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Adelanto: «Transición de las rosas» de Nicolás López-Pérez

Adelanto: «Transición de las rosas» de Nicolás López-Pérez

MANDALA// La poesía es secuencia. A veces, consecuencia. No solo viene a partir de la lectura y la escritura, el sistema endocrino alrededor de la literatura, sino fluyendo por la vida y su trayectoria. Hasta un centro, un destino común. La poesía es una hormona, un neurotransmisor ¿incisivo? Le da equilibrio a la estructura nerviosa de un sentido, de una serie de continuidades que son discontinuas en realidad. Le va poniendo nombre a cada una de las cosas que interviene el intersticio entre texto y realidad. Le pone tacto al tacto, vista a la vista, dirección a la dirección. Aunque no quisiera quedarme en decir poesía tantas y veces y llegar a un dogmatismo que podría parecer absurdo. Detrás de esta santísima trinidad de “poeta-poesía-poema”, la pregunta es qué puede cada cosa. Por ejemplo, ¿qué puede un poema? ¿Qué puede la poesía? ¿Qué puede un(a) poeta? ¿Cómo es cada cosa? Como le da la gana, creo yo. La poesía puede ser una forma, un camino no para ser parte del mundo ya, sino para ser el mundo. Acercarnos a una vieja nueva humanidad a la que aspirar a través de la dislocación del sentido de las palabras que vamos usando a diario y las vamos haciendo nuestras para que expresen lo que queramos que expresen, una emoción, un pensamiento. Uno es, quizás, el barco que cambia el ritmo del mar. Y no el mar que dispone el curso del barco.

Cabeza a través del espejo

I. No hay cabeza a la cual entender ni cabeza que entienda la mía.

II. ¿Qué es cierto? Los hechos del pasado no coinciden. Las fechas, sí.

III. Prender. Desprender. Aprender. En esa historia no está esa belleza.

IV. No hay más pregunta que asumir lo indefensa que es la evocación.

V. En el camino de regreso, ensayar el ramo de sentimientos propios.

VI. Dejar que se muerdan los unos a los otros. Grabar en baja fidelidad.

VII. Editar la grabación. A través del montaje, lo inmaduro es pedagogía.

VIII. Hay una necesidad cierta en todo espejo: desaparecer de la vista.

IX. La cabeza está por encima del reflejo, su copia no es distante.

X. Su copia es un instante que avanza. Una presencia. Mucha paciencia.

XI. ¿Ya viste qué pasó con la escritura, el deseo y la bulimia personal?

~

Engañar al polígrafo

La primera lección del día es una sorpresa. Un vaso cayó a nivel. Se rompió y sonó. Las circunstancias fueron imprevistas. El vaso era de vidrio grueso y no hay explicación inmediata a la cabeza.

Quizás el ambiente estaba en una temperatura precisa para que se rompiera. Quizás esto se calcula.

El principio de incertidumbre: lo que es imposible de saber con precisión. Se sabe o el lugar donde está una partícula o a qué velocidad se mueve.

Ok, ¿y no ocurre lo mismo con las circunstancias que uno fabrica en el internet?

Ejemplo. En lo real, alguien está en un café escribiendo. Y el café, es más o menos lo que ve.

Así, una mesa café, de tres patas. Al frente suyo hay una pila de libros. Son libros en francés. Atrás, por un parlante, suena la radio.

En lo virtual, alguien recorre los paisajes del Perú como si fuese su época mítica.

En lo virtual, escribe. Escribe en su libro que es instagram. Escribe lo que va deformando en el intercambio de datos.

Entre lo real y lo virtual. Y los que interactúan con lo que produce, se confunden. Lo virtual se hace real y lo real, virtual.

Un poema también es física cuántica. Principio de incertidumbre sobre las palabras a medida que el texto galopa.

Sí. No aferrarse a los significados ni a las imágenes. Viajar en todo eso. Incluso en la estructura sugerida por el que escribe.

Aunque la estructura la decora el que lee. Decide la forma. Decide qué va a ser leído. No hay uniforme ni fotocopia de lector.

Hay un después del después de la mentira. La mentira existe solo porque alguien sabe cuál es su contradictor. La verdad.

Un régimen de la verdad. Si es así, engañar al polígrafo. O detector de mentiras. Pasar la prueba. Sonreír. Más allá de toda duda razonable, pero ajena. Con la razón, remar a otra dirección sin definir.

