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Mutaciones en la lengua poética del siglo XXI: un lenguaje monstruo, o hablando de MVXO de Rafael García Godos por Julio Barco  

Mutaciones en la lengua poética del siglo XXI: un lenguaje monstruo, o hablando de MVXO de Rafael García Godos por Julio Barco  

  Hablar de la poesía de Rafael García Godos Salazar es hablar de una estética estilista. En la complejidad y creatividad de su propuesta, no basta solo con aflorar el sentimiento: hace falta crear una estructura capaz de insertarnos en su juego de pensamientos. Y esto es clave: la poética de García Godos no busca la imagen, persigue el sonido de la mente, la mente de un poeta que percibe la falsía del propio lenguaje y busca un sistema de lógicas interpretativas que muestren la coherencia e incoherencia del mismo.

     Y todo esto para hablar primero de MVXO (, libro que nos acerca ya a un arquitecto feroz de la casa del lenguaje, es decir, la estructura que sostiene la poesía. Ya desde los siglos pasados, con la construcción ejemplar de Tierra Baldía de Eliot, la poesía moderna inicia su periplo en soportes donde lo prosaico y lírico se fusionan para acceder a nuevas formas. La forma, desde la embriaguez creativa, permite explorar nuevos caminos y sentidos dentro de poemarios. Pensemos en Trilce que, siendo un libro formalmente ordenado, encierra en su órbita el caos de lo moderno, donde la voz lírica interna, ese viejo lirismo heredado de la modernidad, se retuerce para crear una voz negra.

     En nuestro país, digamos que estas estructuras tienen su piedra de toque con la creación del Poema Integral, propuesta fundacional del grupo Hora Zero, donde se apela a la poética como un panorama vasto de diferentes correspondencias y sonidos. MVXO es una propuesta claramente moderna, que se sujeta a varias interrogantes y exploraciones internas (¿qué es la poesía? ¿qué es la voz poética? ¿qué es el Yo poético? ¿cuáles son los límites del lenguaje poético?); y que también hereda algo de la idea de integralidad, aunque la extiende a otros planos. Pongamos un libro como Monte de Goce de Enrique Verástegui: la genialidad de esta obra radica en su exploración sobre lo erótico desde diferentes ángulos; así, hace del acto sexual un erotismo de posibilidades del lenguaje. Rafael García Godos tiene otras preocupaciones, sin embargo, comparte el mismo fervor creativo.

     No es superfluo que el primer epígrafe del poema introductorio sea de César Calvo. Cito: “No me interesa la literatura, los libros bien escritos. Me interesa que un buen libro me alimente la dicha (…) me dé nuevos deseos de vivir.” En este bello epígrafe se resume la originalidad de R. García Godos: el perder el sendero de lo bello para recuperar la plenitud de lo deforme, de lo “monstruoso” (por algo, el subtítulo de libro es Música para monstruos) Bajo la óptica de un discurso más cerrado, lo bello tiene resonancias particulares; sin embargo, en la ciencia del arte de Godos se regresa a cierto simbolismo, a cierta decadencia que vislumbra en lo deforme e imperfecto el leit motiv de su propuesta. El gozo pues, o aquello que Calvo llama “alimento de la dicha”, surge como una estética frente a la formalidad edulcorada de otros lenguajes. El lenguaje que, al paladearse, sea una fuente cinestésica lógica, usar el sentido para propiciar el goce verbal.

     El poeta observa el disfraz de la retórica, la golpea, la profundiza e interpreta, para buscar lo nuevo: nada huye de la urgencia de fundar un nuevo planeta, sino el delirio de crear una sustancia, un lenguaje y una rotación para que circule esta voz.  Por ende, hay algo de trama que se desenvuelve, algo de ovillo que repta en el laberinto de un lenguaje críptico, barroco no en el estilo sino en el fondo; en la densidad sobre la que se sujeta su atmósfera harcore, visceral y expansiva. Ese lenguaje, ese caos, se torna una casa: el lenguaje se encaracola sobre su propia mirada, y nos permite observar más adentro, más hondamente en su respiración, en la totalidad de su pulso. Sin embargo, sería ocioso pensar que ese pulso, esa libertad, ese querer romper el juguete del lenguaje, el despamzurramiento del yo lírico se corresponde a un mero capricho. No. Precisamente la música para monstruos quiere acuñar un nuevo balbucear: el hablar del yo lírico sidoso, el hablar del yo lírico gay, el hablar del yo lírico híbrido, el hablar del yo lírico marginal, el hablar del yo lírico periférico. Todo ello, nos permite ver que hay un desencadenamiento de fuerzas, de sentires y tensiones en este «artefacto» poético.

Lima, 2022

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