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Conferencia sobre Poesía Peruana frente al Bicentenario por Julio Barco

CONFERENCIA EN PISCO 

En su gira al sur peruano 2021, el autor Julio Barco brindó esta conferencia sobre poesía peruana en el local de la Municipalidad de Pisco.

2021

Julio Barco

Queridos y queridas amigos de Pisco, hoy estoy frente a ustedes como un mensajero del fuego, es decir, como Prometeo liberando la luz. Pero no traigo luz de incendio, sino de cultura, la que emana de la palabra y sigue ardiendo gracias a los libros. Sí, hablo del fuego que brota y enciende la cultura, un bien poco difundido en nuestros días pero urgente como el amor, la amistad y el pan.

Ahí donde se niega la cultura y los libros automáticamente se levantan los crímenes, el esclavismo, la miseria y el olvido. Alumbrar el fuego de los libros es urgente para el Perú que habitamos, donde se impone la corrupción, el miedo y la delincuencia. Amigos, mi voz es la voz de un joven que surgió de las ciénagas y las orillas pero que, sin perder el entusiasmo, hace llamear el fuego del arte, la ilusión de una cultura viva que permita un crecimiento real para todos.

Por eso, yo saludo a las autoridades solícitas con abrirme un espacio, con permitir que mi voz no se pierda en la maraña de burocracia y hoy se eleve con ustedes en esta noche de celebración y esperanza. Por eso, yo saludo con el corazón a todos los que hoy se toman un tiempo para oír la voz y canto que traigo, para unir sus corazones con mis palabras, para fundirse en el sortilegio del arte. Porque ya es hora de hablar claro, es hora de romper el ínfimo absurdo que ciñe nuestros días y volver –con el asombro fresco–a oír a los maestros del lenguaje.

Porque son los escritores y poetas los otros héroes de nuestra nación. Porque su contribución debe encaramarnos de dicha y no solo morar en el silencio. Por eso, ya es la hora de fundar y enriquecer nuestra mente: de arte, de libros, de lucidez. Y es verdad que todo nos invita al marasmo, que somos cercados por el miedo, por el hambre, por la traición, por el rencor, por la miseria política, por el festival de iniquidad que llena los espacios públicos. Por eso yo, aquí en Pisco, elevo mi voz y hablo, cuento y digo, sin pretender otra cosa que arder, sin buscar otro objetivo que hablarle a todos y a cada uno. Porque este Perú también lo haremos con palabras, con lenguajes frescos, con inteligencia y cultura.

Hablar de la cultura no es hablar de uno sino de un canto  plural, de un organismo biológicamente sostenido por un todo, donde cada autor es obrero y pieza, molécula y semilla, donde cada uno de los componentes es célula y organismo. La poesía peruana se construyó como canto coral. Vino del Norte con Vallejo y de Sur con Valdelomar. Vine del Ande con Arguedas y Churata, y fue hecha con la sangre de la costa de Varela, Martín Adán o Verástegui. Y vino cantando desde la selva, con César Calvo o Izquierdo Ríos. Yo, como heredero del arte peruano, persigo La Gran Tarea. Tomo la pluma y la tinta de los grandes maestros y lleno el tiempo que me toca con mi luz y mi sangre.

Por eso, la heterogeneidad de nuestro canto. Su ser abierto a lo diverso. Cada poeta puso su nota musical al Gran Coro, puso su voz y su ímpetu, su impulso y su furia para este hermoso concierto. En 200 años de Independencia vemos con semblante trágico la realidad de nuestro país: grandes robos, promesas infundadas, horizontes enclenques que conducen a la desesperación. ¿Qué hacer frente a ello? ¿Cómo no perderse en el circo de miasmas y caos que rodea nuestro pueblo? Yo aquí recuerdo aquello que dijo un joven rebelde francés, allá en el siglo XIX, “una mano que escribe equivale a una mano que trabaja”. Por eso mismo, soy consciente del trabajo activo de nuestros literatos, de su intransigencia y verdad. Ahí donde el corrupto usa su poder para perforar el corazón del pueblo, el poeta da su canto y enciende las mentes. Ahí donde el congresista se queja de sus bajos sueldos, el poeta vence su pobreza y nos da el maduro pan de la esperanza. Ahí donde el político se envilece con el dinero, como una mosca viciosa de azúcar, el literato mantiene la antorcha del diálogo.

