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El día después de mañana, cuento de Jesús Ayala (Cerro de Pasco)

EL DÍA DESPUÉS DE MAÑANA

Si he de morir, sentiré la oscuridad como una novia y la estrecharé entre mis brazos.

Te preparas para salir, abrirte paso, acomodarte la corbata, apretar el periódico contra el costado, y colocar distraídamente la mano izquierda sobre la bolsa trasera del pantalón. Entonces, la verás bajar de un auto negro, demasiado pequeño para ser un auto del año. Terminará despidiéndose cordial y afectuosamente de un conductor demasiado anciano. ¿Adivinas quién es? No. Un señor áspero, barbudo, ancho de espalda, y de una casaca igual de rimbombante que su destartalado coche, no te causa ningún asombro.

Fumarás un cigarrillo. Te envalentonarás. Desearás intervenir. Pero tan pronto pones un pie sobre las calles, Rosario habrá desaparecido al ingresar a un corredor repleto de acacias y de flores coloridos. En su lugar, Frasquito, al que observaste esta mañana con duro esfuerzo caminar sobre las calles suburbanas y otoñales, como un fantasma escueta y delgada detrás de los automóviles, empezará a robarse tu mirada y a condescender tu salida del hospital, mientras pregona, con una voz áspera y varonil, de una cadencia asombrosa, extrañamente más afinada que la de los días de inviernos pasados, sus panqueques recién orneados, la leche tibia, los panes de cera, las azúcares prietas, y los quesos andinos envueltos en manteles pulcramente limpias, a las gentes que transitan por el empedrado. De no ser por su acostumbrado caminar raudo, rubicundo, cabizbajo, bajo los toldos de las carpas de las tiendas (que han empezado a armarse desde la cubierta hasta el enganchado de los clavos) y de su gorrita blanca que oculta el lastimoso y agraciado peluquín negro, que le da un aspecto de señorón, le hubieras confundido con un fantasma salido de algún cementerio abandonado y no la de Frasquito. 

Al cabo de un tiempo, estarás caminando, mirándote la punta de los zapatos, por las calles viejas trazadas como tablero de ajedrez. Serán tus pisadas cada vez más fuertes y más rápidas por las calles angostas que no cambia a pesar de la poca iluminación. A tal punto, que los altos y valientes árboles, que adornan cada esquina de una calle, siguen manteniendo sus colores divinos, así como los pocos geranios amarillos en los balcones de algunas casas. Las acostumbradas casonas viejas, donde antaño solías caminar de la mano de tu madre, mientras jugabas a contar los números y las nomenclaturas hasta llegar a la antigua casa azul numerado “52”, un burdel de prostitutas caras, fueron transformadas ahora en relojerías, zapaterías y pollerías.

Te detendrás al cabo de muchos segundos bajo una casa demasiado pequeña, tras una larga caminata de no menos de tres horas. Te fijarás en el segundo piso si alguna luz se ha encendido. Nada cambiará. Introducirás la llave en ese cerrojo que tiene un aspecto de feto canino, y te percatarás de alguien o algo que asoma su cabeza sobre una ventana cuando tú la miras. No era solo la ligereza débil de sus cabellos las que huyeron: era cierta fuerza de sus ojos claros en el contacto diario frente al espejo. Fruncirás el ceño sobre tu hombro y la larga fila de camiones se detendrá. La puerta se abrirá al mínimo empuje de tus dedos y el fuerte ruido de las bisagras llamará la atención a una pareja de ancianos que se detendrá a observarte. Cerrarás la puerta detrás de ti e intentarás penetrar la oscuridad del primer piso. Buscarás una luz que te guie. Y sentirás, al mínimo segundo, sobre la escalera fofa, bajar a Rosario con la mano sobre sus hombros. Pronto el reflejo de la vela que lleva sobre la mano derecha se posará en uno de sus dedos que lleva una sortija que solo tú la conoces. La falda arremangada, el cabello suelto, la delicada y nostálgica posición de sus cejas sobre sus ojos azules, serán cada vez más claros con el pasar de los segundos. Te detendrás con el periódico pegado a las costillas. Lograrás verla cuando logre bajar el último peldaño de la escalera. Seguirás sus pisadas con tus ojos desorbitados a la habitación de la derecha. Ella acomodará sus piernas en la mesita de luz, buscará, tan pronto recuesta su débil cuerpo, una cabecera que luego incentivarán a que su espalda busque la comodidad en el acolchado sillón de cuero, y sus dedos la posición exacta sobre sus hombros. Te acercarás torpemente, descuidadamente, tratando de encontrar en su rostro abúlico algún indicio de tranquilidad, y, en sus movimientos, la torpeza de quitarse el saco que desprende un tufo acre; pero su marasmo manifestará todo lo opuesto. Su mirada se inclinará hacia el tapete mal extendido, viejo y sucio, como si buscara una explicación de un asunto que ambos esperaban. Luego, te acomodarás cerca de Rosario. Cerrará los ojos, Joaquín Ayala. Sentirás su respiración abierta y pausada. No te mirará, los fulgores de tus ojos la intimidarán. Y, Sin embargo, te buscará con sus dedos que se detendrán en la palma de tumano derecha. Empezará a abrir sus ojos, te mostrará la profundidad de un mar enfrascado en sus pupilas que brillarán como los atardeceres, y sus labios tornarán colores carmesíes.

