primera y última novela de dos autores. Lo ordinal reside en el estado presente de las cosas, respectivamente Semen, simetría del joven sol de Julio Barco y Dédalo de Ana Abregú. Ambos trabajos fueron recientemente publicados por el sello editorial Metaliteratura. Sobre ellos, un tejido digital que se urdiendo a través de una misma energía. Y no estoy hablando de la poesía, sino, con precisión, de “el problema de fluir demasiado & escribir poesía” (p. 69, de Semen). En ese fluir, en esa escritura, la siembra de las preguntas que se acompañan de un arado de intensidad sobre las cosas que componen los deltas que van a dar al mar de la literatura. No importa cómo sea, ríos que desembocan y se funden con un espacio inconmensurable.

“La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia” (p. 38, de Dédalo). Me recuerdo del poeta andalusí Ibn Gabirol (Avicebrón), que Chantal Maillard llama “el desterrado de Dios” con sus casidas. En la primera canta:

“Yo soy la poesía y la poesía es mi esclava
Para poetas y músicos soy un arpa.
Mis poemas son como coronas de reyes,
tiaras en las cabezas de los magnates.
Aquí me veis, tengo dieciséis años,
mas mi mente comprende como un octogenario.”

La poesía es habitar la defensa, un ejercicio de concentración donde se desconcentran las cosas que entran por la rendija del mundo y que se filtran con el acervo personal que tiene cada persona. De eso dependen las funciones endocrinas y nerviosas que se trastocan a través de la lectura. En la página 74 de Dédalo, una cita, o la metaliteratura: “Yo era un poema sobre Joyce escrito por W. Curonisy en el siglo del internet”. Y pensemos en Curonisy, amigo del gran poeta estadounidense Allen Ginsberg, con sus torrentes de imágenes y trozos de carne que en la página en blanco ajustician los márgenes para permanecer con vida. De uno de los poemas de Rehenes del tiempo (Fondo de Cultura Económica, 2012) habla:

“Una que otra palabra más
y he creado una mujer
con pedazos de mar
de noche estrellada
de ardor y furia
ahora mismo la veo
emergiendo del océano
con luna y viento en los cabellos.”

La mujer está en otra parte. Veremos. En lo cotidiano de los recuerdos, en el viento que se lleva las hojas de la estación hasta embellecerlas, en la antesala de la belleza, como expresaba Rainer Maria Rilke, en el comienzo de lo terrible. Las preguntas van manteniendo viva una presencia que oculta su ausencia para traerla de vuelta y dejarla ir para siempre.

1.Geometría: la casa de cartón. “La principal sabiduría es el entusiasmo”, en el dibujo que da origen a Semen. Del entusiasmo, la exaltación del ánimo, la excitación y fogosidad. En Novalis, hay una correspondencia del entusiasmo con la poesía. Ahora bien, una vez producida la agitación del ánimo, la poesía “disuelve la existencia ajena en la propia” (véase Fragmentos y anotaciones sobre poesía y filosofía, Cuadro de Tiza, 2017).

Precisamente, la secuencia de hechos, emociones, anotaciones y estados mentales que se puede (o no) leer como una novela, en Semen, las señales del camino están con Mara y la trayectoria del yo poético. Remisión a la página 20: “por esos días estaba totalmente perdido por lo de Mara y nuestro rompimiento, y tampoco tenía el dinero de lo que me habían pagado…” Rebobinar a la página 17: “Tengo 24 años y, lo confieso, aunque se caguen de risa, soy poeta, me repito, mirando la pantalla…” La formación de un poeta en la edad digital puede ser completamente azarosa, rizomática y desenfrenada. Las emociones se aguzan. La novela parece un cuaderno de la propia vida, un conjunto de estados mentales que van respondiéndose en alta velocidad y en el brillo de una costra a punto de secarse en la piel.

Dos escenas de la mente al mundo, ida y regreso, el tamiz del edificio verbal de contundente riqueza, la arquitectura de un destino donde la poesía se pega al personaje principal. La poesía, sí, como un destino, pero también como una decisión que se va tomando, a partir de los signos y decires que adquieren significación a medida que el camino del sentido es una falta de sosiego. En este desasosiego, Julio Barco consolida su compromiso con el amor como motor de ignición poética. Una novela que conversa con los trabajos posteriores a su posicionamiento, véanse los libros desde Respirar (2018) en adelante.

