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Madre Chela, cuento de Augusto David Chipana (Perú)

Madre Chela (1)

Se sentó, se volvió a parar y a dar vueltas alrededor de las cuatro paredes de su habitación y quiso volver a sentarse, pero inexplicablemente la silla se había movido medio metro hacia la izquierda, y cayó al suelo, se golpeó los glúteos y dio por confirmado de que todo esto era producto de su imaginación y que hasta sus problemas eran solamente el reflejo del rostro de su mujer, y que ella verdaderamente no estaba molesta, solo de mal humor ¿Y no era lo mismo? Al parecer no, porque cuando su mujercita estaba molesta se echaba a gritar a los cuatro vientos las verdades en el rostro apacible de su calmado y paciente marido, y hasta incluso tiraba cosas, como por ejemplo había hecho con el florero que le había regalado en su aniversario, pero cuando estaba solamente de mal humor, no hacía nada más que arrugar el entrecejo y tratar mal a sus objetos personales, como frustrada por algo o de algo, como si algo le hubiera resultado mal o no haya tenido la suerte suficiente como para arreglar sus asuntos personales o los de pareja, pues ella paraba con unos y otros problemas que no la dejaban vivir tranquila, ni mucho menos estar al lado de su amado maridito, porque detrás de los gritos y las lisuras ella le guardaba un sincero cariño y una noble respuesta por si algún día al viejito se le ocurría preguntar si le seguía queriendo, o hasta adorando, si aquella suerte suya fuera tan misericordiosa y justa con él, que ya se había jubilado desde que su único hijo había comenzado a trabajar en una escuela pública de maestro, de un joven maestro cuyos sueños todavía no terminaban de apagarse, o peor aún, de desprenderse de su vida por completo y dejar al pobre joven desamparado sin su propósito de vida.


Y verdaderamente había sido todo esto producto de su imaginación o de una combinación de sus recuerdos, que de un salto de la cama se había despertado de aquel sueño, como si fuese una pesadilla y había vuelto a la realidad completa, porque no tenía mujer, ni mucho menos hijos, ni casa siquiera, solo a sus papás que los había dejado allá en Jauja y se sentía preocupado por ellos, y se ponía a reflexionar en que se estarían entreteniendo, perdón, trabajando, en que estarían trabajando, y si por alguna rara razón ya le habían devuelto el dinero prestado a la señora Roberta, que se sentía indecisa, insegura y muy preocupada si los viejitos le iban a pagar hasta el último centavo, porque no los veía siquiera salir a la calle, ni abrir su puesto del mercado, y ya había ido incluso a las autoridades respectivas a preguntar que podría hacer en caso de que no le devolviesen todo su dinero, porque no pensaba por ningún motivo perder toda la platita que su difunto padre le había dejado de herencia, como un regalo de vida o el premio por haber sido la mejor hija del mundo, aunque no creo, porque en la escuela era una alumna de bajas notas, y utilizaba lenguaje de jergas y jugaba fútbol con los hombres, costumbres que su padre odiaba rotundamente y hacía lo posible por corregir aquello, aquello que lo tenía con fuertes dolores de cabeza que ya lo tenían verdaderamente cansado y enfermo.


Quiso regresar a la cama, a intentar dormir o por lo menos echarse a meditar, pero le dio ganas de tomar agua, unas perras ganas de beber agua, y era tanta su sed que para mala suerte suya no había encontrado ni media gota de cerveza que era lo último que quería probar en toda esa maldita noche, entonces, tuvo él mismo que salir a la calle a buscar una botella de agua, de solamente cerveza, lo siento, de agua, que la cerveza lo tenía totalmente cansado y sentía que si volvía a probar aunque sea un poquito, le volvería a hacer daño como sucedió aquella noche después de la chamba de la galería del Señor De Luren, limpiando pisos y desatorando baños, allá en el centro de Lima, muy cerca al bar en que esa noche había estado con sus compañeros del instituto y algunos de la academia, a deslonjar las penas, las penas de la falta de dinero y de conocimiento, porque no les cabía la menor duda de que todos juntitos eran una sarta de burros, unos burros que por suerte sabían las vocales y el abecedario, y tenían el privilegio de poder leer y escribir, menos de pensar, porque sin darse cuenta y sin su propio consentimiento habían gastado una semana de trabajo en chelas, en la bebida más consumida a lo largo y ancho de todo el Perú e incluso la más preferida en Latinoamérica, porque incluso antes de que sus abuelos nacieran ya existía gente borracha, y aquellos del tipo que te contaban toda una triste verdad escondida detrás de una cortina transparente, ¡Qué! ¿Cómo no pudiste darte cuenta de que esa rata era su amante? ¿De que ese sonso te había estado robando todos tus sueldos mensuales?, era tu mano derecha, tu hombre de confianza, en fin. Así sucedían las cosas en aquel pobre y miserable país sobre todo en cuanto a la educación, que era cosa similar con la falta de empleo a muchachos como del que estamos hablando ahora, en aquel país donde los jóvenes después de salir de sus escasos trabajos se iban a chupar, ya no chupetes, como lo hacían de niños, ni mucho menos chupón, sino ahora cerveza, la rica e inmaculada cerveza, que por ser inmaculada no tenía la culpa de que fulanito no haya llegado la noche anterior a casa de su padres, que no tenía que ver con la desaparición de aquella mujer y que no había sido causante mucho menos del accidente en la Panamericana Norte, ni cómplice de la trifulca en la taberna de la esquina, un poco más allacito del Club Nacional, ni de sus muertos, ni de sus tres heridos masacrados a cuchillazos, y pues, en ese caso las autoridades habían tenido la mayor certeza de que no había tenido la culpa, porque en El Tabernero no había chela, sino vinos y tragos y cosas por el estilo.


