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«CLOE» relato de Julio Barco

Cloe por Julio Barco (*)

Si abro la ventana y observo su casa todavía puedo ver, a veces –cuando por ejemplo su hermano baja a botar la basura o a su madre se le ocurre limpiar la entrada de su casa y detenerse a contemplar la avenida– a su perro negro sentado parando la oreja y aquel macetero horrible con girasoles de plástico, sin embargo, ella ya no está.

Ella era Cloe, la muchacha de pelo gringo y ondulado, que solía usar vestidos y vivía ahí. Nos conocíamos, claro, solo de miradas. Miradas de cuando yo iba a la bodega o ella barría inútilmente la entrada de su casa. Su familia era antípoda a ella: todos gorditos, a punto de estallar en sus ropas de verano, mientras ella seguía una silueta espigada. Dejamos de mirarnos y hablamos una tarde cuando se me ocurrió preparar café.

–¿Sabías que eso que tomas no es café sino polvo industrializado con sabor a café?

Sus palabras me sorprendieron.

Estábamos en la vereda, justo entre las tunas y mandarinas, plátanos y sandías, melocotones y uvas verdes, moradas, dejando de lado la observación para situarnos en la praxis. De cerca, era más hermosa que de lejos. Sus labios rosados se acentuaban en su piel alba.

–Me pregunto por qué sigues barriendo el polvo, si todos los días vuelve y volverá eternamente.
–Porque no vivo con la importancia de todos los días –dijo suave, dulce, casi infantilmente–, sino, curiosamente, con el pensamiento fijo en el día a día. En este presente.
–Así que eres medio filósofa.
–¿Filósofa? –me preguntó asustada–. Pues, claro que no, yo no soy política. Pero si deseas podemos charlar sobre cosas más simples: la vida, el amor. Ah, me llamo Cloe y no quiero vivir con polvo en la entrada de mi casa.
Recordé mi mediocre existencia y mi café y le dije lacónicamente:
–Nos vemos luego.

Luego no la volví a ver hasta el lunes. Todo ese fin de semana me la pasé en casa. Me dio una gripe atroz que solo pude menguar tomando caldos de gallina con kión y vasos con agua hervida con limón, cebolla y ajo. En medio de los delirios de la gripe, pensé en lo absurdo de la existencia. Miré películas mexicanas en blanco y negro la madrugada del domingo y, al borde de una crisis existencial, recuperé el humor el domingo, con la paz y silencio después del almuerzo.

El lunes, al salir al parque, me sorprendió ver a Cloe limpiando su casa.

–¿Qué tal te va Cloe? –pregunté, acercándome– ¿Otro día nuevo?
–No te vi este fin de semana, pensé que te habías mudado. ¿Así que te despertaste temprano hoy?
–Iré a trabajar –dije, observando que no solo barría el polvo de la calle, sino, contrariamente, limpiaba las colillas y tapas de cervezas– Pero podemos ir a comer un caldo de gallina en la noche, ¿qué dices?

Dieron las ocho de la noche y encontré a Cloe en el parque. Fuimos por unas cervezas en lata. La noche era fresca y algunos chiquillos jugaban pelota en el cuadrilátero de arena fina donde se alojaban los oxidados juegos mecánicos. Sí, la espuma estaba perfecta y la noche fresca. Había olvidado por completo aquel trance del fin de semana y vivía plenamente la cercanía de Cloe. Me contó que era de Cajamarca, pero vivía en Lima desde los 15 años. Lima le parecía una ciudad grande y horrible, pero por momentos bella. Y, en algunas avenidas, para vivir, había vendido ensalada de frutas, también jugo de naranja y hasta ceviche en táper de plástico. Asunto que había dejado para dedicarse a trabajar en un call center.
Después empezó con el tema de sus hermanos:

–Todos son hombres. Soy la única mujer de mi casa. Creo que me iré del barrio, o a otro país. Si pudiera me mudaría de Planeta.
–No te vayas tan lejos. Me caes bien. Muy bien. Y aquí no conozco a nadie ni me hablo con nadie. Soy un solitario.
–Yo soy, sin embargo, muy social. Tan social que me bebo una cerveza contigo, cuando solo te vi un par de veces. Pero me caes bien.

