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Dos cuentos de Miguel Arbildo

Foto de Miguel Arbildo

Dos cuentos de Miguel Arbildo (*)

FLAVIO ALBERCA

Los vio asomar a la puerta y murmuró enderezando el ánimo: “Lorenzo… Jacinto…”. Soltó martillo y zapato para estrecharlos y pedirles que entren a sentarse.

– Tanto tiempo que no han venido…

– Así es, hermano. Los quehaceres no nos dejaban.

Los visitantes, acomodados en la banca, miraron las paredes que en partes el revestido de barro estaba descarachado, la sala puro suelo y todo sucia.

– ¿Tú siempre de zapatero? – le preguntó uno de ellos.

Flavio le contestó escabullendo los ojos:

– Aquí dándole cuando hay trabajito.

– Ah, caramba – dijo Jacinto, como quien busca ofender – . Pero no se te ve conforme. Por mi parte, me ha ido de lo mejor. Con decirte que en Lima soy dueño de un negocio mayorista de ropa. Mi mujer tiene un negocio de golosinas donde vende al por mayor. A eso se le llama progreso y saber pensar como se debe.

Flavio miró a su hermano como a un desconocido. Cuando escuchó a Lorenzo nombrar una maderera con media docena de trabajadores, y cómo hizo levantar una casa que le costó tantísima plata, se fue acobardando. 

Catorce años atrás, a unos días de que murió la mamá, Jacinto y Lorenzo, ya hombres, dejaron Chacupe, caserío maltrecho, asaltado por ventarrones. Flavio fue el único que se quedó a cargo del taller de arreglar zapatos que heredó del finadito su padre. Cuando Jacinto y Lorenzo estaban para irse, Flavio les dijo:

– ¿Por qué el apuro de mandarse tan lejos? Busquen trabajo por acá nomás.

Pero Jacinto y Lorenzo le respondieron:

– Acá no hay más que penuria y pobreza. Nos vamos porque así está resuelto.

Y agarraron sus equipajes para irse puerta afuera a medio despedirse.

Flavio pasó en su taller, cabeza gacha cuando había que hacer, mirando los remolinos de la tarde cuando había que ociosear; pero conforme anduvieron los meses y la soledad lo fue arrinconando, sintió la pegada. Había que sacar una mujercita y asunto arreglado. Para eso tenía que quitarse la ropa sucia además del olor a tintes de las manos, y salir a aguaitar a la Amanda.

No perdió tiempo: en una esquina la esperó. Diez… diez y media, hasta que la vio venir del mercadillo, muchachita ella, tal vez alcanzaba los diecisiete. La Amanda se fue acercando, acercando… y él, con una ilusión que se le agrandaba, imaginó que tenían un encuentro amoroso, se alisó el pelo, ya cerca la miró con sospecha, pero ella lo saludó todo seria: Vecino, buenas tardes. Flavio respondió el saludo con la misma medida de respeto. La vio alejarse, alejarse… Amanda… la llamó arrastrando el habla. Pero ella, oídos sordos, avanzó hasta voltear una esquina. 

Flavio regresó al taller y, sin ganas, empezó a darle al trabajo. A un rato se vio por el espejo la cara maltratada por la edad: sus treinta y siete años bastaban para mandarle la voluntad al suelo. Desde esa tarde empezó a sentir que una sombra le crecía dentro y que los años se le venían como un paredón encima.

“¿Por qué seguir como estoy?”, se dijo un día. “¿Qué hago aquí acabándome solo? Me iré de Chacupey llegaré a la ciudad”. Esa hora arrinconó sus herramientas de zapatería, alistó un costalillo con ropa, al salir puso candado a la puerta y se fue. Ya en la orilla del caserío, el desierto lo amenazaba con vientos bravísimos, vientos que lo llevarían quien sabe a dónde. Flavio se adentró en la arena hasta confundirse con la triste lejura.  No se supo de él hasta cerca de la noche, cuando volvió cansado, con un desengaño en los hombros que desde entonces lo cargaría. 

No por esto, dejó el afán de dejar Chacupe. Tuvo días que amaneció con ganas de viajar mucho tiempo, pasar su vida por tantos sitios lejanos, dar vuelta a su propio destino, y volver a Chacupe una tarde diciendo: “¡Yo soy, Flavio Alberca! ¡He ido tan lejos hasta tocar la gloria, y hoy vuelto a mi tierra, hoy he vuelto!”, pero esto le resultó ser un sueño que fue cayéndose pedazo a pedazo.

Así se le amontonaron los años. Y cuando estaba resignado a su suerte, poniéndosele gris el pelo y dejando asomar en sus ojos una sombra lejana, vio a sus hermanos asomar a la puerta. Estos lo hallaron sentado en la silla del taller donde ahora Flavio los escuchaba callado, pegado a las cosas que le estaban contando. ¿Cómo no escucharlos, si sus hermanos que dejaron Chacupe habían ganado el derecho a ser importantes? Esto pensó Flavio sabiendo que sus hermanos consiguieron lo que él nunca pudo en la vida.