Pero retrocedamos algunos años y pensemos en la primera mitad del siglo XX. Tiempos con otro contexto y de realidad diversa, donde se oyen los primeros escarceos de la Vanguardia, columna vertebral de nuestra estética. Días donde Mariátegui y Haya de la Torre encendían la polémica sobre el contexto social. Sin embargo, el canto ya se oía. Nuestra primera poesía nacía veloz y lúdica, con cambios de estructura que olvidaban el altisonante y enajenante canto español y buscaban su verdadera Partida de Nacimiento. Se oían los gritos y voces de Magda Portal, Alberto Hidalgo, Gamaliel Churata, Oquendo, Vallejo, Xavier Abril, Westphalen, César Moro, Alberto Ureta, Gibson, Alberto Mostajo y tantos otros autores que se calcinaron vivos en el resplandor del acto poético. Aquí surge también el grupo Colónida con ánimos de renovación y aporte. Antes de ellos, tal vez solo el gran trabajo solar de José Santos Chocano y su inmolación perpetua. Junto a ellos –aunque desde las lides del ensayo– la efigie de Manuel González Prada. Y como epítome de esta primera etapa la genialidad de Martín Adán, ínsula extraña dentro de una poesía diversa.

Entonces pasan los años y recalamos en los 1950: se asume la gran herencia vallejiana, algunos creen que se puede dividir la poesía entre sociales y puritas. Son épocas de Romualdo, Varela, J. G. Rose, G. Valcárcel, pero también de Eielson, W. Delgado y el polifacético Sebastián Salazar Bondy.  Hablamos ya de un arte bruñido, de voces que destacan ya internacionalmente. Sin embargo, el siglo se eleva a golpes y destellos; la poética interna sigue discurriendo y se logran los ríos del 60 con M. Martos, Heraud, Calvo, Hinostroza, Corcuera y nos dirigimos a los violentos y radicales años de 1970. Aquí me detengo: este contexto es de crucial importancia para conocer el pulso actual y los radicalismos y giros a la poética nacional. Son tiempos de ruptura y vemos surgir al grupo Hora Zero. Tiempos de grandes cambios sociales donde se siente el optimismo utópico y la renovación espiritual en el aire.

Respiración y experiencia,, la poesía peruana de estos años cumple la función de organizar nuevas estéticas. El poeta vuelve a las calles y se topa con el caos. Exploran el abismo autores como Verástegui, Pimentel, Jorge Nájar, Carmen Ollé, M. Emilia Cornejo, Watanabe, A. Garrido, A. Arteaga, Juan Ramírez Ruiz, Óscar Málaga. Con el impulso de lo nuevo se enfrentan al viejo Canon. El mundo sigue girando y la frescura de la revolución se aja.

El Perú es atravesado por los ánimos de revolución que, aunque en su origen buscan la equidad, terminaran enquistados en la violencia. Los poetas se difuminan en diáspora por el Orbe. Verástegui y Málaga en París, L. Plasencki en México, Watanabe por Alemania. Son pues tiempos de ruptura y viaje. Llegan los ochentas y la violencia es canto cotidiano: nace otra vanguardia, con la sordidez y el nihilismo a flor de piel: Kloaka. D. de Ramos, Santibáñez, Julio Heredia, Patricia Alba pero también voces como la de A. Mazzotti o Eduardo Chirinos.

Hablando de los Noventas digamos que se trata de años duros para el arte, no hay fe ante nada. Se desmorona el Muro de Berlín y se impone el neoliberalismo. La Poética Nacional ve surgir a grupos diversos. Destacan 2: Noble Caterva y el grupo Neón. De Neón quiero hablar: este puñado de poetas –Ildefonso, P. de Lima, C. Oliva, Juan Vega– e incluso voces insulares como M. Álvarez u Pancorvo u W. Gómez, e incluso voces que eventualmente formarían otros grupos como R. Ybarra… todos ellos logran ser originales porque inventa su arte en los escombros de toda la ilusión: si a inicios del siglo el poeta era coronado –pensemos en los lauros que recibe Chocano en Lima– a fines de siglo la poesía en el Perú es un asunto que se casita. O con la burla o con la indiferencia. Estos autores irrumpen en una escena cultural desastrosa y su poética –que bebe de todos los ríos– es la partida de muerte y vida de la Nueva Lírica Nacional.