Me invitó a comer con sus hermanos. Fuimos. Eran dos gordos de bigotes y eterna sonrisa. Amaban escuchar baladas y cantarlas en una ebriedad total. Yo me mantenía cerca de Cloe, sirviéndome más cerveza e intentando no aburrirme por completo, aunque era inevitable. Su madre, una hermosa señora de cuarenta años, me preguntó cuánto ganaba de dinero y me expresó, no sé si en doble sentido o de forma frontal, que yo tenía poco futuro con su hija ganando ese dinero. Que debería pensar en ganar más.

–No tengo una mirada empresarial –le dije–. Sé que suena raro, pero me da lo mismo.
–Pues debería tenerlo, ¿o acaso cree que Cloe puede vivir así nomás? Ella merece siempre lo mejor. Que la cuiden. Que le den todos sus caprichos. Que le tengan mucho amor. Que le compren sus cositas.

Vi a Cloe que, desde lejos, bailando sensualmente aunque sin perder la mirada hacia nosotros, aprovechó la coincidencia de miradas para lanzarme una sonrisa cómplice por soportar a su dulce madre. Yo no dije nada. Era inútil, aproveché para beber cerveza y mitigar los celos que me causaban los bailes de Cloe.

Al parecer, su acompañante era un amigo querido por su madre. Llegaron juntos de bailar, y este jovencito, de barbita y pelo cortado, le dijo a la doña:

–Tiempo que no disfrutaba tanto de la danza, seño. Ahora, ¿qué tal si bailo con usted?
La seño se fue a bailar en el acto. Cloe, sudando, se acercó y cogió la botella de cerveza:
–Así es mi vieja, ni se te ocurra hacerle caso. Es bien fregada con todos. ¿A que no sabías quién ese joven? Es Felipe, el amigo de mi hermano, siempre viene a estas reuniones.
–Cloe, hermanita –era el hermanito de Cloe, el menor, de 19 años–. ¿Crees que tu amigo me pueda acompañar a comprar cerveza?

Di un salto y ya estábamos yendo a comprar dos cajas de cerveza. Su hermano no lo dijo, pero yo aproveché para pagar una y recibir mi vuelto. Este gesto me hizo ganar la confianza de su hermano. Se llamaba Jaime y era buena onda. Le gustaba la salsa, bailar perreo bien pegado y hacer tiktoks.

–Soy bueno en eso. Tengo miles de seguidores. Me va bien. Me grabo en dos minutos en el baño de mi casa, o en la salita, y listo. Pongo algunas letras, o un fondo divertido, asunto que me toma una hora máximo. Luego, tengo seguidores todo el día. No siempre tienes que hacer el ridículo frente a una grabación de ese tipo, la idea más interesante es ser original.

Llegamos a la casa de nuevo. Metimos las botellas a la refri y volvimos a la sala. El ambiente era más cargado y tibio, con la música a todo volumen y algunos niños jugando en el suelo con las chapitas de las cervezas. Imaginé que esas fiestas podían durar eternamente, extenderse más allá de los feriados y sábados y domingos y ser plenamente la realidad de la vida exhausta y gris de muchos de sus invitados. Porque detrás de toda fiesta, pensé, se esconde también la raíz de la desesperanza absoluta, la soledad absoluta y los gusanos enormes que nos devoraran la carne. Porque al bailar y beber solo importaba ese presente, ese presente perpetuo de placer. Hermoso placer.

