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La pasión de escribir (o reflexionando sobre La enfermedad de escribir de Charles Bukowski -Ed. Anagrama.2020) por JulioBarco

La pasión de escribir (o reflexionando sobre La enfermedad de escribir de Charles Bukowski -Ed. Anagrama.2020) por JulioBarco (1)

Cuando pienso en Charles Bukowski pienso simplemente en alguien apasionado con la escritura. Y es que, aunque la imagen que nos venda la sociedad sea la de un viejo procaz y alcohólico, en realidad, el viejo Bukowski fue uno de aquellos escritores adictos a escuchar la música de su máquina. Prefería su soledad y su música clásica a las fiestas y la vida social, prefería sus libros de literatura rusa y francesa a las revistas de moda que pululaban por EEUU en 1945. Ello, lo separó para siempre de su generación.

Es con La enfermedad de escribir (Ed. Anagrama 2020) que muchos de sus lectores podemos acceder a una parte poco conocida de su obra: sus cartas. Este libro es un inventario de antología sobre su escritura epistolar, es decir, un relato paralelo que nos muestra cómo se forjó el famoso autor de la novela Mujeres o de La senda del perdedor:

Mi postura siempre ha sido la del aislacionista que cree que lo único que importa es la creación del poema, la forma artística más pura. Lo de menos es mi personalidad, en cuántas cárceles he holgazaneado, cuántos recitales poéticos para corazones solitarios he evitado. El alma de un hombre, o su ausencia, quedará patente cuando estampe sus palabras en un folio blanco.[1]

Resulta,entonces, interesante analizar al propio Bukowski desde otra mirada, donde su lado sórdido y bohemio queda de lado un rato para dar paso al escritor terco, aburrido, obstinado y maniaco que fue; pues, al dejar de lado un rato su pose de maldito, queda simplemente la imagen de un animal que se inmolaba frente a su máquina de escribir, un ser entre romántico y terco que encuentra en la escritura su única casa y modus vivendi,

La mayoría de los poetas son jóvenes, todavía no han sido atrapados por la maquinaria de la vida. Los pocos poetas mayores son locos o genios. Pasa lo mismo con los pintores. No estoy tan seguro porque, aunque pinto, no es mi especialidad, pero supongo que es parecido (…)[2]

Es cierto: de Bukowski todos recordamos al viejo salvaje y procaz que dejó de trabajar como cartero casi llegando a los cincuenta años para dedicarse a escribir, ir al hipódromo y dar recitales en universidades yanquis como toda opción de vida. Quizá ese paso de la marginalidad al éxito literario le dio otro discurso interno, lo sacó de un eminente olvido y lo consagró como un paradigma de la nueva literatura.

Sin embargo, sería ocioso pensar que ese éxito fue fácil y tarea de un solo día cuando, en realidad, fue un constante y obstinado trabajo en la soledad, el desdén y la pobreza. Julio Ramón Ribeyro, que sabía mucho del vicio de escribir, se preguntaba por qué no nacían más escritores del temple de Bukowski en nuestras letras. ¿Por qué la literatura seguía siendo el carril de lo políticamente correcto y del falso decir? Y es que en Bukowski se da un caso extrañísimo de un apasionado amor a las letras como de un desapego de la vida y sus placeres, así, oímos al viejo rumiando contra justamente aquellas actitudes que algunos iconoclastas solo del alcohol pero no de las letras esgrimen como valores a seguir,

La mediocridad es justificable cuando observamos borrachos la página en blanco, pero no hay excusa que valga si la mediocridad es fruto de escuelas o modas o el valetudinario devocionario que dice: ¡forma, forma, forma! ¡Etiquétalo![3]

Ajá: estas cartas permiten observar que detrás de aquella figura que celebramos por justamente salir de molde del academicismo, se encuentra un trabajador permanente de su obra y su estilo. En Bukowski todo es estilo y voz. Crea un lenguaje propio, tanto en poesía como en novelas, que rápidamente identificamos y lo sentimos parte de su propio universo personal. Ello no es nada fácil ni algo que nace por generación espontánea. Ello es la consecuencia del título vital de este libro, la pasión de escribir que termina siendo, en algunos casos, enfermedad, locura, éxtasis,

No me cansaré de decirte lo mucho que me exasperan los escritores cuidadosos con sus creaciones trilladas y planificadas hasta el último detalle. La creación es un don y una enfermedad. [4]

Este libro nos permite observar la lucidez que hay detrás de todo acto demencial. Lo genial no nace del mero deseo o capricho del instante, sino es, claro, una fuente precisamente amplia de tomar lucidez, constancia y seriedad con la escritura misma. También, por otro lado, es muy interesante conocer sus puntos de vista con relación a otros escritores, sin embargo, es claro que todos estos gustos e ideas ya son palpables en muchos de sus poemas [5] y, claro, en algunos de sus novelas, aunque es justo decir que en sus prosas no se nota tanto aquella devoción lectora y literaria que sí deja constancia en varios de sus versos. Como decíamos, hay también una confesión sobre puntos de vista que resultan polémicos y esclarecedores para entender su propia literaria, por ejemplo,

