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La desmesura y los mecanismos literarios en Revolución Caliente (Ed.Arteidea,2020) de Rodolfo Ybarra por Julio Barco

La desmesura y los mecanismos literarios en Revolución Caliente (Ed.Arteidea,2020) de Rodolfo Ybarra, por Julio Barco(*)

Enorme cuestión nos demanda hablar de Revolución Caliente, la nueva novela de Rodolfo Ybarra.

Y es que, si bien por un lado el tema es simple: la preparación de una revuelta contra el Estado, la dinámica interna del libro demanda una serie de reflexiones agudas.

Por un lado, raudamente la ubicamos junto a Incendiar la ciudad de Julio Durán, La ciudad de los culpables de Rafael Inocente y hasta cercana a Generación Cochebomba de Martín Ruiz Roldán e incluso pienso en Nuestro años salvajes de Carlos Torres Rotondo, Al final de la calle de Óscar Malca, o alguna de las repetitivas novelas de Max Palacio y compañía. Pero, por otro lado, tiene en cuanto a forma y fondo diferencias medulares. Si la novela de Durán es un canto a la anarquía desde una voz lograda del narrador personaje, la de Ybarra representa un canto generacional de múltiples voces; también se pueden asumir algunos personajes como arquetípicos pero la dimensión de la novela es totalizante.

Antes de seguir quisiera expresar algunas ideas sobre los anteriores libros que leí de Ybarra. Su Secreto de Estado me removió las vísceras por su alto voltaje de violencia que –corroborando el título– liberan los secretos de las torturas de la clase política de la era Fujimori; libro engarzado en una inteligente estructural donde mezcla las entrevistas con grabaciones sobre los crímenes y el uso pleno de monólogo. 

También tuve oportunidad de leer aquel libro de tres autores, Discurso contra la bestia tricéfala, donde Ybarra publicó un beligerante manifiesto contra el ex presidente Alan García, del que recuerdo su tono lacerante y crítico. Estos dos textos (más algunos poemas que leí desperdigados en la web) me dieron una del trabajo  de su arte literario: escritura crítica, concienzuda, que no busca lo perfecto sino denunciar con prosa ácida y visceral.

Entonces vemos que el imperativo literario de Ybarra es el género de denuncia política, de libelo social, de máquina literaria para saldar cuentas con la vejada realidad. En ese rumbo, su obra es política, no por ser parte de una senda (u otra9 sino por expresar la problemática social del presente. En ese sentido, como El mundo es ancho y ajeno o Conversación en la Catedral, esta nueva novela nos muestra un lienzo sobre la realidad peruana, en todo su terrible resplandor, como de una juventud deseosa de nuevos aires. Un logos literario que tiene la capacidad de arremolinar un buen trozo de temas y darle cuerda en un universo compacto y arrebatador.

Revolución Caliente resulta, por eso, una novela continuadora de los temas nucleares de su obra ybarriana.

Entre sus páginas, vemos la construcción de un partido anarquista liderado por “Anarquímides”, ideólogo y fundador de este partido subterráneo, frente a un Perú dibujado, desde sus entrañas, con sus propios conflictos,

“(…) como se sabe, el hambre, la miseria y el olvido son el principal caldo de cultivo para la subversión, la protesta y la insurgencia popular.” (pág. 362)

Lo curioso de esta gesta es que los anarquistas de Revolución Caliente son jóvenes que viven la marginalidad social como una suerte de embrujo, como un camino personal donde el rock, las drogas, la filosofía y la rebeldía son frutos necesarios para el autoconocimiento como la explorar de la realidad y comprender el Estado:

“El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad de trabajo era todavía muy baja (…) (pág. 381)”

“Quiero apuntar, que muchos teóricos y politólogos que se han pronunciado sobre el concepto de Estado han llegado a exacerbaciones verdaderamente risibles e intelectualmente vergonzantes, como por ejemplo Kelsen, quien elucubra que, establecido como si la realidad pudiera expresarse, sin error, en una supuesta carta magna, que no es más que un montón de palabras e ideas que respaldan a la clase social dominante.”(pág.380)

