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El lenguaje sexualmente frutado y surrealista de Luis Alberto Gil en su poemario Itsmos /

El lenguaje sexualmente frutado y surrealista de Luis Alberto Gil en su poemario Itsmos /

Por Julio Barco

El poeta Luis Gil Garcés

Exploro Istmos de Luis Alberto Gil Garcés, poeta de Piura, como si se tratará de un extraño, raro animal de lenguaje. Cierto, observar tan solo su estructura nos permite saber que se trata de un animal trifurcado: La geografía de los náufragos, Fábrica de abismos y Las uvas de Casandra. Lo primero que capto es la hechura divergente de su lenguaje: trabajo de alfarero: poemas en verso clásico y “acentual”, -cuya reverberación- nos expresa el naufragio sentimental:

Me quemo dentro de tu amor, con oblea

Y un pájaro, bajel que nunca sonríe


Como también una obstinada fuerza que congrega la naturaleza:


Su barba se pudre como nuestras flores

Nos excitan hacia el superior veneno

Estos versos, sugestivos y crípticos, es decir, donde solo entendemos su trama de intensidad bajo la luz de sus metáforas oscuras, dan paso a un tono más libre, -que es lo segundo que capto-, un tono de verso libre -donde los motivos de amor, siguiendo esta tendencia de autor a mezclar en su decir las voces de la naturaleza, hacen simbiosis con metáforas de frutos o vegetales:


TÚ ERES COMO EL ODIO que se escapa de las ollas.

La cebolla que miente cuando se encarama en una tristeza

Estamos frente a un trabajo donde el fruto, sus lenguajes, las verduras y sus texturas, forman también un tema, es decir, un istmo de naturaleza y ser humano. Pienso en otros autores que exploraron el tópico de las comidas: Neruda, a lo largo de su poesía y más plenamente en las Odas Elementales; Pablo de Rokha, en los cantos de las comidas chilenas; Arturo Corcuera, hablando de anticuchos; o Verástegui, con el recurrente símil que hace con las “ciruelas”, fruto recurrente en su metaforización y art poético, sin olvidar claro, su Tratado de la Hierba Luisa, que también se ciñe a un tema donde condesa poesía y alimento.


Pero hay más: ceviches aparecen en la obra de Jorge Pimentel, limones en la de Salvatore Quasimodo; chocolates en la de Pessoa (que según afirma, es la única verdadera metafísica) Aunque existan críticos mediocres que piensen que poetizar estos referentes sea limitado, yo creo que justamente son estos temas los que dotan a cierta poesía de un color propio. Y es que, ¿acaso no es la palabra poética una suerte de fruto más?

Veamos otros versos: Carne, golosamente, /aquí en flor.

O: El mundo en ahogos con el arroz, sorteando las especies de hortalizas con la menestra.
O: Yo poseo tu rico sabor (…)/Como una leche que en esencia socorre las cabelleras.
O: porque estoy soñando con todas mis ruedas, tratando de calmar a la noche y sus vegetales(1)


Ahora bien, Gil Garcés no poetiza la comida en sí, ni expresa odas hacia ella, más bien usa este registro dentro de su alquimia verbal como un elemento para dibujar el erotismo desasosegado de sus páginas. Estamos, pues, frente a un autor que recurre a estos elementos naturales –sea la palta, la leche, la gelatina, la sal, la lúcuma, la cebolla, la zanahoria, la avena, el jamón, como también Aristóteles o el mar Egeo- para crear su propio ritmo y proporción. Es decir, el amor, su erotismo, dibujados como un bodegón, dotan a la naturaleza del lenguaje como frutos. Ese “rico sabor” que sentimos al contacto de otro cuerpo, o al abrir una chirimoya o morder una dulce mandarina.

No solo encuentro la reconciliación de un ser poético más un cosmos y mito de verbo, que une cuerpo y alimento, sexo y comida, desde el cual la naturaleza de su esencia se expresa, sino belleza e ideas frescas, sendas sin las que difícilmente se hace buen arte poético. Y mucho “surrealismo”, es decir, una mirada onírica de la realidad, imágenes no-lógicas ni objetivas, una suerte de cuadro estrambótico donde “se buscan faros para dar de comer a los marsupiales” o donde existen las “fatigas de los leones de aceite” o también hay “reptiles pidiendo perdón a la rama ebria

Las uvas de Casandra, la última parte de este tríptico lírico, nos ofrece ya desde el título una continuidad orgánica. Aquí, volvemos al verso métrico aunque desigual (versos de 14-10-14, por ejemplo; para dar paso a versos de 14-10-13-15, o de 14, 15, 15, 15 sílabas, respectivamente). El tema es recurrente:

Me intrigas y abandono mis flojos roces

Sol, pavor, hoja-hojarasca; flor

Cocina, carnicero, olor a una mujer

Itsmos, me resuelta entonces, un poemario con muchos valores –un lenguaje cuidadoso, cargado de los motivos y diversos registros- como una propuesta que sale de las tendencias actuales, sea lo más neoconversacional y pop, o el neobarroquismo. Gil Garcés ha escrito un libro que, como una manzana, encierra dentro su propia bella jugosidad. Singular apuesta. Y ahora, les toca a ustedes morder sus versos.

(1)Ojo que en este verso, se da una clave del libro, “tratando de calmar a la noche y sus vegetales” ¿Por qué calmar los vegetales de la noche?

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