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Los bajos mundos de Francois Villanueva Paravicino por Ugo Velazco Flores

Los bajos mundos de Francois Villanueva Paravicino

Por Ugo Velazco Flores (1)

¿En qué momento da uno el salto mortal del relato corto hacia la novela? Pregunta compleja que, todos los insomnes creadores de ficciones, nos hemos formulado alguna vez. La regla general es que primero nos acerquemos a las misteriosas aguas del cuento antes de progresar hacia narraciones más extensas. Casos hay, sin embargo, que han ido a la inversa con no menos éxito. En ambos escenarios huelga citar nombres de calibre nacional y mundial, pero en el entorno local pocos son los nombres que podríamos tantear. Es que escribir una novela representa más que una decisión un avanzado estado evolutivo de su autor. Curtido ya de experimentos, de lecturas y vivencia la novela nace como una necesidad, adosada a la propia vida —ese espectáculo misterioso del que hablaba Conrad—, humeante aún, palpitante, como una función orgánica. Y, por lo general, en este proceso de transformación es el escritor genuino quien asegurará, como Kafka, que toda su fuente de felicidad proviene únicamente de la literatura.

Uno de los casos, de entre los contados que hay por aquí —zona centro-sur del país—, que traen a la reflexión este tipo de temas es el de Francois Villanueva, un escritor ayacuchano que no se anda con rodeos a la hora de escribir, ni vacila sobre los géneros ni especies en el que desarrollará toda su inventiva. Pues es harto conocido, sobre todo en el medio limeño, que Villanueva puede escribir un soneto con la misma sagacidad matemática con que puede mezclar el teatro y la novela en una misma historia. Que ha pasado por el cuento con bastante éxito es algo que no necesita aclaración, lo mismo que por la crítica literaria. Y en virtud de su pericia narrativa, específicamente en el género de la novela, es que uno no puede evitar sentir la frescura de quien lo ha entregado todo a la hora de crear sus personajes, configurar el espacio, escoger su tema —aunque los vargasllosianos sostengan lo contrario—, calcular el tono, sostener la atmósfera adecuada a lo largo de más de cien páginas —cosa monstruosa para muchos— para luego insuflarles su esencia en un montaje efectivo. En suma, la novela.

Por estos días precisamente he experimentado el placer de leer Los bajos mundos, de Villanueva. El motivo es sencillo: Un feminicidio pasional perpetrado en una de las zonas más convulsionadas del país: el VRAEM. Como se entiende, el solo hecho de que el crimen se haya dado en este espacio hace colegir que entorno de esta muerte giran otras sub tramas: el ajuste de cuentas entre narcos, sicarios a sueldo, prostitución. Los ingredientes que Villanueva ha organizado en esta historia las ha tomado de sucesos aparentemente reales, lo que lo dota de un cierto sabor a crónica policial. Se ha preocupado, además, en potenciar la verosimilitud de sus personajes copiando el habla juvenil, destacando la violencia del lenguaje en el seno de la pandilla o del prostíbulo. La novela delata la admiración de su autor por autores célebres de quienes ha aprendido el manejo de la técnica. Pienso en Truman Capote, en Gabriel García Márquez, en Oswaldo Reynoso y, desde luego, en Vargas Llosa y Faulkner. Ya sea por el afán periodístico, la mirada de la aldea selvática como un Macondo de genealogía narco, el aprendizaje de la sexualidad ligada a la violencia o el hálito del amor en el seno de un burdel —viene a la mente La casa verde—, el autor ha sabido salir airoso tras dotar de un entramado original a su novela, el juego de los narradores intercalando la tercera y la primera persona, ofreciendo sutiles dosis de información que sostienen intriga y suspenso constantes.

Pero estas virtudes harían de esta una novela convencional de no ser por el cuidadoso trabajo del autor en el tratamiento de las escenas de violencia. Así como la escena erótica, la de violencia es una de las más difíciles de plasmar en el papel, puede uno caer en lo grotesco o en lo insípido. Villanueva, con sus minuciosas escenas de asesinatos y broncas, ha pasado la prueba de fuego. Y para tal cometido ha tenido a la mano el lenguaje pulcro, preciso y sugerente que desde sus relatos anteriores —cuentos de envidiable factura que, si cabe, comentaré en más adelante— ha desplegado con firmeza, no ha sido vana su incursión en la poesía con El cautivo de blanco, donde ya se apreciaba la precisión del vocablo, el adjetivo bien calculado y la imagen que impacta a los sentidos. En literatura esto último es regla inevitable. De modo que Los bajos mundo es, pues, una metáfora de la violencia, la historia que pocos escritores escriben con la crudeza y la intensidad de quien conoce palmo a palmo ese rincón olvidado del Perú.

Decía precisamente Faulkner que la novela es la vida secreta de su autor. En Los bajos mundos se puede apreciar el alter ego de Villanueva, representado por un poeta, lector ávido de libros, pero al mismo tiempo delincuente avezado. ¿No será que, en el trasfondo de todo, Villanueva en cuanto autor ha querido cometer el mayor de sus delitos al violentar la realidad del VRAEM? Y para tal cometido ha echado mano de su vasta imaginación, de su locura, de las voces —y esto es una infidencia— de las que ha sido secretario o simple médium. Pero estas son especulaciones; lo cierto es que Villanueva, con este acto de transgresión ha dejado en claro que el escritor siempre tendrá un poco de locura, un poco de niño, de bufón medieval. Villanueva lo sabe, es consciente de su oficio, del que, en boca del Poeta, su alter ego en la novela, ha dicho con contundencia: “Mi oficio siempre ha rodeado la extravagancia, la pobreza, el ocio y la locura; no hay de qué preocuparme, voy por buen camino”. Y así es, pues el arte de novelar está ya al alcance de sus manos. Finalmente, solo cabe citar a Carpentier: “No basta con añadir un buen libro a los ya escritos, sino es necesario pensar en la posibilidad de un progreso. Hay que cuidar de no repetirse, o de no inmovilizarse en la explotación de fórmulas que, si fueron buenas en un comienzo, no son ganzúas hechas para forzar todas las puertas”.

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(1)Ugo Velazco Flores (Huancayo, 1986): Docente, editor y escritor galardonado en distintos certámenes literarios, incluido el mítico concurso de las «1,000 palabras” de la revista Caretas.

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