“Max Weber decía que el Estado tiene derecho para usar la violencia y le es legítima, justificando a priori las matanzas y el genocidio de un pueblo al que únicamente le queda obedecer o morir en rebelión.” (pág.378)

No son pues anarquistas que viven charlando en cafés, sino jóvenes que buscan una identidad en medio del caos y crisis de la sociedad. Este deliberar sobre el Estado, la Política, la Estética, es la base de la praxis de los rebeldes. Sea desde la Radio o diario La Nueva Antorcha o desde un panfleto incendiario fotocopiado en Azángaro, –que se pasa sigilosamente de mano en mano–, estos jóvenes buscan atacar la Urbe, problematizándola y cuestionándola.

Entre otros protagonistas, encontramos al Resinoso, que junto a Monick protagonizan una de las relaciones más interesantes de la novela; otros personajes son Harter Jarjacha cuya obsesión por grabar diálogos o monólogos, deja un buen porcentaje de páginas a modo de capítulos; o, también, el Poeta, que permite ver una dimensión estética a este lienzo.  Estos personajes, sus delirios existenciales, conversaciones, su transitar la bohemia, su paso por la realidad desde la ebria sapiencia, generan una parte muy lograda del libro: sus monólogos. Pintan sus propios afluentes, zonas marginales, espacios de asfixiante vida, con toda clase de detalles sobre el remolino urbano peruano.

Estos sirven de espejo al otro cuadro que pinta la novela. Si por un lado se problematiza política y racionalmente desde la parte social y explicativa, son los monólogos los que abren ideas más ambiguas o abiertas sobre estos proyectos; haciendo ver el anarquismo no como una iglesia sino como parte de un paisaje de pensamientos cotidianos,

“A veces pensábamos que la juventud debería ser eterna y nos mirábamos al espejo pensando que nuestros rostros serían por siempre lozanos, tersos, frescos y, entonces, nos dedicábamos a tomar cualquier licor barato o a fumar mariguana o a cualquier cosa que calmara la ansiedad, y, sobre todo, nos diera placer. (pág.64)”

“Diciembre es un mes de mierda, la navidad es una mierda. Nunca he creído en festejos, ni en tradiciones; para mí, la vida sin horarios ni calendarios es lo mejor; y, además: ¿qué se puede celebrar cuando no hay dinero en el bolsillo y cuando la soledad no te presta una sonrisa?” (pág. 95)

Los monólogos sirven como una brújula interna de lo que externa y políticamente se asume como un pensamiento guía; sirven como referentes para observar los juicios y contrastes, dudas y contradicciones de los propios activistas. Descubren y ahondan en cada subjetividad que, eventualmente, será parte de la revolución caliente. Esta no puede nacer sin antes cultivarse para justamente pensar nuevas posibilidades. Esto, a nivel de propuestas literarias, pone la obra de Ybarra en el mundo de lo utópico, sin embargo, la obra no intenta dar un solo y cerrado juicio, sino pintar una escala de grises para mostrar todos los tonos de su ópera. Por un lado, las razones para organizarse y luchar críticamente, por otro, la contradicción del pensamiento observándose a sí mismo y observando las razones para organizar un juicio personal.

Por otro lado, este compartir, también lleva a una suerte de logos mental e incluso al intento de establecer estéticas como el panfleto “MANIFIESTO POR PARTE DEL CONJUNTO CONCIENCIA” donde, tras varios puntos, señalan que:

“Nos declaramos a favor de la autonomía de grupos paralelos de Conciencia. Respetamos las ideas de otros grupos siempre cuando estos no hagan daños a los demás. No queremos, en nombre de la Unión, la disolución de otros intentos de crear Conciencia, más bien queremos apoyarlos y compartir experiencias, trabajos, actividades. La unidad solo será de convicciones.” (pág. 162)

