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pensamiento creativo: poesía, literatura y más

Entrevista a Julio Barco, director de Lenguaje Perú: «La poesía peruana se mantiene como un hermoso registro desde el apocalipsis de la sociedad moderna, y sin perder su ternura, su ambición, su necesidad infinita de diálogo»

Por Ulises Hernández Expósito.

1.Asumes la poesía como esencia vital ¿Por qué?

Porque considero que la poesía empieza como experiencia en la realidad y termina volcándose a un papel. Primero es una emoción, una urgencia, un deseo, un rayo que nos rapta la mente y conduce la flecha a saciar el deseo; lo que mueve a todos es el deseo, lo que empuja la creatividad; sin embargo, sin esa experiencia solo quedaría el objeto por el objeto; al asumir la poesía como experiencia vital doy a mi vida una reflexión desde el arte, un juicio y bitácora donde puedo volcar diferentes ideas y programas siguiendo una propia configuración mental. Soy totalmente consciente que esto de tomarse en serio la poesía puede derivar en actitudes derrotistas o entusiastamente universitarias, sin embargo, en lo que respecta a la escritura todo su proceso de ser eficaz, termina siendo parte de la anécdota del autor. Todo valor de la esencialidad y de su reto es parte de un proceso creativo que, en mi caso, no se agota a la cháchara intelectual, a la discusión en cantinas u opiniones diversas: hay que meterse enserio a la realidad para sacarle algunos versos. Mis poemas no son meros detalles o stickers que agrego al mundo; pretendo devolver la intensidad que el mismo vivir y leer (que es vivir) nos brindan. Si solo se asume la poesía como un quehacer a falta de otros en tiempos vacíos no producirá el desafío estético frente a la Propaganda del Sistema, la Política, lo Educativo… el escribir, después de pensar, permite ahondar la discusión del mundo. Es decir, participar de modo más singular, más honesto, más agudo: ver la propia interioridad del lenguaje permite enriquecer la forma de entenderlo. La poesía, en su ejercicio, mantiene la mente despierta, abierta, jugando y creando formas: esto estimula el pensamiento abstracto, mejora la agudeza y la capacidad de sintetizar el pensamiento. La poesía pule nuestra mirada. Abre, invita, impone. Silencio y sonido: en sus dos movimientos impulsa un quehacer activo. La poesía, en ese sentido, no se determina a un estado poético sino a un sentir y vivir poético; la inmovilidad incluso es un estado activo para crear. Al crear la posibilidad de ver la inmovilidad permite un discurso que se separa al observarse a sí misma; puede interrogar su propia verosimilitud como sus formas y orientarse hacia otro tipo de escenarios mentales. No se agota en un discurso académico de fines del siglo XX y como saboreando lo que es nuestro Siglo: es ya un conocimiento de largos años, acariciado en las épocas chinas, o entre los griegos. Sin embargo, es evidente que el mundo moderno no es precisamente lírico, al contrario, invita al no pensamiento, al consumo cada vez más descarnado, al olvido total de nuestro pensamiento personal. De esta manera, escribir para mí es una forma de vivir, de buscar belleza, de estar en la realidad y de conocerme: sin duda, un quehacer metafísico, simbólico, alquímico. Esta tendencia no es precisamente la más extendida dentro de lo que hoy en día se entiende como poesía, pero yo no persigo modas ni poses: soy cercano a mi consecuencia más interna, más personal. Los poetas y el arte que me interesa nace de gente que vivió atado a este fulgor, a este quehacer.

2.¿Qué importancia le concedes a la poesía en el entorno que habitas?

La poesía es mi primera necesidad; claro que comprar papas y tomates, arreglar en algún desajuste en casa, limpiar los trastes, ir al mercado, preparar el almuerzo, etcétera, también son actividades absorbentes, aunque mecánicas, escenarios de la vida moderna que un artista genial como Joyce pone en su prosa poética. Es en el arte, o en la poesía, donde se abre otro tipo de diálogo. Todo se funde con el quehacer creativo. Usas no un artificio: sino tu mente. No me refiero a la profundidad como una críptica canción que dibujar sino a la pregunta que nace del silencio. La poesía tiene que salvarte. Tiene que ponerte frente al problema. Tiene que elevarlo. Habito el entorno para hacer poesía, para explicarme mi realidad, mis aburrimientos, mi pasajera existencia, mi singular manera de ver lo Real, en verso o palabras. La palabra es un artefacto raro: cuando pensamos que lo poseemos, en realidad, entendemos que él nos posee y somos sus ciervos. El lenguaje domina todo. Versos y palabras que terminan siendo libros. Libros que dibujan la galaxia de una épica. Por ejemplo, de Me da pena que la gente crezca (2012) a Mosaico (2021, en su segunda edición) hay un montón de trabajo y camino recorrido, pruebas de piruetas sobre la realidad y estilos literarios. Cada libro encierra un trabajo prioritario, de tiempo, de estudio, de intercambiar los sonidos y lograr la música. Esto, claro, en el entorno social que habito no es considerado algo que ayude a la realización de los otros. Puesto que no existe una propaganda educativa frente a las artes, se habita una cierta rudeza contra ellas, que viene del prejuicio. En mi quehacer literario no deja de sorprenderme cómo la realidad que habito empieza a moldearse para ser más culta, más artística y empática con todo lo que trasmitimos. En mis aventuras por hacer que la literatura funcione en el día a día que habitamos he formado revistas académicas, universitarias, festivales en mercado, dado talleres para niños en pueblos marginales, he sido también jurado de declamación en la escuela, de concurso de cometas, parte de algunas películas y organizador de eventos de lectura… todo esto me hace pensar que la literatura, como fenómeno o show, puede funcionar y, en realidad, funciona en cualquier realidad. De alguna forma, como humanos entendemos la hondura de lo que planteamos solo que no tenemos la formación adecuada para poder entrar a la mecánica de su lógica. Supongo que hay otras actividades que no piden tanto como la poesía: exigente poner nuestra mente en la mente del lenguaje que nos brinda. Esto es difícil: especialmente para la sociedad hedonista y egocéntrica que habitamos, pero cuando nos damos cuenta de los infinitos que encierra la poesía, todo su quehacer se enriquece de otra nueva visión.