Y de tanto haber buscado en vano, le había ahora ganado el sueño, y se había olvidado de que justamente hace unos segundos se sentía sediento y sin darse cuenta ya se había echado en uno de los bancos del parque en que había llegado a parar, del parque que estaba a la siguiente cuadra de donde vivía, medio borracho, al que nunca se le había ocurrido ir, pero esta vez de sueño y no de lo borracho que pudo haber estado por su rica y adorada cerveza, que lo tenía en la nevera de su habitación, que con cuya existencia estaba soñando, y nuevamente se había emborrachado, ahora con el dinero que le había mandado su mamá, desde la humilde y tranquila provincia de Jauja donde él había nacido, que las de la nevera de sus sueños se habían terminado y que las chicas no tardaban en llegar.


Se despertó, lúcido, fresco como una lechuga y confundido como un perrito viejo, que se había olvidado cual de esos dos era su dueño, y él preguntándose qué hacía ahí, sentado en la banca de un parque, en el que se sentía solo, solito porque no había nadie en tremendo lugar, cuando por su cabeza pasaron un millón de cosas y maquinalmente regresó a su cuarto y olvidó por completo que tenía que ir a comprar pan, que era lunes y resultó que todo esto le había pasado por ser débil víctima del sonambulismo, que varias veces ya le habían jugado malas pasadas, allá en la casa de Jauja, cuando vivía con sus olvidados padres, que no les había mandado ni medio centavo desde que se había largado a Lima con el cuento de ir a trabajar y estudiar en ese instituto de cuarta, porque estaba haciendo todo lo contrario, ya que un amigo suyo le había vuelto a contagiar el vicio de la cervecita, que la pobre no tenía la culpa de nada, ya se los dije, y que era tan pura y casta como la Virgen María, y se le acababa de regresar a la cabeza que era lunes, que eran casi las nueve y que tenía que ir al instituto lo más rápido posible, y si en el ámbito de lo ético estuviera permitido, calato, como estaba en ese instante, y sobre todo pensativo, que parecía la estatua de Adán mirando a la flacuchenta de Eva, a ese punto fijo a cuyos ojos había plantado ahí, en el espejo, desde hace un cuarto de hora, y seguía sin moverse, pensando en una cura para su sonambulismo y en la causante de todos los problemas que tenía, era la chela, causa, que no era otra más que la chela, amigo, pobre chela, todos y todas la señalaban y la miraban con malos ojos, gritándole todas sus culpas en todo lo que se llamaba envase, que le había provocado ahora su baja autoestima, pues ya no era la misma amiguera de siempre y había roto lazos con todo tipo de gente, hasta con su creador, que maldijo una y otra vez por su tonta idea de agregarle alcohol, que por eso mucha gente lo odiaba, que si no fuera por su culpa el tal hombre no hubiera terminado de reo en el penal Castro Castro, que dicho señor no hubiese llevado su negocio a la ruina, pero había otro grupito que la seguía queriendo, que la seguía amando y la seguía tomando, como el joven este del que nos hemos centrado ahora, que aparentemente la odiaba con todo su corazón y juraba no volverla a beber nunca más, pero que en realidad, desde lo oscuro y poco visto de su alma él la seguía adorando, y la seguiría chupeteando, pero no sabía como, ni mucho menos cuando, porque se le estaba acabando el dinero y ya iba siendo hora de pagar el instituto y la renta del cuarto, cuya suma le era inalcanzable para aquel entonces, y no le quedaba nada más que chupar y que una buena cerveza no pasaba de los cuatro soles cincuenta, pues para eso si tenía plata y había vuelto a frecuentar el barcito de la avenida José Granda a chupar, a nada más que chupar y olvidar que la vida le era indiferente… ¡Dios mío! ¡El no se merecía esto! ¡Ningún muchacho de su edad se merecía todo esto!, y también para dejar atrás sus penas ¡Que no penas! ¡Problemas! Y es que el confundía los problemas con la pena, malentendido que yo le corregía, y le aclaraba que eran cosas completamente diferentes, que la pena era un sentimiento de compasión que se sentía hacia algo o alguien, o a un grupo de personas, como los dolidos familiares de un recién difunto, o algo por el estilo. Y un problema, es, en pocas palabras, un asunto todavía sin resolver ¿Me entiendes? ¿O sigues pensando en que ambas cosas son lo mismo?, seguramente sí, oye, deja ese vaso, vamos, escupe, no te tragues ese sorbo que te volvería hacer la vida más difícil incluso más que la anterior vez, ¿ya? ¡Escupe!, te llevo a tu casa, que diga, a tu cuarto, a tu habitación ¿Verdad? ¿O te has zampado sin el permiso de nadie? Ja, ja, es una broma, no te amargues.