O el lúcido texto ESQUIRLAS (QUE SE DESPRENDEN DE PROPIO ATENTADO Y OTROS TEXTOS ESCRITOS EN PRISIÓN POR “EL POETA”) donde leemos algunas reflexiones sobre el arte poético, la política, el lenguaje y sus límites:

La palabra ética viene de griego “ethos” que significa espacio, aquí radica nuestra lucha, porque mientras no tengamos un espacio propio (entiéndase espacio en todos campos que se quiera: físico, metafísico, espiritual, etc.) nuestra lucha correrá el riesgo de fracasar (…) (pág. 501)

También es interesante analizar la estructura en la que se cimenta. En sus 591 páginas, Ybarra prueba el uso de relato urbano, la memoria, la crítica política, el poema en prosa, el poema en prosa cortada, panfleto, reunión de frases célebres, el collage entre cuento y guión de cine, largas sábanas de prosa con aliento surrealista a Henry Miller y Enrique Verástegui [1]

Por otro lado, estas piezas, como la historia peruana, se dividen en periodos: Periodo Autóctono, Periodo Colonial y Periodo Independencia. En cada periodo se observa una evolución de ideas semilla a formaciones más absolutas, donde impera la búsqueda interna, el largo lienzo de la desesperanza de la vida en la urbe peruana y espacios de reflexión e historia, tanto del propio Perú como problema o de la Literatura, la escritura y la Poesía como formas de afrontar la realidad. Aquí es donde se ciñe la idea de la Rata,

“La idea de revolución le daba vueltas en la cabeza y no podía dejar de pensar en las razones que lo habían llegado a concluir, sin caer en soberbias o falsos descreimientos, que él era la persona indicada para dar el gran paso de la historia. Ante la evidente derrota de los levantados en armas contra el poder opresor, no quedaban mayores opciones que asumir directamente los destinos de los oprimidos del sistema. A veces se cuestionaba, pero, en estos momentos, no se podía permitir dudar de sí mismo. (pág. 27)”

Sin embargo, la idea de la Rata es medular en la obra. Se la cita por muchos pasajes, sea para dar una idea biológica de este roedor,

“La rata es un pequeño animal de la orden de los múridos. Habita generalmente en sótanos y túneles como no en desagües, cuchitriles y tugurios abandonados, aunque también suele invadir chalets, quintas viejas y edificios, especialmente si son antiguos o presentan cantidad de muebles o cachivaches que les permiten esconderse y anidar sus crías.”

O también para dar una reflexión social o política, o simplemente usarla como metáfora de la obra:

“Las calles están llenas de ratas, ratas negras y pestilentes que se cruzan por las piernas y muerden el hambre de los tiempos, ratas que nunca aprendieron buenos modales porque su sino fue estar bajo la tierra, hundidos hasta el tuétano en los desagües; buscando en la basura algo que llevarse a la boca (…)

 La  rata como aquel marginado que, desde las cloacas, logra hacer una suerte de revolución. La rata como núcleo filosófico y estético. En este libro de gran ambición, esta temática es nuclear para entender el proceso de formación del grupo anarquista y su eventual ataque al Estado, junto a otros miembros de la comunidad, en igual indignación.

Si la novela como género tiene el poder de atrapar la contradictoria realidad y darnos un juicio del caos, lo que hace Ybarra es un gran mural de muchas voces, miradas y posturas, tanto políticas como éticas, e incluso, por otro lado, agrega parte de una suerte de manual urbano de guerrilla. Sin olvidar la mención a un cúmulo de autores que van de Bakunín a Zizek, pasando por Bertolt Brecht, Clemente Palma, Carlos Wiesse, Luis Alberto Sánchez, José de la Riva Agüero o Montaigne.

