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La hora trágica de Francois Villanueva Paravicino (prosa peruana)

La hora trágica

Por Francois Villanueva Paravicino

He aprendido de Gabo, Capote y Vargas Llosa, que el periodismo es un oficio que germina al escritor incipiente y palpitante dentro de nosotros. Lo recordé al bajar del vehículo, con aquella cámara pesada entre mis manos. Las tenía húmedas y sudadas. Ya por el calor, ya por el miedo, un gélido temor que me dificultaba respirar, como una disnea nacida de un coronavirus.

Como siempre ocurría con los principiantes de las notas policiales al cubrir la primera tragedia, uno parecía que nunca hubiese deseado estar bajo aquellos pies tambaleantes, respirando aquel aire arenoso y dificultoso como si, ante una amenaza de vida o muerte, uno temiera lo peor.

Al sentir el calor como un plomo disuelto en rayos de luz y ver a una multitud aglomerándose en medio de un pampón, tras ingresar por un portón abierto de par en par, dudé si el director del diario había dicho que ya todo había pasado o que, como temía con estrépito, todo venía ocurriendo en aquellos malditos instantes.

—Disculpe, niño, ¿dónde ocurrió el crimen? —le pregunté a un pequeño que se alejaba de la conglomeración y este, al volver el rostro hacia mí, derramó unas lágrimas.

—Han matado al Peluzo y a su hermana —dijo y caminó presuroso hacia un punto incierto.

Al verlo alejarse y asomarme más hacia aquel gentío de mirones, pude recién identificarme para abrirme paso: «Disculpen, permiso, soy periodista». Y la gente, como por arte de magia, se abría paso y me dejaban más libre el camino. «El periodismo tiene poder, compadre, y eso lo saben las autoridades como el vulgo más popular», solo me había dicho anoche Huicho, el editor del diario judicial de la ciudad, entre copas de tragos y cigarrillos, en medio de un par de criaturas de la noche.

Y, como corriendo las cortinas de la fantasía, la ficción y la teoría, pude ver el cadáver de un niño destripado. Se me nubló la mirada y sentí un mareo, como si me temblara el piso; pero pude contenerme y soplar un aire reticente para sentir que todavía controlaba mis actos y mis emociones.

Sin esperar mucho, disparé varias tomas fotográficas. Lo hice desde varios puntos de vista, pese a que, al tercer disparo, los pobladores murmuraron cada vez más fuerte que era una terrible falta de respeto contra la pequeña víctima. Me contuve y les hice caso y, ya un poco avalentonado, decidí averiguar qué diablos había pasado.


No cortaré la crónica policial del crimen que redacté para el diario. Ni mucho menos colocaré la fecha ni adoptaré un tono periodístico. Prefiero mantener cierta literariedad que tanto admiro y, casi siempre, prefiero cuidar.

Peluzo, con apenas seis años, tenía planeado iniciar aquel ingrato marzo el primer día de clases en la primaria. Por su parte, Mellcca, la hermana mayor que llegó de Lima junto con los útiles escolares y con la noticia de su pronto matrimonio en la capital limeña, le había dicho que lo llevaría a los caballitos de la Pampa de la Quinua. Ella también le había contado, en el desayuno familiar del día de su llegada (un jueves con aguacero, del cual tengo ya el recuerdo), que lo haría tío a su corta edad. En efecto, sus padres, al escuchar el anuncio del embarazo y del matrimonio de la primogénita, decidieron que el fin de semana ellos celebrarían con un banquete y una parranda familiar, pues, incluso, aquel día el novio habría de llegar con el anillo de bodas.

Aquel novio era un técnico en maquinaria pesada, vivía en Chosica y la había conocido en la panadería donde ella trabajaba para su tía. Fue amor a primera vista. Bastaron miradas, algunos gestos y cierto tono de voz, para que ella seduzca al joven que, entonces, empezaba a ganar más dinero y no sabía cómo darle uso ante tanta responsabilidad laboral.

Y ella siempre había conservado una figura esbelta, rostro amable y aires modestos; además, había decidido guardar todas sus energías para el trabajo y el ahorro del dinero, pues tenía clavada en la cabeza la idea de salir de las garras de la pobreza. Por ello, todos los que la conocían se sorprendieron cuando, luego de conocerlo, tenía el semblante nefelibata, ojos dormilones y el carácter dulce que no podía ocultar los suspiros y el deseo, en especial cuando aquel venía a comprar el pan, se ponía nervioso y trataba de seducirla de un modo torpe y, claro está, evidente.

Se enamoraron, se poseyeron y se amaron. Casi al año, ella tenía una semana de embarazo. Decidieron casarse y planearon aquel viaje, que, como una desgracia que ataca de golpe a los seres más felices, fue la tragedia más grave que habría de conmocionar a toda la población citadina por varios días consecutivos.

