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El poeta como agricultor del verso (o reflexionando sobre Raíces del verso) de Fídel Trinidad Marcelo por Julio Barco

Por Julio Barco

En épocas de bisagra, donde lo sagrado y plástico se cruzan en el mismo pentagrama, envolviendo lenta y peligrosamente sus energías, vale la pena regresar a observar el origen de los problemas, la primera señal de las artes. En lo referente a lo poético, este tiempo abre muchas posibilidades: tanto de dialogar con lo clásico y encontrar un puente entre la llamada posmodernidad que habitamos y la cultura de otros siglos, o también la posibilidad de crear algo nuevo.

En las bisagras, lo que prima es la lucidez para experimentar y organizar un trabajo inaudito. En el caso del poeta lúcido de su oficio podrá mezclar estos matices y lograr arquitecturas vastísimas o islas aladas. Mientras más nos situamos en nuestra época, más cercanos estamos de permanecer en los diálogos, aunque, es verdad, igual de inciertos ante la estética que se imponga en un futuro.

Por ejemplo, el proceso poético de fines del siglo XIX que desembocó en vanguardia, al menos en nuestro continente, tuvo muchas erupciones previas, siendo evidente la Modernista encabezada por R. Darío la que nos abrió más experiencias estéticas para afrontar y explorar lo que entendemos como poema. Sin embargo, la siguiente generación reactualizó aquel “juguete lírico” y tornó esa experiencia un acto más experimental cambiando los programas propuestos por rutas más abiertas.

En esos vaivenes, se inserta la propuesta poética de Fídel Trinidad Marcelo en su proyecto Raíces del verso. Poemario de tributo a las bitácoras internas: patria, madre, soledad, caos en una vida donde domina el valioso metálico. La poesía como una máquina que sintetiza la mente diagramando estas sensaciones.

Ya desde los primeros versos se delimita su propio sentido y criterio “SOY raíz de verso, poeta encadenado de palabras eslabonadas, entonces soy un condenado en la libertad.(1)”, observamos primero una autoproclama “SOY raíz de verso” que directamente nos introduce a una certeza y posibilidad. Y es esa posibilidad la que amplifica el poder de su canto: al ser otro es posible alejarse de uno mismo y convertirse en puente.

La raíz también nos recuerda que se encuentra “atado”; no es pues un poeta de castillos en el aire o de respiración desbocada, ni de escuela afrancesa o neonorteamericanizada es, al contrario, a una voz que respira y se alimenta de la tierra, del diario ser y estar “Ser poeta es ser el campesino de los Andes…(2)” La poesía, por ende, como todo acto sagrado, se nutre de la virtud de la entrega del artista; como, por otro lado, también una situación donde prima la libertad, ya que sin libertad no hay poesía que valga.

Aquí vemos, entonces, un canto sincero y sin aspavientos, que nos acerca incluso a otros obreros de la vida misma ya que “ser poeta es ser labrador de campo/ que multiplica el pan bajo la tierra” Y, obviamente, no se puede labrar la tierra ajena sino la que uno conoce y observa: “Soy Pasco. / Y esta es mi ciudad, despojo de la bonanza. / Y esta es mi bolsa roja, despensa de la limosna/ y está mi mano, mendiga muerta de vergüenza.” El poeta es también, como Dante u Octavio Paz, un trovador de su aldea.

Estas líneas nos permiten observar la vista panorámica desde la que poetiza Trinidad Marcelo: poesía como agricultura interior, arte como semilla que germinará y será fruto delicioso, o pan luminoso, para cualquier nuevo lector. La poesía es alimento, verdad, iluminación y ruta; como también espacio que paradójicamente nos abre la posibilidad de ser libres, infinitos, abiertos a toda exploración e imaginación. La poesía tiene esas alas que otros lenguajes pierden al volverse técnicos o automatizados por la obtusa razón. La poesía tiene esa exploración, esa fuerza, esa fecundidad.

Es —permítaseme la imagen— un mar indómito entre los dedos de quien zurce los lenguajes, bulle las imágenes y peña tanto semántica como estructuralmente sus cuadernos de trabajo de nueva poesía. Y al ser pan, es decir, al ser todo, al ser totalidad, se vuelve tanto quehacer existencial, como emoción, como paisaje o sensación que atraviesa la alborozada perspectiva que habita. En ese marco, Raíces del verso, es una ventana que nos brinda el conocimiento y la salud de este bardo. Salud que se levanta con vigor en tiempos pandémicos” Esa posibilidad de ser, de devenir, de integrarse al verso sin la identidad artificial (adquirida según cada sociedad) permite que la voz del Poeta sea suya y nuestra, sea espejo compartido sin perder la necesaria identidad que todo arte necesita.

Hay algo de Martí, de Vallejo y de Scorza, una trinidad de poetas que se consideraron sociales por la inclinación de su cantar; como también, desde otras aristas, algo muy propio. Raíz del verso suma nuevas cepas a la inmensa producción poética que los jardineros de la mente, de la siempre vigente y floreciente poesía nacional, vienen sembrando para el gozo de todos.

Raíces del verso (Ed. Apogeo, 2020) de Fídel Trinidad Marcelo (1) y (2) Pertenecen al poema introductorio Raíz del verso

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