Y en la mente, respaldar: el desorden de las acciones, las fronteras, los sujetos y los índices onomásticos. Las formas también. No habrá verdad, sino física cuántica.

La mente usa preservativo. Se miente al que oprime. Uno se pone en su régimen de verdad y dice sí, acepto. En el reverso, escupe las galaxias y constelaciones posibles. Se escribe un libro en el puede ser. Un hongo atómico.

~

Stencil

(cartelazos después de ver tu cara en una caja de leche)

1

Qué vas a hacer
deja al tiempo en paz
es una idea muy estrecha

2

Vete ahora
camino abajo
más allá de la película

3

Un amor
puede ser borrado
por otro

4

Un amor
puede ser borrador
de otro

5

Un amor
puede ser borra
en otro

6

Roma
puede ser
un cuerpo

7

puede no ser
el desierto
es cierto

8

Todo está en mi mente
Me despido de la imagen
La calle la hace camino

9

Necesidad de armonía
tinta sobre pared
detenida por un cuerpo

10

Desperdicios invictos
respiración y mirada
otra forma, otro cuerpo

11

La película del ahí
una sombra vertida
mancha en el espejo

12

La deuda de las lágrimas
no era mi intención el tatuaje
tampoco la herida

13

La ciudad de las lágrimas
no era mi intención el libro
tampoco fue transición

14

La ciudad, la deuda
no me interesa la depresión
tampoco el poema

15

Madre sin origen
bajo el nácar
de mi hospital

16

Y dije, estimulado por la lectura
«Vaya, formas tergiversadas ayer
Y hoy, tapizados en estupor»

17

También conseguí que se dijera:
«Visión fracturada de la realidad
que requiere otro modo de ser»

18

Puedes llevarte tus dedos si quieres
Esta noche, las estrellas comen
bajo los ojos y brillan en el nailon.

19

Como se coloca en el papel
el contorno de un dibujo
expulsa cualquier muerte

20

Daguerrotipo y serigrafía
Tu presencia en suspensión
Un retrato que me mira sin taquicardia

21

No importa
esta calle no es frecuentada
se traba otra vez en el olvido

22

No importa
tiernos serán los escombros

23

El efecto del vacío
Un dibujo a medio borrar
La hoja quemada más o menos
Y la goma de pan yace amputada

24

La lengua produce
el destello
sobre el poste de luz

25

Una salida
donde no hay cosas
es rigor y presagio

26

El idioma oficial
de las calles
está en los ojos cerrados

27

Llegamos a destiempo
se toma una decisión
para parar el bucle

28

Dicho en las calles es, está
Escribir conmoción en crisis
A veces tan etcétera y en gerundio

29

Y quédate con Belgrado
Los terremotos se repiten
en las mismas tablas

~

Los oasis indelebles

Aparecieron nuevas señales en el cielo de mi ciudad
aviones y helicópteros todos los días mientras quedaba
claro que el resto de los días consistiría en ver tele.
Después vinieron los turbulentos años de la esperanza
la agonía de presumir inmortalidad, cuando lo cierto
estaba en un simulacro con el sindicato de actores un
simulacro por alguien que desde el otro lado
va ladrando a medida que se acerca a la infinitud
que ni unos ni otros comparten. El ladrido amainó
desde que quisiste dejar de escribirte para siempre.
Mi vida se va leyendo a medida que se describe en
palabras, obsesiones, tendencias y similitudes en
primeras, segundas y hasta terceras tomas como
una cámara comprometida con un vacío al mismo
tiempo que se entera de lo inútil que es
grabar el momento de la explosión, otro ensayo
de la bomba atómica registrado para un museo.
Pues sí, ubíquese la vida en un cuerpo demasiado
obsoleto, cerciórese que el amor es respuesta y
signo de interrogación, su ocultamiento persiste en
los planes de cinco años de conversaciones que no
supieron de dónde venían los volcanes ni a dónde huían
los mares, hoy pacificados. No supieron ni quien le puso
tal o cual nombre a una ciudad dentro de un mundo
creado el cuarto día y dentro del cual se traducen estas
palabras como el registro de los oasis indelebles.
Más allá de ese patrimonio de sentido, lenguaje, escombros.
Todo nuevo bajo el sol. Cuando se drenaron los oasis
quienes salieron de sus países ya estaban muertos. Los oasis
siguen ahí. En la cuerda floja de mi cabeza.