Y, como la cruz de las encrucijadas, el puente de los laberintos, la alineación fatal de los astros oscuros, llegó aquella mañana del viernes maldito. Sus padres, que vendían frutas en el centro de abastos, volverían recién al mediodía. Mellcca (que todavía tenía diecinueve años) y Peluzo, a eso de las diez de la mañana, se repantigaban en el sofá viendo los dibujos animados. Hasta que escucharon tres golpes fuertes en el portón de la casa. Ella le ordenó que vaya a ver qué sucedía. El niñito, obediente, sumiso y agilísimo, fue a abrir la puerta.

—Dile a tu hermana que saque la leña de la vereda de mi casa —dijo de inmediato el vecino frente suyo, ni bien Peluzo abrió la puertecilla del portón.

—Está bien, Lele; pero no toques fuerte la puerta —respondió Peluzo asustado.

Aquel vecino que tenía fama de «loco» en el vecindario y cuyo apodo era Lele por «pelele», se agachó con violencia hacia su rostro, lo vio a los ojos y le exhaló un aliento pútrido que asustó al niño, que retrocedió temeroso.


—Pues ve, dile eso a tu hermana y que no me joda más —dijo Lele y, como enojado, se fue a su casa con prisa.


El niño, murmurando unos insultos entre dientes («eres un tarasnúpido, Lele: tarado, asno y estúpido»), se fue para continuar viendo los dibujos animados. Al volver a la sala, su hermana tenía la toalla, el shampoo y el jabón, listo para darle el baño que habían prorrogado por la serie animada.

—Era Lele, ese cara de loco —dijo Peluzo, cuando su hermana le preguntó.

Al desnudarse por completo, fueron juntos al descampado del terreno de la casa, donde en medio y en pleno aire libre había un caño y unos baldes, con los cuales habría de asearse. Sin embargo, cuando recién lo enjabonaba, Mellcca vio como a un fantasma al tal Lele, hecho un demonio, con un cuchillo de cocina en la mano diestra.

Antes que lance un grito, Lele avanzó con prisa hacia ella, quien, como acto inconsciente, corrió hacia los servicios higiénicos, ubicado a unos metros de distancia y que se presentaba como un buen refugio por poseer una puerta de calamina y estar construida con ladrillos.

Sin embargo, como una bestia sin sentimientos, el asesino atacó primero al niño, que antes de recibir la primera estocada lloraba porque le había entrado jabón a los ojos. Bastaron varias cuchilladas mortales, en el cuello, el tórax y el estómago, para que Peluzo sufra una de las peores muertes.

Para ello, Mellcca no dejaba de gritar ayuda a los vecinos. Lanzaba terribles alaridos de desesperación y alarma, que no pasaron varios minutos para que llame la atención de aquellos que, al ver las circunstancias, actuaron de inmediato.

Sin dudarlo, luego de liberarse de su primera víctima, la bestia fue por su principal objetivo. Tuvo que dar varios golpes, entre patadones, puñetazos y cuchillazos, para romper la puerta de aquel baño. Lo hizo orquestado por los terribles gritos de auxilio de Mellcca. Al tenerla bajo su poder, le gritó:

—Ahora verás, perra…

Tratando de evitar asesinarla a cuchillazos, golpeándola y forzándola, empezó a desnudarla para abusar de ella. Y, cuando parecía que lo iba a lograr, apareció una turba armada de piedras y palos para ajusticiarlo con ensañamiento y de forma letal. Con todas sus fuerzas, sujetando a su víctima, empezó a amenazar que, si se metían, la destriparía sin piedad. Sin embargo, los vecinos furiosos y vengativos empezaron a arrojar piedras y acometer con palos largos y enormes para que la bestia suelte a su presa y, así, puedan lapidarlo vivo o, si se podía, quemarlo.

Lele se defendió hasta el final; es decir, hasta que Mellcca se desmayó por los fuertes golpes y las heridas sanguinarias. Entonces, como el río más fuerte y brutal, la multitud ingresó dispuesto a sacrificarlo; pero, ¡como es la suerte de los malditos!, agentes de serenazgo y las fuerzas del orden policiales contuvo a los vengadores sedientos de venganza. En efecto, con gran cantidad de agentes, lograron reducir a la bestia y disuadir a la población. Actuaron con gran rapidez y efectividad, que trasladaron al maleante en unos minutos hacia la dependencia policial más importante del distrito; y, por su parte,el personal de salud llevó de emergencia al hospital, aún con vida, a la joven embarazada.

Pero, así de lapidario es el destino de las tragedias, Mellcca llegó muerta al Hospital Regional. Y, como si fuera poco, el cuerpo occiso del pequeño Peluzo descansaba sin vida esperando la llegada de los fiscales de turno. Como es de esperarse, los familiares al enterarse y el novio al verlo con sus propios ojos, ni bien llegado en el vuelo más próximo, representaron inefables escenas de llanto, dolor y desesperación. Una historia de miel, dulzura y alegría, culminaba en una letal hecatombe que hundía en el luto más terrible a toda la ciudad.


