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La inmolación de Jack Kerouac (a 100 años de su nacimiento) por Julio Barco

Cuando pienso en Jack Kerouac — antes que pensar en la bohemia larga que lo llevó a morir antes de los cincuenta años—  pienso en aquel joven de 34 que un día decidió irse de su casa. ¿Qué lleva a una persona normal y juiciosa a dejarlo todo por irse a vivir la vida en las carreteras? Y cuando digo todo me refiero a una casa, un desayuno, un cuarto, eso. Sin embargo, Jack tomó su mochila, echó lo necesario dentro y con 50 dólares se encaminó a Denver, a visitar a sus dos grandes amigos, Allen, el poeta; y a Nel, el vital ladrón de autos, que impuso, mediante cartas, el estilo de la prosa jazzística. Irse de casa con poco dinero y cruzar varios estados no es juego. Una cosa es quedarse en casa a leer a Borge, y otra irse por la carretera a vivir una vida para después escribirla. No hay que ser ingenuos: esta vida no fue siempre hermosa, tuvo que pasarla mal, zapatos rotos, Yo no pongo a un escritor por encima de otro: creo que un Umberto Eco es tan importante, como un Jack London.



Sin embargo, esta vida lo conduce a inmolarse. Si leyeron En el camino verán que su alimentación era básicamente helados y queques, y mucho wisky y tabaco. Más allá de que sea más atractivo comercialmente la vida de un escritor que vive fuera de lo establecido, pues provoca una cierta admiración, es también una apuesta muy temeraria querer imitarlo. Es decir, cualquiera puede imitar al maestro Kerouac pero, ¿cuántos escribir algo de la calidad y valor de su literatura? Para como el de Kerouac, yo recurro a pensar en Bolaño. ¿Acaso no son figuras parecidas?

Ambos asumen la literatura como una forma de vida, como una búsqueda infinita, como un estado total. Bolaño y kerouac no viven más de 50 años; el primero quizás por su adicción a los cigarrillos y el segundo por exceso de bebidas alcohólicas. Y, por si fuera poco, en ambos se sintetiza una época: el inicio del hippismo y el fin del hippismo. El intervalo de dos épocas sintetizadas en las novelas En el camino, donde los jóvenes americanos resuelven su destino con algo de alcohol en la sangre y las carreteras de su país como un enorme concierto de jazz; y, desde otro lado, la búsqueda de la poesía en Los detectives salvajes como una suerte de ritual y fe con ansias de absoluto.

A 100 años del nacimiento del autor de Los vagabundos del Dharma, y en tiempos de cero heroísmo, vale la pena recordar sus páginas y regresar a lo mejor de ellas: la voz honesta de un joven que asume su vida como una entrega diaria, como una inmolación perpetua. Yo hace años hice un viaje en autostop con mi abuela, con rumbo al Norte — Trujillo, Chiclayo— y sin duda fue una experiencia extraordinario, que me llenó de ideas para escribir y aspirar la vida en su totalidad, sin embargo, volver aquella aventura una forma de vida es otro asunto. Hacer de tu vida la escritura que construirás a futuro es un riesgo que autores como Murakami y Cartarescu — envueltos en sus casas y computadores—  difícilmente harán. No me imagino tampoco a un Vargas Llosa haciendo autostop por la carretera. Algo de salvaje, de indómitamente libre se debe tener para vivir como un vagabundo del Dharma. Tampoco puedo dejar de recordar a la hija de Jack, que él abandonó para seguir viviendo de forma libérrima.

Sin embargo, creo que lo mejor sigue en sus novelas y en su hermosa poesía. Más allá del mito, de la vida libre, del vagabundeo eterno nos queda una obra mística, poemas que siguen sonando sublimes y la prosa fresca y vigorosa de En el camino y de otras estupendas novelas que para muchos estilistas literarios— pienso en Truman Capote, por ejemplo— no era sino una desesperada muestra de falta de conocimiento gramatical.

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