3.Tus versos son un canto certero contra las vilezas que azotan al Perú y a la Latinoamérica de hoy. ¿ Cuánto se puede lograr, desde la poesía, contra los males que te circundan?

Hay que decir que la poesía, como género y sentido, es ciertamente acuática. Va tomando forma en cualquier circunstancia. Sin duda leer y reflexionar un verso ya es entrar a un diálogo entre tu Yo Profundo y el diálogo del propio autor, al ser este diálogo esencial, lo que se dice, fuera de ser solo artificio o artefacto del lenguaje, puede despertar nuevas formas de sentir la realidad, o de interpretar la naturaleza; esto permite pues que se pongan frente a nosotros, en poemas o en cualquier otro tipo de arte, la realidad más íntima de nuestro estado. Ponernos a ver nuestros males en todo caso sirve para poder observarnos desde adentro, fuera de los ímpetus del mercado o las miradas de la ciencia y otras materias que siempre resulta limitantes. Gracias a la poesía podemos darnos cuenta de que la realidad puede ser otra, que la mente es un espacio todavía poderoso para transformar lo real. Que justamente lo real tiene divisiones y contrastes, que no somos simplemente de una forma. La poesía agrega una intensidad a la mente, la enriquece, su lenguaje es eléctrico, contagia, contamina, abre, dispara dentro, te permite ver, observar: la realidad se amplifica, siempre es otra después de un gran poema. Ahora yo creo que los poemas más revolucionarios son los que sirven para cantar a una ideología o a un líder sino los que permiten romper las cadenas humanas, ampliar su experiencia, enriquecerla. Ahora, ¿qué es poesía? ¿Un poema de Bécquer da la misma sensación que uno de Juarroz? Yo diría que la mejor poesía tiene algo de eterno: un hechizo de frescura que jamás cesa. Y por eso es urgente, porque no somos solo seres políticos o económicos, sino seres que poseen palabra, lenguajes particulares y diálogos eternos. Somos esencia. Dicho esto, no me interesa caer en purismos con el lenguaje o separarlo de la gran Urbe. La Urbe tiene un sonido claro, oscuro e intenso. Me gusta oír todos los sonidos que produce y meterlos en mi propio poema. No creo que existan “palabras poéticas” o “un reglamento para escribir”; creo que todo gusto se impone sobre otros y en cada autor nace el futuro a negar o afirmar. Cada lector inaugura una lectura de la poética, o del pensamiento poético. Con esto no vamos a detener que una niña sea violada en un barrio de Lima, ni que otra sea atropellada o llevada a prostituirse, sin embargo, sí nos enfrentamos a la propia realidad, a poder observarla sin los filtros monótonos del Orden, de poder mirarlos desde nuestra lucidez. La poesía nos avisa de que existe todo un mundo y sus contrastes y nos permite influir en él desde un acto tan total y frágil como el lenguaje. Sin embargo, con la poesía también siendo aparentemente una materia efímera se montan todo tipo de lenguajes que superan su tiempo y trascienden. Pienso en los enormes discursos de la fundación de tantos países que fueron hechos en versos, o la misma Biblia que hoy sigue siendo tan poderosa para ciertos grupos humanos.

4.Tus paradigmas en la poesía ¿Cuales y porqué?

César Vallejo, Enrique Verástegui, Javier Heraud, Martín Adán, Blanca Varela. Hay poetas y poetas. Hay poéticas y poéticas. Creo que la poesía peruana me alimentó mucho y aún la leo y vuelvo a ciertos autores para encontrar ese efecto estético y armonioso que necesito. Me veo leyendo antologías, ediciones antiguas, ediciones en fotocopia, bajando libros por internet, anillando, buscando nuevas lecturas… siempre secuestrado por conocer a fondo mi tradición. Conociendo voces como María Emilia Cornejo, Watanabe, Arteaga, Óscar Málaga, que son el otro lado de la moneda de la generación del 70. O leyendo de madrugada antologías de César Calvo, o esa antología de poesía peruana que se editó en el gobierno de Velasco Alvarado y que tenía poemas nuevos de Pimentel, Watanabe o Manuel Morales. Había una épica detrás de todo ese sonido. Luego Vallejo, al que vengo leyendo lentamente hace años y descubriendo siempre alguna novedad, algo que me abre la curiosidad lectora. Y luego regresar por otros caminos, encontrar el inicio del siglo XX como una mina de flores raras: César Calvo, Martín Adán, Xavier Abril… para regresar a fines del siglo, los Noventas, donde Miguel Ildefonso, Pancorvo, Carlos Oliva… para regresar a los 50 y descubrir a Varela, Eielson, Sologuren, Sebastián Salazar Bondy; para irme a los ochentas con Domingo de Ramos y Santibáñez, y siempre leyendo a Kuronisy, o a Bethoven Medina o a Pablo Guevara que no sé de qué generaciones son, entre otros autores iluminaron la onda de esos años duros para el país. La poesía peruana es la que mejor leí y a la que más debo. Pero digo estos nombres y dejo decir a tantos, como a Churata, Juan Ramírez Ruiz, Valdelomar, Luis Hernández, Javier Heraud, Carmen Ollé, L. Plasencki,Ybarra, Wong…En realidad, si pensamos en los dos grandes focos de poesía peruana: por un lado, la vanguardia; por el otro, la poesía de los setentas, son dos grandes movimientos que inauguran épocas y formas de sentir la realidad, de escrituras y sensibilidades, de libros y de lecturas sobre la propia realidad. Admiro en ellos el tesón, las angustias que pasaron, su heroicidad por insistir en el lenguaje más allá de lo cotidiano, su fe en la palabra como medio para conectar incluso la incoherencia que nos hace ver su imposibilidad; admiro la ambición de un artista, su entrega total a escribir es lo que me fascina. Ese poder escribir en una sociedad tan desigual, injusta, problemática y analfabeta como la nuestra. Espacio donde todo acto artístico, que nace del pueblo, termina en una cantina con altas dosis de insomnio y descontrol. Donde el artista enloquece en el tráfico, el tránsito, la soledad, el abandono, la burla. La poesía peruana se mantiene como un hermoso registro desde el apocalipsis de la sociedad moderna, y sin perder su ternura, su ambición, su necesidad infinita de diálogo…