–¿Estás bien? –me preguntó Cloe–. Te noto raro.
–Yo ando perfecto. Pienso en lo hermosamente tibio de todo. Me gusta este ambiente. ¿Te sirvo cerveza?
Bebimos juntos. Sonaba una salsa sensual. Aproveché para sacar a bailar a Cloe. Ahí, nuevamente, frente a frente, descubrí su encanto: sus ondulados cabellos amarillos castaños, sus ojos inmensos, su cuerpo perfecto y ágil, la claridad de sus movimientos. Sujeté su cintura y ella puso sus dos manos en mi hombro. Era la gloria. Dijo:
–¿Compraste cigarrillos?
–Nada. Pero, creo que tengo uno aquí. ¿Quieres?
–Vamos a fumar a mi techo, qué dices.
Subimos. Me sorprendió ver que desde su techo se podía ver mi ventana y parte de mi cuarto, mi cueva de solitario. Observé una ruma de mis libros y mi taza de aluminio donde solía beber mi falso café.
–Así que aquí vienes a veces a fumarte algunos puchos.
–Sí, suelo vagar aquí. Es un lugar solitario. Pensé que deseabas un rato oxigenar tus ideas.
–¿Oxigenar mis ideas? Para nada. Estaba pasándolo bacán.
–Mira, desde aquí te veo a veces. ¿Te gusta leer, no?
–¿A mí? Para nada, solo tengo dos o tres libros que leo a veces para no aburrirme.
–Yo solo leí un cuento una vez en mi vida. Se llama Paco Yunque y hablaba de un niño de provincia que llegaba a estudiar a la capital y todos le hacían bullying.
–Sí, es bueno Vallejo.
–¿Quién?
–Vallejo. El autor de ese libro.
–Ah, no sabía que así se llamaba. Bueno, es el único libro que leí completo, luego tuve que exponer otros libros pero nunca me dieron ganas de leerlos. Estuve siempre ocupada haciendo esto y lo otro. Mi vieja, como madre soltera, siempre se la pasa trabajando y tenía que ayudar. Poner la mano. No podía perder el tiempo leyendo.
Alguien subió.

Era su madre. Traía una botella de cerveza y su vaso. Parece que nos buscaba.

La seguía, entre las sombras, su perro negro.

Era un perro sin raza, de orejas largas y ojos tristes, como todos los perros del universo; movía la cola, travieso, de un lado a otro, buscando eternamente algo que morder hasta destriparlo.

–Ajá, así que aquí están.
–Hola seño.
–¿Así que tú, joven, vives al frente, no?
–Sí, seño, esa es mi casa.
–Ah, ok, ¿y toda esa casa es suya?
–No, seño, solo el cuarto piso donde vivo.
–Ya veo, ya veo, ya veo, bonita su casa joven. En Cajamarca, como de seguro ya le contó Cloe, nosotros tenemos una casita. La de mis padres. Tiene sus cuartitos y es bien linda. Ya la conocerá, espero.
El perro no dejaba de treparse a mis piernas, moviendo la cola, saltando.
–Bonito su perro, seño, ¿cómo se llama?
–Ella es Manchas, parece que quiere que la engría, joven.

Volvimos a la fiesta. Seguía el baile. Me obstine en beber y tratar de llevar el aplomo. El amigo del hermano seguía sacando a bailar a Cloe. Ella no dejaba de ser sensual y hermosa cuando bailaba. Su madre se había puesto a beber con sus amigos. Su hermano, el tiktokero, veía su celular arrojado en su sillón. Sujeté otra cerveza. No vi destapadores, así que fui a la cocina. No encontré ningún destapador, así que usé una cuchara. Plap. Su hermano, el mayor, entró. Sacó una cerveza de la refri y la abrió con sus dientes.

Escupió la tapa y se fue sonriendo.

Bebimos hasta las cinco de la mañana, volví a ver la hora en mi celular y observé a los náufragos de la noche: la madre de Cloe había desaparecido, su hermano el tiktokero también. El mayor roncaba en el sillón y Cloe dormitaba a mi lado. Vi que todavía quedaba la mitad de la botella y pensé en servirme algo de beber pero antes fui a la cocina, enjuagué un vaso, tomé agua sola, escupí y regresé a la sala.

Bebí la cerveza y ayudé a Cloe a ir a su habitación.

–¿Cloe estás despierta? –le pregunté, con ánimos de charlar o seguir bebiendo– ¿Cloe estás despierta?

No me dijo nada.

–Por favor, Cloe, dime algo.

No me dijo nada.

–Cloe, ya todos se fueron, podemos beber algunos tragos más.

No me dijo nada.