– Ya cambia esa cara, hombre. Hemos venido para proponerte algo – escuchó que le hablaron.

– ¿A mí? ¿De qué se trata?

– Pensamos llevarte a Lima. Queremos que respires otros aires.

Flavio miró a sus hermanos como si no creyera lo que acabó de escuchar.

– Bromean…

– No bromeamos; así que alista tus cosas, no estamos para demorar.

Flavio fue a su cuarto y comenzó a meter sus ropas en un costalillo. Entre tanto sintió un bulto gris en el alma. Recordó su niñez, las soledades humildes de su juventud, el abandono en que estuvo después muchos años. Se levantó el mechón que le oscurecía la frente, y se arrimó a la pared sin saber qué hacer. Sus hermanos habían ido al corral, escabulléndose de las sombras que llenaban la sala. Conversaban no muy claro. Flavio tensó el oído y alcanzó a escuchar:

– Esperamos que se preste para contrabandear.

– Claro que se prestará. Estando allá no le quedará de otra. Todo es que empiece a oler plata. Verás que no vuelve a esta vergüenza de caserío. 

Flavio desencajó su cara. No quiso escuchar a esos dos. ¿Con quienes viajaría? ¿Con sus hermanos? No. Ya ellos no eran su familia, catorce años que demostraron eso. Allí estaba Flavio con sus tardes hurañas, su historia entre sus ropas, sus sueños ya muertos, sus soledades hermanas.

A un rato, Jacinto y Lorenzo asomaron al cuarto. Agrietaron el ceño viendo a Flavio sentado al filo del catre, codos en las rodillas, pensando cabeza gacha.

– ¿Qué pasa, hombre? ¿No que te estabas alistando? – le preguntaron.

Flavio se puso de pie, los miró serio y firme y, como nunca antes, les contestó a la altura de un hombre de honor:

No tengo por qué ir con ustedes.

PASOS TRISTES

¿Qué será de Pasos Tristes? ¿Lo conoció usted? Regreso a mi pueblo a los años y nadie me reconoce. Desalentado y solo, me acuerdo de Pasos Tristes. Sabía asomarse en esta callecita, hecho una desgracia, borracho, cantando pasillos todo quejumbroso.

Yo, muchacho ese tiempo, sabía gritarle:

– ¡Dedo mocho! ¡Pasos Tristes!

Él dejaba de cantar. Me perseguía bravo, ladeándose a un lado y otro. Lejos de agarrarme, se desquitaba apuñeteando el aire, bufaba como si algo se le rompiera por dentro; luego se iba apaciguando, apaciguando, y una vez tranquilo, revivía el canto.

Había sido gallero. – Imagine usted lo que causa el vicio. ¿A qué hombre no lo manda al suelo? – . Desatendió a su mujer y sus hijos. Resultó dándose borracheras seguidas, que lo perdió todo. Abandonado, entonces, agarró la costumbre de andar como andaba. Pobre… No haberle tenido lástima… ¿Qué será de él? ¿Se habrá muerto? Ahora uno se apena cuando, hecho un hombre, se da cuenta de que la vida es cosa seria, ¿no cree? Bueno, le he ido contado sin que usted me responda si conoció a Pasos Tristes. Acordándome bien, a usted no lo vi antes, tampoco esta bodeguita. En fin… cóbrese de los bizcochos.

El hombre sonríe como queriendo llorar. Me recibe la plata, y es recién cuando me fijo de su dedo mocho.

Miguel Arbildo (*). Radica en Guadalupe – Pacasmayo. Licenciado en Lengua y Literatura. Autor la genuina novela breve“Hijo del desierto” (Ornitorrinco editores, 2019, Lima – Perú). “Cuty, el lagartijito”, (Fondo Editorial de la Municipalidad provincial de Trujillo2019) Ha sido Jurado de creación de cuento y ensayo organizado por la DRELL. Cuatro de sus cuentos breves integran la edición colectiva A orillas del arrozal (Papel de viento editores, 2013). Algunos de sus textos aparecen en revistas, diariosregionales y libros de antologías peruanas prestigiosos. Ha obtenido importantes premios como el primer puesto en el Concurso Internacional de Novela, Cuento y Poesía Emiliano Niño Pastor Y Ezra Pound, organizado por el Conglomerado Cultural de Lambayeque (2012). Asimismo, el Premio Literario Trujillo (2019). Mención Honrosa en el Concurso Nacional de Cuento Huauco de Oro, Celendín – Cajamarca (2021).  Es docente en EBR y en nivel superior. 

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