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La fusión de sabiduría y belleza en la poesía de Verástegui (o reflexionando del poemario Teorema de Yu (Ediciones Litost, Chile) por Julio Barco

La fusión de sabiduría y belleza en la poesía de Verástegui (o reflexionando del poemario Teorema de Yu (Ediciones Litost, Chile) por Julio Barco

La poesía de Verástegui es un himno del romanticismo y del ímpetu de la sabiduría. El joven escritor limeño que revolucionó la literatura peruana con obras como En los extramuros del mundo pero más precisamente con obras contundentes como Splendor, hoy es uno de nuestros poetas más míticos.

Acabo de leer embriagado los versos de Teorema de Yu, en la bella edición de los amigos de Litost de Santiago de Chile. Y es que este poema de un solo trazo de 365 versos (como los días del año) es un buen lienzo para regresar a su arte poético. Primero, me parece un justo homenaje al mítico poema Piedra de Sol de Octavio Paz. Todos sabemos de la admiración de Verástegui por el autor de La llamada doble, algo que los amigos Infrarrealistas –enemigos naturales de Octavio– usaron en su contra.

Sin embargo, más allá de la anécdota es necesario regresar a los versos y olvidarnos del chisme. En ese sentido, Paz y Verástegui, aunque ambos representantes antípodas de la literatura (uno, empoderado; otro, desde la marginalidad) presentan varias líneas de consanguineidad: el atrevimiento de explorar oriente, la necesidad de unir cuerpo y alma, la búsqueda de un sentido subrepticio del acto del poema donde se mezcle  el fuego del verso con el paisaje de una voz que manifiesta plena autoconciencia.  Tanto Paz como Verástegui, son herederos, a su manera, de las vanguardias que los antecedieron. Y son, como lúcidos lectores de la Tradición, autores que parten de registros experimentales. Y no solo esto que menciono sino también observo guiños entre alguno de los versos más famosos de Paz en el poderoso texto de Verástegui, acción que lejos de ser una burda copia es un excelente homenaje.

Volviendo al Teorema de Yu –y para seguir explorándolo– me parece necesario volver a sus primeros versos:

Toda belleza no se corresponde al poder
sino a la eternidad: un santuario, un sueño
no son espacios sino estructuras que se mueven.

El primer verso, sin duda, me lleva a los primeros versos de Taky Onqoy (eje político de la obra Splendor) donde ya se explora esa distancia entre Poder como Tiempo y el Arte, o la Belleza, como fuga, o exploración del No-Lugar. Y es que, escribir es flotar en un No-Tiempo, y es este camino el que permite explorar diferentes esencias; esencias que, al no tener la gravedad de un tiempo presente, flora o permite retozar –un instante– en la eternidad. Por otro lado, también evoca al conocido poema dedicado a Giordano Bruno donde Verástegui le da voz a este sabio que murió incendiado.

En Teorema de Yu, surge la necesidad de darle voz al lienzo de mecanismo de la sabiduría de Yu. Lo que nos permite acercarnos a una simbiosis natural entre belleza y saber, que es también el núcleo del arte verásteguiano: una fusión entre la musicalidad del decir y la belleza de la agudeza del que dice.  ¿De qué va la filosofía de Yu y por qué Verástegui le dedica este hermoso tratado poético?

Entre los versos más destacados, vemos que la filosofía de Yu nos acerca a la idea de jardín:

No poseo pasado, presente, ni futuro.
Sólo estudio minuciosamente el jardín
que consumió la vida del profesor Yu
porque el jardín es un laberinto, un cubo, una A
encontrándose conmigo para soñar un
tema diferente cada 100 y una páginas.

Esta idea puede ser también la del propio creador de su cultura, de propio hacedor de su luz, es decir, el jardinero que cuida el infinito jardín de la realidad y de su propia realidad. La idea de poeta como jardinero de la mente me fascina y la vengo usando en varios de mis últimos libros (como Semillas Cósmicas, por ejemplo) No obstante, si nos alejamos de Verástegui y regresamos la mirada a  la poesía moderna encontraremos, por ejemplo, a un poeta como Baudelaire que nos sugiere otra idea sobre el reino plantae y el poético: Las flores del mal. El jardín que cuida el poeta es un laberinto, el laberinto que es la propia comprensión de la naturaleza, donde somos testigos íntimos gracias a nuestro cuerpo. Para amplificar la idea de Jardín, Verástegui cita a Borges y a Giorgio Bassani, como también sitúa la simbiosis amorosa como parte del camino al Jardín:


“No hay final sin principio. Ni principio sin cuerpo
más allá de la física que sustentas.
Ambos empezamos a caminar desde lados
opuestos del espejo para hallar el jardín.
El lenguaje sólo es belleza si es pureza

como rocío una mañana de primavera:
te acercaste, me acercaba. (…)”

La idea del cuerpo es impecablemente versada, y, en muchas líneas, intuimos que solo gracias al cuerpo brota la luz, el poema, la catarsis, el poder de la rebeldía y del asombro. El cuerpo, enajenado en la maquinaria diaria y la rutina, es el mecanismo de lo sagrado, el portal donde brota la flor del poema y el canal que permite al jardinero conocer el cosmos, el sol, las matemáticas gracias a la bruñida sapiencia de otro cuerpo:

“Todo por amar la eternidad, amar la luz,
el cuerpo que libera de todo pecado.
Amar es necesario, amar es triunfar.
Si dos amantes se desnudan el mundo brota.”

Así, este poema de corte filosófico, explora los registros del cuerpo, el tiempo, de la exploración de la realidad y su inevitable laberinto. Jardín y laberinto como dos astros que se eclipsan para retrotraernos una voz que nos acerca al misterio. La filosofía de Yu es una simbiosis entre razón e intuición, donde la belleza es sabiduría; es decir, la mente es el jardín que debemos regar, cuidar y bruñir. Y mejor si esta praxis, brota de una voz lírica tan diáfana y musical –y tan dotada para las sutilezas– como la de Enrique Verástegui.

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