–Cloe, desde que te vi barriendo la entrada de tu casa no dejé de pensar en ti y luego te observé tendiendo tu ropa en la azotea de tu casa. Justo vi que tendías un calzoncito rojo y te desee mucho.
No me dijo nada.

–Luego, cuando hablamos fuera de la tienda no dejé de pensar en ti. Y ayer, y hoy de madrugada, bailando te sentí más todavía.

No me dijo nada.

–Creo que estoy loco por ti.

No me dijo nada.

–Hasta me gustaría quedarme contigo por siempre.

No me dijo nada.

Arrojada en su cama, con los cabellos hacia atrás como rulos inmensos y su vestido amarillo me sorprendió su belleza. Su belleza me aterraba, me parecía un espanto saber que existía siendo tan terriblemente bella. La belleza o la tristeza son contundentes, no se puede huir de ellas; podemos, sí, encontrar una forma de La tapé y bajé a la escalera caracol.

Era domingo.

Subí a mi cuarto y me arrojé en mi cama.

El lunes y martes no pasó nada.

El miércoles, al llegar del trabajo, encontré a Cloe en la puerta de mi casa.

–Me tengo que ir mañana.
–¿Irte? ¿A dónde?
–No te puedo contar ahora. Pero, bueno, volveré a Cajamarca. Al menos, algunos meses. No te diré más. El otro día te escuché cuando me hablaste, pero no te dije nada.
–¿La madrugada?
–Claro, por eso vine a despedirme y a dejarte esta carta –me dijo para inmediatamente, darme un papel cuadriculado doblado en cuatro–. Prométeme que la abrirás cuando me vaya y pienses en mí, ¿De acuerdo?

Y me dio un beso. O dos. No recuerdo. Solo sentí sus labios fluyendo, su boca, sus ojos sobre los míos, su lenta respiración confundiéndose con la mía. Por eso, hoy que la recuerdo, abriendo y cerrando la ventana, para ver si aparece o queda algo de ella; pienso que, tal vez, me dejo en la carta su dirección o su teléfono. Todavía no abro esa carta. La guardé entre las hojas de un tomo de Pessoa. Tal vez de Camoes. Lo cierto es que no vive en esa casa, la misma que si yo abro o cierro la ventana ahora observo, su casa, la azotea donde hablamos; su cuarto no se observa desde acá, pero sí, algo de la facha y la tristeza que me da cuando la recuerdo.

Lima, inicios de mayo, 2021

(*) Julio Barco (Lima, 1991), estudió en la Universidad Nacional Federico Villareal, Lima, Perú. Autor de los libros Me da pena que la gente crezca (Arteidea Editores, 2012)Respirar (La Chimba Editores-2018-Premio Gremio de Escritores)Arquitectura Vastísima (Editora Huachumera-2019-Premio Huauco de Oro)Arder (gramática de los dientes de león) (Editorial Higuerilla-2019)La música de mi cabeza-volumen 7 (Lenguaje Perú -Editores) En novela, este 2019, presentó Semen (música para jóvenes enamorados) (Lenguaje Perú- Editores) Ese mismo año, fundó la web lenguajeperu.pe Fue fundador y director del grupo TAJO. Este 2020 sorprendió al público lector al editar cuatro libros en tiempos de Covid 19: Des(c)ierto (Metaliteratura, Argentina 2020), la re-edición de Semen (Metaliteratura, 2020) y dos volúmenes en Colombia: Sistema Operativo (SO, 2020) y Copiar, cortar, pegar, cargar (Obra Abierta, Colombia, 2020) Actualmente es redactor de Literalgia y Lima Gris y gestor del proyecto cultural Poético Río Hablador, que desarrolla proyectos de poesía en El Agustino y dirige la web Lenguajeperu.pe, que es una nueva bitácora nacional de poesía y arte peruano y latinoamericano. Actualmente, termina de escribir sus nuevos cuatro libros: Poetizando (ensayo poético), Enrique (Novela), y los poemarios Mosaico (poesía) y Cuaderno de Trabajo de la nueva poesía peruana (parte 1) Obtuvo una mención honrosa en el XI concurso Poeta Joven del Perú (2020) con el poemario Semilla Cósmica.

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