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EN LOS EXTRAMUROS DE ENRIQUE VERÁSTEGUI (Homenaje por sus 50 años de publicación de En los extramuros del mundo por Julio Barco)

     Hace 50 años se publicó por primera vez la obra Los extramuros del mundo de Verástegui  y los medios oficiales no dijeron nada. Tampoco se dijo mucho de la propia muerte del gran poeta: casi inadvertido, como actualmente pasa con lo poético. Sin embargo, esta herencia de indiferencia (hasta rima) no es rara y resulta tradicional en suelo peruano. Los 50 años de esta obra significa un buen panorama para ver cómo se fue filtrando la voz jazzera, rica en sonido y sentido  —e intensidad y ternura — de uno de los poetas más capos de los últimos años: Enrique Verástegui Peláez.

     Quizás para muchos resulte conocido el nombre de este poeta. Sí, ya lleva buen tiempo difundiéndose en espacios literarios, dentro de otras novedades y ya empezó a trotar en su propia eternidad; sin embargo, muchos ignoran que Verástegui inició su aprendizaje literario muy joven. Ya en Cañete, gracias a su abuela, tuvo acceso a una vasta documentación de periódicos antiguos. Incluso organizó periódicos murales en la escuela y algunas revistas. Leía con desesperación, con placer, con obstinación. Se nutría de diversos temas: buscando lo absoluto, caminaba hacia una caótica erudición. Y, claro, como cuenta Carmen Ollé en el prólogo de la última edición del libro, militaba en partidos de izquierda. Sin embargo, todo cambió cuando llegó a Lima.

     Entre las calles de Quilca y Plaza San Martín, ya lateaban varios poetas significativos de esos años: Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel, como dos de los más avispados. Sin ellos no existiría el grupo Hora Zero, que aglomeró a varios jóvenes adictos al verso y enamorados de la revolución del lenguaje. Verástegui llegó, pero no estudió en la Villarreal, él se fue a San Marcos, a estudiar Economía. Lima era las calles largas, de paisajes desesperados y sucios, la calle de mil ojos y mucha soledad.

Manuel Morales llegaba de la selva con sus dados para jugar cachito después del almuerzo, entre copas y puchos. El “zambo”, como cariñosamente lo llamaron, vivió en varios lares, incluso compartió cuarto con el recordado Óscar Málaga y fue asiduo comensal de la bohemia de cafés y bares del Centro de Lima. Eras las épocas de su noviazgo con Enriqueta Belevan, de la lectura de los nuevos pensadores marxistas y de toda la poesía de la Beat Generation. Enrique Verástegui lo escribió así:

  y ahora estamos contigo en el café Palermo
ahora ya puedo decir que tus palabras huelen a manzano y los
manzanos son gente sencilla que ignora el uso de la palabra (…)[1]

     Cuando un lector curioso llega a esa época irremediablemente termina sintiendo que todos tienen un canto parecido, que el verso en esa época era urbano, mental, lleno de calles y paisajes: un lenguaje vitalista lejos de todo tono apocalíptico, un lenguaje que mezclaba el decir popular con la crítica, con la necesidad de llegar a un estado inteligente y lúcido. Esta poesía no sería posible sin todo el andamiaje de la época de vanguardia que, entre otros aspectos, dotó de más libertad a los creadores de versos, elevó el tema, amplificó los tonos internos y desatornilló para siempre la retórica modernista.

El lenguaje poético peruano le debe mucho a la bulliciosa poética de la primera vanguardia de inicios del siglo. Los 70 son, claro, la otra vanguardia. El lenguaje de la juventud, presente en muchos otros poetas de Hora Zero y de otros grupos e incluso de varias individualidades alimentaba el fuego de los corazones de esa época.

      Pensar en esa años –repito– es recordar una ola de autores que comparten bitácoras estéticas afines. Frente a este panorama, con tantas vueltas por la realidad y tantas trombas de agosto, ¿dónde ubicar los Extramuros del Mundo? Para varios críticos del continente – Ricardo González-Vigil o José Emilio Pacheco– se trató de una obra que rompió esquemas. El tono bien logrado, el verso erótico y ágil, la sensación de charlar con una mente inteligente y libre, la mezcla de clásicos con temas del rock, la revolución del 60 y la escuela francesa. Hay una inteligencia fresca, una mente que se observa y canta, lo que permite desatorar la vieja lírica y crear un cantar más abierto, poroso, que permite incluso ramificaciones.

Si Trilce cambió para siempre los límites de lo que podía ser un poema, En los extramuros hay una independencia: la poesía se torna individual y erótica, pero no individualista, no cerrada ni egoísta. Verástegui, siendo aparentemente sórdido y de lenguaje juvenil, agrega una limpieza, un tono de mente diáfana, nuevos lentes para observar lo real. Es un canto hacia otros, un canto de observación y redención. Es un lenguaje que libera la experiencia más visceral de un joven latinoamericano, diferenciándose de otros autores como Jorge Pimentel o Ramírez Ruiz gracias a la ágilidad del sonido, de la erudicción y la facilidad para lograr belleza en sus imágenes.

Aunque el autor de Ética (O, en su nuevo título: «Splendor») diga que se trata de un preludio a sus obras más épicas fue este libro el que permitió conocer el talento y resplandor de Enrique Verástegui, una obra ya ineludible para entender la poesía peruana.


[1] Poema Primer encuentro con Lezama del libro En los Extramuros del mundo (Revuelta Editores, 2021)

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