~

Los cuásares indelebles>

La palabra va más o menos así. No estoy seguro
como lucía. Tal vez partía por distinguir el fucsia
del magenta. Para no evadir al dolor en el camino.
Habíamos terminado de pagar el viaje a Marte.
Por primera vez, la oscuridad en todo su esplendor.
Cerca del 95% del universo está hecho de sombra.
Sobre el porcentaje restante, enterarse y olvidarlo
todos los días. Llegó el día del viaje. En la nave
espacial, pupilas ensanchadas. Con el universo un
acto de perseverancia. Hacer un viaje
como algo natural, como algo plegado dentro
de un momento cualquiera pero específico.
Tal vez un libro que guarda algo como una cajita.
En alguno de mis libros me quedé pensando.
Y de ahí partí a la realidad, al asiento, a la galaxia.
En este nuevo viaje a Marte, tartamudeamos
tomando decisiones, no tomándolas.
Por el ventanal, cuando no eran túneles largos
se asomaron supernovas, estrellas, cuásares.
La guía del vuelo nos decía lo vasto que es
el universo. Millones de formas distintas.
Millones de acuerdos posibles entre átomos
y moléculas. Todos susceptibles de vigilancia.
Observación. Y experimentación. Busqué
excusas para correr de lo que estaba planeado
Puntuación, ironías, interjecciones que vamos
convirtiendo en significados que ya no importan.
Quedaron atrás. De la nave avisan que ya pasamos
Fobos y Deimos, las lunas de Marte donde fui
perpetrador de gran violencia en un videojuego.
Me gustaba usar la escopeta en todos los niveles.
El lenguaje existió y el lenguaje nunca llegó a tiempo.
En el camino de regreso a mi nulidad, grabé
las imágenes de los cuásares que son el cielo
que iluminó mi cuaderno de croquis entre
el final de las palabras, ya con gravedad cero.
Una idea es suficiente hoy para organizar el dolor
y mostrárselo a quienes vayan pasando por aquí.

~

por qué las estrellas también importan Solo quince segundos de cielo. Tras ser descubiertas, las estrellas se fosilizan. Sucede una mirada sabor umami que las petrifica. La de quien observe, en realidad. O quizás no: gracias a la ciencia, las estrellas están muertas. Se dejan ver. Y de ahí, se asiste a un cementerio en el cielo, a una catedral de tapiz ónix. Una oscuridad inquietantemente luminosa. El cielo es grabado. Las estrellas cuentan las historias que los muertos cuentan a los vivos. Son enemigas fatales de los que vuelan. Porque también acaparan el cielo. Porque también quieren ser mimadas hacia arriba. En perspectiva, con punto de fuga o encima de un altar. Las estrellas están bien muertas entre los vivos. Lo bueno de morir: el cielo es un tatuaje en cualquier lugar del mundo. Da igual si es Nantes, Argel o, tal vez, Žatec. El cielo, en situaciones habituales, es una suerte de trampa reflejada en el iris; tramado con los prejuicios, revela insuficiente, redundante, algo que ya se teme. Un escondite. Son quince segundos de cielo, de ojo. Un tiempo posible donde las fronteras de las estrellas reverberan al ser contempladas, precisadas, pisoteadas. El definir liquida. Ojo y decir. Ordenar el vacío. Las estrellas son una biblioteca infinita. Anótese, comuníquese, publíquese y archívese lo visto. Las estrellas se piensan en pequeños círculos. Se hacen localizables. Se clasifican. Así como con lo conocido, ajustar. Con lo desconocido, chorrear. El cuerpo de las estrellas brilla, gravita al ojo. Su luz es taxidermia. El crisol de visiones para reescribir lo ajeno. Con el después y el adelante, una visita para decir la muerte. Lo que se abre desde antes en el paladar. El cielo que a veces se quiebra de ciudad. Cinco de la mañana: tocar la textura de las estrellas, desde su pasado y su presente. La única certeza de lo material. Su piel tersa. Las estrellas esperan un tacto sin lenguaje. El deseo de ser leídas. O un sueño que interrumpa, que desvanezca lo que aparece. Un cadáver de escombro que entre a la forma de las estrellas. Por el cuerpo, la conquista. Quizás las estrellas también importan, cuando son lo que escribimos para permitirnos dejar de ser algo.

