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L’Evidence poétique de Paul Éluard- fragmentos de una conferencia pronunciada en Londres, el 24 de junio de 1936, en ocasión de la Exposición Surrealista

L’Evidence poétique Fragmentos de una conferencia pronunciada en Londres, el 24 de junio de 1936, en ocasión de la Exposición Surrealista, organizada por Roland Penrose.

Ha llegado el momento en que los poetas tienen el derecho y la obligación de afirmar que están profundamente sumergidos en la vida de los otros hombres, en la vida común.

¡En las altas cumbres! Sí, ya sé, siempre hubo quienes trataron de alucinarnos con semejante idiotez; pero como ellos no estaban en la cumbre, no fueron capaces de decirnos que allí llueve, está oscuro y uno tirita, que allí se conserva la conciencia del hombre y de su triste condición; que allí se conserva —y es necesario conservar— la conciencia de la infame estupidez; que allí se escuchan todavía risas turbias y palabras de muerte. En las altas cumbres, como en cualquier parte, quizás más que en cualquier otra parte, para aquél que ve, para el visionario, la miseria deshace y rehace incesantemente un mundo banal, vulgar, insoportable, imposible.

No hay límite de dimensión para el que está dispuesto a crecer. No hay modelo para quien busca lo que nunca vio. Estamos todos en la misma fila. Ignoremos a los demás.

Utilizando las contradicciones únicamente con propósitos igualitarios; infortunada por provocar placer y satisfacerse a sí misma, la poesía se aplica desde siempre, a pesar de las persecuciones de toda clase a que es sometida, a negarse a servir otro orden que el suyo, a conquistar una gloria indeseable y a aceptar las diversas ventajas que son acordadas al conformismo y a la prudencia.

¿Y en cuanto a la poesía pura? El poder absoluto de la poesía purificará al hombre, a todos los hombres. Escuchemos a Lautréamont: «La poesía debe ser hecha por todos. No por uno». Todas las torres de marfil serán demolidas, todas las palabras serán sagradas y el hombre, hallándose por fin en armonía con la realidad, que es suya, no tendrá más que cerrar los ojos para que se le abran las puertas de lo maravilloso.

El pan es más útil que la poesía. Pero el amor, en el pleno, en el humano sentido de la palabra, el amor-pasión no es más útil que la poesía. El hombre, situándose en el plano más elevado de la escala de los seres, no puede negar el valor de sus sentimientos, por poco productivos, por antisociales que parezcan. «El hombre tiene —dice Feuerbach— los mismos sentidos que el animal, pero en él la sensación no es relativa ni está subordinada a las necesidades elementales de la vida; se convierte en un ser absoluto, teniendo su propia finalidad y su propio goce». Es aquí donde surge nuevamente la necesidad. El hombre debe tener constante conciencia de su supremacía sobre la naturaleza, para protegerse de ella, para conquistarla

De joven, tiene la nostalgia de su infancia; hombre, la nostalgia de su adolescencia; anciano, la amargura de haber vivido. Las imágenes del poeta están hechas de lo que debe olvidarse y de lo que debe recordarse. Hastiado, proyecta sus profecías en el pasado. Todo lo que él va creando desaparece con el hombre que fue ayer. Mañana, conocerá lo nuevo. Pero falta el hoy en ese presente universal.

La imaginación carece de instinto de imitación. Es la fuente y el torrente que no podemos remontar. El día nace y muere a cada instante de ese sueño viviente. Es un universo sin conexiones, un universo que no está integrado en un universo mayor, un universo sin dios, ya que nunca miente, ya que nunca confunde lo que será con lo que ha sido. La verdad se dice rápido, sin reflexionar, llanamente; y la tristeza, el furor, la gravedad, la alegría sólo son para ella cambios de tiempo, cielos seducidos.

El poeta es más el que inspira que aquel que es inspirado. Los poemas tienen siempre grandes márgenes blancos, grandes márgenes de silencio donde la memoria ardiente se consume para recrear un éxtasis sin pasado. Su principal cualidad es, insisto, inspirar antes que evocar. Tantos poemas de amor sin objeto inmediato llegarán a reunir, un hermoso día, a los enamorados. Se sueña con un poema como se sueña con un ser. La comprensión, como el deseo, como el odio, está hecha de relaciones entre la cosa a comprender y las otras, ya sean éstas comprendidas o incomprendidas.

Para el soñador despierto —para el poeta— el ritmo de su imaginación estará dado por la esperanza o por la desesperación. Que formule esta esperanza o esta desesperación e inmediatamente cambiarán sus relaciones con el mundo. Para el poeta todo es objeto de sensaciones y, como consecuencia, de sentimientes. Todo lo concreto se convierte entonces en alimento de su imaginación, y los motivos de esperanza y desesperanza, junto con sus sensaciones y sentimientos, pasan a adquirir forma concreta.