En tiempos donde impera mucha duda e ignorancia sobre los procesos de guerra y antagonismos sociales, y resulta necesario pensar nuevos horizontes, Ybarra nos arroja una revolución caliente donde la ductilidad del lenguaje, la enorme cantidad de referentes, los juegos entre textos poéticos y políticos, hacen de esta maquinaria una revolución literaria de gran factura. Que este libro sirva para atizar la leña de las nuevas generaciones literarias, que buscan un nuevo redil al que seguir en una narrativa peruana última, salvo excepciones, sin liderazgo alguno.

Pregunto: ¿cómo escribir algo novedoso después de los intentos de Vargas Llosa y Miguel Gutierréz para hacer narrativa política? Pienso en novelas como Conversación en La Catedral o Kymper, respectivamente; novelas que funcionan también como grandes organismos a nivel estructural que extienden lo literario. ¿Qué literatura seguir en las épocas donde impera la narrativa del tiempo de Sendero Luminoso? ¿Qué proyectos armar para no agotar el tejido realista y urbano que funcionan hegemónicamente? ¿Cómo renovar la narrativa peruana? ¿Con meta-literatura? ¿Con narrativa auto-confesional? ¿Con narrativa futurista o de terror? ¿Con exploraciones históricas?

Pues, como autor lúcido ante el fenómeno literario, Ybarra comprende que la revolución es también una revolución de lenguaje, es decir, de inventar nuevas formas narrativas y extender lo literario[2]. De conocer la tradición para traicionarla. De revolucionar las formas de idear los discursos, tejer nuevos mapas mentales y dibujas el rostro inquietante de la sociedades que habitamos. De crear intertextualidad y armar un tejido coral. Entonces la maquinaria es doblemente crítica, tanto con la realidad, como con el propio proyecto de lenguaje.

Lograr esto es complicado pero Ybarra lo hace con las mejores herramientas: conocimiento, agilidad, experimentación y mucha fluidez. Y usando una orgiástica mezcla de recursos, temas y miradas. En el sentido de que renueva los viejos tópicos de la novela política y se arriesga a crear una novela de estructura vanguardista de múltiples lenguajes podemos afirmar que este libro ya es una revolución para las formas de hacer literatura en nuestro país.

(*) (Lima, 1991), estudió en la Universidad Nacional Federico Villareal, Lima, Perú. Autor de los libros Me da pena que la gente crezca (Arteidea Editores, 2012)Respirar (La Chimba Editores-2018-Premio Gremio de Escritores)Arquitectura Vastísima (Editora Huachumera-2019-Premio Huauco de Oro)Arder (gramática de los dientes de león) (Editorial Higuerilla-2019)La música de mi cabeza-volumen 7 (Lenguaje Perú -Editores) En novela, este 2019, presentó Semen (música para jóvenes enamorados) (Lenguaje Perú- Editores) Ese mismo año, fundó la web lenguajeperu.pe Fue fundador y director del grupo TAJO. Este 2020 sorprendió al público lector al editar cuatro libros en tiempos de Covid 19: Des(c)ierto (Metaliteratura, Argentina 2020), la re-edición de Semen (Metaliteratura, 2020) y dos volúmenes en Colombia: Sistema Operativo (SO, 2020) y Copiar, cortar, pegar, cargar (Obra Abierta, Colombia, 2020) Actualmente es redactor de Literalgia y Lima Gris y gestor del proyecto cultural Poético Río Hablador, que desarrolla proyectos de poesía en El Agustino y dirige la web Lenguajeperu.pe, que es una nueva bitácora nacional de poesía y arte peruano y latinoamericano. Actualmente, termina de escribir sus nuevos cuatro libros: Poetizando (ensayo poético), Enrique (Novela), y los poemarios Mosaico (poesía) y Cuaderno de Trabajo de la nueva poesía peruana (parte 1) Obtuvo una mención honrosa en el XI concurso Poeta Joven del Perú (2020) con el poemario Semilla Cósmica.


[1] Pienso en la poesía de Verástegui en libros como Monte de Goce, de largos y hermosos monólogos.

[2] En su momento lo hizo Faulkner, Cortázar, Bolaño, George Perec, etc.

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