Matías Bote para sus adentros (p. 22) “¿Y acaso yo y la poesía no eran la misma situación?”. Es muy probable que esta agitación del ánimo vaya coincidiendo con la ruta que el poeta trazó en su primera publicación Me da pena que la gente crezca (2012). Perdido por lo de Mara, el gran amor de Bote, con 24 años, sin plata, siendo poeta y dejándolo todo para zarpar hacia los siete mares, los siete cielos de la poesía. Desde Seremsa, en El Agustino (distrito limeño), hacia el resto del Perú y a donde los pies lo lleven. La poética de Barco es una que da enormes tragos de calle y traqueteo urbano.

Semen como “una casa de cartón”, tal parangona el autor en la nota al inicio. La referencia es a la obra de Martín Adán publicada en 1928, la que es más conocida como “un conjunto de estampas escritas en lenguaje poético”. La casa de cartón integra ese corpus literario de la vanguardia peruana de su tiempo, los años 20. Su edición, temporalmente, coincide con la novela de André Breton, Nadja, que explora las formas de establecer un relato desde materias primas cuya manufactura y distribución son telares entre hechos y pensamientos, con el foco en una muchacha.

Ahora bien, lo relevante de hacer un cruce entre la novela de Martín Adán y la de Julio Barco está en una categoría de la que ambas participan. Estoy asumiendo que ambos trabajos pueden ser bien tratados como novelas y se tratan del retrato de un artista. La categoría, del alemán, Künstlerroman (novela de artista) como un subproducto de la novela de aprendizaje y autoformación (la Bildungsroman, que data de 1819, de mano del crítico literario alemán Morgenstern) en las obras que se ponen aquí. Un artista que se va forjando, un self-made man, con los accidentes y azares de una vida por delante. Tanto Adán como Barco tienen un recorrido por donde el relato acentúa los rasgos de un artista, un geniecillo de su tiempo, oscilando entre la distancia y la construcción de su identidad como escritor, como poeta. En Semen, el contexto en que la obra de Barco se hace posible. La escritura como forma de pensar y ver, del caos al cosmos (ida y vuelta), donde se funde la vida con la literatura y cuya bisagra, el artista es alguien tan endebles como las paredes de una casa de cartón.

De la escritura a la geometría, un paso. Trazar las líneas, los ejes y poner en unas coordenadas al artista que emerge. Una simetría del joven sol, en lo que antes fue música para jóvenes enamorados y un concierto para jóvenes cesantes (desempleados). Barco está en constante alerta y dejando seguir la melodía de su propia cabeza hasta humanizar las prácticas escriturales:

“¿Acaso las palabras no son límites, no imponen un estancamiento de lo fluido de la vida? Sí, por eso, la idea está en esculpir en lo que fuga. Amo el lenguaje detrás de las formas, me gusta más la visión y la misión. Detrás de los versos, de su orden expuesto con delicadeza y entiendo que su orden se debe también a un rigor por expresarlo con el deseo más certeza, hay una forma de ser, de mirar, de estar en el mundo. Eso anhelo, eso me gusta de la poesía más que una palabra perfecta yo subrayo un tipo de conciencia, una forma de entender, ver y sentir el mundo. Eso está al margen de los valores que puedan tener la forma. Todas las formas están condenadas a morir. Las maneras de ver el mundo están siempre abiertas ya que no se proponen una construcción de valor artístico sino humano” (Semen, pp. 115-116)

2.Paralaje: despertar, del otro lado. En un colofón a La casa de cartón, José Carlos Mariátegui escribe: “El deseo del hombre aventurero está siempre insatisfecho. Cada vez que se realiza, renace más grande y vicioso. Y cuando se camina de noche al lado de una mujer bella, hay que estar siempre dispuesto al rapto.” Dédalo de Ana Abregú es parte de la formación de un escritor, en los extramuros de las condiciones de posibilidad para su obra.

La novela de Abregú que ella predefine como “biografía apócrifa”, se puede leer como un gran poema que florece en el jardín de una maquinaria mayor, un sol que nace de espaldas a los Andes y mirando el Pacífico, en una ruta que arranca un cuerpo desde el centro neurálgico del Perú, de la antigua ciudad de los reyes, lo agita contra el pavimento de la carretera y lo mueve hasta Trujillo, hasta Chiclayo. La escritora argentina sueña la obra del poeta peruano con el mito de Dédalo y el laberinto que construye para encerrar al Minotauro y alucina:

“Aún renuentes por catástrofes y no tanto; sumergirme en el torrente de Semen, simetría del joven sol, me hace sentir sin lenguaje; la propensión vertiginosa es como imbricarme en el método paranoico-crítico de Dalí, para llegar al hueso del texto, saltar de palabra en palabra, como quien se zambulle en el mar y desea beberlo en vez de solo nadar. Una revelación en sí mismo, el texto se hace y deshace entre el road-movie de Kerouac y el desamor, avanza como un trueno, como un intento de reventar contra el planeta…” (p. 87)

En la construcción de una obra, en el constante grafiar, en las diferentes grafías que quedan en el papel como un caracol va dejando su rastro. Barco nos demuestra que el zanco es bien rápido, y me recuerdo de un verso del poeta mexicano Homero Aridjis “más rápido que la velocidad, el pensamiento”. Hay otra evidencia del amplio panorama de las posibilidades de la literatura peruana, una ampliación de los confines, una potencia reconocida a lo largo del mundo. Semen es una gran cartografía poética de Seremsa y Dédalo una gran cartografía literaria de la escritura a pulso agigantado del joven poeta peruano a lo largo de este 2020. Y fiel a la acción y reacción de la escritura, un yo que cambia de forma, se oculta, se fragmenta y aparece como un todo, como un paralaje, un lugar desde donde se ve el cielo y las estrellas o la tierra con las pequeñas hormigas de un lado para otro. Abregú escribe en la clave que tiene la poética de Barco, con desmesura, sentimiento y mezcla con la interacción que su propia escritura tiene impactándose –y a veces fundiéndose- con esta. Una reescritura de las circunstancias que nos permite decir aquí y allá. La reescritura es quizás, una canción de Daniel Johnston, escalar una frontera y entender algunas cosas bonitas.

Dédalo es una novela de sensaciones y más allá de intertextualidades, participa de un ciberespacio de interescrituras. En ese sentido, el trabajo de Abregú tira un tejido en lo que nombré como Künstlerroman va conversando como si fuese un libro escrito a cuatro manos, a dos mentes, en el crisol de una obra intermedia que no es ni de la escritora argentina ni del poeta limeño. No es. Y al mismo tiempo, apócrifo, como el Quijote de Avellaneda, se sueña una vida más allá de lo real y de lo virtual que permite la escritura.

Hay unos cables de Semen que me gustaría conectar como algunos de los rudimentos de la máquina poética de Barco, veamos:

“Todo poema es un accidente, lúcidamente bello, eternamente tormentoso, como tu furibunda sonrisa” (p. 52)

“Coherencia del poema: Empezar el poema bajo esas consignas, bajo las consignas de la vida vivida y de la mente limpia.” (p. 119)

“Escribir un cuaderno para perderse. Lleno de palabras y poemas. Escribir esas palabras y poemas con la sustancia de noches y cuerpos, de calles y neblinas.” (p. 144)

“Estoy dentro de un poema sin corregir que es mi absoluta existencia” (p. 145)

El semen, un germen. Del latín, semen, seminis, equivalente a semilla. El semen como un mito fundacional, al menos en la narración que involucra a Enki y Ninhursag en la antigua Mesopotamia. Un poema que se esculpió en las tablillas con la escritura cuneiforme, un poema que canta cómo Enki bendijo la tierra de Dilmun y crea ocho deidades para sanar las enfermedades que afectaron a su gente. O en el Atharvaveda, de la mitología india, se habla del semen de Shiva que es depositado en el río Ganges. Una semilla como un accidente, una estructura, un cuaderno, un poema que ya no se corrige, sino uno se corrige al margen del poema.

Al otro lado, Dédalo pone en la mesa las herramientas de como el poema se va convirtiendo en pensamiento, en velocidad, en una mecánica cuántica literaria y contra todo principio de incertidumbre, se abre paso, indagando a cuánto se mueve un cuerpo y conociendo la posición exacta de ese cuerpo.

“El poema exhibe su necesidad de ser, con símbolos. Ésta es el ancla de una realidad más real.” (p. 41)

“Un sistema de latencias entre la realidad que fabrica el sentimiento del amor y la urgencia del poema.” (p. 85)

“Mi voz es el poema y mi destino la revelación del lenguaje. La poesía es el suburbio del lenguaje, deja al margen la comunicación para explorar el significado.” (p. 92)