5. Insertarte en el mundo literario peruano, ser reconocido en tu entorno te ha sido difícil ¿qué factores contribuyen al no reconocimiento de la nueva ola de poetas en tu país?

Integrar el catálogo de poetas nacionales y ser de conocimiento público –e incluso ser parte de estudios en universidades o de prólogos o tesis– es parte del desarrollo de tu arte, sea cual fuere dentro de una seriedad previa. Pero, por otro lado, en el caso particular de la poesía peruana vemos que se establecen diferentes circuitos que abren o cierran las oportunidades de los autores. Esto claramente no impide que surjan voces grandes desde la periferia y se den a notar en concursos o en eventos internacionales. El territorio peruano poético, por dentro, es una recua de amiguismos y cenáculos donde algunos están prohibidos de transitar y otros, gracias a estos, cobran vida e importancia. Creo que lo peor sucedió cuando dejamos lo intelectual y pusimos el chiste fácil y el vacío como tema central de nuestro tiempo. El arte, sin embargo, no aguanta esto: se hace o no se hace un buen libro sea el tema que sea. La crítica de la época se agotó en mala literatura y la nueva la venimos escribiendo desde muchos frentes. Habría que ahondar eso de “pertenecer”: quizá lo más apropiado sea ser conocido, cobrar notoriedad. En algunos casos, hay poetas que no necesitan una maquinaria detrás, surgen y son parte del alimento de las leyendas de sus espacios geográficos; así tenemos a poetas de Tacna, que solo son reconocidos por sus coetáneos, pero difícilmente llegan a tener reconocimiento a nivel nacional. ¿Qué es el reconocimiento a nivel nacional? ¿Qué te lean en Arequipa, Tacna, Cajamarca, Trujillo? Con la virtualidad en boga esto de hacerse conocido es muy sencillo. Suma más la polémica y el talento de cada uno. También sería fácil decir que hay una fórmula para alcanzar notoriedad. Pienso en autores que pasaron caso inadvertidos dentro de sus épocas y cobraron fuerza después. Alcanzar un reconocimiento nacional, creo yo, está lejos de participar en algunos recitales, o recibir diplomas de las municipalidades o tener muchos likes en facebook.

6. ¿Cómo haces para continuar pese a esa adversidad?

Disfruto de la escritura, disfruto demasiado de sentarme a teclear algo que me interesa, y pasarme horas de horas leyendo y volviendo a escribir, entonces, más que un martirio por no tener dinero para comprarme unas zapatillas de marca es un alivio de poder darle ese tiempo a lo que me interesa de verdad. Y esto, en realidad, me mantiene más despierto, insatisfecho e inquieto con la literatura, me permite ser libre de las apariencias y dedicarme a lo que de verdad importa. Disfruto de comprarme libros que me faltan, de conocer autores, de escribir sobre obras, de intentar el teatro, de hacer conferencias sobre poetas (aunque siempre me falten más horas para explicar ciertos puntos); disfruto de no hacer nada salvo leer y leer sin pausa. Leer y conocer, porque la lectura no es solo acumulativa, es enriquecedora del juicio. La idea de leer es mantener la mente ocupada dentro de muchas mentes: abrir la posibilidad del diálogo es salirte de la mediocridad de tu entorno. Me inspira saber la vida de otros artistas, novelistas o científicos pues me permiten ver que toda vida asaltada por el deseo creativo fue también una vida a contracorriente. El gozo del arte es afín a su propio ejercicio. Y se trata de gozar del quehacer, aunque no negar que sí se espera algo a cambio: y esto es simplemente el poder sostenerse de forma digna en este oficio. La literatura al surgir bajo los vientos adversos aumenta (en mi caso particular) su deseo de afirmarla, plantarla en el papel o crearla como una máquina viva, como una fuente donde devolver belleza a este caos generalizado. Y ese gozo permite, como el gozo del amor, el nacimiento de una nueva realidad, un nuevo uni-verso. Soy feliz con poco. Un café, mis deudas pagadas, tiempo para leer y escribir, una compañía para salir a tomar el fresco, algo para la cena y con salud: eso necesito para crear. No estoy buscando el mejor sitio para encerrarme a crear mi arte, lo hago en donde me encuentro, con las adversidades y meollos que puedan venir, porque no hay otra forma: escribir es también un atentando contra toda la maraña que nos impide actuar del modo más dinámico, más fulgurante, más pleno. Y, sumado a que tengo una sed diaria por conocer, por leer y aprender–por sumar a todo ello la escritura–, me resulta menos complicado cargar mi roca de Sísifo.