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Antes de entrar al nuevo siglo observemos a algunos autores no clasificados en “generaciones” (término ciertamente poderoso para lo pedagógico aunque ineficaz para lo quisquilloso y singular) Por ejemplo, pienso en Pablo Guevara, Julia Wong y Eduardo Chirinos. Tres autores de una poderosa, rara y prolífica obra que se pierden entre sus coetáneos y no parecen ser parte de ninguna generación. Es nuestro trabajo despejar la ciénaga que cubre a estas poéticas. También podemos mencionar a otros como B. Medina, Juan Ojeda, R. Jodorowsky que se cimbran entre los 70 y 80, 80 y 90 sin perder el rigor ni la vigencia. O el propio Leoncio Bueno –parte del grupo Primero de Mayo y miembro de las invasiones que azuzaron la formación del distrito de Comas– que me da la impresión de ser parte de todas las generaciones. E incluso M. Montalbetti.

100 años de poesía peruana son muchos autores y libros, exceso de verso y fulgor, pose y máscara, celaje y altura, canto y aire, fuego y verso. Es el inicio del siglo XXI y el movimiento de nuevas revistas, editoriales y autores que van encendiendo, con su luz titilante, el panorama. Encontramos a poetas en el Norte, Sur, Centro; aquí es cuando se siente aquello que H. Bloom llamó “la angustia por la originalidad” Como la música, como el teatro o el cine, lo poético se construye con lo poético: son épocas de nuevas tecnologías. La internet empuja frescos diálogos con todo el Orbe; Google se torna la nueva iglesia (u oráculo de Delfos) y nuevas poéticas ebullicionan.  La primera década deja un puñado de buenas voces: E. Borjas, S. Valderrama, R. García Godos, etcétera. La diversidad de la Influencia se mezcla con lo virtual. La poesía política decae, pero no el potencial de la palabra para denunciar al mundo, para cuestionar la realidad y ser una crítica contundente a la cotidianidad que habitamos. La última década sigue su fecundidad y reinvención. Surgen poetas en Arequipa (La Chimba, M. Jiménez, entre otros), en Andahuaylas (J. Estiven Medina), en Lima (Chumbile), en Trujillo (E. Saldaña, Ray Paz), en Tacna (Y. Koronel) entre otros autores que dibujan el Nuevo Canon. El arte de escribir y su fogoso movimiento no se apagan. Cada siglo requiere sus propios ritos y se encierra en su nuevo cosmos. Y el arte permanece como un vaso de agua fresca donde pocos tienen sed. Gracias al internet, la difusión se torna ágil, gracias al Word la escritura se resuelve al instante. Tecleo, parafraseo, sintaxis: viaje al diente de león difundiendo su luz por el cosmos.

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Son pues 200 años de vida republicana y yo pregunto: ¿Cuáles son los frutos que hoy en día poseemos? ¿Qué le ha dado el Perú al mundo? Si bien somos universalmente conocidos por nuestro legado cultural y la diversidad culinaria es nuestro arte donde destacamos: somos un país al sur del mundo que puede conversar con todas las naciones gracias a la pluralidad de su cultura. Tenemos no solo corruptos a exportar sino también mucha cultura y libros que ofrecer.

La tarea de nuestro tiempo es romper el caos que ahoga, la desidia que mata, la rutina que coagula el aliento. Tenemos pues que domar el caballo del horror para montarnos por parajes más libres y fecundos. Este nuevo siglo nos empuja a la tarea de pensar y cantar, de analizar y disentir. A crear lúcidamente otro futuro. Este Perú lo haremos todos con nuevos y contundentes lenguajes. Es hora de empezar a escribir el Verbo del futuro. Porque el arte no muere mientras su luz enciende nuevas mentes y su semilla vuelve a dar frutos. Yo proclamo la eternidad de la poesía.

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