La poesía como una exploración de los significados. La poesía en un cuerpo, en una nave donde partir hacia el final. Y el poema como un vestigio de una civilización que quiso ser otra cosa, queda como algo que responde, que responde en otra vida. Bien cuenta Abregú al cierre de Dédalo: “Luna escribe como si sembrara Ushebtis, esas pequeñas figuras que los egipcios dejan en las tumbas, como representaciones de los órganos del que, ahora, es inmortal; Luna deja el corazón, los órganos, Ushebtis, en cada texto, en cada frase, sus representantes.” (p. 93). Aunque antes, la escritora argentina ingresa al cuerpo del texto, de esta forma: “Luna me habla de sus interlocutores y puedo leerlos en los textos; nunca parece solo, aunque dice que está solo; vive en un territorio como flotando en el mundo, pero estando en él.” (Ibíd.) Una conversación que acerca más a quien narra y de quien se narra, me recuerda a la novela Nieve de Orhan Pamuk, cuando el autor cuenta de su encuentro con el poeta –del cual trata la historia- en Frankfurt.

La poesía como un amor para dejarlo todo. Y la poesía adoptando distintas formas, me da vueltas el poema de Enrique Verástegui “Si te quedas en mi país”. Semen tiene una serie de concordancias con Respirar que arman un verdadero quipu de amor, locura y pasión. En la página 40 de aquel poemario, rescato los siguientes versos: “yo amo a Mara / Pinto su nombre en todos los semáforos del barrio y del mundo / Quiero decirle a los postes de luz / Que yo amo a Mara / Y le hago versos que no entiendo / Y me sonrío con infinita ternura de su terquedad / sus ganas su orgullo su aire su mirada”. Lucidez, tormento y furibundo es el disparo que lleva a un momento a existir en la piedra donde se esculpirán los poemas del futuro. El nombre de Mara, en la posteridad, el de Bote, el de Barco, el de Luna (en la novela de Abregú), el de las y los poetas peruan_s que se suceden en la lectura que tiene un foco: la grafofilia. Por la escritura, amar, y darlo todo.

Otra cita de La casa de cartón: “No dejaremos de venir aquí esta noche. En la taza de café del firmamento, flotará indisoluble, ingrávido, el terrón de azúcar de la luna. Y todo ello será poesía, amigo mío. Nosotros, previviremos una supervida…” Todo será poesía nos recuerda el poeta de vanguardia, ahí parapetado en el lugar que el detalle pierde su libertad y se transforma en un paisaje, en una geometría, en un paralaje de ida y regreso a los ojos que cristalizan el poema de las cosas que quedan. Una casita para los nombres, una casita para que sigan existiendo. Se detiene. Se de-tiene. Se detiene para tener. Así queda el amor esculpido, en el después de su después. Cenizas que pasan inadvertidas ya.

Me quedo pensando en este extracto de Historias de amor, texto de Julia Kristeva: “Vértigo de identidad, vértigo de palabras: el amor es, a escala individual, esa súbita revolución, ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después. En el momento no se habla de. Se tiene simplemente la impresión de hablar al fin, por primera vez, de verdad.” (1987, p. 3). El amor como ese grito ahogado, esa la configuración psíquica de la obra por donde se arrastra el río, las piedras que toca y trastoca. Barco en Semen presenta una estética desmedida y aleatoria como arrojarse al amor y la poesía, en un completo después que reverbera en una escritura que intenta reparar, remendar, recordar, amortiguar. Abregú, por su parte, en Dédalo humaniza la práctica del arrojamiento a las fauces de la literatura. Agrega en la página 47: “Se le atora la palabra que debe suplantar por ideas universales, nada es más universal que el amor, piensa…”

Al cierre, pienso en ese poeta que trasciende los límites y márgenes de la escritura, para llevar a otro escenario a la creación, inaugurando un espacio que aumenta todo dominio y toda falta de, en la profecía. Estos versos del poeta Yehuda Amijai nos vuelven a insistir que la novela está en otra parte:

“Soy el profeta de lo que ya ha ocurrido. Leo el pasado en la palma
de la mano de la mujer que amo, pronostico la lluvia que ya cayó,
soy un experto en las nieves del año pasado, conjuro los espíritus
de lo que siempre ha ocurrido, preveo los días de antaño,
dibujo los planos de casas que ya se han caído,
profetizo la pequeña habitación con sus pocos muebles
-una toalla puesta a secar sobre la única silla,
el arco de la ventana, curvado como nuestros cuerpos cuando se aman”.


Nicolás López-Pérez (Rancagua, Chile, 1990) es poeta, traductor y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost. Sus últimas publicaciones son Escombrario (Contraeditorial Astronómica, 2019) y Tipos de triángulos (Metaliteratura, 2020).

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