7. ¿Cómo valoras el papel de la crítica literaria, hoy, en tu país?

Es una crítica honesta y lúcida en muchos sectores. Que entiende que hay que hablar de los libros y no de los autores; que hace falta leer poéticas y no poses ni discusiones de cantina. La que entiende que hay que leer mucho antes de dar un juicio estético y que la literatura, como cualquier arte, se va soldando a través del tiempo y disociando de la gran forma de la Tradición que hereda para ir formando nuevos caminos. Esta crítica, que tampoco es la más abundante, es la que me interesa. La crítica con mala vibra, que busca el insulto o el ridículo no me dice nada. Prefiero leer a lectores, a gente con discernimiento y hondura en el arte del ensayo. Y cuando todo esto mencionado se une a un gusto por lo nuevo o por difundir clásicos ocultos creo que tenemos un buen tipo de crítico, capaz de darnos un juicio fehaciente del trabajo criticado. El otro día, un amigo escritor le sacó fotocopia al prólogo de una edición de Rayuela. Eran como 80 páginas y formaban casi un libro. Me aseguró que se trataba de un estupendo ensayo que te abría los ojos a la obra del argentino. Yo pienso que eso debe ser una crítica sólida: un texto inteligente que apoye a dilucidar las obras literarias. Aquí podemos poner a González Vigil, a Víctor Vich, incluso a poetas críticos como Ildefonso o Héctor Hernández. Una crítica lectora y rigurosa es lo que falta, una crítica capaz de crear caminos y escuelas. En nuestro país, a nivel poético, adolecemos de escuelas literarias. ¿El grupo Colónida fue una escuela? ¿El surrealismo hizo escuela en el Perú? ¿Hora Zero hizo escuela? Al no tener casas propias, se hace difícil profundizar la actividad poética hasta planos filosóficos, hasta un método de estudio. Sin un rigor filosófico e intelectual cualquier crítica no termina de ser un mero recuento de obviedades, de amiguismo y de la deshonestidad. Tiene que surgir del amor, de la pasión de la literatura, y como una forma de acercarla a la realidad de mucha gente. Una crítica que oriente pero también emprenda la tarea de pensar con autenticidad, con soltura y erudición, sin olvidar que la crítica tiene un trabajo muy importante para despejar o enriquecer reflexiones sobre las obras. Gracias a la crítica positiva de académicos de todo el continente mi literatura se mostró de una forma más solvente, por eso, es necesaria su tarea, su difusión y discusión. Yo trato de leer toda la que caiga a mis manos, en diarios o revistas, webs o en vídeos de youtube pues enriquecen mi propia reflexión sobre lo que busco hacer. Hay una crítica que incluso se atreve a observar lo nuevo: esa me interesa. Pues permite leer la realidad de hoy, de donde nacerán los nuevos clásicos. Una crítica que nos permita observar la literatura más allá de dos o tres autores, que nos lleve a escribir y a pensar lo literario desde diferentes sentidos, a expandir nuestra propia imaginación es la que mejor aporta a la peruanidad. Tampoco me parece necesaria la crítica que se encierra en un tema, sea Vallejo o el indigenismo, o el barroquismo o el neocoloquialismo, sin embargo, incluso en el área de la ciencia se observa que académicamente lo más útil es especializarse, por ende, se terminan haciendo críticos especializados en ciertos temas. La mejor crítica también la da en soledad cualquier lector a la hora de elegir sus libros favoritos. Todo lector entusiasta es un crítico en potencia. Se trata, como siempre digo, de amar los libros.

8. ¿Prevalece la buena poesía hoy en Perú? Explica:

Hay una rara mezcla de poéticas en la actualidad. Y se ve claramente muchas fuerzas. Todas activas en el no-lugar de la virtualidad. Hasta la fecha tengo dos antologías sobre poesía peruana: Yo construyo mi país con palabras (2020, Metaliteratura, Argentina; y reeditado en el 2021, LenguajePerú) y Andenes de la nueva poesía peruana (Fundación Pablo Neruda, Chile, 2021) Estos dos trabajos, de casi 200 páginas entre los dos y de un largo proceso de lectura, de pensamiento y reflexión sobre lo que significa la calidad poética me permite observar las tendencias y estilos, libros y arquitecturas que hoy en día crecen y oxigenan la lírica peruana contemporánea. Primero que hay muchas extensiones de lo que fue la onda “conversacional” que sacudió los 70 en el Perú, con diferentes autores –Carmen Ollé, Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Ángel Garrido, Jorge Nájar; y voces singulares como Watanabe, Armando Arteaga, Óscar Málaga– que despertaron una nueva forma de escritura; por otro lado, siempre hay una constante en la poética “barroca” o “en la del lenguaje” donde se juega más la forma que las diversidades de fondos y el estilo oral-callejero-del que anda y escribe-, etcétera. Bajo toda esta estela, crece la lúcida poesía de estos tiempos. Comprende que la calle es tan necesaria como los libros, que leer es escribir y citar es abrir paisajes para nuevas y auténticas obras. La literatura más experimental, pero con su experimento cuidadosamente erudito, es la que más me interesa: veo altura, veo densidad, veo juego con las lógicas del lenguaje. Hacemos el incendio pero con la lógica de la combustión: rompemos la luna pero sabiendo todo su repercusión. Igual hacer es incierto. Los que mejor escriben son los que mejor leen lo ya escrito. Escribir es situarte como lector creador de una nueva codificación mental de lo ya existente. Ahí el reto: toda la poética nacional vive tiempos de fusión. Gracias a otros estímulos, como la internet, podemos tomar frutos de cualquier tradición. Se torna muy natural que muchos autores se conecten con autores de otras naciones y la influencia surja de modo espontáneo o más sólido. Se lee a poetas de Francia, Canadá y Singapur a distancia de un click, y uno se pregunta cuál es la poética que más se ciñe a tu gusto personal. Entender que la poesía es un espacio de convergencia o divergencia de las tradiciones y sus sonidos mentales es requisito para sostenerse bajo una postura lúcida y necesariamente despierta de lo que significa el quehacer literario-poético a inicios del siglo XXI. Digamos que a partir del 2010, todo joven poeta peruano tiene un gran espacio donde verse, un espejo largo y diferentes estilos. Hay mucho que leer y muchas formas de encarar un texto. Los vídeos en youtube sobre autores o tendencias son infinitos, y los libros en pdf que se pueden bajar a costo de un click son muchísimos. La onda está en cómo hacer algo nuevo, diferente, propio. Como encontrar lo único, en un mar de diferentes autores y poéticas. Quizá los solitarios más activamente entregados a este placer de construir poemas son los que activen los nuevos diálogos, las nuevas poéticas que dibujaran lo que será todo lo ancho del siglo XXI. Sin embargo, venimos de una poesía muy viva, capaz de entender la realidad del país, capaz de darnos una idea cabal de la historia, de la ética, de la cultura, sin embargo, ningún autor agota los temas; al contrario, los mejores autores nos permiten seguir haciendo nuevos surcos para sembrar los poemas del futuro. La poesía se alimenta de todo lo anterior y descubro lo nuevo en el propio asimilamiento de su origen: habitamos un circulo que no se cierra y no se sabe bien dónde encontraremos el siguiente peldaño para seguir rodeando la poética, su forma, su aspaviento. En las formas que usamos, vive también todo Occidente y Oriente como influencia y origen, como sombra y anterioridad: somos inicio de lo nuevo porque participamos en la eterna muerte y vida que es el arte de la poesía. Todo lenguaje habla dentro de la mente del que escribe la mente total de una época repleta de cosmos y caminos. Gracias a los trabajos de Vallejo o Verástegui elevamos nuestro centro de trabajos. Ahora el escritor peruano se conecta a todas las tradiciones, al cosmos, y a una realidad amplia. Escribo en desorden y luego orden. Mi desorden tiene un cierto orden raro, que hasta me sorprende. Me pasa que mi lógica de escribir sigue un trazo invisible que lentamente –como si al escribir, en realidad, desenterrara un fósil– voy descubriendo. Me sucede con casi todo, sigo el logos del caos y me doy cuenta que desde un inicio empecé con un orden que yo no entendía. Así considero mi Cuarteto de la Plenitud: orden producto del caos, movimiento pensado y soñado sin lógica aparente pero con profunda unidad interna. Me cuesta en sí hablar de lo que escribo. Me cuesta hablar de mi propia escritura. Me cuesta decir o explicar lo que hago. Una amiga en Arequipa me preguntó de qué trataba mis versos, y no supe qué decir. Lo que digo en el verso es el tema del que trata. De eso se trata escribir: callarse y que la escritura misma hable.

9.Habla de tus libros publicados y proyectos

Desde el 2012 vengo publicando diversos textos, que vienen a sumar ya 16, publicados en diferentes países. Lo que escribo tiene que ver con todo: mi realidad más inmediata, la realidad de mi país, del mundo, de la vida… todo se contagia en mis proyectos. Mis libros de ensayo reflexionan sobre el quehacer literario (Poetizando, 2021) E incluso una novela, también antologías y cuentos y teatro (estos últimos aún inéditos) Todo esto da cuenta de algunos años buscándome en el quehacer poético, entregando libros para seguir armando mi poética que viene a ser un cuerpo cerrado, organizado y autónomo. Todo desde la pasión y vehemencia que siento ante la literatura, no como un juego de alzar un castillo con naipes, sino de elaborar estética, criticar la realidad y establecer nuevos diálogos. Respirar fue el libro que me abrió más puertas a nivel nacional. Escrito 6 años después del primero, me permitió viajar incluso a Chile, donde se me lee y donde dicté talleres de poesía y leí mis versos. Ojo que fue editado en Arequipa, reeditado en Trujillo y salió en Amazon desde Argentina. (Acerca de AMAZON, entre paréntesis, debo decir que, aunque no estoy de acuerdo en que se imponga como un monopolio único de venta de libros a nivel mundial, a mí, que escribo desde un país desconectado –salvo por la internet– de los otros países a nivel cultural, me sirve digo para moverme en otras áreas y difundir lo que hago)De vuelta al Perú, trabajé Arquitectura Vastísima que me sirvió para conocer Cajamarca gracias a ganar el Huauco de Oro (Editorial Huachumbera, 2019), ese mismo año edité Arder (gramática de los dientes de león) (Editorial Higuerilla, 2019) que fue más leído y difundido en todo el continente. Y que me ayudó a conocer la faceta de editar un libro, saber de costos, precios, diseño, etcétera. Hay reseñas de Argentina, Chile, México, Colombia y otros lugares sobre este poemario; por otro lado, ese mismo año empecé a publicar novela (mi obra Semen, que pasó casi inadvertida) y la primera piedra de La música de mi cabeza donde tengo hasta la fecha editado el Volumen 7 de 10 volúmenes que encierra este proyecto vasto. Después vinieron Con(c)ierto y Des(c)ierto –estos también llamados Dípticos Pandémicos– y la idea de hacer una obra orgánica de 7 a 4 proyectos y que sumen uno solo ya se viene fermentando. Finalmente, sale Semillas Cósmicas, que queda finalista en el Premio Poeta Joven del Perú. Y Mosaico y Poetizando este 2021. Sin mencionar Copiar, Cortar, Pegar, Cargar que salió en Colombia, bajo la colección que armó el poeta Zeuxis Vargas. Y dos antologías, la segunda se viene cocinando desde Islas Canarias con el poeta cubano Juan Calero, que también editó Con(c)ierto… entonces, digamos, mi producción se mueve en diferentes focos y me permite seguir aterrizando nuevos diálogos y proyectos. Y dicho todo esto, no puedo dejar de agradecer con el corazón el apoyo editorial de la argentina Ana Abregú y el chileno Nicolás López Pérez, quiénes editaron mi obra en sus países.

