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Caminando por la oscura senda de la sencilla naturaleza (o meditaciones críticas de la obra de José María Gahona) por Julio Barco

Caminando por la oscura senda de la sencilla naturaleza (o meditaciones críticas de la obra de José María Gahona) por Julio Barco

Es evidente la altura emocional desde la que José María Gahona interpreta su respiración particular. Poeta claro en el tono, claro en el corazón, claro en las ideas. Esta transparencia va muy acorde a su propia arte poética “La poesía es un papel de aguas azules/ donde bajamos con la única piel/ que venimos al mundo”  Estas ideas quedan ya consolidadas en el título del libro que antologa sus últimos cuatro libros, Transparencias, y que nos permite ya observar el motivo interior de su poética.

Si la poesía de los Primero de Mayo se caracteriza, en muchos modos, con tener un puente entre lo social y la belleza más prístina (es muy clara la influencia de la poesía española, sea Blas de Otero, o R. Alberti); no son pues poetas que se asumen con la movida de lo Conversacional que abre lo coloquial en la escritura, esa frescura de versar lejos del musgo de la retórica española. De los primeros y frescos versos a la madre, pasamos a los dedicados a su hogar, la casa, ese espacio fronterizo donde soñamos el infinito y habitamos la eternidad:

“Mi casa es una mujer con falda de esteras
blusa de cartones
y extremidades de algarrobo
cuando la lluvia
estropea su traje de reina
de los tugurios
crecen heridas en medio de los setenta mil poros
al ganar el sol
en la copa de los árboles (…)”

Ya en La nave de las esteras, tal como si la casa fuera una embarcación, asistimos al viaje interior de Gahona: casa  como cuerpo; la poesía acaso intenta mostrarnos la naturaleza más viva del respirar y vivir humano. Los poetas le confieren vida a todo, y todo en ellos cobra vida: estera, rama, luz, ventana, árbol, hoja, puerta.

A la hora de nombrar lo que existe, el poema dibuja su territorio; el hogar es otro cuerpo, otra madre, otro vientre fresco “una mujer con falda de esteras” y la poesía tamborilea en el gozo de los rayos del sol “en la copa de los árboles” En realidad, el tema de la casa es un tema viejo tema poético que atraviesa la vieja poesía griega e incluso, dentro de nuestra tradición, podemos verla en varios autores, tan disímiles (y por ello mismo, tan afines) como Watanabe, o Manuel Morales o Javier Heraud (“Mi cuarto, en fin, es una manzana”).

En todos ellos, hay una casa, es decir, un espacio de diálogo entre su arte y respirar poéticos y la cotidianidad y la vida misma; y es que uno habita una casa, pero también la interioridad vertical y el diálogo común. En ese rubro, la casa de Gahona nos recuerda los poemas de Leoncio Bueno, o algunos versos de Miguel Ildefonso donde la “llovizna cae como aguja entre las esteras”; la casa de Gahona es también “Patria de Ternura”

Es cierto que, gracias a la poesía, ubicamos razón y emoción en un solo carril que nos arroja luz sobre nuestra condición y esencialidad como seres vivos, en ese trazo, Gahona también advierte la agresión a la posibilidad de su hogar, como aquellas “sombras siniestras” amenazan la patria tierna, de arena, de remiendos, de esteras. Esta es la otra patria peruana: la verdadera, de donde sale lo genial de cada pueblo, ya que, desde su precariedad solo material, habita o puede habitar la posibilidad de una reflexión honda y humana desde el lenguaje.

Es así como Gahona nos devuelve, como citamos al inicio, “la única piel del mundo”, la única posibilidad que poseen los humildes de aquí y de cualquier lado del mundo. La construcción de hablante lírico es el derecho de darle voz también al cuerpo interior del marginado por la economía y política de turno; una voz que por ternura y aliento nos llega desde Vallejo, pasando por Romualdo u J. G. Rose, aunque sigue fermentando naturalmente con delicado matiz en cada artista nacional nuevo que abre los ojos a la Bestia Social que habitamos:

“¡oh! cómo giran los astros de la pobreza
cómo ruedan por estos trenes de esteras pobres
nosotros damos un poco de vida
y nos cobran la respiración de los alimentos
nos hurgan con malas palabras
que cancelemos nuestras vidas
nos abren las puertas de los abismos
y miramos las calles pobladas de muchos de los nuestros
ahogados en el río de la desesperación…”

También la orientación de la propia migración tanto mental, como política y social:

“que ya no tenemos ropa ni zapatos ni paciencia
que todo fue asesinado en las calles
donde el dolor se ensañó con nosotros
donde deambulamos hasta la fatiga
por conseguir un trabajo
y clandestinamente nos hablaron de MARX.”

Por todo ello, queda clara la marca de humanidad de sus versos, el estilo musical y sencillo; el ser poético no se permite solo habitar en la morada de los límites humano sino, con fúlgida belleza, reverdece como con arquitectura botánica,

NADIE creyó en el joven herbolario
nadie creyó en las sutiles recetas
                      que rodaron de sus manos
el joven herbolario anduvo por las calles
con su olor a río a gaviota
con su verde cabellera de sauce y totora

El poeta vive el florecimiento de su arte poético. Trabajo donde se cultiva el terreno mental con el afán de dar luz a nuevas flores internas. La poesía y la botánica como dos instrumentos que conducen a explorar nuestro entusiasmo, la rosa de la creatividad que florece en mentes frescas que pueden escapar de logos ruin y explorar los márgenes amargos aunque siempre vivos. Conquista necesaria para una sociedad que, como se sabe, impide la germinación de esta o cualquier semilla.

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