*

En la vieja casa del norte de Francia que habitan hoy los actuales condes de Sade, el árbol genealógico que está pintado sobre una de las paredes del comedor tiene una sola hoja muerta: la de Donato Alfonso Francisco de Sade, quien fuera enviado a prisión por Luis XV, por Luis XVI, por la Convención y por Napoleón. Encerrado durante treinta años, murió en un asilo de alienados, más lúcido y más puro que ninguno de sus contemporáneos. En 1789, aquel que con justicia mereció ser llamado sarcásticamente el Divino Marqués, desde la Bastilla convocaba al pueblo en socorro de los prisioneros; en 1793, aunque entregado en cuerpo y alma a la Revolución, miembro de la Sección de Picas, se levanta contra la pena de muerte, reprueba los crímenes que se cometen sin pasión, se mantiene ateo cuando Robespierre introduce su nuevo culto del Ser Supremo; quiere confrontar su genio con el de todo un pueblo aprendiz de la libertad. Ni bien sale de la cárcel, envía al Primer Cónsul el primer ejemplar de un panfleto contra él.

Sade ha querido restituir al hombre civilizado la fuerza de sus instintos primitivos, ha querido emancipar a la imaginación amorosa de sus objetos mismos. Ha creído que por este camino, y sólo por éste, podría nacer la verdadera igualdad.

Ya que la virtud lleva en sí misma su felicidad, trató, en nombre de todo lo que sufre, de rebajarla, de humillarla, de imponerle la ley suprema de la desdicha, contra toda ilusión, contra toda mentira, para que pudiera ayudar a todos los que son reprobados por ella, a construir un mundo acorde a la dimensión inconmensurable del hombre. La moral cristiana, con la cual —como a menudo hay que admitirlo con desesperación y con vergüenza— estamos lejos de haber terminado, es una prisión. Contra ella se sublevan todos los apetitos del cuerpo imaginativo. ¿Cuánto tendremos todavía que aullar, que agitarnos, que llorar, antes de que los modelos del amor se conviertan en los modelos de la facilidad, de la libertad?

Escuchemos la tristeza de Sade: «Dos cosas muy distintas son amar y gozar; la prueba está que se ama todos los días sin gozar, y que con mayor frecuencia aún se goza sin amar». Y comprueba: «Los goces aislados pueden tener entonces ciertos atractivos, pueden quizá tener más que los otros goces. Si no fuera así, ¿cómo gozarían tantos viejos, tanta gente contrahecha y llena de defectos? Están convencidos de que no son amados, de que es imposible que se comparta lo que ellos experimentan: ¿tienen por eso acaso menos voluptuosidad?»

Y Sade, justificando a los hombres que aportan lo singular para las cosas del amor, se eleva contra quienes sólo consideran al amor indispensable en la perpetuación de su sucia estirpe: «Pedantes, verdugos, carceleros, legisladores, canalla tonsurada, ¿qué haréis cuando alcancemos eso? ¿Qué será de vuestras leyes, de vuestra moral, de vuestra religión, de vuestros patíbulos, de vuestros paraísos, de vuestros Dioses, de vuestro infierno, cuando quede demostrado que tal o cual flujo de humores, que cierta clase de fibras, que cierto grado de acritud en la sangre o en los fluidos animales bastan para hacer de un hombre el objeto de vuestras penas o de vuestras recompensas?».

Es su perfecto pesimismo lo que confiere fría verdad a sus palabras. La poesía surrealista, la poesía de siempre, nunca ha logrado otra cosa. Son verdades sombrías las que aparecen en la obra de los auténticos poetas; pero son verdades y casi todo lo demás es mentira. ¡Y que no se quiera acusarnos de contradicción cuando decimos esto, que no lancen contra nosotros nuestro materialismo revolucionario, que no se nos insista en que el hombre antes que nada tiene que comer! Los más locos, los más solitarios del mundo entre los poetas que amamos, dieron tal vez el lugar que le correspondía a la alimentación, pero este lugar está más alto que ningún otro, porque es simbólico, porque es total. Todo se resume en él.

No se posee ningún retrato del Marqués de Sade. Es significativo que tampoco se posea ninguno de Lautréamont. El rostro de estos dos escritores fantásticos y revolucionarios, los más desesperadamente audaces que hayan existido jamás, se pierde en la noche de los tiempos.

Ambos condujeron la más encarnizada lucha contra todos los artificios, tanto groseros como sutiles, contra todas las trampas que nos tiende esta falsa e indigente realidad que degrada al hombre. A la fórmula «Sois lo que sois» ellos le agregaron: «Podéis ser otra cosa».

Con su violencia, Sade y Lautréamont despojan a la soledad de todos sus adornos. En la soledad, cada ser, cada objeto, cada conocimiento, cada imagen también, premedita retornar a su realidad sin devenir, no tener más secretos que revelar, yacer tranquila e inútilmente incubado en la atmósfera que crea.