10. ¿Qué se viene?

Tengo varios proyectos en mente y entro a mis treinta años con ganas de realizarlo. Tanto en novelas como ensayos y poemarios, mi trabajo sigue de modo incesante, y cada vez siento más deseos de experimentar nuevos lenguajes y formas para seguir comunicando el mundo interno. Y todo eso, en el lapso de 10 años, entregado a este fuego que algunos llaman pasión y otros rigor. No es que no me guste hablar de mis proyectos pero no sé por dónde empezar. Quiero darme más tiempo para entrar a fondo en los ensayos, también en la novela. Ambos géneros, que practico paralelamente a mi faceta como autor. Me horroriza la muerte y frente a ese misterio solo veo que puedo atraparlo o hacerlo frente mediante mi arte, y mi escritura es una forma de poner la vida donde corresponde: como una señal de fuego frente a la muerte. Ninguno de mis libros fue fácil de escribir. Todos encierran muchos años pensando cómo hacer un proyecto de buena factura. Creo que escribir es un vicio, una ebriedad, una liberación. Yo ya escribía todos los géneros desde niño. Desde, digamos, los 11 o 12 años, ya empezaba a escribir cuentos, acrósticos y tiras cómicas. Me compraba cuadernos de 50 hojas y escribía ahí mis viñetas y dibujos y les daba diferentes historias. Supongo que hoy en día hago lo mismo, de forma más profunda, y usando palabras. Entre los 13 y 14 ya estaba decidido a ser escritor de forma profesional, sin embargo, era todavía algo que ignoraba. Y mi propia inexperiencia de escritor era palpable. Lo que le pasa a todo joven escritor es que no tiene experiencia vital, la más necesaria para escribir. Puede sonar muy bonito, o bien escrito, pero un texto también necesita sentirse como algo vivo, algo totalmente vivo que sacuda al lector. Y eso solo se logra viviendo. Entonces los años suman demasiado a todo esto que es escribir. Para bien o mal.

11. ¿Cómo participa tu gobierno en la vida literaria del país?