~

sensaciones de cosas mínimas Me caí en un tintero. El tintero estaba hecho de flores. Cuyas caras abiertas reciben la luz y el hechizo de la enajenación. Entré en la búsqueda de sucedáneos, de sustancias que sustituyan. Al dogma de un verbo aquí, de un verbo allá. Si el lenguaje como el corazón, se piensa, se para. La solemnidad del significado. Modos y resultados, puedo soñar en prosa. Puedo pensar que tengo un lugar en uno de los [siete cielos gramaticales]. O que uno de esos soy yo. Contra toda objeción, el yo es la mente. Desde la mente, un lenguaje para otro lenguaje, para que hable por los libros y la vida misma. Desde la mente, un paisaje para el viaje. La herencia del mundo y nuestros análisis. Imágenes con palabras. Y el azar, aferrado a esa desolación de sentirse seguro. De tener cabida de una u otra forma. Encontré algunos sucedáneos a la miseria. El amor y la destrucción. Situaciones regulares de escombros. Momentos afines. Sucede que en la prosa, se da todo. Bien. Hablar libre como en 1931. El resto, mnemotecnia y prekinder. Me caí en un tintero. Aluciné. Un país de las maravillas, conejos elegantes, una baraja de cartas persiguiéndome, un reino en crisis. Al fondo de mi vida, el mar. El que tienes entre la vista, es el mismo mar. Del que hablo, del que sueño. Sueño y he visto en mis pensamientos, su ruina. Un océano que ya no exista. Un gran vacío de tierra. Drenar el mundo para repoblarlo. En peores condiciones. El mar no morirá. El mar no morirá. Un tatuaje, un mantra. Y mi mar, notas marginales en un cuaderno que es ripio y cemento para otro muro, otro libro. Otro delirio de certidumbres. Otro adentro más. Vi ayer a tu mar, mi mar, me sumergí en sus aguas irrefutables. Me caí en un tintero. Hace mucho tiempo que no soy yo. Solo sueño. Y las alucinaciones, no sé si con tristeza, un código de inercia. Sacrosantas, sin chiste, en los talleres del amor y la destrucción. De ahí refundar la orilla del mar y hacer del mar uno de los [siete cielos gramaticales]. Dar realidad al sueño. Subir el volumen de la música. Me caí en un tintero. Un frasco de droga. Escribiendo el viaje. Prescribiendo el viaje. En la semejanza de la vida. Una retórica con culpa. Lo inacabado. Lo perdido. Lo equivocado. El edificio de la prosa tiene vigas fuertes. Lo amado. Lo no amado. El mundo no se demora con las palabras. Sueño en un tintero. Buscando cazar la vida. Colgarla en casa. Más allá de todo azar razonable. Y de toda educación sentimental. El mar es vacío. Hasta que hay una idea de su tamaño. Hasta que no cabe en una palabra. Ni en una imagen. La existencia en un espejo. Un cielo que se refleja. Y que se sumerge. Que traga agua. Que respira por donde habla. El caerse en un tintero. Una caída no deseada. Un tintero derramado y casi seco. No encuentro palabras y cosas para condenarlas a su primera versión. Corte de escena, nada de esto existe. La tinta ni siquiera testimonia. Nunca hubo tintero. La escritura pues un punto, de ahí asterisco y luego estrella, cuyo fulgor no solo es qué vas a hacer, sino cómo, dónde y cuándo. En lo posible, milimetros de página y a ver cómo lo haces. Cosas mínimas, cómo lo haces tú. Criogenia e implosión. Nunca hubo escritura. Me caí en un tintero. Yo nunca fui el valle de los espejos.