Sade y Lautréamont, que se hallaron horriblemente solos, se vengaron del triste mundo que les fue impuesto, apoderándose de él. En sus manos: tierra, fuego, agua. En sus manos: el árido goce de la privación, pero también armas; y en sus ojos la cólera. Víctimas homicidas, responden a la calma que va a cubrirlos de cenizas. Destruyen, imponen, aterrorizan, saquean. Las puertas del amor y del odio se abren de par en par para dar paso a la violencia. Inhumana, ésta pondrá al hombre de pie, verdaderamente de pie, y no guardará para sí la posibilidad de un fin para este sedimento sobre la tierra. El hombre abandonará sus refugios y, frente al vano ordenamiento de los encantos y desencantos, se embriagará con el poder de su delirio. Entonces dejará de ser un extranjero, para él mismo y para los demás. El surrealismo, instrumento de conocimiento y por eso mismo, instrumento de conquista y de defensa, lucha para sacar a la luz lo que se oculta en las profundidades de la conciencia humana. El surrealismo lucha para demostrar que el pensamiento es común a todos; lucha para reducir las diferencias existentes entre los hombres y por eso mismo se niega a servir un orden absurdo, basado en la desigualdad, en el engaño, en la cobardía.

Que el hombre se descubra a sí mismo, que se conozca, y podrá sentirse capaz de apoderarse de todos los tesoros de los que se halla privado casi por entero; de todos los tesoros tanto materiales como espirituales que ha acumulado a través de los tiempos, al precio de los más terribles sufrimientos, para beneficio de un insignificante número de privilegiados insensibles a todo lo que constituya la grandeza humana.

Hoy, la soledad de los poetas se derrumba. Ahora son hombres entre los hombres. Ahora tienen hermanos.

*

Hay una palabra que me exalta, una palabra que nunca he oído sin estremecerme, sin sentir una gran esperanza, la más grande de todas: la de vencer a las fuerzas de ruina y de muerte que agobian a los hombres. Esa palabra es: fraternidad.

En febrero de 1917, el pintor surrealista Max Ernst y yo estábamos en el frente, apenas a una distancia de un kilómetro uno del otro. El artillero alemán Max Ernst bombardeaba las trincheras en donde yo, infante francés, montaba guardia. Tres años más tarde éramos los mejores amigos del mundo y desde entonces combatimos incansablemente, hombro con hombro, por la misma causa, la de la liberación total del hombre.

En 1925, durante la guerra de Marruecos, Max Ernst sostenía conmigo la consigna de confraternidad del Partido Comunista Francés. Y afirmo que entonces él se estaba ocupando en algo que le concernía íntimamente, en la misma medida en que había estado obligado, en mi sector en 1917, a ocuparse en algo que no le concernía. ¡Y si sólo nos hubiera sido posible, durante la guerra, ir uno al encuentro del otro y estrecharnos la mano, espontáneamente, violentamente, contra nuestro común enemigo: LA INTERNACIONAL DEL LUCRO!

«¡Oh vosotros, que sois mis hermanos porque tengo enemigos!» dice Benjamín Péret.

Contra esos enemigos, ni aún en los límites extremos del desaliento y del pesimismo hemos estado completamente solos. Todo, en la sociedad actual, se alza a nuestro paso para humillarnos, para hacernos retroceder. Pero nosotros no dejamos de comprender que es así porque somos el mal, el mal en el sentido que lo entendía Engels; porque, con todos nuestros semejantes, contribuimos a la ruina de la burguesía, a la ruina de sus ideales del bien y de la belleza.

Esos ideales del bien y de la belleza, puestos al servicio de las ideas de propiedad, de familia, de religión, de patria, son las que combatimos en conjunto. Los poetas dignos de este nombre se niegan como los proletarios a ser explotados. La verdadera poesía está presente en todo lo que no se conforma con esa moral que, para mantener su orden y su prestigio, sólo sabe ofrecernos bancos, cuarteles, prisiones, iglesias, burdeles. La verdadera poesía está presente en todo lo que libera al hombre de ese ideal horrible que tiene el rostro de la muerte. Está presente tanto en la obra de Sade, de Marx o de Picasso como en la de Rimbaud, de Lautréamont o de Freud. Está presente en la invención de la radio, en la proeza del Cheliuskin, en la insurrección de Asturias , en las huelgas de Francia y de Bélgica. Puede estar presente tanto en la fría necesidad, en la de conocer o en la de comer mejor como en el ansia de lo maravilloso. Desde hace más de cien años los poetas han descendido de la cumbre donde creían estar. Han salido a la calle, han insultado a sus maestros, ya no tienen dioses, osan besar a la belleza y al amor en la boca, han aprendido los cantos de rebelión de la masa desdichada y, sin desanimarse, tratan de enseñarle los suyos.

Poco caso hacen de los sarcasmos y las risas, están acostumbrados a eso; pero ahora tienen la certeza de hablar para todos. Son dueños de su propia conciencia.

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