 “Moriré, Rosario”, le dirás con una voz apenas audible. Y ella, esta vez con el entrecejo arrugado y una respiración acelerada, solo condescenderá a mirar atónita el suelo, entonces el anuncio del dolor viajará a tu cabeza antes que el dolor sea sentido en tu piel. Rosario se acercará pacientemente a la ventana, y mientras observa la calle, te dirá con una voz suave y melodiosa que todo estará bien, mientras tú observarás a tus dedos inquietarse maliciosamente. Te darás cuenta enseguida de que ya no la sigues con la vista, sino con tus oídos; seguirás el sonido y el movimiento de sus labios, y esa palabra volverá a aturdirte: “Todo estará bien”.  Tus ojos irán hacia el cielo raso, no querrás prever lo que ya sucedió. “Llora: la tristeza se irá rápido. Llora, no lo dudes, muérdete los labios, ya nada es más doloroso que tu pronta muerte”, te dirás para tus adentros. Sentirás frío en la espalda, y tus lágrimas empezarán a surcar tu mejilla pálida y fría. La angustia y el dolor de cabeza te impedirá escuchar los llantos de Rosario; sabes que morirás.

De pronto, escucharás unos leves golpes en la puerta, el pitido de un auto detrás de la puerta, los mismos camiones. Te pondrás de pie penosamente, aturdido, alicaído. Bajarás en silencio, Rosario que se tapa la boca para que no la oyeras. Otra vez intentarás penetrar la oscuridad del primer piso, esta vez sin ninguna luz que te guie. Abrirás la puerta que milagrosamente no rechinó. Frasquito te estará observando con displicencia. Frasquito que lleva sobre sus brazos dos botellas de leche tibia. Insinuará que la leche tiene propiedades curativas para los tumores malignos.“¡Imbécil de mierda! No piensen que me voy a morir, observa, estoy bien”, mencionarás, y anudarás la corbata, te arreglarás la casaca, alzarás la mirada al cielo que ha perdido su color de mar, saldrás sin corresponder a Frasquito, no lo pensarás dos veces, caminarás a tientas hacia ese bar donde adolescente acostumbrabas visitar con tus amigos de la universidad, cerca de la antigua casa azul. Y antes que Rosario pudiera alcanzarte, te encontrarás sentado en una mesa redonda.

Pensarás en la cuenta ya pagada de las botellas, que fueron diez, todas llenas de licores, que has roto, sentado, solo, sin ninguna compañía. Mientras el tic tac del reloj de cuco, que pende sobre la pared, continuará dando intensos, pero casi silenciosos chillidos. No será hasta después de cinco copas, cuando en un leve movimiento de tu cuerpo, empezarás a meter tus manos en tus bolsillos y tus dedos tocarán en seguida varios centavos agrupados, unos encima de otros. Jugarás con ellos, hasta que, por fin, escogerás varias monedas y los alargarás al camarero que de vez en cuando la ves pasar en abultados artículos de limpieza. Sobre la puerta de entrada, el conductor que trajo a Rosario esta mañana (esta vez con un gabán negro) aparecerá en seguida con un aire de príncipe. Te observará con una sonrisa a mandíbula batiente, mientras a través de las ventanas descubiertas, algunas nubes mal formadas, ingresarán bizarramente desde el Oeste. Le darán una mesa cerca de las cuatro ventanas mal cerradas, demasiado cerca de la escalera fofa, y bajo una luz tenue que apenas ilumina su cabellera platinada. Frente al mal tiempo, y a las injusticias de la vida, esperará con las manos cruzadas y los zapatos mal lustrados, las cervezas frías y los panqueques calientes de Clarita, mientras en la televisión algunos periodistas mencionarán que en los días sucesivos habrá fuertes tormentas de lluvia. Doña Clarita dejaría sobre la mesa los cinco panqueques recién orneados y las cervezas completamente frías: era la táctica habitual. Después, comenzaría a lavar los trates y a ordenarlos, luego, de manera cuidadosa sobre una mesa gigante; de tal manera, que ninguno de ellos causaría mala impresión a los nuevos comensales que aparecían de manera sorpresiva con casacas gruesas y sus cabellos arruinados por el fuerte viento.

Al mínimo segundo, alguien tocará tu hombro, pero tú no concederás a esa ¿caricia, atención, cálculo, consideración, miramiento? El hombre, lo supiste por la mano dura y callosa, que tocó tu hombro, no era otra persona más que uno de los doctores que aplicó una resonancia magnética con tu cuerpo, luego de haberte casi obligado a rellenar un papel mal escrito. Pondrá sobre tu mesa una carta blanca y te dirá abiertamente que los dolores inmensos que experimentaste la noche anterior, simple y llanamente, fueron productos de un malestar poco riesgoso y que no morirás. Dada estas circunstancias pensarás en aquellos que has hecho para merecerte una nueva oportunidad, pero sabrás que si recuerdas eso te salvarás, te salvarás demasiado fácilmente. Recordarás primero lo que te condena, y salvado allí, sabrás que lo otro, lo que creerás salvador, será tu verdadera condena: recordar lo que quieres. Recordar que sigues vivo.

(1) Nació el 11 de setiembre del 2001, Cerro de Pasco, Perú. Actualmente reside en la ciudad de Huánuco. Es estudiante de la escuela profesional de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán. Su gusto por la literatura, y específicamente por la composición literaria, tubo inicio en los primeros meses del año 2017, tras un regalo inesperado por su madre Elizabeth. Su trabajo cotidiano se basa específicamente en la creación de cuentos y relatos, en los que demuestra cuánto ha aprendido desde que empezó sus primeros esbozos, y aún todavía, en proceso de aprendizaje y una constante experimentación

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