…la obra de Faulkner es pura mierda, pero es una mierda inteligente, maquillada con inteligencia, y cuando muera les costará ponerlo por los suelos porque no acaban de entenderlo, y como no entienden los pasajes anodinos y huecos, las cursivas inacabables, pensarán que es un genio.[6]

Como también la desmitificación que hace de Allen Ginsberg, líder de la Generación Beat, es notable de subrayar:

…su autoproclamación como DIOS y LÍDER es anodina y ambiciosa. pero, claro, depende de Leary y Bob Dylan, quienes acaparan las noticias de portada. son decisiones mediocres. [7]

Estamos, por ende, frente a un libro de notable reflexión sobre la maquinaria de la escritura, la furia de su pasión y su locura, como la lucidez que conlleva dedicarse a un oficio que, si bien te da todo, también te quita todo, y el viejo Charles Bukowski la tiene clara:

No me malinterpretes. Cuando digo que ganarse la vida escribiendo es duro no me refiero a que sea una vida de mierda. Ganarse la vida con la máquina de escribir es el mayor de los milagros. y tu ayuda me ha levantado la moral, ni te imaginas cuánto. Pero escribir, como cualquier otra cosa, requiere disciplina. Las horas pasan volando y aunque no esté escribiendo las ideas están cuajando, por eso no me gusta que vengan a verme para beber cerveza y parlotear. me interrumpen, frenan el flujo creativo[8]

Gracias a La enfermedad de escribir vemos que detrás de la pose y la figura no se oculta ningún misterio. Simplemente hay una fuerza encarnada en dos manos que no cesan de escribir y que su poder y  necesidad crean y dibujan nuevas obras. Nos da a entender, sin decirlo, que la literatura es un trabajo que se debe tomar enserio y con muchísima ambición.

La enfermedad de escribir, bello título que encierra la metáfora de todo escritor atravesado por la urgencia de hacer una obra y de no poder sino permanecer atrapado en ese deseo, como un enamorado o un demente esclavizado a su desvarío. Y esto que nos recuerda a los diálogos del teatro de Chejov, también nos devuelve a nuestra propia mecánica creadora. La escritura es un fuego diario.

Esto nos permite pensar que detrás de todo mito que ansiosamente nos traduce un paradigma existe una vocación y una certeza, que solo la disciplina, la pasión y la lucidez llevan hasta el nom plus ultra. Este libro es un tributo a aquel acto salvaje y encendido que lleva a sus adeptos al trabajo avasallante de escribir. Tan avasallante que resulta una feliz enfermedad.


[1] De la carta a James Boyer May 29 de diciembre de 1959

[2] De la carta a Guy Owen de marzo de 1960

[3] De la carta a John William Corrington 21 de abril de 1961

[4] De la carta a John William Corrington 21 de abril de 1961

[5] Pienso en El incendio de un sueño donde leemos estos versos: “Yo era un lector/entonces/que iba de una/sala a/otra: literatura, filosofía,/religión, incluso medicina y geología./Muy pronto/decidí ser escritor,/pensaba que sería la salida/más fácil/y los grandes novelistas no me parecían/demasiado difíciles.

[6] De la carta a Jon Webb de julio de 1961

[7] De la carta a Harold Norse de 21 de octubre de 1987

[8] De la carta a John Martín de 1970

(1) Julio Barco (Lima, 1991), estudió en la Universidad Nacional Federico Villareal, Lima, Perú. Autor de los libros Me da pena que la gente crezca (Arteidea Editores, 2012)Respirar (La Chimba Editores-2018-Premio Gremio de Escritores)Arquitectura Vastísima (Editora Huachumera-2019-Premio Huauco de Oro)Arder (gramática de los dientes de león) (Editorial Higuerilla-2019)La música de mi cabeza-volumen 7 (Lenguaje Perú -Editores) En novela, este 2019, presentó Semen (música para jóvenes enamorados) (Lenguaje Perú- Editores) Ese mismo año, fundó la web lenguajeperu.pe Fue fundador y director del grupo TAJO. Este 2020 sorprendió al público lector al editar cuatro libros en tiempos de Covid 19: Des(c)ierto (Metaliteratura, Argentina 2020), la re-edición de Semen (Metaliteratura, 2020) y dos volúmenes en Colombia: Sistema Operativo (SO, 2020) y Copiar, cortar, pegar, cargar (Obra Abierta, Colombia, 2020) Actualmente es redactor de Literalgia y Lima Gris y gestor del proyecto cultural Poético Río Hablador, que desarrolla proyectos de poesía en El Agustino y dirige la web Lenguajeperu.pe, que es una nueva bitácora nacional de poesía y arte peruano y latinoamericano. Actualmente, termina de escribir sus nuevos cuatro libros: Poetizando (ensayo poético), Enrique (Novela), y los poemarios Mosaico (poesía) y Cuaderno de Trabajo de la nueva poesía peruana (parte 1) Obtuvo una mención honrosa en el XI concurso Poeta Joven del Perú (2020) con el poemario Semillas Cósmicas.

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