Ya habían pasado incluso dos meses como en dos años y el pobre muchacho extrañaba como a nuca nadie se le había extrañado, a su mejor amiga, que le hacía mucha falta, que había estado ausente en los momentos más difíciles de su vida, porque ya hace casi dos semanas que su viejo había estirado la pata y con él se había ido la deuda, noticia que lo había calmado por solo unos días, porque la indescriptible tristeza de la muerte de su padre seguía viva, porque no había tenido la oportunidad de despedirse de su viejito, ni siquiera por teléfono y se le habían quedado las ganas de poder abrazarlo, de besarlo y de apachurrarlo, porque de niño había sido siempre cariñoso con su mami y sobre todo con su papi, que ahora lo contemplaba desde el cielo, sentado junto a papito Dios, avergonzado de tener un hijo como lo era ese joven, porque en su vida él lo había sabido criar y educar, y su pobre padre era tan puro y casi siempre libre de pecado, como la chela, que todavía no se petateaba pero que eran como dos almas gemelas, uno muerto y otro vivo, que se entendían y cada uno conocía desde lo interno hasta lo superficial, hasta lo palpable, porque el ahora muerto sabía completamente que solo existía una cerveza en el planeta tierra y que era la Cristal, que las demás no se parecían ni a la gaseosa y que eran copias baratas de la auténtica, que su hijo la había vuelto a consumir, ya libre de todo problema y de toda clase de deuda, porque ya no vivía en lo que era su habitación y mucho menos iba al instituto, y se había ido a vivir a la calle, la solución más inteligente que había tomado en su vida, la más inteligente para ese tipo de circunstancias en la que él se encontraba, le decían sus amigos, los también callejeros, que junto al pobre muchachito no tenían miedo de que los choros les roben en la noche, porque incluso una vez se les había ocurrido acercárseles, y se hicieron amigos, se convirtieron en sus compadres, cosa muy desgraciada para el ingenuo jovencito, porque ya le habían enseñado a robar, a asaltar y a disparar en la cabeza desde los lugares más alejados, y ya lo habían culpado de una muerte, como cómplice o cosa similar, pero que él por ningún motivo había disparado el gatillo de la pistola que guardaba debajo de su polo, cosa que la comprobaron junto a la que haya sido partícipe del asesinato, y lo habían dejado libre, a respirar nuevamente el aire fresco de la inmensa ciudad de Lima y del Perú entero, con una nueva oportunidad, para que regresase con su mami y se deje de huevadas y no vuelva a beber media gota de chela más, pero habían sido sus malas amistades los que le habían impedido su intento y le habían ofrecido trabajo en su empresa, en el negocio de la marihuana, que era uno de los trabajos con más salario de Lima y que dejaría de fumar cigarros, sino ahora puros, y en lugar de la pobre chelita, el riquísimo Chateau Petrus, si el negocio les iba de lo más próspero.


Y por último, había sido todo aquello que lo había obligado a volver a pisar una comisaría donde le esperaba la madrecita llorando, ahogada en el cementerio de la desgracia y de ver a su único hijito de reo, dentro de una celda y detrás de esas malditas rejas y ahora en el penal de Lurigancho, donde todas las tardes, media hora antes del almuerzo, bajo esos calurosos días de verano y muchísimos años después de primavera, madre Chela esperaba con la merienda de su hijito frente al inmenso portón negro esperando a que se mueva y le de paso, a la vieja madre de los reos.


Lima, febrero de 2021

BIOGRAFÍA

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