De forma muy ausente, o solo como moderador invisible. A veces da dinero para financiar viajes a escritores que tienen todo el dinero para viajar a donde quieran. Y todos los medios para hacer arte. La mejor literatura, desde hace siglos, es la más peleada con lo institucional, la que menos leche bebe de sus fuentes y la más iconoclasta. El Estado debería tomar la primera batuta para educar sobre la importancia de la lectura, para difundir autores, brindando concursos por provincias y premios anuales, usando de este trabajo una forma más de aumentar su producción. Para hacer un libro aquí, en el Perú del 2021, hay que tener un trabajo para pagar un piso, pagar la internet que usas, los pasajes, el aseo personal, etcétera; y que todo esto te deje tiempo libre para crear a tus anchas. ¿Por qué el Gobierno no crea políticas para ayudar a los escritores? Claro, alguien dirá que tampoco es trabajo del Gobierno mantener a los ciudadanos pero sí creo que es su trabajo hacer que su vida se enriquezca de alguna manera, si uno es Estado para simplemente aprobar leyes de los más empoderados, o para servir a las grandes corporaciones, dejando al ser humano a su disposición, lo que está generando es una sociedad sin futuro. Detesto a los escritores que se encierran en el floro del incomprendido para consumirse en cualquier sustancia, los que se encierran en la idea intelectual y no ahondan en la realidad. Si el gobierno no permite crear los medios para que la literatura se desarrolle con madurez y sin desigualdad la literatura, en el Perú, seguirá siendo un acta de guerra declarada a la misma realidad que mata y encierra, y a la propia existencia. Sin embargo, lejos de caer en límites estéticos, yo creo que el Estado tiene un papel muy importante en todo lo que respecta lo educativo. Y pensando esto, si un Estado no le da importancia a combatir el analfabetismo o a pagarles sueldos más dignos a los profesores, ¿podrá si quiera pensar en estimular el mecanismo cultural nacional? Sucede que los políticos que gobiernan no son dueños de cultura o intelectualidad sino de dinero. Y el dinero, como buenos empresarios, les da poder pero no discursos e ideas para combatir la realidad. Otras autoridades logran alcanzar un cargo lleno de ilusiones pero, en el camino, son víctimas del placer y la comodidad. Y es obvio que hay muchas urgencias en un país como el Perú como para darle prioridad a una actividad, que escapa muchas veces del pensamiento estadista, pero aquí andamos nosotros, aprovechando la ausencia estatal para mover y activar la cultura. Ahora, tampoco podemos negar que, a través del Ministerio de Cultura o de la Casa de la Literatura o en programas como Lima Lee, se vienen activando nuevos proyectos para mejorar esto que planteo, sin embargo, es todavía necesario pensar la literatura no solo desde los libros y editores (que son los que hacen generalmente el negocio, junto a estos políticos: el de ganar dinero a costa de la cultura) sino hace falta pensar este problema desde el hacedor de los libros, el más golpeado del sistema de producción del libro: el autor. Si existe una defensa del consumidor, ¿por qué no hay una defensa del autor? El autor es el más golpeado de la cadena de producción de un libro, es el que le da más tiempo a crear el objeto artístico, el que pone más de su tiempo y el que sale peor afectado, especialmente en países como el nuestro. Si un autor es marginalizado por el sistema que mueve los ejes literarios, si sus obras no las compran pues nadie las conoce realmente, y si su trabajo como difusor (asunto extra literario) fracasa, lo seguro es que regrese a un estado diferente al de escribir. El escritor, en el Perú, debe ser consciente de la existencia de mecanismos que entorpecen su trabajo, que le ponen trabas y lo desorientan de seguir su pulso interno, sin embargo, si perdura el fuego, el deseo de hacer arte y de seguir empujando su propia obra es posible que, al finalizar los treinta, sea un escritor y pueda aspirar a vivir plenamente el ejercicio de su arte. El reto está en lograr que la realidad peruana no mate tu deseo de originalidad, tus ganas de escribir y mostrar tu arte; lo demás, siempre, llega por añadidura. El reto está en armar la posibilidad de escribir para evitar la realidad de no poder hacerlo por tener la mente ocupada en miles de temas que no son literatura. La literatura es un trabajo tan complejo como hacer un pupiletras o un edifico. Finalmente, depende del talento y genio de cada autor. Es un absurdo, en una sociedad que como la nuestra alienta la igualdad entre todos y la humildad, pensar que todos tienen el mismo talento, que cualquier obra tiene la misma densidad; es un absurdo, repito, y depende de tener la honestidad para poner a un lado muchos deseos y empezar a crear una obra. Y sin olvidar que escribir es escribir y punto: no hay escusas, se hace o no se hace una obra de valor, lo demás son pensamientos y opiniones. No hay otra razón, ni depende de nada más que la propia escritura como textura del mundo, como uniformidad de cada uno. El genio se puede palpar, oler, medir; la literatura, la que realmente importa, no es relativa ni aguanta relativismos: hay o no hay calidad, y el trabajo es lograrla en la mejor manera. Todo lo demás es parte de la biografía o anécdotas de la literatura. El Perú no solo es un país donde no se lee sino que resulta curioso que también sea un país arrogante donde la gente inculta, que no lee ni dos libros al año, se de la gracia de atacar a los lectores, de ridiculizarlos en muchos casos o de considerarla una actividad vacua; creo que no soy el único que tuvo que hacerme un camino en medio de estas ciénagas. Lo bacán es que todo sirve para crear e incluso de estas experiencias se puede hacer un arte sólido. El peruano promedio no entiende lo que lee, entonces es complicado pedirle que lea y adquiera libros de poesía. Yo me pregunto si en alguna etapa de nuestra República fuimos lectores de poesía. Quizá si existía antes un respeto mayor al hombre de letras. La virtualidad, el capitalismo salvaje, la vida moderna dejan deshuesado de toda ficción al escritor promedio. El joven quiere ser futbolista o director de cine antes que escritor. Esto genera que los escritores tengan que vivir con miles de prejuicios; empezando con el “te vas a dedicar a algo donde te vas a morir de hambre”. Sin embargo, hay que admitir que casi todos los trabajos en el Perú, de no ser hechos con lucidez y de forma correcta, llevan a la misma inanición. Pero, volviendo al tema preguntado, hace falta pensar lo cultural desde los autores y desde cómo sostenerlos. Ahora hay que admitir que este trabajo no vendrá de funcionarios del Estado que muchas veces no leen y consideran la lectura como una tarea secundaria en su día a día. Quizá esto debería ser un trabajo articulado entre universidad, estado y sociedad: un trabajo de lograr un sistema que pueda financiar a editores, a escritores y a difusores de su obra, con el fin de lograr un estado sostenible y un mercado nacional. Sin embargo, nadie piensa en levantar la