Eran las tres de la mañana y yo, Huicho, Edu y Piers, fuimos desalojados por unos serenos municipales que querían dejar limpio el Parque de las Aguas, entre el Jirón Bellido y el Jirón 9 de Diciembre.

—Esta sociedad está podrida, Francis —soltó Piers, mientras arrojaba volutas de humo de cigarrillo.

Ya estábamos calmados por el desalojo, que siempre causaba malestar e incomodidad.

—No escuchaba algo brutal desde la secta de los jóvenes sadistas, que mataron a una quinceañera en un ritual satánico de violación bestial —dijo Edu.

—Eso es poco, compañeros, que todavía no le hemos contado la carnecita de aquella desgracia —dijo Huicho con una risa sardónica, sirviéndose el trago en el vaso descartable que nos pasábamos en orden cuando le tocaba a uno tomar la bebida alcohólica—. Cuéntales, Francis, y dile por qué el desquiciado estaba loco de remate.

—Ya ven, camaradas, lo mucho que nos hubiesen ahorrado si leían los diarios de estos días. Fue dos veces portada de nuestro periódico —dije con el fin de reprocharles; pues, en general, nuestras bohemias giraban en torno a libros, escritores, y filósofos; canciones, películas y hasta de política.

Sin embargo, aquel par de amigos universitarios, tenían mucho interés en conocer más sobre la tragedia que estaba en boca de todos, pues hasta había sido difundido en los noticieros nacionales de señal abierta. Se interesaron del tema cuando Huicho empezó a citar de memoria ciertos diálogos de los asesinos de A sangre fría, y yo como para apoyarlo toqué y aticé la noticia bomba del inicio de semana.

—Lo que pasa es que aquel pelele matón, tenía muchos traumas familiares —dijo Huicho, entonces.

—Sí —confirmé—, el día del interrogatorio con la policía, contó que de niño vio cómo su padre disparó con pistola contra su madre. La asesinó delante de sus ojos.

—Oh, qué fuerte —dijo Piers.

—Es un maldito —expresó Edu.

—Y dicen que creció con su abuela, junto con su hermano mayor. Dicen que confesó que fue abusado y golpeado en varias ocasiones por aquel desde que cumplió los nueve años de edad. Y también contó que aquel hermano mayor enloqueció cuando cumplió los veinte años, pues un día salió de su casa y nunca más se le volvió a ver…

—Ni Bolaño lo hubiese imaginado mejor —dijo Huicho, refiriéndose a aquella monumental novela titulada 2666—. Aunque, la verdad, tal vez sí —se corrigió y lanzó una risa tímida.

—Además, y esto es lo espeluznante, le detectaron entonces una especie de locura, que lo hacía escuchar voces, ver visiones, alucinar olores, temer persecuciones, y sufrir ataques de violencia en defensa de aquellos demonios interiores.

—Ah, estaba loco… —dijo Edu, cuando llegábamos al parque frente a la excárcel de Huamanga.

—Sí, lo encerraron por varios meses en el Larco Herrera. Pero antes, según uno de sus familiares, lo trataron con brujos, exorcizadores, y otros tipos de curanderos; pero no lo sanaron. Solo cuando lo llevaron a un chamán del norte, aquel les dijo que la única cura era la medicina psiquiátrica. Y fue así como empezó a recibir tratamiento en dicho manicomio…

—Oh, qué fuerte —volvió a decir Piers. Esta vez se servía el trago en el vaso.

—Desde entonces tomaba pastillas contra aquella locura, desde hace casi diez años atrás; pero, como verán, sus familiares afirman que estos últimos meses, Lele había descuidado tomarlas; es más, afirman que no quería tomarlas. Y por eso enloqueció y se convirtió en un asesino bestial.

Nos miramos asustados y callamos por unos segundos; pero de pronto Edu recordó ciertas escenas gore de películas ultraviolentas y nos enfrascamos en discusiones sobre la violencia descarnada en los filmes y en los libros. Y así, entre tragos van tragos vienen, nos quedaríamos conversando y libando hasta las seis de la mañana, cuando embriagados recibiríamos alegres y dicharacheros el amanecer de aquel sábado (que era el único día que yo descansaba del trabajo) y, por fin, decidimos pararla. Entonces apreciamos, con placer, el alba: dorado, cárdeno, añil y con manchas sanguinolentas en el horizonte.Lo curioso fue que los siguientes días no hubo portadas muy vendedoras como la de aquel caso tan sonado.


Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas páginas virtuales, antologías, revistas, diarios,plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios.

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