~

esconderse por las razones equivocadas Estar y no estar. Una ausencia solo puede ser borrada por otra ausencia. El cuerpo viaja. Sale de su escondite. Sale de su caverna. Sale de su caja. El cuerpo se desplaza. A la calle. La mecánica perpetua. El cuerpo viaja. Saborea. Toca. Huele. Recibe. Observa. Cinco sentidos y un bloque de cemento ardiendo. Asocia lo que ve, para no decir imagen, con otra cosa. Con un índice de similitudes. Algo bastante menos que una referencia. El bloque de cemento ardiendo. El fuego penetra en su piel. Va debilitándolo hasta llegar al núcleo. Hasta desintegrarlo. El cuerpo cambia de toma. Por el ojo ingresa una descripción tal como restos de asfalto y alambres negros. Quemados. El cuerpo es volqueteado. Una peste ingresa con premura hasta el sistema nervioso. La sensación de asco. Más allá de una descripción, no padecer el fuego. Ser el fuego. Recordar a los tizones apestosos. El miedo apesta aún más. En el reverso del pensamiento, el horror y el espanto como razón. Y habitar la defensa. Misa de réquiem. Para todos. A la postre, echar raíces. Las raíces de los cuerpos. Entonces, guardarlos en la tierra, en las cavidades del lenguaje que los pies levantan. Ser el fuego. Consumir el humo y el agua. Si las llaman flaquean, guardar los cuerpos en los discos duros del cielo. Guardar los cuerpos. Mañana partirán a una guerra de la que no sabemos si volverán. Entregar los cuerpos. Entregarlos a la resurrección. Quemar los cuerpos. Quemarlos con las preguntas del futuro. Las llamas que se intensifican. Alcanzan los carros y helicópteros. El humo y las nubes proyectan una película entremedio de la emoción que suspira un poco de monóxido y ocupa la voz, con una tos seca y desesperada, escupiendo la ciudad. La línea que se difumina. Al ocuparla, echar raíces. Honrar a los caídos en batalla. En una primavera donde el mar se abre por las bocas de fuego. Las bocas flotan en el cielo. Se cruzan los torrentes que se derriten y funden como lava. En algún lugar del tumulto, nadie se ha perdido. Nadie se puede perder una vez más. Hay muchos que se han perdido demasiadas veces en treinta años. No es lo mismo ahora.

~

posthumaciones Es un instante, medio sacro medio ordinario, donde las cámaras ocultas podrían prestar atención. Más allá de la paranoia de sentirse observado, la escritura de un tirón. De rompe y raja. La numismática de los ojos, y de reverso los dedos amasando una pantalla táctil. Lo que se escribe, se toca. Al poner una pausa con sabor a término o cansancio, se desconfía del texto. No por lo nublada que puede estar la cabeza ni por las sustancias que se ocupan de vencer al cuerpo. Las drogas, gracias a Galeno. La fuga primero en un lenguaje que se libera y cuya jaula viene a ser la escritura. La segunda fuga es del cuerpo. Articulaciones y nervios producen el tránsito de una idea. El cuerpo fugado, entonces, queda expuesto. No se puede ver, pero no es invisible. Frente al texto, el cuerpo duda. Duda por encontrarse en el medio entre la perfección y la precisión. El texto había sido compuesto con los materiales de lo que el cuerpo acababa de vivir. El cuerpo, testigo de la última periferia: el mundo que ya se fue. Un mundo esculpido en un álbum de fotografías. Si ver las prosopopeyas o pensar en el con-texto de la foto, cumplir con el tracto correlativo de dicha y desdicha. Ley del talión. Una por otra. Lo que está aplastado trata de aferrarse a un pensamiento. Y lo consigue. Se des-aplasta, se convierte en un cuerpo nuevo que se fuga. Esta es la fuga de la muerte. Y la mente. En un instante, medio sacro medio ordinario, donde las cámaras ocultas podrían prestar atención, se aumenta el campo semántico del olvido. La nostalgia es una consecuencia de segundo orden. O quizás el significado disimulado de la forma en que está estructurado el presente. ¿Qué quiere decir todo esto? Siente el cuerpo, sorprendido por el vuelo que agarró lo que había escrito. Encontraba hermoso el texto, como si la dársena de donde zarpó fuera la de alguien más. Y como lo encontraba hermoso, le parecía que el texto lo estaba cambiando, se estaba haciendo parte de su propia vida. A la sazón, ¿qué significaba todo ese flujo de electricidad en su cabeza? Contra todo cálculo, un dolor pintado con tempera. Legible como poema, como crisis de pánico.

***

Nicolás López-Pérez nació en Rancagua, Chile, en 1990. Poeta y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost. Administra la mediateca de poesía “La comparecencia infinita”. Ha publicado las plaquettes Geografía de las geografías (Litost, 2018) y Coca-Cola Blues (Vuelva Pronto Ediciones, 2019); los artefactos La violencia creadora (2019) y El sol ciego (2020) y el objeto de reacción literaria Escombrario (2019), estos últimos tres por Contraeditorial Astronómica; y el libro Tipos de triángulos (Metaliteratura, 2020). Traduce y hace coleccionismo de ocasión en su blog “La costura del propio codex”. Reside en la ciudad de Santiago.

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