primera piedra para lograr algo así. Entonces un escritor en el Perú tiene que pagar la edición de su obra, que cuesta como 300 dólares, para 100 libros en promedio (aunque si editas más libros solo se agrega un porcentaje menor de inversión, lo que permite, por ejemplo, editar 500 libros por 1400 soles, es decir, 400 más de la edición de 100) Lo que significa tener 100 libros en casa y pensar en dónde difundirlo, dónde venderlo y cómo promoverlo. Generalmente, los que editan sus libros tienen otros trabajos entonces la literatura no funciona como una actividad sino secundaria, como una cereza más en su propia profesionalidad; sin embargo, si alguien se arriesga a intentar vivir de su obra tiene que asumir (a esos 300 dólares) otro costo por distribución (pongamos que 1 sol por cada libro, entonces tenemos 100 soles, que son 30 dólares), y otro porcentaje se va en el diseño del libro y en la edición. Lo que da un total de 2000 soles para editar una obra, difundirla y todo eso. ¿Qué tiempo se tiene para escribir si se trabaja 12 horas y se tiene hijos? No lo sé, pero si se logra pagar esa edición (ojo que los sueldos mínimos en el Perú oscilan entre los 700 a 1000 soles) ¿A cuánto se pensaría vender este libro? Si se vende a 30 soles, se lograría una buena ganancia, pero hay otro problema: los libros no se venden tan rápido como salen, demoran en salir, o, en algunos casos, nunca salen. Entonces tienes una inversión que debes mover o la pierdes por completo. Suponiendo que la recuperas en mitad de un año, te da casi nada para poder sostenerte. Un peruano promedio, trabajando 12 horas, y con otras 8 horas para dormir, le quedan 4 horas libres. Si su sueldo normalmente no supera los 1200 soles (400 dólares), ¿cómo motivarse a escribir si la escritura termina siendo un trabajo absorbente? ¿Qué pasaría si se crea una Ley para financiar las obras de los escritores? ¿Qué pasaría si se crea una Ley para ayudar a difundir sus obras? El trabajo del Estado, evidentemente, es muy precario para entender estos sistemas y sus lenguajes. El Estado, en estos días, funciona para hacer pistas, para hacer fiestas y hacer show. Sin olvidar que Estado y Arte son dos agentes contrarios, que alguien lúcido como Octavio Paz llamó Ogro Filantrópico: agua y aceite, blanco y negro para el orden humano. Generalmente, el Estado no tiene la capacidad de poner a gente con lucidez en los cargos claves, entonces, a falta de conocimiento, se optan por otras políticas. Y cuando le da trabajo a escritores, suelen ser atrapados en su sistema. O crean un sistema de conocidos para que su eje se sostenga y funcione. Los que no entran dentro de su lógica son tachados. Hay que mantener el Estado y todo su poder implica borrar algunas divergencias. Y esto de darle un asesoramiento a los escritores es un problema; otro sería cómo organizar ferias del libro o recitales internacionales en nuestras zonas; cómo conectar talleres con las escuelas. Generalmente, el Estado solo funciona para controlar su poder y permitir que se mantenga, y no lo digo después de leer a Foucault sino viviendo 30 años en una realidad asfixiante. Al joven escritor en el Perú le queda o buscar una forma de no ser devorado por la realidad o tener que trabajar de profesor o para el propio Estado. Sin embargo, al trabajar para el estado, como artista rebelde, es limitado a mantener un juicio a fin para que gobierno, ser siervo de sus propios códigos y mantener sus criterios. Esto es el riesgo de la libertad: no poder pagarte un departamento pero sí tener tu mente libre para sostener un edificio de ideas difíciles de explorar si vives bajo el yugo del estado. Por otro lado, algo que si es loable es el financiamiento de diversos proyectos a nivel nacional e internacional. En resumen, en el Perú se ayuda pero no de modo muy singularizado, muchas veces de forma arbitraria y limitada, lo que supone una falta de oportunidad para muchos. Tampoco se trata de pedirle solo dinero al Estado, sino de hacerle ver que su trabajo es activar la mente de los ciudadanos, darle posibilidad de disfrutar del arte, de gozar de buenos libros, de llegar a eso que algunos llaman cultura. Sin embargo, es mejor lavarse las manos y darle más prioridad a temas como la gastronomía o el fútbol, que yo no sé qué tanto ayudan a fondo a cambiar las cosas. Me interesa el futuro, me interesa lo que pase en mi país en cincuenta y cien años. En ese sentido, me resultó espantoso que el presidente de nuestro país celebrará el primer premio de un concurso donde se debía evitar que un globo de plástico toque el suelo y, por otro lado, jamás dar una señal ni de humo a favor de la cultura y sus agentes. Al contrario, hay una sensación de aspereza frente a la idea del intelectual, del escritor, del libro; como si esos hábitos y trabajos no fueran tan importantes cómo trabajar la tierra o hacer tuberías en los barrios más pobres del Perú. Hay, en todo caso, una falta grande de respeto por el trabajo del artista escritor peruano, el popular, el que no tiene los medios para realizarse dignamente en el arte de escribir. Frente a toda esta coyuntura, lo que yo pienso es que lo peor que le puede pasar a un escritor peruano es perder el humor y el amor, hundirse en el derrotismo, sentirse simplemente parte de la problemática y no tener mecanismos para poder salvar, del caos, su talento y su arte. Me gustaría, sin embargo, que mi país apoye más al arte literario: donde la oportunidad de escribir no fuera un lujo sino algo que funcione en la cotidianidad. Pero esto que cuento es una realidad de todo nuestro continente y hasta de nuestro Planeta. En el fondo, si la literatura y la poesía se impusieran dentro de nuestra realidad, el propio sistema tendría que replantearse su estructura, tendría que pensar nuevamente en cómo activar ofertas y demandas para lograr interés entre todos los consumidores. Escribir, leer es equivalente a pensar, a tener la mente ocupada. Y lo que menos se estimula aquí es pensar. Entonces este es un país complicado para un artista. Y si le sumamos la falta de empleos dignos, el aumento de la delincuencia, la violencia contra las mujeres, uno puede terminar en caos si se quiere imponer el camino de escribir como un trabajo real. Así las cosas, la Pandemia nos agarró en un momento de despegue de varias propuestas, tanto editoriales como recitales o festivales, entonces súbitamente todo se apagó y no hubo nada hasta que este fin del 2021 vuelve a surgir nuevamente todo el armatoste literario. Los que sobrevivimos somos unos tercos que difícilmente dejaron de escribir y difundir arte. Mucho de todo lo que cuento produce simple desencanto en casi todos los futuros escritores. Los termina arrojando a la inanidad y dejan de escribir. Los que quedan somos nosotros. Ahora pienso que, al margen del Estado, me gusta mi país. Su gente, las chicas y personas que he ido conociendo me permitieron escribir lo que escribí, me ayudaron y nutrieron. Pero si hablamos del Estado ya es otro el asunto a criticar y/ cuestionar.

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